sábado, 16 de febrero de 2019

Presentación de la novela "La rana de Shakespeare"

El próximo viernes 22 de febrero a las 21 horas, en la Casa del Inca, la Asociación Cultural El coloquio de los perros organiza la presentación del libro "La rana de Shakespeare", del autor cordobés Ricardo Reques.
Aunque nacido en Madrid, Ricardo Reques reside en Córdoba desde los once años. Es Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad de Córdoba y ha publicado numerosos artículos científicos y técnicos en revistas internacionales; además, es autor de varios libros y otras publicaciones de carácter técnico y divulgativo.
En el ámbito literario, tiene microcuentos publicados en 2001 en el libro Galería de Hiperbreves, Edición del Círculo Cultural Faroni (editorial Tusquets), un cuento infantil en el libro Historias Mágicas y Verdaderas, editado en 2005 por Aldeas Infantiles SOS y varios relatos en distintas antologías. En 2011, Ediciones Depapel le publicó el libro de microcuentos Fuera de lugar y la editorial Alhulia el libro de relatos titulado El enmendador de corazones.
Es colaborador del suplemento cultural Cuadernos del Sur del Diario Córdoba y coordina la sección de relatos en la web cultural La Torre de Montaigne.
"La rana de Shakespeare" es su primera novela, que transcurre en el norte de Argentina, entre el Gran Chaco y la selva misionera. Allí, un investigador algo irreverente, torturado por un amor que no le es correspondido, desarrolla un proyecto relacionado con el efecto del cambio climático sobre los anfibios. Con las notas encontradas en sus cuadernos, en las que se expresa de una forma crudamente sincera, el narrador nos muestra su privada forma de mirar un mundo que no entiende. La historia da un giro inesperado a partir de una decisión en apariencia intrascendente.

lunes, 11 de febrero de 2019

La playa, por Ángel Márquez

Me alegro que aún no haya aparecido una mente preclara, brillante y política que le haya impuesto un horario a la playa y al mar, porque todo horario es un proceso privatizador. El hecho de que podamos ir a la playa dentro de las 24 horas que le hemos impuesto al día nos da una libertad absoluta de estar, entrar y salir a nuestra voluntad. Esta libertad, en las playas, es llena a primeras horas de la mañana, cuando el sol da sus primeros bostezos madrugadores; a esas horas en las que mis compañeros de playa pueden ser una pareja soñando o descansando su amor, o algunos solitarios confesándose en sus sueños de alcohol.
La playa, siendo totalmente opuesta al mar, le debe su existencia a éste. El mar es quien modela, con sus cambios de carácter, las playas; las crea a su antojo, dándoles o quitándoles cuerpo como un escultor creando su obra, que coloca arcilla o la quita como en el juego adivinatorio de la margarita.
Además del mar, el hombre también tiene poder para darle a las playas un cierto carácter. Cuando la naturaleza, en un arrebato propio y salvaje, hiere la playa, el hombre, con más acierto o menos, intenta arreglarla y acondicionarla a pesar de que la naturaleza, tan avizora como se encuentra siempre, tendrá su arrebato para abrir esa herida.
Por último, otros elementos que modifican la virginidad de las playas son los playeros con su equipaje de neveras, sombrillas, sillas, voces y cuerpos. La playa se convierte en un atiborrado mercadillo de vendedores sin mercancía que vender, a excepción de esos malogrados seres de piel y país. Menos la mercancía, en las playas se dan las condiciones de un mercado: aglomeraciones, palabras altisonantes, carreras sin metas, desórdenes en la conquista del espacio y ese sol que durante siglos ha dejado su sello en la piel de los jornaleros, y que se convierte en muchas horas del día en el infernillo de la piel de los playeros.
Si al campo aún no se le han puesto puertas, todas las playas tienen su puerta: el mar. Por esta puerta se entra y se sale de la playa. Uniendo todos estos elementos en una coctelera, quizás sea esta la causa de que darse un baño en el mar sea tan agradable, placentero y relajante. Sin que nos demos cuenta, meternos en el mar, más que refrescarnos, nos sirve para tomar un poco de aire.
Por todo lo dicho, y como antes comenté, a mí la playa me gusta a primera hora, en la que los puntos cardinales se ven en su plena libertad; a esa hora a la que el sol, adolescente y tímido, se puede intimar con él; cuando el fresco mañanero me besa la piel y es ese momento en el que, a pesar de estar solo, nunca falta una tertulia con mi pensamiento, alternándolo con las palabras de un libro, y cuando descanso de la lectura y levanto la vista, el mar me invita a tener una conversación con él.
Creo que mi “Codi”, con su vista perdida en el horizonte, tiene mi mismo pensamiento.

