lunes, 18 de abril de 2016

Left for dead 2 PC, por David Luna

Nota 10 sobre 10 (obra maestra)
En la industria del divertimento digital hay videojuegos que se convierten por méritos propios en referencia, tendencia y que marcan un antes y un después. Pacman, Mario Bros, Donkey Kong…, no sólo son los clásicos que todos conocemos, sino que aún hay gente que juega a pesar que ya son más de treinta años los que atesoran cada uno. Ya pueda salir el último Call of Duty con tecnología de realidad virtual, que muchos seguiremos gozando también del viejo “comecocos”. Un juego no es mejor por tener unos gráficos hiperrealistas, a un juego hay que exigirle como mínimo que sea divertido.
Left for dead 2 lo es y mucho. Salió en el año 2009, fue la secuela del Left for dead, que ya era un juegazo en toda regla y que salió a finales del 2008. Ambos están desarrollados por Valve que es la autora, entre otros, de Half life y responsable de la plataforma de distribución digital Steam.
Normalmente, los juegos tardan varios años en desarrollarse ¿Entonces cómo consiguieron sacarlo tan rápido? La respuesta es que más que un juego nuevo parecía una expansión de LFD1, además traía muy pocos mapas jugables, una mecánica similar y usaba el mismo motor gráfico. Por ello, recibió un sinfín de críticas negativas de la prensa especializada y de los que, como yo, habíamos comprado la primera parte. Pero eso fue hasta el día del lanzamiento. Cuando lo vimos in-game se nos fue toda la mala uva generada los meses previos. Y es que era más grande, más divertido, con más posibilidades estratégicas…, es decir, mucho mejor que su predecesor. Además, fueron incorporando poco a poco mapas y modos de juego de forma gratuita, que no es algo demasiado frecuente en esta industria que suele cobrar a precio de oro cualquier cosa que saque al mercado (véase el caso más reciente de Star Wars Battlefront 3, cuyo season pass está, nada más y nada menos, que a 120 euros).
Left for dead 2 es un shooter en primera persona, cooperativo y estratégico, en el que dependes de tus compañeros para sobrevivir. En el juego tomas el control de uno de los cuatro personajes que son inmunes al virus zombi que ha asolado la humanidad y tu objetivo es llegar vivo al refugio más cercano. Este viaje no lo harás solo, te acompañarán los otros tres supervivientes, que pueden ser jugadores humanos o bots (los controla la Inteligencia Artificial del propio juego). Por norma general, nadie quiere jugar con bots porque la IA de éstos es deplorable y actuarán de forma arbitraria y peregrina. A veces, se quedarán mirando mientras mueres, sin prestarte ningún tipo de ayuda; otras, dejarán inexplicablemente que te desangres en lugar de curarte con su botiquín. Son tan sumamente inútiles que ni tan siquiera están programados para cerrar la puerta del refugio aunque ya hayamos entrado todos. Así que si quieres disfrutar de verdad tendrás que buscarte amigos online sí o sí. La gracia del juego está en eso, que dependes de tus compañeros y tus compañeros dependen de ti; si dejas morir a alguno es muy probable que corras su mismo destino.
Hay múltiples armas para elegir como las típicas pistolas, escopetas, catanas, molotovs, bates de béisbol… Los enemigos también son muy variados: hay hordas interminables de zombis “normales” pero más rápidos de lo que nos tiene acostumbrados el cine; infectados especiales que están pensados para separar a los jugadores del grupo; la witch, que si la molestas te tumba de un golpe; y un enemigo grande e imponente llamado Tank, que cada vez que aparece reducirá en gran medida las posibilidades de supervivencia. Podemos jugar en modo campaña y afrontar cooperativamente el reto solos o con amigos; hacer partidas de enfrentamiento PVP (player versus player) de 8 jugadores (4 supervivientes contra 4 infectados). También podemos jugar mutaciones que consisten, entre otras cosas, en que no hay posibilidad de curarse en toda la campaña; o tenemos que custodiar un objeto, o que solamente se puedan llevar armas melee (cuerpo a cuerpo) … Asimismo, se permite jugar mapas y campañas creados por la comunidad de internautas (algunos son tan buenos o más que los oficiales). Sin olvidar que se puede elegir entre distintos niveles de dificultad y si queremos algo más hardcore podemos probar el modo realista, que supone un verdadero reto cambiando unos simples parámetros: por ejemplo, ya no percibiremos la silueta de nuestros compañeros a través de las paredes, así que lo mejor será no perderlos de vista en ningún momento. Como vemos, son tantas las posibilidades que LFD2 nos proporcionará cientos de horas de entretenimiento de calidad.
Gráficamente no deslumbró ni el día de su lanzamiento, así que hoy está totalmente desfasado. Que no sea muy exigente en cuanto a gráficos hace que cualquier ordenador actual lo pueda mover con soltura, cosa que es una ventaja importante si no tienes un PC-gaming. Además, por su antigüedad lo podéis encontrar muy barato en Steam (incluso lo han llegado a regalar un par de veces). El sonido es solvente pero tampoco es nada del otro mundo, la BSO cumple su cometido a la perfección aunque tampoco sobresale. Donde se vuelve una auténtica bestia parda es en su jugabilidad y diversión. Posiblemente los euros mejor invertidos de mi vida; a día de hoy lo sigo disfrutando y eso que ya son más de 700 horas de vuelo. No hay nada más que decir, salvo CÓMPRATELO y agrégame como amigo.

