lunes, 19 de agosto de 2019

El retrato del papa Inocencio X, por Ángel Márquez

De todos son conocidos los monumentos y obras de arte que guarda la ciudad eterna de Roma. Instintivamente, cuando pronunciamos Roma, la asociamos a una ciudad cuyos pilares están basados en el arte; iglesias, basílicas, esculturas, columnas, pinturas, palacios, museos, catacumbas, historia e infinidad de piedras trabajadas por las manos y la inteligencia del hombre. Por eso Roma es y será siempre la ciudad eterna. 
Hoy mi paseo por el recuerdo se encamina al palacio Doria Pamphili y a su extraordinaria galería. En la Galeria de Arte Doria Pamphili todo es magnífico. Se entra en un maravilloso palazzo renacentista, como muchos de los que existen en Roma, la mayoría de ellos adaptados a museos. Cuando llegas al palacio Pamphili esperas ver un museo lleno de obras de arte, de excelentes y extraordinarias obras de arte. Lo que no encuentras es el museo. Es esto lo más extraordinario y quizás lo más singular de la galería: no es un museo. Es una colección particular, en una casa palacio particular, que aún está habitado por la dinastía Doria Pamphili. En ella hay obras magnificas y de primer orden: Caravaggio, Jan Brueghel, Hans Meling, Guido Reni, Tiziano, Rafael, Velázquez y muchos más. Como no es un museo, el ordenamiento y colocación de las obras de arte tiene un cierto desorden y una ubicación en las paredes que nos choca con la visión que tenemos de los museos modernos; pero la disposición de esas obras lleva cuatro siglos dispuesta ahí de esa manera y es así como hay que verlas o no verlas, pues muchas de ellas están colocadas en los pasillos sin una iluminación adecuada, algunas situadas a una altura girafada y casi todas pegadas unas con otras, creando un cierto batiburrillo en que alguna que otra obra maestra se nos escapa. Esta galería hay que visitarla con unas ciertas dotes detectivescas.
De los grandes maestros pintores que nombré antes hay una obra del gran Diego Velázquez, quizás sea la obra emblemática de la Galería Doria Pamphili: “El retrato del Papa Inocencio X”. Es una pintura realizada al óleo por Diego Velázquez en el año 1650. Está documentado que el papa posó para Velázquez y este aprovechó su oportunidad para pintar quizá el mejor retrato de la historia del arte. Se dice que cuando Inocencio X lo vio terminado dijo un poco desconcertado “troppo vero (demasiado veraz)”. Y es en esta afirmación donde radica todo el contenido para afirmar que es el mejor retrato de la historia del arte.
Teniendo conocimiento que en la galería se encontraba esta vedette de la pintura, mi inquietud aumentaba cada vez que pasaba por un pasillo esperando encontrarme con Inocencio X; a qué altura estaría y con qué acompañantes. Casi sin darme cuenta, por muy poco me lo paso de largo. En una pequeña habitación, casi en un habitáculo con unas medidas aproximadas de cuatro metros de largo por tres metros de ancho, se encontraba allí Velázquez, Inocencio X, su retrato y yo. Como digo, todo es curioso en esta galería. En los grandes museos si hay algo que nunca falta es la gente, las colas que crean y las esperas, que te obligan en muchos casos a verlos de una manera borreguil. Aunque parezca inaudito, yo me encontraba sólo frente al Papa. En las cuatro paredes de la saleta solamente está el cuadro de Inocencio X, y en la pared opuesta una banqueta para mirarlo, admirarlo y conversar con él. En los quince minutos que estuve frente al cuadro, solamente interrumpió nuestra intimidad una pareja extranjera (yo también era extranjero). El retrato fascina e intimida. Velázquez consiguió pintar el rostro y el cuerpo del Papa Inocencio X, pero también retrató su carácter y casi diría que retrató su alma. Es en la mirada de Inocencio (una mirada totalmente opuesta a su nombre) donde recae la fuerza del retrato. Más que estar frente a un cuadro de pintura, en ese momento me encontraba en una audiencia que el papa me había concedido. Hablamos de varios temas generales  que derivaron casi en confesión, y si sigo más tiempo allí, salgo con una bula papal. Me despedí del papa Inocencio X y le di las gracias a Diego Velázquez por haberme conseguido esta audiencia papal.
Cuando salí del Palacio Doria Pamphili, me acordé que no besé el anillo de su santidad (majestuoso como todo el cuadro). Espero que este olvido no sea un atenuante para ir al purgatorio.