domingo, 3 de febrero de 2019

Somos iguales, por Valeriano Rosales

Pretendo llegar a algún acuerdo contigo, lector, ya seas un gobernante reconocido, desconocido, un ciudadano como yo u otro cualquiera… a todo el que lea este artículo, ¿te animas? Para ello te haré una serie de preguntas y, dependiendo de la respuesta, estarás más o menos en sintonía conmigo.
¿Vivimos en una mejor sociedad? Si la respuesta es sí, continúa leyendo. ¿Es una democracia un sistema adecuado para establecer unas normas? Sí, adelante. ¿Necesitamos gobernantes para hacer leyes y ejecutarlas? Si tu respuesta es afirmativa, continúa. ¿Y jueces para que se cumplan y hacerlas cumplir? Sí, sigue. ¿Y quién debe gobernarnos? Personas que quieren el bien común. Sí, prosigue.
¿Eres humano? Si la repuesta es sí, continúa. ¿Intentas hacer las cosas mejor día a día? Sí, adelante. ¿Te equivocas? Sí, sigue. ¿Tienes fallos y haces cosas a sabiendas? Sí, continúa.
¿La última cuestión has estado a punto de contestar que no pero te has acordado de algún asunto en concreto? Sí, continúa. Si has elegido el no, en esta o alguna de las anteriores puedes dedicarte a leer otro artículo; este no es para ti.
No somos perfectos, ni nuestra sociedad tampoco. Somos terrenales, mundanos, unos más y otros menos, pero todos homos sapiens.
He conocido personas con unos empleos que bien podrían ser otros muy diferentes pero que por distintas causas no hemos tenido la suerte de que alcancen ningún cargo institucional.
Pero lector, ¿te pondrías al frente de una concejalía de tu ayuntamiento? Ahora entiendo que para seguir leyendo debes contestar que no. ¿Te gusta ser presidente de la comunidad de vecinos? No, al menos por el momento, continúa.
Y entonces, ¿por qué criticamos tanto a los que nos dirigen? ¿Por qué no bajamos un tanto el tono cuando acusamos de tal o cual cuestión a los que nos gobiernan? ¿Tan fácil será tomar una decisión? ¿Tanta maldad tienen cuando llevan a cabo sus propuestas? ¿Tan faltos de civismo y entrega pública están?
Me niego a ver que ellos son los malos y nosotros los buenos. Pero si aun así tú lo eres, ¿por qué no decides dar el salto y dirigir aquello más cercano que es bueno para tu entorno? En gran parte por el miedo a verte cuestionado por todo lo que haces.
Lector, no soy yo mejor que tú. Yo lo sé y tú, si me conocieses, lo sabrías.
En cualquier corrillo que hacemos con amigos, compañeros de trabajo, familiares… todos parecemos saber de todo y hasta nos aventuramos a dar lecciones de cómo se debe actuar ante todo aquello de lo que, sinceramente, no tenemos la información suficiente para valorar.
Ya está bien de que todos seamos tertulianos empedernidos, conocedores con detalle de todos los temas, usuarios de redes sociales plagadas de buenismos y de realidades idealizadas que nada tienen que ver con las miserias que cada uno guarda de puertas para dentro.
¿Y qué pido? Pues, copiando una estupenda frase, porque tampoco podemos ser inventores en todo, si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir.
Por si no te has dado cuenta, te pido que te calles; tú gobernante, yo votante, tú amigo o tú militante. Sí, que nos callemos, que no hablemos tan descaradamente de lo que simplemente desconocemos con exactitud, que dejemos de meter cizaña, que dejemos correr muchos asuntos porque cualquiera que emplee su tiempo en trabajar por la comunidad habrá contestado afirmativamente a las primeras preguntas.
En definitiva, que aprendamos a comunicarnos desde la empatía, que sepamos que del acercamiento entre diferentes posturas surge un nuevo ajuste de ideas que beneficia al entendimiento y la convivencia.