martes, 12 de abril de 2016

17 Día del Vecino - Intercambio de libros y referendum perruno

Tras aplazarse la primera convocatoria por motivos meteorológios, el próximo domingo 24 de abril de 2016 la Asociación Cultural El coloquio de los perros vuelve a estar presente en la edición 17 del Día del Vecino de Montilla, dedicada a la figura del Inca Garcilaso y a la interculturalidad.
El stand de nuestra asociación, ubicado junto al escenario, al final de la Avenida de las Camachas, una denominación tan relacionada con la novela ejemplar cervantina que nos da nombre, albergará nuestros tradicionales "Intercambio de libros" y "Referendum perruno", además de una muestra de las iniciativas y publicaciones que desarrollamos.
El intercambio de libros, como su propio nombre indica, es una actividad que consiste en que los participantes dejan libros, por los cuales reciben unos puntos de intercambio, que pueden canjear por otros libros disponibles en el stand.
En cuanto al referendum perruno, en el que se responde a una serie de cuestiones relacionadas con la actualidad general, la cultura, Montilla, la política, etc. desde un enfoque divertido y distendido, este año contará con la novedad de que se podrá realizar desde el teléfono móvil de nuestros visitantes a través de un código QR o accediendo a la URL del cuestionario.
Además de todo ello, no faltarán la buena conversación en estupenda compañía y, cómo no, viandas y vino de la tierra. ¡Os esperamos en nuestro stand! Puedes consultar su ubicación y el programa de actividades del Día del Vecino aquí.

