viernes, 12 de agosto de 2016

Fuera de quicio, por Ofelia Ara

Dice Antonio Muñoz Molina que la lectura es una ventana y también un espejo. Y resulta difícil haberse asomado a esa ventana, querer contar lo que se ha visto y no desvelar la sorpresa que encontramos dentro. Ahora se avisa a menudo que lo que continúa contiene spoilers, es decir, que se va a destripar uno de los elementos importantes de lo que se recomienda que leamos o veamos. Así que, posible lector, avisado quedas.
Jacques Lacan definió la teoría del “estadio del espejo” como una fase del desarrollo psicológico del niño donde es capaz de percibir su imagen corporal. En esta fase empieza la formación del yo. Pero ¿qué ocurriría si ese espejo es un primate no humano?
La protagonista y narradora de “Fuera de quicio” formó parte de un experimento científico en su infancia al adoptar sus padres una chimpancé de su misma edad. Y esa es la primera parte del libro, su formación como persona desde un punto de vista psicológico, su adquisición del lenguaje y el progreso en la comunicación entre ella y el chimpancé y de ellas dos en relación a los demás. Cómo el instinto y la emoción constituyen la base de las decisiones que toman las personas, al igual que otros animales, pero, a su vez, cómo el lenguaje tiene efecto en nuestros recuerdos, pues simplifica y fija el pasado, a diferencia, aparentemente, de esos animales. La niña y la chimpancé se igualan y a la vez se diferencian, lo que deviene en una historia apasionante de la formación de nuestra personalidad en la infancia. Pero, incomprensiblemente, nadie tuvo en cuenta la parte sentimental de esa relación. Las dos se consideran hermanas y, cuando el experimento llega a su fin, las consecuencias para ambas y para toda la familia serán devastadoras y condicionará todo su futuro.
Con este planteamiento se llega al segundo tema del libro que, al fin y al cabo, parece el objetivo de la escritora. Y es el aspecto ético del uso de los animales en experimentos científicos. Sin olvidar que gran parte de la narración transcurre en 1979 y que la situación es bien distinta hoy en día, el libro es un alegato en favor del derecho de los animales a ser tratados de una manera digna. Terreno espinoso donde los haya, cercano a nosotros por la incomprensión que hay entre cazadores y no cazadores y entre partidarios de la tauromaquia y los que no. Si además entramos en la legitimidad de la experimentación con otros animales se abre una discusión sin fin. Porque la experimentación no solo tiene fines médicos, en la industria cosmética es todavía muy importante la investigación con pruebas sobre animales. Pese a ello, ha habido una gran evolución en este tema. Por ejemplo, en 1993 se fundó el Proyecto Gran Simio que reclamó una extensión del igualitarismo moral que incluyera a todos los grandes simios.
Podemos decidir si aceptamos o no que los animales estén hasta ese punto a nuestro servicio pero, al menos, con consciencia de las condiciones en las que se hace. Como en tantos aspectos de la vida, el problema no es el fin a conseguir sino el medio de obtenerlo y si verdaderamente vale la pena. Por cierto, la chimpancé se llama Fern y un día es capaz de expresarle a su hermana humana: “yo soy tú y tú eres yo”. Ni más ni menos.

Fuera de quicio
Karen Joy Fowler.
Ediciones Malpaso. 2016.