lunes, 28 de enero de 2019

Malamente, por Alicia Galisteo

La canción del verano de 2018 nos habla de cómo las tradiciones más arraigadas nos llevan por un camino lleno de falsas morales, de ignorancia y del giro que debe dar nuestra sociedad para avanzar.
Corren tiempos difíciles para las personas que, guiadas por la demagogia y la necesidad, se sienten desprotegidas por las instituciones políticas y solo ven una salida en el populismo extremista de partidos como VOX, capaz de llenar el Palacio de Vistalegre en un alarde de fuerza ante los partidos políticos ya consolidados, y una llamada de atención de la fuerza que pueden llegar a tener en las próximas elecciones.
El auge de VOX es una consecuencia de que los ciudadanos no ven la democracia como un sistema político que les permita tener una serie de derechos y libertades, sino como un sistema que permite que haya una clase política abundante y corrupta. Ante esta situación, se debe hacer una autocrítica de por qué no hemos educado a unos ciudadanos y ciudadanas conscientes de lo que significa la democracia y lo público. Quizás la filosofía desde las primeras educativas sería una buena solución.
Parece que desde la llegada de Trump triunfa la “política de la barbaridad” y ésta es la semilla del éxito. Europa se está llenando de parlamentos extremistas como el caso de Italia, donde solo importa ya la raza para ser persona con derechos en ese país, y acaba de ganar unas elecciones Bolsonaro en Brasil con un discurso de odio secundado por las personas que ven la vida desde el miedo.
Está claro que estamos condenados a repetir una y otra vez la historia, que no nos sirven de nada las asignaturas que estudiamos; porque dicen que lo que no se vive de manera experiencial no es aprendido, y la humanidad está haciendo todo lo posible para vivir la barbarie que creíamos enterrada. Y quizás ese ha sido el problema, la despreocupación de la sociedad porque ya no se iban a cometer los errores del pasado.
En la actualidad, las redes sociales están creando un nido de odio al prójimo. Y es que, como nos decían Paul Bloom y Matthew Jordan en The New York Times, las personas nos hemos convertido en “torturadores inofensivos” que, desde nuestros sillones, podemos ser cómplices de bulos y tweets que intentan tambalear nuestro sistema de valores democráticos.
Los retos que debemos afrontar como sociedad son complicados y, como nos dice Rosalía, vamos por un camino en el cual nos puede ir muy malamente y hasta que no estemos en él no seremos realmente conscientes de lo que hemos perdido. Los derechos y libertades no siempre han estado ahí para ser disfrutadas y debemos ser los ciudadanos y ciudadanas quienes cuidemos de ellas y las defendamos con uñas y dientes ante los nostálgicos que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Tra, tra…

miércoles, 23 de enero de 2019

Wesley Snipes y Sylvester Stallone contra la “mariconez”, por Carlos A. Prieto Velasco

Demolition Man fue una película de ciencia-ficción estrenada en 1993, dirigida por el interesante vídeo-artista Mario Brambilla. En la sociedad de 2032 no existen los delitos, la sociedad es pacífica, pero a cambio de esa paz, los humanos se insertan en un programa de vida infantiloide, sin maldad, pero sin libre albedrío. En esa sociedad del futuro las únicas canciones permitidas son las tonadillas comerciales del pasado, porque las canciones no pueden contener mensajes de odio o tristeza. Existe un estatuto de moralidad verbal que persigue la blasfemia. Por supuesto, los alimentos poco saludables, el alcohol, la cafeína, el tabaco, la carne o la sal están prohibidos. El contacto físico es muy inusual y el sexo o los besos están prohibidos. En definitiva, se trata de una sociedad utópica a primera vista, pero con grandes carencias y limitaciones de la libertad de los individuos. Todo esto hasta que llegan del pasado Wesley Snipes y Sylvester Stallone y se lían a dar mamporros a diestro y siniestro.
Me viene a la memoria esta película al hilo de la polémica generada en el concurso OT 2018 acerca del uso o no de la palabra mariconez en una letra de Mecano. Veamos. Por una parte, me parece muy bien que chicos jóvenes se planteen lo que significa la letra de lo que están interpretando y que piensen en el impacto que pueden tener en el público. Bien por ellos. Sin embargo, en este caso concreto, probablemente se han autocensurado excesivamente cuando el grupo Mecano es un icono dentro del movimiento LGTB por otras canciones. Además, no creo que la palabra mariconez (que por cierto no está recogida en el diccionario de la RAE ni me parece muy habitual) sea especialmente ofensiva en el contexto de la canción (más bien suena algo ñoña).
Más allá de esta polémica particular, me llama la atención que con mucha frecuencia tendemos a valorar las expresiones artísticas del pasado con los valores imperantes ahora. Esto no tiene mucho sentido. Probablemente hace treinta años, “mariconez” era una forma elegante o menos ofensiva de decir “mariconada”, que ya tenía que sonar bastante mal por aquella época. Si valoramos con nuestros estándares morales la Historia o el Arte, tendremos que quemar muchos libros y desterrar muchas canciones: ¿qué pasaría con la Lolita de Nabokov?, ¿el Dúo Dinámico debería ir a prisión por alentar la pedofilia en Quince años tiene mi amor?, ¿y el humor negrísimo de los Crímenes Ejemplares de Max Aub, sería violencia de género e incitación a la violencia?, ¿había racismo en Huckleberry Finn?
El tiempo pasa y los valores de la sociedad pasan y cambian también. Pensamos que nuestros códigos morales son los correctos, pero dentro de 100 años el mundo habrá cambiado y alguien dirá que tenemos algunas costumbres bárbaras y un arte degenerado. Las obras de arte se convierten en clásicos justo por su capacidad para trascender su tiempo presente. Cada generación las reinterpreta y les saca nuevo sentido en función de la moral prevalente en cada momento. Entender estas viejas obras supone aceptarlas como testimonio de su momento histórico, enmarcadas en un contexto y un tiempo dados. Y solo una pequeña minoría de adelantados a su tiempo es capaz de percibir que en el sistema de valores imperantes hay algo erróneo o que daña a otras personas.
No sé si las canciones de Mecano trascenderán nuestra época o si se convertirán en clásicos, todavía es pronto para eso. Pero sí tengo claro que Wesley Snipes y Sylvester Stallone habrían usado la palabra “mariconez” sin pudor y, de paso, le habrían dado un par de tortas a algún meapilas de hoy en día.
Nota del autor: esta última frase es una broma, no una incitación al odio o la violencia gratuita… a ver si acabo como algún rapero.