domingo, 10 de abril de 2016

Bienvenidos a Pauseland, por Antonio Luque Sánchez

A veces, sin saber muy bien los motivos, es necesario un paréntesis, quedarse absorto mirando una hoja en blanco, o simplemente dejar que pase el tiempo, ocioso, a la espera de un estímulo más atractivo que los cotidianos. En otras ocasiones, nos levantamos por la mañana y el agua de la ducha sale fría tras el último suspiro exhalado segundos antes por la bombona. El café no está en el lugar donde lo dejamos el día anterior y la tostada cae bocabajo tras un inoportuno resbalón que vislumbra un día complicado. Sin saber muy bien por qué, es como si el mundo se hubiera desplazado sin previo aviso, poniendo en jaque la rosa de los vientos que rige nuestros cuerpos. Las palabras retumban alrededor, inertes, cadenciosas, carentes de significado. Tropezamos a cada paso de nuestro camino y las previsiones del día anterior se disipan en el ambiente, con una mueca burlona.
Cuando estas cosas ocurren, es el momento de visitar Pauseland, buscando refugio en su gélida y acogedora tranquilidad. Hay que acudir sin previo aviso, reordenando las ideas y reseteando la mente. Es un lugar mágico, con vastos prados de ambrosía, lomas de cacao helado, árboles de fruta escarchada y ríos de amontillado, que se llenan con afluentes de miel. A lo lejos, más allá del horizonte, se vislumbra un mar helado, blanco como las montañas que lo rodean. El sonido queda amortiguado en ellas.
En un mundo demasiado vertiginoso, en constante movimiento, la contemplación aparece como un oasis difícil de alcanzar, pero necesario a la hora de parar el reloj. Lo único verdadero es que cada cierto tiempo hay que detener el mundo para apearse antes de llegar a destino. Una posibilidad para lograrlo es mezclarse con los sonidos que invitan a ello. Justo así es como se entiende la música de Pauseland: soñando e imaginando, mientras se mira alrededor.
Cuatro veteranos como Jakob Buchanan (fliscorno), Christian Vuust (saxo tenor y clarinete), Søren Dahl Jeppesen (guitarra) y Klaus Nørgaard (bajo) son los cuatro puntos cardinales de este proyecto, iniciado hace ahora poco más de una década. El pasado año el grupo danés lanzó su tercer álbum titulado At the end of the day, con el que cierra una trilogía que ha supuesto una evolución constante, tras Pauseland (2006) y Palindrome (2008). No deja de resultar llamativo que, siendo uno de los grupos significativos de la escena del jazz danés, sólo hayan grabado tres discos en la última década. La razón de esta escasez productiva es la carrera individual de cada uno de sus componentes, apostando por mantener sus propios proyectos, aunque sin renunciar a la creación conjunta con la que alumbraron Pauseland.
El cuarteto define su estética dentro del jazz ambiental escandinavo, inspirado en la tradición popular y los himnos: formación exquisita, influencias contemporáneas y mimetismo con el entorno, para irradiar tranquilidad nórdica por los cuatro costados. Su música destila una esencia lírica, a veces meditativa y melancólica, que sugiere una reflexión poética sobre la música, escuchando el crepitar de chimenea. El sonido de Pauseland es coral y entretejido, aunque en un primer momento pueda parecer descoordinado. Al igual que una conversación tranquila, apenas si requiere esfuerzos. Basta con dejar la mente en blanco y dejarse llevar por el sonido y sus discretas melodías. La formación acústica del grupo, en el que no se echa en falta la presencia de elementos de percusión, aporta intimidad y transparencia a la música, porque Pauseland es tan sólo simplicidad... como el sol que rompe a través de la niebla.