lunes, 12 de agosto de 2019

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El crowfunding en los juegos de mesa, por Víctor Barranco


Una vez más me permito el capricho de utilizar estas páginas perrunas para plantear una cuestión relativa a los juegos de mesa; en esta ocasión, sobre las nuevas formas de financiación surgidas en los últimos años y, en concreto, del crowdfunding. Para los más acérrimos hispanófilos, usaré la expresión microfinanciación colectiva, y de paso me ahorro cualquier explicación…
Esta suerte de suscripción popular tiene su origen en el antiguo patrocinio con el que los mecenas financiaban la labor artística en sus círculos de influencia. Dejando atrás una extensa y prolija historia del mecenazgo, nos situamos al final del siglo XX con la financiación colectiva que el grupo de rock británico Marillion empleó para sufragar su gira americana. Pese a ser considerados como pioneros del crowdfunding, estoy seguro que Robe Iniesta y nuestro Extremoduro tienen réplica para ese honor…
En el mercado de juegos de mesa, el crowdfunding comenzó como una vía (la única, en muchos casos) para que un autor desconocido pudiera lanzar su propio juego de mesa. La dificultad para “vender” el prototipo a una editorial conocida hizo posible que este tipo de financiación colectiva se abriera camino en el sector de los juegos de mesa.
El concepto de comunidad es el fundamento básico del crowdfunding. Por eso la democratización de las redes sociales ha hecho que el fenómeno aumente de forma exponencial. El empoderamiento de la masa gamer es la principal baza del autor. Y los jugadores-mecenas podrían, mediante este sistema, disponer de juegos que por su envergadura, complejidad o precio no saldrían nunca a la luz por métodos tradicionales.
Pero como todo en cuestiones que puedan expresarse en euros, el crowdfunding parece haber olvidado su primigenio afán por apoyar a artistas independientes o autores noveles para monetizarse por sí mismo. Las editoriales aprovechan el tirón de este tipo de mecenazgo para lanzar sus próximos juegos por plataformas como Kickstarter, Verkami (española) o Ulule y asegurarse del éxito de ventas. Si no alcanzan un número de “pedidos” mínimo, el juego se queda en el baúl de los recuerdos. ¿Dónde quedó el concepto de riesgo y ventura del empresario? ¿Por qué debe el autor confiar en una editorial de este tipo, pudiendo él mismo lanzar su propia campaña de crowdfunding y evitar intermediarios?
A mayor volumen de mecenas y mayor cantidad invertida, la editorial tendrá una tirada mayor, lo que reduce el coste unitario y aumenta su beneficio. Y todo sin haber asumido ni un solo riesgo en el proyecto.
Está claro que el jugador también se beneficia con este sistema. En la mayoría de los casos, el dinero se recupera si no se alcanza el objetivo. Los llamados early birds ofrecen las primeras unidades a un precio sensiblemente inferior al de mercado futuro. Además, suelen incluirse recompensas para los que más apoyen el lanzamiento del juego. 
Pero… ¿y los riesgos? Kickstarter es una plataforma donde las aportaciones a proyectos son donaciones, y nadie obliga al creador a entregar lo prometido. En otro artículo entraremos a analizar éxitos y fracasos del crowdfunding en los juegos de mesa, pero como adelanto mencionaremos la sonora espantá de Gamezone con su HeroQuest 25 aniversario, un juego que batió récord de recaudación en España y cuyos mecenas continúan, 6 años después, esperando su recompensa… 
¿Y la calidad de esos juegos de mesa? Formar parte del selecto club de las grandes editoriales es complicado, pero al jugador le da cierto aval sobre el juego que adquiere. En el crowfunding, una buena campaña publicitaria y de difusión en redes puede encumbrar un pésimo juego. Tenemos numerosos ejemplos de juegos de dudosa calidad que no pasan de ser un obra de un aficionado con poco futuro en el sector. En el sistema de venta tradicional, los juegos son suficientemente testeados antes de salir al mercado.
Por todo esto, bajo mi punto de vista, convertir el crowdfunding en una especie de pre-orders para grandes compañías no puede ser nada bueno. La esencia del micromecenazgo se pervierte cuando se expone a las leyes del libre mercado. El riesgo del proyecto se traslada de la editorial al consumidor-jugador. Tenemos más juegos, pero muchos de peor calidad. Terrible.
Sin embargo, el crowdfunding continúa imparable su marcha ascendente. Y eso no tiene más que una explicación: somos lo que consumimos. Avisados estamos…

