viernes, 5 de febrero de 2016

La larga marcha, por Ofelia Ara

Merece la pena leer cualquier libro de Chirbes. Podemos elegir uno al azar pues seguro que nos seducirá. La mayoría de lo publicado está dentro del género de la novela, pero también sería lícito pensar en ello como un ensayo, un estudio sociológico, un libro de historia. Chirbes pasea su mirada certera por los acontecimientos que han marcado nuestro pasado reciente y nuestro presente. Una mirada que es capaz de detectar el fraude de la historia oficial y la simplicidad de muchos otros argumentos. En él nada ni nadie es simple. Todos sus personajes tienen sus luces y sus sombras. No hay héroes completos ni villanos totales. Como en la vida real, todos tienen argumentos para sus miserias.
“La larga marcha” se considera la primera parte de una trilogía que también la componen “La caída de Madrid” y “Los viejos amigos”. Pero podríamos decir que culmina realmente con “Crematorio” y “En la orilla”, porque los cinco libros tratan de nuestra historia, de nosotros mismos. El título de la novela que tratamos ahora alude al penoso camino que nuestra sociedad ha tenido que andar desde el fin de la guerra civil hasta los últimos años de la dictadura de Franco. Cuenta la historia de siete familias de diferentes puntos de España (como curiosidad, aparece Montilla en el libro) que terminan entrelazadas por la generación de los hijos que nacieron en 1948 (Chirbes nació en 1949). Siete familias en total, cuatro pertenecientes al llamado bando nacional y tres al republicano. Pero para casi todas hay la misma miseria.
Como ya conocemos por nuestra propia tradición, muchas de las familias proceden del mundo rural. Éste del que habla Chirbes es un mundo apacible, pobre, por supuesto, pero seguro; sin embargo, debido a la pobreza y a la falta de futuro las familias deben emigrar a la capital de su provincia o a Madrid. Y aquí se produce el desarraigo de la primera generación del libro. El hombre nace en un entorno en el que se siente seguro y en el que es continuador de una forma de vida. Pero la pobreza, el ansia de progreso y las consecuencias de la guerra, como es el ostracismo social causado, en algunos casos, por pertenecer al bando perdedor, hacen que los personajes intenten cambiar de vida. La guerra que igualmente atormenta a los del bando ganador, meros peones de ella que les rompe su existencia por la mitad y les hace descubrir en ellos cualidades miserables que no pensaron tener nunca.
Pero todos intentan sobrevivir. La guerra ha terminado y hay que seguir adelante. Es la época donde triunfa la gente sin escrúpulos; predomina la ignorancia y la muerte de la inteligencia. El trato que los supervivientes han hecho con el vencedor es vivir a cambio de dejar de ser uno mismo. A los que resisten hasta el final les toca lo peor, la indignidad. Sobre los que mueren cae un manto de dignidad en el recuerdo.
El libro se divide en dos partes, la primera es la historia de los padres en la posguerra y la segunda es la de los hijos en los años previos al fin de la dictadura, en el primer período de la transición. Como en todos los libros de Chirbes, los personajes progresan, estudian, trabajan, en definitiva (aparentemente) mejoran su vida pero en el fondo no se deja de tener la impresión de que siguen siendo unos perdedores, que siempre salen adelante los mismos, no solo los que tienen derechos adquiridos por nacimiento sino también los caraduras, los sinvergüenzas.
Y, por último aunque no menos importante, es magnífico el uso que hace del lenguaje, cómo lo adapta según el momento cronológico en el que se encuentra la historia. No hay más que leer “La larga marcha” y ver la evolución a lo largo del libro y después acometer la lectura de “Crematorio” o “En la orilla” para sorprenderse con la facilidad en su uso.
Leer a Rafael Chirbes es como volver la vista atrás y pensar con nostalgia y una cierta pena en nuestros abuelos, padres, en nosotros mismos. Como he dicho al principio, somos todos villanos y héroes, no nos llamemos a engaño. Y esto no nos justifica, pero sí nos explica.