Diario de viaje, por Paco Vílchez

Viajar un lunes cualquiera a un destino habitualmente tranquilo conlleva vivir experiencias diferentes. Es una buena manera de empaparse del ritmo tranquilo de los pueblos, de sus gentes, de sus costumbres. Por lo que aprovechando unos días sueltos de vacaciones puse rumbo a la Sierra Norte de Sevilla un soleado lunes del mes de Abril. Casi veinte municipios componen esta comarca andaluza en plena Sierra Morena.
Mi ruta comenzó en Montilla pasadas las nueve y media de la mañana, y buscando la A-4 o Autovía de Andalucía, a través de la A-386 que me llevó a la incorporación comúnmente llamada Venta del Empalme (40 Km aproximadamente), continuando por Autovía hasta la salida 482 (otros 40 km más o menos). En el camino uno va disfrutando de las vistas que ofrece la campiña cordobesa, con un sol radiante y una temperatura primaveral estupenda para trapichear sin obligación ninguna, más que la de viajar por placer. A pocos kilómetros de la salida y vehiculando por la A-456 me topé con el municipio de La Campana  (5.451 habitantes), allí paré para estirar las piernas y palpar de primera mano la rutina de un pueblo que se maneja entre el trapicheo de la Autovía y la tranquilidad de saberse cerca de uno de los macizos más importantes de la Península Ibérica. Quince minutos después, dirección hacia el Norte y siguiendo por la A-456, llegué a Lora del Río, que reposa en una especie de meandro del Rio Guadalquivir. Lora de Rio. Con cerca de veinte mil habitantes, se muestra con edificios señoriales y con ritmo ajetreado que nada tiene que ver con la vecina La Campana. Su situación en plena Vega y a los pies del Parque Natural la dota de un lugar estratégico. Y de Lora, a Constantina ya en pleno Parque Natural. En el trayecto de media hora (29 Km), uno va ascendiendo a la par que disfrutando de la vegetación de encinas y alcornoques, de ganaderías de toros de lidia, de rebaños de ovejas, de cabras, de riachuelos, y de una paz y tranquilidad maravillosas. El sol apretaba de lo lindo invitándome a bajar la ventanilla y respirar aire puro.
Constantina espera al visitante con su castillo observándolo todo, con una mezcla diferente del jaleo de sus gentes en la mañana de un lunes cualquiera y con el sello inconfundible de pueblo de sierra, que cuenta con oficina de información de turismo, con albergue juvenil, o con unas pocas de rutas de senderismo por el parque que comienzan en el mismo centro del pueblo.
Mi destino estaba cerca, y tras continuar rodando por la A-456 durante algunos kilómetros, tomé la comarcal SE-163 hasta llegar al indicador de “Cerro del Hierro”, un kilómetro y medio después entraba en el pequeño poblado de poco más de cien habitantes y que recuerda la disposición arquitectónica de su pasado inglés en sus apenas dos calles y plaza central. En la explanada de la antigua cantina, donde ahora hay un parking, dejé el coche para comenzar a caminar a través de la senda que lleva desde el pequeño poblado hasta las minas de hierro. Todo estaba desierto en el poblado, como si las pocas familias que residen allí estuviesen ausentes. Tras orientarme por las señales que marcan la senda de vía verde, comencé a ascender por un sendero que llevaba hasta las minas. Fue entonces cuando me crucé con un hombre mayor, supongo que andaba cerca de los ochenta años, y con él conversé un ratito. Tiempo en el que me explicó con melancolía el pasado de aquel lugar.