lunes, 5 de agosto de 2019

Gibraltar, por Paco Vílchez

Nunca se escondió, la naturaleza ya le dio, hace mucho tiempo, un  maravilloso  esplendor. Cuentan que Hércules fraguó aquí sus columnas pensando en ella. Y ella ha sabido responder desde tiempos ancestrales manteniéndose bien erguida, e incluso a veces mirando de forma insultante a sus alrededores. Como a ese mar que ante su grandeza se parte en dos, otorgando una especie de sacrificio ante la diosa Gibraltar. El Mediterráneo y el Atlántico se muestran así agradecidos por haberlos parido cuando aún todo era una inmensa mancha de tierra.
Pero eso fue hace muchos años, muchísimos, tantos que Gibraltar se ha transformado de forma camaleónica en lo que le ha venido en gana. Así lo hizo tras la conquista romana, luego visigoda, más tarde árabe, y ahora en estos tiempos modernos se deja querer por latinos y británicos casi de la misma manera. Respondiendo con personalidad propia, con poderío, a esos impulsos egoístas de todas las civilizaciones por igual de poseerla de forma obsesiva.
Y es que su lugar en el mundo es privilegiado. Así como su silueta rocosa bañada por la mar, despidiendo a una rancia Europa y tocando con la punta de sus dedos a una fatigada África. Mirando atentamente de reojo a las Islas Británicas y sabiéndose embelesar a sí misma con arquitectura inglesa, pero a la vez manejándose en un mejunje lingüístico entre el inglés y el español salpimentado con un acento andaluz que va más allá de lo puramente cultural, adentrándose en lo más genuino. Trucos de alcoba para salir bien parada ante ambos conquistadores.
Gibraltar, como buena madre, también aprendió a sufrir y esconder sus cicatrices para lucir más bella, para mostrar siempre su cara más amable. Cada asedio fue marcándola y transformándola, y a cada uno de ellos intentó responder con belleza y misterio. El castillo, la zona fortificada, los kilómetros de túneles que reventaron sus entrañas…
Gibraltar sonríe con humor casi negro británico y con la alegría y la luz de estas tierras del sur. Metamorfosis y transformismo en estado puro, casi surrealismo.
Tanto como ese aeropuerto en plena calle que corta el tráfico de autos y viandantes de la forma más cotidiana, cada vez que aterriza o despega un avión. O tanto como las pandillas de macacos que acechan e intimidan a los viajeros que quieren disfrutar aún más de Gibraltar subiendo a lo alto del peñón para poder divisar y contemplar paisajes solo para privilegiados. 
Por ello y por mucho más habría que ir a Gibraltar, a pesar de que no acabé muy convencido y con la sensación de haber perdido el tiempo y dinero, creo que hice lo correcto.
Y es que Gibraltar posee una atracción especial, tanto que ahora que la conozco no volvería a visitarla. Menos mal que ya me lo he quitado de en medio…