lunes, 4 de abril de 2016

La caverna mediática, por Andrés Núñez Ruz

El título de esta entrada quizás sea un término acuñado más para la vertiente deportiva que política, pero como a mí la polémica deportiva de un tiempo a esta parte me resbala bastante, lo llevo más al campo político.
Cavernario o tabernario, ambos términos se ajustan al nivel medio de los seudoperiodistas y tertulianos que ocupan un amplísimo y bien remunerado nicho dentro del ecosistema de la información no sólo en España. Y no digo yo que en las tabernas al calor del pedete lúcido, frase mítica de Juan Echanove, no se puedan tener conversaciones interesantes, pero las más de las veces el alcohol nos suelta la lengua y nos mostramos tal como somos, lo cual, en el caso de los tipos a los que me refiero, no les hace ningún favor.
Podría seguir hablando en términos generales pero precisamente esto es lo que lleva a acabar diciendo que todos son iguales, y por eso prefiero citar algunos ejemplos del tipo de periodistas/columnistas/cronistas que suplen con creces su falta de talento y ganas de trabajar con otras carencias como son la falta de escrúpulos y su ambición. Cuando cualquier afirmación sobre tal o cual personaje público no sea primero contrastada con el propio personaje protagonista de la noticia y tengamos al menos su desmentido, explicación o negativa a atendernos, es seguro que nos encontramos ante una difamación o un pésimo periodista. Pero ante cualquier suculento rumor, preguntar al protagonista que probablemente pueda desmontarlo y dejar nuestra noticia en ridículo y sin publicar, mucho mejor cerrar los ojos y tirarse al barro sacando  una espectacular y polémica cabecera de la que ya nos retractaremos con una nota  a pie de página si un juez al cabo de los años nos acaba condenando.
Empezaré con un ejemplo de caca, culo, pedo, pis; es decir, de llamar la atención recurriendo a la brocha gorda y encima poder vivir de ello. Seguro que ya os suena un tal Salvador Sostres. No vale la pena hablar de él sino de quien le paga y le ofrece una tribuna desde la que sus burdas provocaciones pueden llegar al gran público. Salvador Sostres, que ni siquiera llegó a acabar la carrera de periodismo, fue colaborador de Crónicas Marcianas y publicó en el diario catalán Avui una columna titulada “El español es de pobres”. Resulta curioso que después acabara trabajando para El mundo, Telemadrid y ABC, donde seguía publicando las mismas burradas pero de sentido diametralmente opuesto. De este personaje no espero nada, pero que lo contraten deja muy clara la catadura moral de esos medios. No hay una profesión con más intrusismo que la de periodista, creo yo.
El siguiente caso ya no se trata de un advenedizo metido a periodista, ahora nos encontramos ante todo un personaje que por lo menos acabó la carrera. Se trata de Hermann Tertsch. De él se podrían contar mil historias de crónicas escritas el día anterior a los hechos: acusar a Podemos de querer matar gente y a Max Pradera de querer matarlo a él mismo, pero destaco un caso especialmente hilarante. Hay que tener arte para que un día que te pegan una paliza y te echan de un bar por estar borracho y molestar a las clientas digas que tu agresión es causada por una polémica con el programa El Intermedio y su presentador el Gran Wyoming. Pero lo que ya es de traca, si no la conociéramos, es que Esperanza Aguirre apoye tu versión diciendo «en modo alguno se puede aceptar una actuación así porque un periodista discrepe de un determinado Gobierno». Al poco detuvieron a un empresario de la noche madrileña, nada sospechoso de ser un antisistema, por la paliza. Por supuesto que de pedir perdón ni hablamos y su buen hacer sigue siendo premiado y bien remunerado en medios como el ABC, Telemadrid, Veo7, 13tv y Es Radio, medios todos ellos con tendencia a la reinserción de este tipo de periodistas a los que por otra parte nunca les falta trabajo.
Los problemas con el alcohol suelen ser una constante en este mundillo y me sirven de puente para hablar de Miguel Ángel Rodriguez, ex Secretario de Estado de Comunicación con Aznar, que fue detenido en 2013 por conducir con una tasa de alcoholemia de 0,9; pero esto es pecata minuta comparado con los insultos vertidos sobre el excoordinador de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés, el Doctor Luís Montes, al que llamó nazi en dos programas de televisión por las supuestas sedaciones irregulares realizadas en un centro médico de Leganés, a pesar de que en ese momento la Audiencia Provincial de Madrid había archivado dicho caso contra el doctor Luis Montes, ordenado restituir su nombre y retirar cualquier alusión a mala práctica médica tras estudiar 339 historias médicas de fallecidos en las urgencias de Leganés y no encontrar indicio alguno de delito ni mala praxis. ¿Y quién estaba detrás de todas estas acusaciones de matar a 400 pacientes terminales que acabaron siendo un bulo? Una vez más, Esperanza Aguirre, La Cope y el Diario El Mundo.
Los bulos son la quintaesencia de este prolífico periodismo. Normalmente uno de estos medios lanza la “noticia” y el resto de medios y cronistas se suman, impasibles el ademán, a la versión oficial por inverosímil o incluso físicamente imposible que esta pueda resultar. La combinación de bulo y reacción impulsiva e irreflexiva suele ser habitual y pongo por ejemplo el artículo de Alfonso Ussia titulado “Un mierda”, publicado en La Razón y dedicado al periodista de la SER Fernando Delgado, entonces director del programa de la SER "A vivir que son dos días". Entre otras cosas, Ussía acusaba a Fernando Delgado de haber dicho en su programa y en vísperas de las elecciones generales de marzo de 2004: "mañana tenemos, tienen ustedes, la oportunidad de terminar con gente como Federico Jiménez Losantos, Carlos Dávila, Alfonso Ussía y Alfredo Urdaci, herederos directos de los que asesinaron a Lorca". Lástima que todo fuera una mentira publicada por Urdaci, “director de informativos de TVE durante la era Aznar”, en el libro “Días de ruido y furia”. Ussia ni se preocupó en comprobar si esto era verdad y no dejó que la realidad le estropeara una bonita columna.
Podría seguir aburriendo con mil historias más de tipos como Juan Manuel de Prada, quien afirmaba sin despeinarse en el programa Espejo Público que a la ex vicepresidenta Fernández de la Vega le regalaban la ropa en unos conocidos almacenes. También de Carlos Herrera que, cuando comenzaba a destaparse la Gurtel, dejaba caer por lo bajini que “estos van a por Barcenas”; de los trajes de Camps decía que si a él le piden la factura de sus trajes también le pillan. Y si se publican las fotos de Feijoo de vacaciones con un narco mientras era consejero de salud va y te suelta que ¿quién no tiene alguna foto con un indeseable? Pero para aburrirse ya están los programas donde se hace periodismo serio y riguroso como el de Ana Pastor e Iñaki Gabilondo. Aunque estos individuos siempre contarán con un fuerte apoyo económico tanto de dinero público como privado, a pesar de sus múltiples reveses judiciales y buena o mala audiencia, para que el mentiroso compulsivo prospere de verdad siempre hará falta el incauto pertinaz.