Más de sesenta años llevaba residiendo allí, en el poblado, desde que llegó con catorce años fue minero hasta que a mediados de los ochenta la mina cerró.
-“Ya no era rentable, costaba más mandar el hierro a Valencia que lo que les costaba traerlo de fuera”. Esto viene de los romanos, y los moros, pero los que les dieron vida a toda esta zona fueron los ingleses, luego pasó por manos de una compañía de Santander y acabó la cosa con los de aquí. Y ahora ya nada, con lo del turismo, viene gente, pero esto es una pena, y mira que ahí hay hierro todavía pero esto ya no lo quiere nadie. Aquí llegué con catorce años, aquí he vivido toda mi vida, y aquí espero el día de irme para abajo”
La charlita con aquel abuelete con bastón en mano fue muy agradable. En pocos minutos me adentraba en el mundo de aquella mina de hierro a cielo abierto que a través de los años ha ido moldeando un paisaje particular, diferente al de otras minas a cielo abierto que yo haya podido ver. También me ubicaba y señalaba dónde estaban las casa de los ingenieros ingleses, la iglesia inglesa del poblado, las escombreras, las cuadras de los mulos que servían para acarrear el hierro hasta las torvas donde se cargaban los vagones de los trenes que transportaban el hierro hasta el Puerto de Sevilla. Su mirada melancólica y eterna mostraba un tiempo de abundancia y de duro trabajo.
Luego, y tras despedirme agradecido de él, comencé un recorrido por las sendas que llevan hasta las entrañas de la antigua mina, paseando por el laberinto de lápices y agujas que forman las rocas de caliza, formaciones kársticas bajo las que se esconden las minas. La soledad del lugar, las ráfagas de viento, las aves y pajarillos que habitan el entorno, las perforaciones a cielo abierto con túneles que comunican unas con otras, el color rojizo de la tierra decorada de una especie de moho natural… Y todo ello en plena Sierra Morena, en pleno pulmón de Sierra Morena.
Tras pasear y disfrutar del entorno volví al poblado con la intención de refrescarme en la cantina. Pero estaba cerrada, con lo que tuve que hacerlo en una fuente en la plaza, donde dos mujeres mayores charlaban a la par que tendían la ropa, mostrando así las únicas señales de humanidad  que pude encontrar.
Tras un par de horas retrocediendo en el tiempo a la par que trapicheando por allí, tomé nuevamente dirección a Lora del Rio, luego en lugar de buscar la A-4 para volver por el camino andado en la ida tomé la antigua Nacional Sevilla-Córdoba o A-431 dirección Palma del Río, pasando por El Priorato, Vegas de Almenara (donde entré para visitar el pequeño poblado), y Peñaflor hasta llegar a Palma del Río, donde sus campos de naranjos me señalaban que iba por el camino indicado. El paisaje ya había cambiado considerablemente, atrás quedaba la sierra, ahora andaba por la Vega del Guadalquivir y aún quedaría la Campiña cordobesa a mi paso por La Carlota, la Aldea Quintana o San Sebastián de los Ballesteros, hasta llegar a Montilla, disfrutando así de un lunes cualquiera de primavera en la Andalucía interior al amparo del gran Rio Guadalquivir.