“La larga marcha”
Rafael Chirbes. Anagrama. Edición limitada.

domingo, 31 de enero de 2016

Nano Stern, un "ladrío" musical, por Virginia Polonio

Como a Cipión y a Berganza les fue concedida la oportunidad de hablar al anochecer, “El Ladrío” nos concede la oportunidad de hablar sobre el papel. En cada número de esta revista cada página conforma un sonido diferente pues en este espacio se ladra de literatura, se ladra de arte, se ladra de viajes, algunos ladran opiniones y otros ladran poesía, en definitiva, aquí se ladra de cultura.
En esta ocasión mi “ladrío” está orientado a un tipo de música que nace a muchos kilómetros de aquí, en esta ocasión mi “ladrío” se intenta convertir en puente que trata de llegar hasta Chile, en puerta que se abre para que el lector pase y se sumerja en  la música de Fernando Daniel Stern Britzmann, cuyo nombre artístico es Nano Stern.
El pensamiento comprometido con la sociedad de este artista chileno se ha ido formando a lo largo de sus 30 años de edad por dos motivos. El primero de ellos está impreso en su sangre, pues viene dada por un acontecimiento histórico que marcó el destino de su familia ya que sus abuelos fueron una pareja de judíos que huyó del holocausto hasta llegar a este país situado al sudoeste de América del Sur.
La otra mitad de su espíritu activista lo compone la corriente musical con la que Nano Stern creció, que no es otra que la Nueva Canción Chilena, compuesta por nombres como Inti Illimani o Víctor Jara. Las voces y sonidos de esta música se convirtieron en legado para este músico que actualmente es una pieza clave en la tercera generación de cantautores chilenos.
Manteniendo la esencia de la música tradicional de su país, Nano Stern hace que sus canciones conformen un binomio perfecto entre letra y música y que su obra se pueda diferenciar de la del resto de artistas. Las historias que se narran en sus composiciones están impregnadas de humanidad y sentimiento, pues suponen puntos de vista de diferentes temáticas por las que el ser humano se cuestiona día a día.
Porque a través de géneros como la trova o el folk este artista canta a la esperanza, canta al amor, canta a la inmensidad del mundo y la pequeñez del ser humano, canta a la naturaleza, canta al dolor y canta a la alegría, canta a la muerte y canta a la vida.  Todos estos cantos toman cuerpo con el eclecticismo de su música, con la combinación de multitud de instrumentos.
Aparte de su voz, en sus discos y en sus directos están presentes instrumentos como el sitar, la flauta sauce, la guitarra o el violín. Esta mezcla de sonidos hace que su música suponga una fuerte alusión a su tierra  a la vez que elimina fronteras musicales, ya que da a conocer sonidos de otras culturas.
Desafortunadamente la obra de este artista no ha visitado aún escenarios españoles. Espero que cuando llegue hasta aquí, existan muchos oídos agazapados esperando lanzarse y disfrutar de la música de Nano Stern.