lunes, 28 de marzo de 2016

El peligro de los números redondos (*), por Manuel Palacios Martín

Hace unos meses  cumplí 50 años, 50 castañas, un número redondo, perfecto. Este tipo de  cifras tan rotundas, tan sonoras, son a menudo propensas a los exámenes de conciencia, al balance vital, a hacer revisión de lo que deja uno por detrás y al replanteamiento de la vida que pudiera quedarnos por delante. No soy yo muy de nostalgias ni de autoevaluaciones. El paso del tiempo me produce una desazón que procuro evitar. Cuando hojeo, por ejemplo, álbumes de fotos antiguas me pasa como cuando veo en la tele documentales sobre el universo y las galaxias: me da un poco de vértigo; qué poca cosa soy, coño. Pero en fin, todo el mundo te recuerda que llegas a los 50; “medio siglo, chaval, habrá que celebrarlo por todo lo alto” -te repiten una y otra vez-. De modo que la redondez del número se te viene encima sin aviso; estás  tan tranquilo en tus cosas -tú sabes: haciendo la compra en el Mercadona, procurando que no se te suicide ninguno de tus desdichados hijos adolescentes porque no le has comprado el último modelo del iPhone valorado en 700 miserables euros que todos sus amigos tienen...- cuando de pronto, y a traición, te caen cincuenta tacos en la buchaca. Con el inconveniente añadido de tener que precipitarte casi por obligación en una profunda crisis, y revisar toda tu vida de arriba a abajo.
Pues nada, eso hice, me entregué a la causa con entusiasmo, o como diría mi hijo, “to motivao”. Lo primero que hice fue decidir el tipo de crisis que iba a sufrir. Aquí afortunadamente no hay miseria y disponemos de una amplia gama de posibilidades, aunque yo las resumiría en dos grandes líneas de actuación: a) la depre, que estuve valorando mientras echaba un vistazo a un libro de mi estantería (Cómo morimos. Reflexiones sobre el último capítulo de la vida, de Sherwin B. Nuland), pero que rápidamente deseché; y b) la que te vienes arriba, la que te da por hacer cosas para parecer más joven o impropias de tu edad, como comprarte una motaco, injertarte  pelo o teñirte de rubio pollito, blanquearte los dientes, recorrer Europa de Interrail con la mochila a la espalda castigando tu ya maltrecha L4, o querer ligar en un pub con una chavala de 20 que termina hundiéndote en el fango cuando después de entrarle te dice: “si yo lo conozco a usted (a usted!!??), usted era compañero de banca de mi padre en la miga”. Joder, qué niña más buena tiene el Cabeza, con lo feo que es el padre -refunfuñas con el rabo entre las piernas mientras te diriges bailoteando a la barra, haciéndote el guay, para pedir una bebida que ya nadie toma-.
Mi crisis en concreto se manifestó en forma de triatlón. ¡Qué bien sonaba: triatleta, finisher, ironman...! Se iban a enterar esos niñatos blandengues que corretean por el parque quién era el macho alfa, lo que era un tío duro de verdad. Que me podría haber dado por perseguir a la niña del Cabeza, digo yo, que es menos cansado; pero no, siempre me gustaron de mi edad o mayores. Total que ahí estaba yo, haciendo más largos que un tonto en la piscina y corriendo en el parque con un pepino de reloj que mide hasta los pedos que te tiras, enfundado en ropa deportiva de marca de un color que no sabía que existía, color flúo, y con las piernas, el pecho y las axilas rasurados. Porque eso sí, si quieres ser triatleta lo primero que tienes que hacer es quitarte todos los pelos del cuerpo y comprarte un mono por internet (que siempre te queda pequeño) para el asunto del postureo y para marcar paquetillo. Por cierto, ¡qué me reí!, cuando me vi en el espejo, esas patillas de niño de posguerra infraalimentado que Dios me ha dado, sin un pelo, embutido como un morcón en mi mono color trabajador del MOPU. Otro elemento que no puede faltar en el equipamiento del buen triatleta son las gafas de sol. Todos los tíos duros llevan gafas de sol; ¿o es que no has visto Matrix o Terminator? Y claro, los triatletas somos tíos muy duros, los más duros. No tenemos sentimientos detrás de nuestras gafas deportivas último modelo mientras perdemos la mirada en el horizonte.