domingo, 28 de julio de 2019

Chernobyl, por José Alfonso Rueda

Me gusta HBO. Me sorprende. No se deja guiar exclusivamente por las estadísticas de los usuarios y las modas que establecen los bots que controlan las interacciones de los usuarios. Innovan, arriesgan, se salen del guión y se inventan productos novedosos que nadie demandaba previamente, sin escatimar calidad en la producción.
A la misma vez que concluía “Juego de tronos”, la serie de series, HBO decide contraprogramarse y estrenar “Chernobyl”; lo que ninguna plataforma hubiera siquiera planteado hacer deciden hacerlo ellos. ¿Hay algo capaz de desviar la atención de los espectadores del destino final del trono de hierro y los caminantes blancos? Incluso la aún más longeva “The Big Bang Theory” programa su final para algo más tarde.
A pesar de todo ello, “Chernobyl” aparece en nuestros listados de estrenos. La crítica la menciona; algo que ver en ese fatídico mayo que nos deja sin esas dos series que quedarán para la historia. Algo para mitigar nuestro mono, nuestro desasosiego. Habrá que verla. Y entonces, al darle al play del primer episodio, es cuando descubres que no es una serie cualquiera, un producto para consumir sin más, sino que te encuentras ante un hito televisivo.
La intriga argumental está al nivel de “Jesús de Nazaret” o “La túnica sagrada”; todo el mundo conoce el final y el principio. Una central nuclear soviética reventó en 1986, lo llenó todo de contaminación radiactiva en miles de kilómetros a la redonda pero se pudo controlar el apocalipsis gracias a miles de personas que sacrificaron su vida o su salud, a pesar del oscurantismo del Politburó. Y eso es lo que nos han contado decenas de documentales y también “Chernobyl”, claro, no se van a inventar los acontecimientos.
Pero pocos retratos ha habido hasta ahora centrados en esas gentes que sufrieron el accidente nuclear: trabajadores de la central, equipos de emergencias que actuaron ese día, vecinos de las localidades cercanas, científicos y políticos que lidiaron con el marrón para intentar resolverlo, “voluntarios” que colaboraron en la contención de la radiación… Lo mejor de “Chernobyl” es eso, que centra su foco de atención en los dramas personales que la explosión del reactor provocó. Y lo hace sin alharacas, con contención, sin excesos. Cinco episodios que se pasan volando, sin darse cuenta, deseando al final que llegue el siguiente. Narración cinematográfica al máximo nivel, aunque estemos en una serie; diálogos concisos pero atronantes; personajes profundos, para nada planos; secuencias que se explican por sí solas; banda sonora apabullantemente sencilla (¿puede sonar más aterrador el simple chirrido de un detector de radiactividad?). Además, desde el punto de vista del estilo, cada episodio es diferente del resto, como si pertenecieran a géneros cinematográfico-televisivos distintos: thriller, ciencia-ficción (aunque real), terror, documental, drama social o político, histórico, científico… Todo ello nos podemos encontrar en “Chernobyl”. También unas interpretaciones excepcionales y un diseño de producción prodigioso, como si de un “Cuéntame” soviético se tratara, que hace afirmar a quienes vivieron en aquella época y en aquel lugar que la recreación y ambientación son perfectas.
Y todo ello, justo al terminar “Juego de tronos”, con un final conocido y sin más pompa o publicidad que la habitual. Pero, como dije al principio, es lo que tiene HBO; cuando el público pide, suplica, un determinado producto, ya que nos habíamos acostumbrado, ellos te dan otro radicalmente distinto. Y lo peor de todo es que nos gusta, nos maravilla.
Si aún no has visto “Chernobyl”, ya estás perdiendo tiempo.

domingo, 14 de julio de 2019

18 Cata de Cerveza "El coloquio de los perros"

Los próximos días 25, 26 y 27 de julio, de jueves a sábado, a partir de las 21 horas, en las Naves Municipales de Avenida de las Camachas de Montilla (antiguas naves de Ciatesa), la Asociación Cultural El coloquio de los perros celebrará su 18 Cata de cerveza.
El evento, una actividad de referencia en el verano comarcal, que cuenta con la colaboración del Ayuntamiento de Montilla, vuelve a disponer de unas 70 marcas de cervezas rubias, tostadas, negras o rojas, con y sin alcohol, nacionales y de importación, artesanales o de abadía, lager y ale, IPA, de trigo o de cebada, que se dispondrán organizadas en cinco tipos diferentes, según su precio.
La edición de 2019 mantiene la oferta de cocina y la instalación de mostradores, mesas y sillas dispuestos para disfrutar de la cata en el recinto ferial de Montilla y, además, para quienes visitan la cata en familia hay que añadir un castillo hinchable para los más pequeños. Todo ello aderezado por una estupenda selección musical de acompañamiento y numerosas ofertas y promociones para los asistentes a la cata que se harán públicas a través de la megafonía y las redes sociales de la asociación durante la celebración de la actividad.
Los organizadores esperan volver a alcanzar las 6.000 visitas durante los tres días de duración de la actividad, repitiendo éxito de asistencia y animando a todos los montillanos y montillanas, habitantes de los pueblos vecinos y visitantes a pasar por las Naves Municipales de Avenida de las Camachas desde el 25 al 27 de julio para disfrutar de una cerveza fría junto a una buena conversación en buena compañía, eso sí, desde el consumo responsable.
La Cata de cerveza tuvo su primera edición en 2002 como respuesta a una inquietud de los socios de "El coloquio de los perros", aficionados a refrescar los calores estivales con cerveza fresca, que se plantearon organizar un evento en el que probar y conocer diferentes cervezas nacionales e internacionales, a la vez que fomentar la interacción y el diálogo intergeneracional, el consumo responsable y la aportación histórica de esta milenaria bebida a la cultura tradicional mediterránea y europea. Además de todo esto, los beneficios obtenidos en la Cata de cerveza permiten a la Asociación financiar el resto de actividades que realiza, como la revista "El ladrío", el Concurso de Relato Corto y Fotografía, las catas de vino dirigidas o ciegas, las presentaciones de libros, los coloquios sobre temas de interés y de actualidad, el intercambio de libros en el Día del Vecino, las visitas guiadas a distintos lugares de interés en la provincia o las rutas fotográficas culturales.