lunes, 25 de enero de 2016

Otra vez la memoria histórica, por Carlos Alberto Prieto Velasco

Supongo que el nombre de la ciudad de Oświęcim no dirá mucho al lector. Sin embargo, su traducción alemana, Auschwitz, no necesita mucha explicación. Diferentes palabras, diferentes significados. El nombre polaco evoca una tranquila ciudad de unos 40000 habitantes, volcada en el turismo. El nombre alemán es sinónimo de atrocidad, crueldad y genocidio. El simple hecho de usar diferentes lenguas para referirse al mismo concepto alude a diferentes maneras de recordar un hecho y puede servir como ejemplo de la compleja relación entre memoria e historia, olvido e identidad. Como español, cuando se visita un país como Polonia sorprende el enorme esfuerzo dedicado a elaborar un relato coherente sobre su identidad nacional y su historia más reciente. Polonia ha pasado en menos de 100 años por una Historia traumática: guerra y Holocausto, millones de muertos, amputación de su legado judío, cambio radical de fronteras, transición comunismo-capitalismo, expulsión de minorías; es un compendio de horrores y dificultades. Y todo ello se ha conseguido integrar en un discurso consensuado y coherente con su historia anterior.
Según el neurólogo Nolasc Acarín, la memoria es un producto mental de cada cerebro individual. Memoria es conservar, almacenar y poder evocar lo aprendido. Así pues, parece un fenómeno estrictamente individual e intransferible; ligado a la experiencia personal y vinculado a la creación (o pérdida) de la identidad. Además, desde mucho antes, Émile Durkheim argumentaba la preeminencia de la memoria colectiva en la formación de la memoria de los individuos. Es decir, que nuestro aprendizaje, almacenamiento de información y recuerdo son personales pero están moldeados y condicionados por cómo los demás miran, interpretan y cuentan los hechos de nuestro pasado.
Es por ello que un proceso de recuperación de la memoria histórica es producto de una cierta contraposición de memoria individual o fisiológica, pero condicionado por el discurso colectivo o social. Esta relación tensa entre individualidad / colectividad hace de la memoria histórica un proceso complejo. Así, el investigador italiano Alessandro Portelli habla de diferentes “capas” de la memoria colectiva y, como ejemplo, la masacre de partisanos italianos llevada a cabo por el ejército alemán en Civitella en junio de 1944. Para el relato comúnmente aceptado, los alemanes cometieron un acto vil de asesinato de heroicos miembros de la resistencia. Por ello, Civitella fue condecorada con la medalla de oro al valor civil por su resistencia al fascismo. Paradójicamente, en la misma ciudad el recuerdo es diferente. Se culpa a los partisanos de atacar a los invasores inútilmente cuando la guerra estaba terminando, provocando la reacción de los alemanes y su ensañamiento con los habitantes de la ciudad. Mismo hecho, diferente relato de lo sucedido. Eric Hobsbwan fue más allá y lo llamó la “invención de la tradición”, esto es, desconfiaba del proceso liberal-burgués de creación de naciones del siglo XIX. Siguiendo a Hobsbawn, la memoria histórica corre el riesgo de convertirse en un discurso de pensamiento único, moldeado desde el poder vigente en ese momento y, por tanto, sesgado.
Para evitar este sesgo, que haría que realmente la memoria no fuese aceptada por la sociedad, no es solamente suficiente contar con leyes nacionales o autonómicas. El relato común debe construirse con un consenso social sobre qué recordar, cuánto se debe olvidar y cómo dignificar la memoria. Las leyes son un primer paso, no una culminación. 
Dado que en un fenómeno de confrontación social y conflicto militar es inevitable que existan víctimas y verdugos, creo que las leyes de memoria histórica deben cumplir dos funciones principales: primero, a corto plazo; reconocer, dignificar y reparar, ya sea moralmente, a las víctimas. Esto podrá levantar ampollas todavía, pero es de justicia hacerlo. A largo plazo y más allá de la justa reparación, la memoria histórica debería integrar también otras “capas” de memoria. Después de las leyes sobre Guerra Civil y Dictadura, me planteo cómo vamos a elaborar una memoria colectiva y contar la Transición, el terrorismo de ETA y el papel de los actores implicados, el terrorismo de Estado, los asesinatos de tantas mujeres o la participación de España en guerras y conflictos armados.
Un relato coherente de esta nuestra historia reciente, una memoria histórica de nuestra generación deberían ser las bases para el ideal nacional de los próximos cuarenta o cincuenta años. La duda es si los españoles podemos dejar nuestro cainismo ancestral y construir una visión global de consenso y de síntesis.