Notas:
MontillaConstantina 136 Km.
Por La Rambla, Ecija, La Campana y Lora del Río

Por Palma del Rio, La Carlota, La Rambla

Sierra Morena Atlántica.
Dehesas de Sierra Morena
Extensión. 177.484 ha. Compuesto por diez municipios


Minas del Cerro del Hierro (Monumento Natural de Andalucía)
Explotación.
William Baird Mining and Co. Ltd (Glasgow): 1893-1946
Nueva Montaña Quijano (Santander): 1946-1970
Cerro del Hierro S.A.: 1970-1978
Cooperativa Minera Cerro del Hierro: 1980-1985
(www.minasdesierramorena.es)

Videojuegos y literatura, por David Luna

Cuando pensamos en videojuegos podemos cometer el error de imaginar que el mundo del entretenimiento digital se basa exclusivamente en matar toda clase de muñequitos que salen en una pantalla porque sí, sin ninguna razón aparente. Nada más lejos de la realidad.
Generalmente, cualquier videojuego, al igual que una película, tiene una historia perfectamente estructurada con un principio, una confrontación y, por supuesto, un desenlace. A veces podemos encontrar juegos con argumentos muy simples como Street Fighter, Pacman o Space Invader…, pero otros son tan complejos que harían la boca agua a los mismísimos hermanos Nolan y que darían para hacer, como poco, una gran novela: Bioshock Infinite, Alan Wake, Farenheit, The Last of Us, Assassins Creed, Fallout, Max Payne, Silent Hills, Dragon Age y así un largo etc. Cualquiera de estas IP (Propiedad Intelectual en inglés Intellectual Property) lleva detrás un gran proceso creativo y necesita de unos excelentes guionistas, ya que una mala historia puede arruinar la experiencia de un juego por muy divertido que sea.  El mejor ejemplo lo tenemos en la trilogía Mass Effect; su final fue tan sumamente decepcionante que los fans hubiéramos preferido, mil veces, que hubiera terminado como aquella serie en la que todos estaban muertos desde el principio o esa otra en la que había sido un sueño de Resines.
Al igual que pasa con el cine, hay muy pocas historias verdaderamente originales, pues todas beben sus fuentes o están inspirados de alguna manera en una obra literaria. El primer ejemplo que me viene a la cabeza fue aquel Don Quijote De La Mancha (1986) que salió para los ordenadores Spectrum. En aquella época me pareció divertidísimo, hoy en día no lo tocaría ni con un palo. Otro gran título fue La Abadía Del Crimen (1987), que en realidad era El Nombre De la Rosa pero por motivos legales tuvieron que cambiarle el nombre. Este juego tenía una dificultad tan frustrante que realmente son muy pocos los que se lo han terminado (y si alguien te dice que se lo acabó le llamas mentiroso de mi parte), da igual que te hubieras leído el libro de Umberto Eco o que siguieras la guía que venía en la revista Micromanía, siempre llegabas tarde a tus oraciones y no pasabas del primer o segundo día en la Abadía.
Mención aparte merecen los videojuegos basados en la obra de Tolkien. Posiblemente habré jugado a casi todos y puedo decir que los he disfrutado enormemente; algunos no tenían mucho que ver con El Señor De Los Anillos, salvo que eran una excusa perfecta para ver a Legolas o Gimli repartiendo estopa a diestro y siniestro por la Tierra Media.
Otro título basado en una obra literaria es Juego De Tronos (2014), de la colección de libros Canción De Hielo y Fuego. Se trata de una aventura conversacional para adultos con momentos de acción frenética en la que deberás tomar decisiones dramáticas que cambiarán el rumbo de los personajes y, por ende, de la historia misma. Ningún fan de los libros de George R. R. Martin debería dejar escapar esta pequeña joya del videojuego que, por supuesto, es tan violenta y sangrienta como la homónima serie de televisión.
Tampoco quiero dejar de recomendar entre otros, ya que hay muchísimos juegos más que merecen la pena pero por falta de espacio no puedo mencionarlos a todos: Call Of Cthulhu: Dark Corners Of The Earth (2006), basado en los mundos de H.P. Lovecraft; Harry Potter y La Piedra Filosofal (2001); Ghost Recon (2001), que salió de la imaginación del mismísimo Tom Clancy, o Alicia En El País De Las Maravillas (2010).
Como vemos, existe un vínculo desde el principio entre el mundo del videojuego y la literatura. Pero, igualmente, existe el caso contrario: videojuegos que han inspirado libros. El caso más llamativo lo podemos encontrar en el fenómeno Minecraft (2011).  Más conocido como “El Maincra” por esa horda de niños ratas que han invadido la red (niño rata es un término que acuñamos cariñosamente -modo ironic on- los gamers para definir a los emisores de esas vocecitas chillonas que amenizan las partidas online con sus maduros comentarios o esa deportiva forma que tienen de aceptar la derrota). Pues bien, al igual que hizo la famosa saga de J. K. Rowling, Minecraft ha conseguido que niños que no habían leído nada desde la cartilla Palau devoren libros sobre ese fantástico mundo hecho exclusivamente con cubitos. 
Como vemos, tenemos que asumir que los videojuegos forman parte ya de la cultura popular y que cada vez más copan nuestro tiempo de ocio ganando terreno al cine, la televisión y cómo no, a la lectura. Pero no creo que haya de qué preocuparse, siempre será igual de placentero salvar la galaxia tumbando al último boss que leer Los Pilares de La Tierra. Lo único que va a cambiar es que, además de disfrutar leyendo nuestro libro favorito, podremos deleitarnos jugándolo también.
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La fiesta de los juegos de mesa, por David Lara (@cartesius78)