Los meses siguientes fueron exhaustos. ¡Qué disciplina, por Dios! ¿Quién había diseñado aquel plan de entrenamiento, Torquemada? El campamento en Cerro Muriano con el sargento más chusquero de todo el regimiento me pareció mucho más relajado que aquel martirio chino. Hiciese frío, lluvia o viento allí estaba yo dale que te pego, venga kilómetros y largos de piscina. Me quedé más fino que un “chiflío”, que diría mi tío Juan. Mi mujer me miraba con cara de preocupación; “¿te hago un cocidito?” - me preguntaba resignada-. Pero nada, yo iba a ser finisher a toda costa.
Y llegó el día de la competición. En mi vida pensé que había tanta gente dedicada a esto. La megafonía del evento anunciaba orgullosa el récord de participación. A pesar de que nos dividieron en grupos, 1500 abducidos nos tiramos al agua al mismo tiempo para rodear una boya que apenas se veía en la lejanía. ¿Han probado ustedes a nadar acompañado por 1500 seres humanos? Algunos dirán que todos los días de agosto en la playa que veranean. Ya, ya..., pero yo hablo de lanzarse al agua todos a la vez y tener que nadar por la misma línea hasta rodear una boya por el mismo sitio, 1500 almas, cada una de ellas con dos brazos y dos piernas que bracean y patalean como molinillos, medio ciego porque se te empañaron las gafas, faltándote el oxígeno, después de haber recibido una coz en toda la boca, tres codazos en la nuca y haber tocado dos tetas. Estresante, ya se lo digo yo. Para colmo confundí la boya con el barco de los jueces (como no veía) e hice más metros de la cuenta; cosa que me volvió a ocurrir en la bici al trabucar el número de vueltas que había que dar a un circuito circular. Esto del triatlón es tela complicado.
Pero con todo no fue lo peor; lo peor vino cuando a mediados de la carrera a pie unos retortijones de estómago leoninos anunciaron “tormenta”. No sé si lo saben, pero la alimentación deportiva ha avanzado una barbaridad. Ahora va todo a base de geles y una especie de alpiste que te venden en unas latas grandes de cinco kilos, como las latas de pintura, que ya llevan todos los carbohidratos, sales, minerales, y todo lo que uno necesita. El problema es no haber probado ese tipo de comida antes de la carrera: mi caso. Yo me había cepillado dos latas de cinco kilos del pienso este que les comento durante los meses de preparación, pero no había testado el efecto de los geles de glucosa en mi cuerpo. Bueno pues ya me estaba enterando, y bien enterado. A ver cómo lo explico sin perder la elegancia. O mejor, no lo explico. Sólo algunos apuntes: 1- No fue fácil encontrar un sitio alejado de miradas sensibles; 2- El papel higiénico no crece detrás de los arbustos de un parque; 3- La gorra sirve para algo más que para protegerte del sol; 4- No quedó ni un gramo en mi interior de los 10 kilos de alpiste ingeridos durante los 5 meses previos. Deshidratado, con  los sudores de muerte provocados por los insufribles retortijones, con un gemelo subido y los restos de la tormenta que no se había llevado la gorra manchando la parte trasera de mi flamante mono de triatlón, por fin conseguí llegar a meta. Cuando uno termina una prueba de estas, después de tantísimo esfuerzo y sacrificio, espera que en la línea de llegada suene la música de Rocky y tu mujer y tus hijos te aguarden con los ojos inundados de lágrimas para abrazarte y decirte: “lo conseguiste, cariño; te queremos, papá, tú puedes con todo”. “¿A qué hueles?” -fue lo que dijo mi lánguida hija adolescente mientras apartaba con asco su nariz de mí-.  “No me vayas a abrazar que estás todo sudado” -prosiguió mi mujer con esa sensatez aplastante tan práctica y tan típicamente femenina-. “¿Papá, tú no llevabas gorra?” -terminó preguntando mi confundido hijo-. A tomar viento el rollo filosófico-deportivo.
Han transcurrido dos meses desde todo aquello. Vendí el mono (después de lavarlo) a mitad de precio en internet. La bici tiene las ruedas desinfladas de no usarla. Ya sólo corro para ir al frigorífico a por un botellín antes de que empiece la peli en televisión. Todavía se me revuelve el estómago cuando veo geles de glucosa. Y sigo sin gorra. ¡Ah, y lo mejor!, me queda nada para cumplir 51; ¡51, qué alegría!. Ya no tendré que plantearme el sentido de mi vida, ni querer parecer más joven, ni padecer crisis existenciales, ni nada de nada. Podré por fin dedicarme a ser lo que siempre he aspirado a ser en esta vida a medida que envejezco: un anciano sabio sentado en el banco de una plaza con el sol cálido de invierno a la espalda, mientras veo pasar con ojos picarones a la niña del Cabeza.