miércoles, 10 de julio de 2019

Brácana, por Sonia Zurera

Aquel que no viva o no haya vivido en Montilla no puede saber qué es Brácana. Y aun así, si es mujer no habrá traspasado el dintel de “su república independiente”. Al margen de ese “club masculino” y profundizando en la idea de visitar un pueblo precioso de la Campiña, podemos abundar en calificativos si queremos expresar por qué Montilla y no Cabra o Lucena es el pueblo elegido para disfrutar en familia.
Si es el estómago el que te empuja a viajar, reserva en el “Bar Carrasquilla”, donde no sólo comerás bien sino que quien lo regenta te hará sentir como en casa, o bien reserva para almorzar en el restaurante “Hisa”, en la Avenida Andalucía, comodísimo justo a la entrada de la ciudad. Sólo entonces comprenderás que hay locales que no necesitan una estrella  Michelin para hacer que  tus sentidos disfruten al máximo con sus platos, buen servicio, precio medio comparado con las capitales y calidad excepcional.
No obstante, si además eres atrevido, te recomiendo antes de llegar al “Hisa” hacer una parada más arriba, en el Barril de Oro, y degustar los vinos de la zona, denominación Montilla-Moriles. Lo más parecido a un vino joven de los que sueles elegir fresquitos es un riquísimo vino de tinaja; pídete un Lagar Blanco mientras estás sentado en su terraza viendo de frente la antiquísima Bodega  de los Alvear. Sin duda, Montilla es una ciudad con solera, con un vasto patrimonio muy cómodo de visitar por lo recogido de su casco histórico. Cuentan con el museo de un atractivo pintor: Garnelo, poco conocido incluso para la gente de Córdoba que vive tan cerca y, sin embargo, es una pintura de factura impresionante. O simplemente visita la Casa del Inca Garcilaso y te transportarás sin esfuerzo al siglo XVII, donde este peruano mestizo de renombre estableció su residencia durante 30 años. Y es que Montilla es una auténtica caja de sorpresas agradables. Que quieres buenos manjares, los tienes. Dulces finos y exquisitos, no lo dudes, pásate por la legendaria pastelería de Manolito Aguilar cuando vayas de camino al centro y prueba el característico hojaldre de esta zona o llévate una preciosa caja decorada de sus alfajores, pura almendra en la boca.
Quien me haya ido leyendo habrá comprobado que me refiero a este municipio del sur de la provincia de Córdoba como la ciudad de Montilla, y así es señores. Fue en 1630 cuando el rey Felipe IV le concedió el título de ciudad a la localidad. Con sus 23.840 habitantes supone un buen lugar para vivir, no sólo por su práctica ubicación, a 25 minutos por autovía de Córdoba capital, a menos de dos horas del aeropuerto de Málaga y su costa o simplemente a menos de hora y media de Sevilla. ¡Qué más se puede pedir! Pues hay más, su gente: es amable, muy educada y servicial y no, no es peloteo; los montillanos son en general buena gente y te hacen sentir rápidamente uno más y eso lo sé de buena tinta, no pasa en todos los lugares del mundo ni mucho menos, donde adaptarse a la vida de un lugar cuando lo eliges para residir se te hace cuesta arriba.
Eso sí, bromas aparte, son raritos los de Montilla; por aquí, cuando juegas con una pelota y se embarca en un tejado, por ejemplo, dicen “chinchar”, a las enagüillas de la mesa camilla que te abrigan con el brasero las llaman “la bayeta” ¿?. También puedes escuchar a sus gentes mientras caminas, pensando en qué idioma están hablando, que aquel “es un fartusco que dice muchos parches”. Ala, del tirón, y se quedan tan anchos.
Con un poco de humor quiero cerrar un artículo que simplemente pretendía mover la curiosidad del lector y poner esta ciudad entre los próximos destinos a visitar. ¡Vente! Suelta aire, la tensión de una semana dura de trabajo y relájate tras pasar “Las Camachas”, porque en tan sólo una hora habrás comprobado que coger el coche para llegar a Montilla merece la pena y que bien Cabra o Lucena pueden esperar a otro día. Ya que si Cervantes la eligió como escenario de sus novelas ejemplares es porque esta localidad tiene la cadencia de un fandango  y el sabor a vino bien servido.
¡Montilla es para vivirla!