viernes, 18 de enero de 2019

Ordesa, de Manuel Vilas, por Ofelia Ara

En el imaginario colectivo, tomado como mito y realidad, se hallan los versos más famosos sobre la muerte del padre, (Recuerde el alma dormida/avive el seso y despierte/contemplando/como se pasa la vida/como llega la muerte,/ tan callando), asunto universal donde los haya, pues no solo afecta al sentimiento de pérdida familiar, sino también a la conciencia de la propia finitud. Muchos otros han tratado este tema tan trascendental, el de la fugacidad de nuestro paso por el mundo, y el de la muerte de los progenitores, que supone un antes y un después en la vida.

Mi madre bautizó el mundo, lo que no fue nombrado por mi madre me resulta amenazador. Mi padre creó el mundo, lo que no fue sancionado por mi padre me resulta inseguro y vacío.
En estas dos frases sencillas se halla la esencia de “Ordesa”, de Manuel Vilas. Escribe con ternura y acidez sobre sus sentimientos hacia los padres y lo terrible que resulta su envejecimiento y pérdida, lo solo que el ser humano llega a sentirse a su muerte, pues desaparece el verdadero hogar, que es el de la infancia, el que otorga seguridad; es el cristal con el que conocemos al mundo y el que nos da un lugar en él. Aunque en la madurez nuestra vida sea distinta, incluso mucho mejor, lo aprendido en la infancia lo llevamos pegado a la piel sin remedio. Decía Manuel Vilas, en una entrevista reciente en Cosmopoética (Córdoba), que él siempre se sintió y se siente pobre, aunque, de un modo objetivo, no lo sea. Pobre porque así lo era su familia, porque conoció el silencio ante los abusos de poder del clero y pobre porque, incluso ahora, siente que está fuera de lugar, mudo y encogido, ante los Reyes de España en una recepción por un premio literario. Es el terror genético del campesinado ibérico.
“Ordesa” es también un recuerdo de la España del desarrollo, de ese momento que estuvo a caballo entre una vida casi por completo rural y los primeros rayos de progreso. Pero es la muerte la que impregna todo el libro, la interpretación antropológica de ella y, ante todo, la interpretación personal y sentimental. Hay páginas muy emotivas, no hay que olvidar que el libro es en parte autobiográfico; un día aprecia Vilas un gesto de despedida en su madre, en el regalo de una simple bata, y sentimos cómo se le encoge el corazón. Pero es la muerte del padre, afín a él por su sexo y su físico, la que supone en su vida el antes y después mencionado. Es comprender la terrible certeza de no volver a hablar con él, como acontecimiento incomprensible y misterioso. Es sentir al padre detrás de él, una vez muerto, cuando se mira en el espejo y lo ve, y no se ve a sí mismo. Es tener miedo a hacer un gesto de cariño en el momento de su muerte, un miedo que lo único que consigue es agigantar su soledad. Conmueve leer después de eso, “no me dijo nada/no me dijo adiós. Nunca pensé que la vida acabase así, tan humildemente.” (versos de su libro de poesía “El Hundimiento”).
Todo lo que escribe Manuel Vilas en “Ordesa” es territorio conocido, como el temor a haber decepcionado a los padres o el no querer reconocer que ellos también nos decepcionaron alguna vez y, pese a todo, sentir una extraña unión con ellos. Así mismo, todos nos enfrentamos a la brevedad de la propia existencia, vista, como no puede ser de otra forma, con vértigo. Es cierto que se puede decir que es un libro triste pues hay muchas páginas que se leen con emoción y congoja. Pero Vilas no hace trampa, no pone en el papel sus sentimientos de manera impúdica ni usa imágenes fáciles. Aunque pueda parecer lo contrario, resulta contenido en ocasiones. Por eso mismo el libro es valioso y sincero.
Como dice el director de cine Haneke, si fuéramos felices, no necesitaríamos el arte. Por eso existen libros como “Ordesa”.