(*) Basado en hechos reales.

martes, 22 de marzo de 2016

Un año más. Una española en Londres, por Elena Soria López

Principios de enero de 2015. Cuando todo el mundo padecía el síndrome postvacacional tras Navidades, una estudiante de cuarto año de carrera reflexionaba en su habitación de Córdoba sobre su futuro. Estaba a tan sólo unos meses de su graduación, por lo que la inquietud y nervios de final de curso invadían su mente sin dejarla pensar con claridad. Fruto de esa reflexión nació un artículo titulado “Cerrando Etapas”, que versaba sobre el comienzo de nuevas fases y la toma de decisiones.
Principios de enero de 2016. Una estudiante, en este caso de máster, escribe delante de su ordenador un artículo para la misma revista con la que colaboró el año anterior. Este año su ciudad es otra: Londres. Sí, esa ciudad conocida por la lluvia, el típico plato de fish and chips y los verdes parques que se confunden con pequeños bosques. Esa ciudad en la que últimamente todo el mundo tiene algún familiar o conocido viviendo.
Como muchos otros españoles, con los que intercambio miradas de complicidad cada vez que nos cruzamos (no importa dónde vayas ni cómo seas, los españoles tenemos un sexto sentido para reconocernos), Londres nos ha ofrecido un sitio en el que vivir, oportunidades de futuro y, por qué no mencionarlo también, un bolsillo medio vacío.
Ganarse la vida fuera de nuestro país no es algo nuevo, pero es una salida a la que muchos jóvenes hemos tenido que recurrir durante estos últimos años. Es una experiencia digna de ser vivida, siempre teniendo en cuenta que hay que sopesar las consecuencias y tenerlo muy claro. Londres es uno de los principales destinos, quizás porque reúne todos los ingredientes para hacerla un lugar adecuado para distintas necesidades.
Las ventajas de vivir en esta urbe son muchas, aunque no cabe duda de que el día a día de un español en Londres es cuanto menos relajado y fácil. Primero, los precios de los alquileres están por las nubes. Encontrar trabajo es relativamente fácil pero, a cambio, hay que dar muchas horas para poder pagar el alquiler y todos los gastos derivados. El transporte, sumado a que las distancias son muy grandes, es decir, para ir al centro se tarda aproximadamente una hora, también influye mucho en la rutina diaria. Sin embargo, al pasar una temporada viviendo aquí te das cuenta de todo lo que tiene que ofrecer y, de algún modo, es una ciudad que, a pesar de la prisa y los precios exorbitados, se echa de menos una vez que se deja. Su oferta cultural, sus típicas casas o los pintorescos barrios que la conforman dejan huella. Incluso la ilusión de ver el sol tras largos días bajo espesas capas de nubes.
¿Pecamos de ingenuidad al pensar que encontraremos en esta ciudad lo que estábamos buscando? ¿Elegí la mejor opción que se me presentó? La verdad que, hoy por hoy, no me imaginaría haciendo otra cosa, ni en otro lugar. Lo que sí tengo claro es que esta experiencia sin fecha de regreso me está aportando mucho. Me gustaría acabar con una nota positiva para los que de nuevo estén en esta situación. Nos equivoquemos o no, siempre hay tiempo de tomar otro camino. Las puertas de casa siempre estarán abiertas. Además, como leí hace poco, nada arruinará más tus veinte años que pensar que deberías tener tu vida planeada a estas alturas. Es algo que deberíamos recordar más a menudo. Hasta la próxima.

jueves, 17 de marzo de 2016

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Twilight Struggle: la trompeta nos convoca de nuevo, por José Alfonso Rueda