miércoles, 3 de julio de 2019

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Cipión y Berganza: ¿videojuegos o juegos de mesa?

El Coloquio de los perros es la Novela Ejemplar cervantina en la que aparecen Montilla y la Camachas, y da nombre a nuestra asociación. Sus protagonistas, dos canes, Cipión y Berganza, también pretenden serlo de nuestra revista. En cada número, a través de sus reflexiones y posturas en páginas centrales, uno a favor y otro en contra, iremos tratando temas de interés para nuestra sociedad. En esta ocasión, ladrando sobre la participación de las administraciones públicas en el mantenimiento y preservación del patrimonio protegido de propiedad privada.

Cipión: videojuegos
Amigo Berganza, parece que, ahora que los juegos de mesa están de moda, los videojuegos son cosa del demonio, que solo sirven para crear seres solitarios y asociales que rehúyen la luz del sol y cualquier tipo de relación con otros seres vivos.
Partamos de que jugar ha sido, desde siempre, una de las aficiones favoritas de los humanos, no solo cuando somos niños. El juego aporta aprendizaje, principalmente en la infancia, pero también entretenimiento y compañía. Y por muy en el siglo XXI que estemos, seguimos siendo animales sociales con ganas de jugar, de forma más clásica o más moderna.
Es más, vivimos en una sociedad y una época en la que, afortunadamente, disponemos de una cantidad importante de tiempo que dedicar al ocio. Y de unas tecnologías que nos pueden ayudar a ello. Desprestigiar los juegos “virtuales”, “electrónicos” o “en red” en pro de un purismo tradicionalista, sin más fundamento que el de que lo antiguo es más natural, me parece un error considerable; no todo tiempo pasado fue mejor.
Una cuestión a tener en cuenta: la natalidad ha descendido y es más difícil para los niños encontrar otros niños en su entorno con quienes jugar a la manera clásica. En el caso de los adultos, sincronizar los momentos de ocio con otros compañeros para disfrutar presencialmente de una partida no es cuestión baladí. Los videojuegos lo resuelven. Cualquier lugar del mundo nos sirve para buscar alguien con quien pasar un rato lúdico, o para quedar con varios amigos, cada uno desde su casa, sin importar la distancia, facilitando la organización de la partida.
También en el tiempo, además de en la distancia, podemos hallar ventajas. En determinados juegos, los participantes no tienen por qué estar jugando simultáneamente; se realizan las acciones, se guardan, y cuando el siguiente jugador esté disponible, llevará a cabo su turno.
En cuanto a la imaginación y el aprendizaje, ambas salen enriquecidas. El número de historias, situaciones y vivencias a las que podemos acceder a través de los videojuegos, la facilidad con la que hacerlo y la capacidad de inmersión es mucho mayor que en los juegos tradicionales, más encorsetados por la disponibilidad física de materiales y personas. Los hay relacionados con casi cualquier temática; no todos son violentos; nos permiten un acercamiento más sencillo, además de ameno e interactivo, a multitud de contenidos, con las posibilidades educativas que eso aporta.
Y otro factor interesante a tener en cuenta: el desarrollo de las habilidades psicomotrices. No hay que ser un mago de la coordinación para tirar un dado o coger una carta de un mazo sobre la mesa. Sin embargo, en muchos videojuegos la mejora del jugador en las partidas viene acompañada de la evolución de su capacidad para sincronizar las señales visuales y auditivas que recibe con la toma rápida de decisiones y su conversión en uso de determinados mandos o teclados.