El verano pasado presentamos a los juegos de mesa como una afición donde hay cabida para los gustos de todo tipo de jugadores. Una de las categorías por las que siento especial debilidad son los juegos festivos, distendidos, o como suelen denominarse en la jerga lúdica, los party games.
Son juegos ligeros, breves, muy sencillos de explicar y de montar, y que sobre todo ofrecen un elevado grado de diversión. Si bien las risas suelen estar garantizadas en sus partidas, esto dependerá del ánimo de sus jugadores, pues algo tan personal y subjetivo como son el humor y la diversión hacen que ciertos party games funcionen muy bien con un grupo de jugadores pero no con otros.
Time’s Up es mi party game preferido en este género, siendo sin duda el juego con el que más me he reído alrededor de una mesa. Simplemente consta de un montón de tarjetas con personajes y un reloj de arena. Los jugadores se organizan en equipos y ganarán puntos por cada personaje adivinado. Los capitanes se van turnando, primero describen a los personajes, después lo hacen con una sola palabra y finalmente con la mímica. Los personajes suelen estar cruzados (mismas profesiones, características parecidas, etc.) lo que, unido al estrés de los jugadores por exprimir el poco tiempo que tienen, produce confusiones bastante divertidas.
Dixit también copa mi olimpo de party games. Básicamente contiene un montón de cartas con oníricas ilustraciones de lo más surrealistas y que pretenden desatar nuestra imaginación. Primero, el narrador en turno escoge en secreto una de sus cartas y la describe de forma velada para que no sea evidente, pues si todos los jugadores la adivinan, él habrá perdido. Seguidamente el resto de jugadores miran sus cartas y escogen la que crean que mejor encaja con la descripción del narrador. Finalmente todas las cartas se mezclan y se revelan, y cada jugador vota en secreto cuál cree que es la carta del narrador. Es realmente divertido comprobar cómo cada jugador asocia ideas con las extravagantes ilustraciones de las cartas.
Termina el listado Código Secreto, un juego que entra de refilón en los party games, ya que más que provocar carcajadas supone un desafío al ingenio e intuición de sus jugadores. Como en Time’s Up, también se juega por equipos y con tarjetas, pero en vez de personajes son todo tipo de palabras. Las tarjetas se disponen a la vista de todos los jugadores formando una matriz. Cada equipo debe adivinar sus tarjetas pero sólo los capitanes saben cuáles son. Para que sus compañeros las acierten los capitanes darán pistas atendiendo a un patrón que sólo ellos ven. El capitán enunciará una sola palabra y un número y sus compañeros marcarán tantas tarjetas que asocien con esa palabra. Relacionar las tarjetas con una sola palabra sin asociar las del equipo contrario es un auténtico reto, muy gratificante cuando se consiguen acertar de golpe varias tarjetas con una sola pista.

FICHAS:
Time’s Up
Autor: Peter Sarrett.
Editorial: Repos Production.
Duración: 90 min.
Nº jugadores: 4-18.
Edad recomendada: 12 años en adelante.

Dixit Odyssey
Autor: Jean-Louis Roubira.
Editorial: Morapiaf.
Duración: 30 min.
Nº jugadores: 3-12.
Edad recomendada: 8 años en adelante.

Código Secreto
Autor: Vlaada Chvátil.
Editorial: Devir.
Duración: 15 minutos.
Nº jugadores: 2-8.
Edad recomendada: 14 años en adelante.
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La literatura en los juegos de mesa, por Víctor Barranco