jueves, 21 de enero de 2016

Dying Light: otra ración de zombis, por David Luna

Dying Light: otra ración de zombis (nota, 9 sobre 10, casi obra maestra)
En estos tiempos de crisis (será por eso, digo yo), casi todos los días anuncian una película, serie, libro o videojuego de temática zombi.  Estamos viendo zombis por encima de nuestras posibilidades. Este hartazgo está creando una burbuja “zombiliaria” que en algún momento explotará; parece lejano, pero creedme, llegará… Afortunadamente, hasta ese fatídico día vamos a seguir disfrutando, como si no hubiera un mañana, de nuestros “no muertos” favoritos. Aquí os traigo una recomendación perfecta para ello. Dying Light es el enésimo Survival Horror Apocalipsis Zombie Game (o lo que toda la vida se ha llamado un juego de matar zombis).
Posiblemente sea el más completo en su género y seguramente uno de los juegazos del año 2015. De los creadores de Dead Island, la Techland Inc. ha subido un peldaño más y ha conseguido coger todo lo bueno de éste e introducir nuevas mecánicas jugables que, la verdad, funcionan bastante bien. Hablamos de un juego “sandbox” (un género de videojuego abierto y no lineal) con cierto toque RPG (del inglés role-playing game, literalmente «juego de rol») y cuya gran novedad es el parkour. Ahora podemos subirnos a tejados, saltar y rodar de una cornisa a otra, escalar grandes edificios y piruetas aún más increíbles al más puro estilo Yamakasi.
Lo primordial será sobrevivir a las hordas ingentes de zombis que no cejarán hasta acabar con nosotros, sólo habrá un pequeño respiro en los refugios que nos servirán para equiparnos y volver inmediatamente a la lucha. Otra gran novedad son los ciclos día y noche. Por el día la ciudad es tu patio de recreo, pero al caer la noche los enemigos se vuelven increíblemente fuertes y veloces, además, habrá un tipo de infestado nocturno que nos complicará tanto las cosas que evitaremos una confrontación directa a toda costa (os aseguro que da bastante miedo).
Como buen “sandbox”, empiezas indefenso y a merced de todos los peligros que acechan, así que la táctica principal será usar los tejados, escapar y no meterse en líos. Poco a poco iremos subiendo de nivel, desbloqueando habilidades, dropeando armas o comprándolas a los vendedores y mejorándolas con multitud de gadgets marca de la casa (catanas de fuego, bates de béisbol eléctricos, cuchillos tóxicos…), lo que te convierte al cabo de unas pocas horas en una bestia invencible independientemente de la dificultad en la que juegues. Éste es el único aspecto negativo de Dying Light (tomen nota, señores desarrolladores), que llega un momento en el que sobrevivir en la ciudad de HARRAN no es un verdadero reto. Además, en mitad de la partida y por tu cara bonita te dan el gancho (sí, amigos ¡EL GAAAAANCHO!) y podrás recorrer la ciudad al más puro estilo Batman Arkham City, lo que le quita la poca verosimilitud que Dying Light ya tenía.
Uno de los alicientes, y por lo único que lo compré nada más salir (al precio que tienen los juegos en el período de lanzamiento), es sin duda su cooperativo a cuatro jugadores. Salvo el tutorial y la última misión, se puede jugar entero con tres amigos, reduciendo todavía más su dificultad, pero multiplicando a raudales la diversión. Su duración es de unas 15 horas de media y su rejugabilidad es escasa, aunque el coop alargará el juego todo lo que tú quieras. También se puede jugar PVP (player versus player) en una modalidad llamada Sé el Zombi. En ella nos convertimos en un zombi monstruoso y completamente chetado que invadirá las partidas de otros jugadores quienes, por ende, también invadirán la tuya. Puede ser muy divertido si juegas con amigos, pero un verdadero suplicio si juegas con desconocidos. Particularmente, recomiendo desactivarlo porque el bicho está demasiado over y los supervivientes no damos la talla.
Gráficamente es un juego muy exigente en PC, sobre todo si no cuentas con una tarjeta NVIDIA de última generación. El sonido está muy logrado, los zombis te pondrán el vello de punta con sus aullidos y gruñidos, recomiendo jugar con cascos y de noche. A destacar la BSO, sobre todo el tema que suena durante el menú, que más de una vez he tarareado.
En definitiva, cómpralo si vas a jugar con amigos hoy mismo sin perder ni un segundo, pero si sólo vas a disfrutar del single player te recomiendo que esperes a que esté de oferta.