“Cuando dos tribus van a la guerra un punto es todo lo que se puede anotar”… o quizás veinte. Así decía una parte del estribillo de la canción Two tribes, del grupo británico de los 80 Frankie goes to Hollywood; un tema que, desde un punto de vista pacifista, ironizaba sobre la Guerra Fría y el peligro de una catástrofe nuclear y en cuyo videoclip encontrábamos a unos imitadores de los entonces máximos dirigentes mundiales, Ronald Reagan y Konstantin Chernenko, dándose mamporros en una especie de ring al mejor estilo Hulk Hogan.
Lo que no sabían aquellos chicos de Liverpool en aquel entonces es que, unos cinco lustros más tarde, Ananda Gupta y Jason Matthews, diseñadores de juegos de mesa, les enmendarían la plana cuando crearon Twilight Struggle para la editorial GMT Games. Y es que, en este fantástico juego ambientado en la Guerra Fría, dos bandos, americanos y soviéticos, disputan una contienda en la que pueden llegar a anotar hasta veinte puntos, los necesarios para que se produzca la victoria automática de uno de los dos bandos.
Twilight Struggle es un juego de estrategia para dos jugadores ambientado en la Guerra Fría, en el período de años comprendido entre 1945 y 1989, publicado en España por la editorial Devir y de motor de cartas o dirigido por cartas. Esto último quiere decir que las acciones que ocurren a lo largo de la partida vienen determinadas por las indicaciones que van apareciendo en el mazo de cartas que, junto al tablero que representa un mapamundi de la época, componen la base principal del juego. Su nombre, que se puede traducir como “Lucha Crepuscular”, está tomado del discurso de investidura de John Fitzgerald Kennedy, en un momento del cual decía: «la trompeta nos convoca de nuevo, no para alzarnos en armas, aunque las necesitaremos; no para ir a la batalla, aunque ya estemos en guerra; sino para que soportemos la carga de esta larga lucha crepuscular...»
El objetivo de Twilight Struggle es conseguir ganar más influencia que el bando contrario en los distintos países y continentes que aparecen en el mapamundi, lo cual proporciona puntos de victoria en determinados momentos de la partida. Obviamente, a la hora de obtener esos puntos de victoria, no todos los países y continentes tienen el mismo valor, tal y como ocurría en la realidad.
Para lograr nuestro fin contamos con nuestra mano de cartas, entre ocho y nueve según el turno, que presentan un evento basado en hechos históricos, y con efectos sobre la partida, y un número de puntos de operaciones con los que aumentar nuestra influencia en los distintos países. Sin embargo, hay que tener en cuenta dos detalles cruciales que son los que dotan al juego de su complejidad estratégica y tensión agonística. El primero es que existen eventos americanos, soviéticos y neutrales que, como es de suponer, favorecen al bando correspondiente, perjudican al contrario y podemos encontrarnos por igual en nuestra mano de cartas. El segundo y letal es que en las cartas con eventos de nuestro bando o neutrales tendremos que elegir entre activar dicho evento y su efecto en la partida o jugar los puntos de operaciones, nunca ambos; sin embargo, si la carta contiene un evento del rival, aunque usemos los puntos de operaciones para mejorar nuestra influencia, deberemos jugarlo obligatoriamente a pesar de que ello nos provoque efectos indeseados. Estas dos circunstancias combinadas hacen que Twilight Struggle se convierta en una continua angustia por intentar minimizar daños y por evitar que el DEFCON alcance el nivel 1 y, con ello, la guerra termonuclear; aspectos tan reales como la historia de la misma Guerra Fría que nos hacen sumergirnos por completo en la época e identificarnos con los mismos Truman, Stalin, Eisenhower, Kruschev, Kennedy, Brezhnev o Nixon.
Como ocurre con el ajedrez, aprender la mecánica de juego de Twilight Struggle no es complicado, aunque la abundancia y variabilidad de cartas y eventos hacen que las posibilidades estratégicas sean enormes, nos devanemos los sesos tratando de organizar nuestra mano y de adelantarnos a la del rival, constatemos que casi ningún plan sobrevive al contacto con el enemigo y que una partida no tiene nada que ver con la otra.
A pesar de que no es un juego de tablero de iniciación y sólo es para dos jugadores, si te gusta la estrategia en mayúsculas, te interesa la historia y tienes un puntito de sufridor, no lo dudes, tienes que probar Twilight Struggle.

Asociación Cultural El coloquio de los perros

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