Me podrías decir, Berganza, que los videojuegos son caros; pero no más que los juegos de mesa, te respondo, Y aunque no sea políticamente correcto mencionarlo, ahí están la picaresca y el buscarse la vida con el pirateo. Cualquiera no puede crackear un juego, pero sí beneficiarse de la labor de quien lo ha hecho y lo ha compartido.
No pretendo con estos argumentos menospreciar los juegos de mesa por tradicionales, sino hacerte ver las ventajas que nos aportan los videojuegos, como todo aquello en lo que las tecnologías se aplican con sentido común. Y si te animas, conéctate y jugamos una partidita.
Berganza: juegos de mesa
Cipión, cánido digitalizado, ¿no te has preguntado alguna vez por qué en la era de las tecnologías, de lo virtual, de cualquier cosa que quieras te la llevan a casa, cada vez hay más bares y están más llenos? ¿Habrá algo más tradicional, medieval si me apuras, que una taberna? ¿Has visto a alguien compartir unas cañas con alguien a través de la red? Suelen preferir una terraza o una barra de un bar.
A la gente le gusta estar en compañía de gente; no a kilómetros de distancia, sino sentirla ahí al lado. Pues eso mismo ocurre cuando juegan. Notar el sudor de tu contrincante, oler su miedo a esa jugada que te puede dar la victoria, no saber dónde esconderte cuando te fastidian la mano, mandar a por unas cañas al que va perdiendo la partida, dar la mano al terminar, disfrutar y echar unas risas juntos…Eso ha sido, desde siempre, el fundamento del juego, más que ganar o perder incluso.
¿No resulta curioso que en la era digital, cuando los videojuegos son más accesibles, interactivos y “reales” que nunca, los juegos de mesa, los que hay que jugar con materiales de madera, cartón o plástico y con personas sudorosas sentadas frente a ti, se hayan puesto muy de moda? Por su complejidad y originalidad tecnológica no será, desde luego.
Juegos de tablero, de cartas, de rol, de estrategia, wargames, colaborativos, fillers, legacys… ¿Qué tienen en común que los hace tan apetecibles? Para mí, querido Cipión, dos aspectos fundamentales. El primero, que necesitas estar acompañado de más gente junto a ti, físicamente, en torno a la misma mesa, lo que acaba convirtiendo el echar una partida en una excelente excusa para quedar, relacionarse y desarrollar la faceta social que nos caracteriza como seres humanos. En segundo lugar, que al disponer tan solo de unos materiales tan rudimentarios y obsoletos como el plástico, el cartón, la madera o el papel, y no poder crear realidades virtuales casi tan creíbles como la que nos rodea, no queda otro remedio que tirar de imaginación. Y a la gente le gusta imaginar, ir con su mente más allá de lo que sus sentidos le proporciona, quitarse esos corsés sensoriales, aunque nos vengan a través de medios digitales.
Parece que todo lo que no venga a través de esa digitalización, virtualidad, conexión en red y modernidad tecnológica ya no es válido y tenderá a desaparecer. Sin embargo, el día a día, los datos empíricos, nos demuestran que el ser humano es terco, y que, por encima de todo esto, que nos hace más fácil y cómoda la vida, nada es capaz de sustituir la relación personal, cercana, la del cara a cara, porque es algo que llevamos impregnado profundamente desde hace miles de años en nuestros genes y en nuestro bagaje social y cultural adquirido: somos animales sociales, desde los primeros homínidos de los que procedemos, y eso no lo puede borrar de nuestro ADN un desarrollo tecnológico, por inmenso que este sea.
Cipión, perro ludópata, apaga la consola y el ordenador y vente a desfogar tu afición lúdica con los colegas, que hemos quedado esta tarde para lo que se tercie; puede que hasta echemos una partida a algo.


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