Hace poco les hablaba en otro artículo de El Ladrío sobre las infinitas posibilidades de juegos como “Dixit”, del francés Jean-Louis Roubira y distribuido en nuestro país por la editorial portuguesa Morapiaf, como recurso educativo. Y es que la tremenda creatividad, capacidad de respuesta y lógica narrativa que pueden desarrollar los niños a partir de estos juegos es indiscutible.
Además de “Dixit”, existen otras muchas alternativas de mecánica similar: “Fábula”, del mismo autor que el superventas anterior; “Storytelling”, de la editorial Vivari, donde se narran cuentos de los de toda la vida; o “Érase una vez”, de Richard Lambert, Andrew Rilstone y James Wallis, donde los jugadores deben ir creando su particular cuento hasta alcanzar el final feliz impuesto por su carta de desenlace.
Imaginación al poder, dirán algunos. Pero no es solo imaginación. Estos juegos mezclan creatividad y psicología: conocer a quienes juegan con ustedes e intentar descifrar hacia dónde llevarán la historia es fundamental en muchos de estos juegos narrativos. Claro que, si hablamos de narrativa, existen otros títulos que debemos tener en cuenta. En un mes de mayo en el que aún tenemos fresca la celebración el Día Internacional del Libro, es obligatorio rememorar algunos de los títulos literarios que han dado pie a un curioso juego de mesa.
Por supuesto, la literatura fantástica es la que mejor sintoniza con el boardgame. Sagas como “Mundodisco”, de Terry Pratchett; “El Señor de los Anillos”, de Tolkien; o “Mitos de Cthulhu”, del gran Lovecraft, que han originado diversos juegos de rol y tablero. Pero también historias como “Los Pilares de la Tierra” y “Un Mundo sin Fin”, adaptados a la mesa española por Devir; o “Sherlock Holmes”, el clásico de Doyle, base de muchos juegos de rol actuales. Con mayor o menor acierto, las adaptaciones de los best sellers al tablero suelen dar grandes alegrías a las editoriales de juegos de mesa.
Y, si de enlace entre literatura y juegos de mesa se trata, no podemos olvidarnos del sentido inverso: los juegos de mesa en su versión particular de papel. “Los Colonos de Catán”, de Rebecca Gable, recoge la posible historia que llevó a los particulares habitantes de Elasund tras las invasiones vikingas a ir en busca de la isla de Catán para colonizarla y empezar un próspero asentamiento. Ya lo sé: la historia estaba escrita y no había más que contextualizarla. Tampoco esperen grandes sesiones de literatura con esta novela…
Una simbiosis libro-juego de mesa que el genial Max Aub -¿quién si no?-  elevó a la categoría de mito en “Juego de Cartas”, una obra de 1964 en la que el autor demuestra su vertiente más surrealista. En este ¿libro?, Aub rompe la tradicional relación entre autor, personaje y lector e inicia una brutal revolución vanguardista en la literatura, una suerte de cubismo literario donde el lector debe mostrar una lectura activa y creativa para ir desgranando la personalidad del personaje, que se relata en el dorso de una doble baraja española y francesa de 108 naipes. Lo recomiendo, siempre y cuando sean capaces de encontrar un ejemplar original a buen precio. No obstante, existen algunos proyectos de reedición que pueden servirles.
El rocambolesco asunto de la creación de un -¿otro?- alter ego de Max Aub y las imágenes de la baraja escapan de este artículo, por extensión y por temática, aunque no descarten un futuro abordaje. Porque, como señala el As de Corazones de Aub, “¿Cómo era él? ¿Quién lo sabe? ¿Tú? Pues atente a ello, cada quien con su verdad”.
Advertidos estamos.

viernes, 5 de agosto de 2016

El Ladrío Verano 2016

https://drive.google.com/open?id=0B5w63sv6aiNedmdRLTg1cHlOVk0
¿Eres uno de los asistentes a la cata de cerveza que cada verano organiza la Asociación Cultural El coloquio de los perros? Si es así, gracias. Eres culpable de que esta revista que tienes entre las manos exista. O de que haya un Concurso de Relato Corto y Fotografía, entre otras actividades que realizamos a lo largo del año y que podemos financiar con los beneficios obtenidos en esa cata.
Gracias también por contribuir a desarrollar uno de nuestros objetivos: el intercambio de opiniones, el debate, bien conversando en torno a una cerveza fría, bien desde la lectura de estas páginas.
Porque si hay una compañía refrescante para el verano cuando estás en la playa, en la piscina, en la terraza del bar de guardia, a la sombra de un chaparro o al fresco del aire acondicionado es El Ladrío. Sí, estas veinte páginas en papel o pdf en las que te ofrecemos recomendaciones literarias y de viajes, opiniones sobre los políticos o el Brexit, narrativa y divulgación científica o algo tan fino como el humor irónico de una viñeta. Nuestro propósito no queda en la simple lectura de esta revista. Pretendemos que sirva como detonante de ese debate que mencionábamos más arriba, de ese intercambio de opiniones que, para que sea multidireccional, está abierto a recibir colaboraciones para publicar en el próximo número de El Ladrío o a participar en las actividades que seguimos realizando durante el resto del año.
Quedas, pues, invitado a seguir siendo culpable de ayudarnos a apoyar la cultura y fomentar el debate. Puedes empezar leyendo la revista aquí, pinchando en la imagen en en cualquier enlace de El Ladrío.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Sin bozal - Hasta en la sopa, por Leonor Rodríguez "La Camacha"