sábado, 12 de enero de 2019

Patria, por Laura M. Lopera


Hay que leer Patria. Lo afirmo así, sin rodeos, y a pesar de que se ha convertido en uno de esos “fenómenos literarios”, un best-seller (HBO incluso está preparando una serie basada en la obra), en los que tan a menudo los valores estéticos y técnicos languidecen. Y a pesar también de que el tema, de antemano, promete literatura-pseudoperiodismo baratos: el terrorismo de ETA. En principio, me parece muy complicado urdir una verdadera novela, con todas sus aristas y tonalidades, con toda la complejidad y polifonía que la caracterizan, a partir de una materia tan propensa al maniqueísmo simplista al que estamos tan acostumbrados cuando se revisan literariamente temas de nuestra historia contemporánea (pongamos, por ejemplo, la guerra civil).
Patria es una magnífica novela, independientemente del tema que aborda, porque tiene todo lo que debe tener un relato para serlo. En primer lugar, un narrador hábil y diestro, que nos sorprende con técnicas narrativas novedosas, combinadas con las mejores de la narrativa clásica, y nos sumerge sin remedio en su mundo desde la primera página. Su tratamiento temporal está lleno de saltos cronológicos que siguen un orden más emocional que lógico, pero que el lector entiende con naturalidad. El espacio (¡tan importante en las mejores novelas!) es clave para entender la historia: una localidad rural de Guipúzcoa en la que la izquierda abertzale impone la alineación de sus habitantes en dos bandos absurdos (conmigo/contra mí), cuyas filas se alimentan de los más pequeños e insignificantes gestos. El espacio pesa y oprime, como la Vetusta de Clarín, y es descrito en sus aspectos más cotidianos (recuerdo especialmente el constante olor a fritura en casa de Miren y Joxian), aquellos que difuminan sus rasgos diferenciales (fuente del sentimiento nacionalista) y lo convierten en el espacio universal de los quehaceres humanos.
Pero, sobre todo, Patria es una gran historia donde sobresalen personajes inolvidables, de los que siguen teniendo vida más allá de la página impresa. La trama presenta a dos familias vecinas, e incluso amigas en el pasado, que se ven enfrentadas antes y después del asesinato de Txato, uno de sus miembros. Miren y Joxian, con dos hijos, representan la Euskadi rural, apegada a la tierra, con sus virtudes y sus miserias. La otra pareja, que también tiene dos hijos, encarna la Euskadi industrial y emprendedora: Txato (el asesinado) ha conseguido levantar con esfuerzo y constancia una próspera empresa de transporte. Dos familias normales, como la suya o la mía, que subterráneamente, de una manera casi imperceptible, se convierten en víctimas y verdugos de los otros. Y es en ese subterráneamente en el que escarba de manera magistral Aramburu, mostrando cientos de matices sutiles que explican el fenómeno del terrorismo vasco y que no podríamos haber percibido jamás viendo el telediario o leyendo atentamente la prensa. En efecto, como siempre, la novela nos revela aquello a lo que no acceden los cronistas (lo hizo Galdós en sus Episodios Nacionales, por ejemplo), pero que resulta indispensable para entender en profundidad un momento histórico determinado. La trama, tejida con inteligencia y sensibilidad, sin estereotipos ni dogmatismos, pensada para lectores inteligentes que no necesitan interpretaciones del mundo, sino más dudas que lo ensanchen, nos atrapa desde el principio por sí misma y por lo que supone de íntima revelación, y nos devuelve la fe en la literatura y en el ser humano.
Por eso, cuando termina, después de sus más de seiscientas páginas, te queda el sabor que dejan los grandes narradores: por un lado, la melancolía de tener que despedirte de unos personajes que ya son parte de tu vida (inolvidable Arantxa…) y, por otro, la emoción gozosa que solo produce el ARTE con mayúsculas.
No se la pierdan. Será un clásico, seguro.

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