sábado, 16 de enero de 2016

Carmen Boza, por Alba Delgado Núñez

Se llama Carmen y hace canciones.
Posiblemente la música la descubriese a ella antes de darse cuenta. Cuentan que odiaba las clases de música del colegio, pero que un día se embrujó por una guitarra vieja… la cual más tarde vendió en un ajuste de cuentas. Al no poder desintoxicarse, se compró un piano, con el cual mantuvo una bonita relación amor-odio bastante particular. Hasta que un día comenzaron a entenderse, a escucharse, a mimarse, a acompañarse, a fusionarse… creando algo muy parecido a la magia. De ahí empezó a hacer versiones de otros cantantes y las subía a un canal de la archiconocida plataforma “YouTube”. - Creo que la que más lo petó fue una cover de Zahara y su tema “olor a mandarinas”-. Nunca mostraba su rostro. A veces, también daba a conocer pequeñas estrofas que vagaban por su cabeza, hasta que un día comenzaron a salir canciones enteras.
Canciones que son mucho más que eso, son un punto exacto donde convergen los sentimientos, donde los sonidos se acarician, se muerden, se chupan, a veces se calcinan… Es la belleza de su voz, la polivalencia, el alcance… La maestría de su lírica junto con que sabe el momento exacto donde meter una nota y una palabra. Como cuando mezclas las galletas, el chocolate y el helado y sale el batido perfecto. Con el sabor justo, la dulzura justa, el frío justo y, sobre todo; el tamaño justo. Aunque ella siempre nos deja con ganas de más.
Ya no es sólo por el hecho de que la música mola. Ella hace sus canciones y nos transporta. Quizá compuso una idea y nosotros desciframos otra. Pero es lo que pasa cuando necesitamos oír de otro lo que tenemos que oír. Muchos cantantes hacen buenas canciones pero, sin embargo, en directo dejan mucho que desear. Este caso no, este caso sorprende de todas las maneras.
Desde luego, aquella niña de la Línea se ha ido haciendo mayor poco a poco y con ella sus obras. Después de aquellas versiones y estrofas que publicaba sin dejarse ver, sacó algo parecido a una maqueta. Grabada en casa con mucho cariño y sencillez. Quiso que se llamara “Rollitos de Primavera” y se componía de historias de todas las clases y colores. Mientras tanto, Boza realizaba algún concierto que otro dejando al público boquiabierto. Cautivando oídos y mentes mientras los demás nos entregábamos, al doscientos por ciento. Así fue que, cuando decidió grabar en un estudio, hizo una campaña para recaudar fondos y, en el primer día, consiguió más del dinero que necesitaba. De ahí nació “La Mansión de los espejos” con canciones nuevas y versiones mejoradas. Ya de forma más profesional, con banda y todo. Ahora mismo podemos encontrarla por ahí dando conciertos y sorpresas, contando historias en Instagram, poniéndonos los dientes largos… dándole su toque personal a las canciones de otros cantantes…
En fin, es menester prestarle un rato a la muchacha.
Sin más, yo me despido y, como ella suele jugar a decir: “No se ha terminado aquí… ¡Volveremos a vernos!” – Fin.

martes, 12 de enero de 2016

Breve ensayo sobre el odio, por Juan Antonio Prieto Velasco

Los recientes atentados de París, cuyas causas ni consecuencias quiero entrar a valorar, me han llevado a reflexionar acerca de uno de los sentimientos más abominables que puede albergar el ser humano junto con la envidia: el odio.
El poeta latino Catulo decía: «Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris./Nescio, sed fieri sentio et excrucior» (Odio y amo. Quizás te preguntes por qué hago esto./No lo sé, pero siento que así ocurre y me torturo). Podría pensarse, efectivamente, que del amor al odio hay un paso, que van de la mano; pero dos sentimientos absolutamente opuestos jamás pueden estar tan próximos, no pueden coexistir. Lo único que tienen en común es su fuerza arrebatadora, su naturaleza inexplicable, su capacidad para hacernos perder el control y la razón, pues —aunque en direcciones contrarias— enajenan nuestra voluntad y pueden llegar a producirnos un sufrimiento atroz. Sí, no se ama si no se sufre, aunque solo sea por el temor a perder la persona amada.
El odio es algo más que la negación del amor. Es el resultado de una aversión consciente, a veces deliberada, hacia algo, o peor, hacia alguien a quien se le desea el mal que con tanto esfuerzo tratamos de eludir a diario. Es grave odiar a otras personas por sus diferencias políticas, religiosas, raciales o étnicas, culturales, lingüísticas, de orientación sexual, etc., pero es más grave, si cabe, aprovecharse de la ignorancia manifiesta de quienes ejecutan ese odio inspirado e insuflado por gerifaltes desde una posición de poder que les guarece. No solo es grave, es ruin, mezquino y cobarde.
Pero la mezquindad humana —de nuevo como la envidia— no conoce límites y hay quienes en lugar de ocuparse y preocuparse de los problemas propios demuestran más interés por los ajenos. El odio esconde, con toda probabilidad, una venganza convenida y, cuando se ejerce en nombre de un dios o de un supuesto derecho a la libertad, es cuando dicha venganza, ese dios y esa libertad quedan completamente deslegitimados.
Odiar, me temo, es inherente a la naturaleza humana, pero nos desvirtúa como seres racionales, nos devuelve nuestros instintos más primarios y nos aleja de cualquier fin, por digno que este fuera. Teofrasto, en el s. IV a. C., intuyó la relación, desmentida por la medicina moderna, entre los humores y el carácter de los individuos, según la cual el odio nace de un exceso de bilis amarilla frecuente en personas coléricas y viscerales.
Con independencia del origen humoral del odio y otros sentimientos, el odio es repudiable como repudiables son quienes lo profesan: el odio enmascara las múltiples virtudes, a menudo ocultas o latentes, del ser humano, que afloran en los momentos de especial necesidad, demostrando que la solidaridad, el altruismo y la generosidad se sobreponen con creces al fanatismo, la barbarie y la ingratitud que genera el odio. Es mayor el sufrimiento que rezuman quienes odian que el de los odiados, porque los primeros se afanan en procurarle el mal, pero los segundos tan solo viven.