La verdad, un poco cansada ando ya con tanta conmemoración. Esto de celebrar el día del tal o del cual, o el tal centenario del nacimiento o de la muerte de un personaje, o de un evento siempre me ha parecido un poco ridículo.
Decía un amigo mío que todo el que le regala a su mujer un detallito el día de los enamorados es porque a lo largo del año pocas cuentas le ha echado. Quizás esa apreciación sea excesiva, pero a mi parecer, y en cierto modo, no le falta razón.
Pues ahora le toca el turno a Cervantes y a Shakespeare y a un tal Inca Garcilaso de la Vega, al que se le ocurrió morir también un veintitrés de abril de 1616, como el autor del Quijote y el de Hamlet entre otros. Y que pasó en Montilla unos añillos, de ahí que por estas tierras se le conozca algo más.
La avalancha de actividades conmemorativas para la ocasión hace que uno pierda la cuenta, al igual que las publicaciones y columnas en torno a la fecha y a los personajes. Es decir que de esta, y si uno está por la labor de leer parte de lo publicado, el total nos llevaría mucho tiempo, seguramente acabará sabiendo hasta cuantas veces hacían pis al día los personajes en cuestión. Quizás en el caso del Inca algo menos por aquello de no haber alcanzado la misma fama que sus compañeros de pluma.
Además me llama la atención que los mandamases de turno se vuelquen tan de lleno, incluso le han puesto gafas a los leones del Congreso. Igual estaría mejor cuidar día a día a tan grandes escritores. No sé… Se me ocurre que estuviesen más presentes a lo largo del año en las aulas de los más pequeños, y de los no tan pequeños, a los escritores me refiero, claro está. O no dejar el teatro en los colegios solo para la fiesta fin de curso, donde los padres se pelean por inmortalizar a sus nenes vestidos de cualquier cosa graciosa. Tampoco estaría mal proyectar algo de cine, dibujitos para los pequeños y algo más serio para los mayores. Literatura, teatro y cine, eso sería genial. U otra aún mejor, disfrazar a Cristiano Ronaldo de Cervantes, a Messi de Shakespeare y a Fernando Torres del Inca. Entonces habríamos conseguido sin duda que nuestros pequeños supiesen de estos magistrales escritores. Y de paso, más de un adulto despistado.
Pero esta se me antoja complicada, igual sería más simple que los mandamases de la cultura le quitasen las gafas a los pobres leones del Congreso y mirasen a su alrededor, y de paso le bajasen el IVA  a la cultura.
A pesar de todo mi talante negativo, no quiero dejar pasar la ocasión de agradecer y reconocer a todos los historiadores e investigadores el trabajo de investigación realizado para acercarnos un poco más a los tres escritores en cuestión. En el caso de María Dolores Ramírez, profesora de Historia, su conferencia sobre el Inca me pareció genial. Consiguió acercarnos a un personaje en cierto modo desconocido para muchos que ahora tenemos otro concepto de este hombre.
Lo dicho, que ahora toca Cervantes, Shakespeare, y el Inca. Paciencia y ojalá en los próximos años estos tres genios sigan presentes en los centros públicos y privados de enseñanza, en las bibliotecas públicas, en los teatros de los colegios, en los cines o en los estantes de las casas. Ese sería el logro. De lo contrario, pronto llegará otra efemérides que hará olvidarlos, dejándolos solo para sumar quesitos en el juego del  trivial y poco más.
O en el mejor de los casos, esperar que se conmemore el quinientos aniversario, pero para eso igual algunos no llegamos.
Salud y leer… y echarle cuentas a vuestras mujeres todo el año…

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