viernes, 8 de enero de 2016

El amante bilingüe (de Juan Marsé), por Virginia García

La contraportada dice: “Una veraz e irónica pintura de contrastes sociales, cuando en Cataluña se vive el pleno apogeo de apertura y de recuperación de la lengua catalana. Joan Marsé no consigue aceptar el abandono de su mujer. Para reconquistar a esta bella dama de la alta burguesía decide ponerse en la piel de un charnego llamado Faneca y así acercarse a ella con sus nuevos aires viriles. Despiadada y conmovedora historia en la que los seres marginales hacen cimbrar los valores de la gente acomodada.”
Y yo lo resumo así:
Siempre hay alguien que hace que nos volvamos tarumbas, algunos con más suerte y otros con menos, si los astros se alinean surge una relación romántica, en este caso los personajes no pueden ser más distintos, pero Joan Marsé cuando se enamora de Norma consigue conquistarla, se casan y viven unos 4 años de felicidad, pero de repente se esfuma, era algo que se veía venir. Ese batacazo hace que Joan pierda el norte (el sur, el este, el oeste.... lo pierde todo), de manera que poco le falta para ser un vagabundo, porque mendigo ya lo es. La obsesión que tiene hacía su mujer le hace realizar una última treta para conquistarla, disparatada, y hasta aquí puedo contar.  Las clases sociales se juntan y parecen que pugnen por mantener la integridad de una y otras. Aparte de la sátira sobre la política lingüística vivida en la época de los personajes, que también da mucho que pensar.
Debo reconocer que leí este libro porque sabía que me iba a interesar, y es que Juan Marsé me agrada mucho; me habían dicho que este era algo flojillo, pero qué va. Me ha gustado mucho, quizás lo que más es el aspecto físico de los protagonistas, ya que estamos acostumbrados a que sean guapos, o al menos monos, y aquí parecen más del montón; también tienen otra edad (entiéndase, distinta a la mía).
Desde la primera página me han despertado compasión los personajes, esa vida tan solitaria que llevan, sobre todo él; ella está vacía por dentro.
Gracias a su treta, Joan resurge, muy cambiado, pero parece que su vida vuelve a retomar sentido, y es que tras la ruptura de su relación con Norma su vida cae en picado por su abandono personal. Cuando su ardid tiene éxito parece que la nube negra que atormenta su cabeza se disipa y vuelve a encontrar sentido a la vida. Aunque sigue estando como un chota…
Reconozco que quizás este libro no sea para todos los lectores, pero sí os digo que me ha cautivado, que me parece que tiene un final, que aunque se esperaba desde la mitad de la novela, muy propio, como en la vida real, los dioses se caen de los pedestales cuando los tocas.

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