miércoles, 21 de febrero de 2018

El ladrío invierno 2018

Ya está disponible la edición de invierno de la revista El Ladrío, pincha en la imagen o aquí para leerla.

https://drive.google.com/open?id=1mn0HeSfvJb6LBVf7rhPSWmhlBgzoAw2J
Las pasadas navidades nuestra asociación cumplió dieciséis años. Una efeméride que, como venimos haciendo desde el primer aniversario, celebramos. Un evento que nos sirve para reencontrarnos con socios y socias a quienes vemos menos, para dar la bienvenida a las nuevas incorporaciones, para hacer un repaso a las actividades que hemos llevado a cabo en los últimos doce meses pero también para cargar pilas y plantear las que haremos en la siguiente docena.
Algunas, tradicionales e ininterrumpidas, casi tan antiguas como El coloquio de los perros, señas de identidad de nuestra asociación, como esta revista, la cata de cerveza o el concurso de relato corto y fotografía.
Otras, con menos trayectoria, que poco a poco se van consolidando, como la ruta fotográfica, las catas ciegas de amontillado y fino o la revista educativa digital EduCan2.0.
Las hay como el Guadiana, intermitentes, que desaparecen y aparecen, unas veces con más caudal y otras con menos. Coloquios, presentaciones o intercambio de libros, días del vecino o rutas culturales.
También tenemos novedades, ideas nuevas que trataremos de llevar del mundo abstracto al tangible de las actividades realizadas y que, por aquello del suspense y la sorpresa, no vamos a adelantar de momento en este editorial.
Y por desgracia aquellas obligadas, las que no nos gustaría tener que hacer nunca, como el homenaje que el pasado enero rendimos a nuestro fallecido socio el poeta cordobés Nacho Montoto en el primer aniversario de tan triste suceso.
Un abanico de actividades que planteamos para este 2018 con un denominador común: nuestra afición a la cultura en sus múltiples manifestaciones y a pasarlo bien en buena compañía. Una compañía a la que invitamos a formar parte a los lectores.
Mientras tanto, os dejamos con estas páginas cargadas de recomendaciones literarias, musicales y turísticas, de composiciones prosísticas y poéticas, de reflexiones sobre los videojuegos y los juegos de mesa y, como siempre, de las opiniones de nuestras almas literarias cervantinas Cipión, Berganza y Leonor Rodríguez “la Camacha”; en este caso, ladrando sobre la alimentación ecológica.
Como recuerdo, una imagen de 2009, a la finalización de la presentación del poemario Mi espacio es un tobogán / Espacios insostenibles, de Nacho Montoto, que nuestra asociación organizó en la Casa del Inca junto al poeta.

lunes, 19 de febrero de 2018

Píldoras deliciosas: Vila Nova de Milfontes, por Paco Vílchez

Vila Nova de Milfontes se presenta serena ante el viajero; sus encantos son naturales y eso es un filtro que ayuda a disfrutar de ella. Como la chica que huye de la gran urbe, de edificios masificados, calles saturadas de vehículos y transeúntes, grandes avenidas comerciales, etc…
Fue concebida en un lugar idílico de la costa atlántica portuguesa, de largo nombre y mayor belleza, Parque Natural del Suroeste Alentejano y Costa Vicentina.
Su esbelta silueta juguetea con las doradas playas de arena fina y el estuario del río Mira entregándose al Atlántico.
Sus apenas cinco mil habitantes disfrutan de inviernos tranquilos, luminosos y soleados, sabiendo manejarse pacientemente con los fuertes vientos que azotan la costa.
Pero es en verano cuando la madura Vila Nova de Milfontes se rejuvenece para recibir a miles de turistas que buscan en ella los sueños de las noches de verano. Y para ello blanquea sus típicas casitas alentejanas con ribetes azulones, se pone el delantal de sabia cocinera para preparar como nadie lo hace el bacalao de infinitas variedades o la carne de porc a la alentejana. Acicala sus playas e ilumina con mimo algunos de sus tesoros, la Fortaleza de Sáo Clemente, o las iglesias y ermitas del pequeño pueblo.
Y es que la época estival le sienta genial a la pequeña fregueisa portuguesa, es entonces cuando el desembarco de surfistas tiñe de color las paradisiacas playas de Furnas, de Franquia, del Farol o de Patacho. Surfistas que en ocasiones y con sus cometas no se conforman con dibujar en el mar sus pinceladas de color, también son los dueños de los cielos.
Cielos que aun siguen presumiendo de Brito Pais, el temerario aviador que casi cien años atrás inició junto a otros aventurero un vuelo que los llevaría hasta la, por aquel entonces, colonia portuguesa de Macau, actual Región Administrativa de China. Un monumento en su memoria en pleno barrio viejo mantiene su memoria viva. No podría ser de otra manera. Vila Nova se recrea en esos barrios bajos, que curiosamente dan la espalda al mar, quizás para no perder la atención del viajero. Como buena amante, que quiere solo para ella las caricias de sus amados. Y una vez entregados, entonces y solo entonces, Vila Nova muestra al viajero la inmensidad del Atlántico.
Otra vez el mar, siempre el mar. Ese Atlántico cuna de grandes navegantes portugueses.
Vila Nova lo sabe. Paciente sigue esperando cada primavera a los viajeros que buscan sus noches de verano. Y paciente sigue esperando que pasen los días estivales, para disfrutar de los cortos días de invierno donde la luz es diferente a la de cualquier lugar conocido.

sábado, 17 de febrero de 2018

Píldoras deliciosas: Zaanse Schans, por Paco Vílchez

Zaanse Schans es la hermana pequeña de Zaandam e hija de Zaanastad. Una chica joven con nombre y solo un apellido, como se estila por esas tierras del Norte de Europa. Nombre y apellido que cuesta pronunciar y que hace pensar en un estilo diferente de chica, particular y lleno de encanto. Bien escondida entre campos salpicados de verdes cultivos y canales, espera coqueta la visita del viajero que al reclamo de sus bellos molinos no dejan de cortejarla.
Como chica presumida, que lo es, juega con sus perfumes, crema de avellana para las épocas estivales y brisas con olor a hierba fresca en invierno, para sorprender al viajero que aproximándose a sus curvas por el puente levadizo sobre el Rio Zaan percibe los centenarios molinos. El de las especias, los del aserradero, el de la pintura o los aceiteros son la muestra de que, aunque joven, Zaanse Schans guarda el regusto de las viejas costumbres holandesas, esas que se remontan a los años en que la zona fue el primer eslabón de la Holanda industrial. O más lejos aún, cuando sirvió de fortificación defensiva ante los ataques españoles siglos atrás.
Pero no solo de molinos luce palmito la joven Zaanse. Todo un placer supone trapichear por sus callecitas, puentes y canales, descubriendo otras pequeñas joyas como la tiendecita de zuecos, la coqueta quesería, el museo y sobre todo la fábrica de chocolates y galletas. Un lugar casi sacado de las fábulas más melosas del escritor Roal Dahl. Y para digerir tantas emociones, el amante viajero puede hacer una paradita en su recorrido por el pequeño pueblo museo en la cafetería donde tomar un té y unas pastas típicas del lugar.
Quizás por ello, la chica sabe manejarse entre ambas épocas, creando una atmosfera que sumerge al visitante entre lo real y lo imaginario. Sin saber muy bien si la chica es una muñeca de porcelana o una mujer de carne y hueso.
Y es que Zaanse Schans despista. Y despista tanto que incluso cuando el viajero descubre la realidad, prefiere vivir en el engaño a resignarse.

jueves, 15 de febrero de 2018

Cachivaches del demonio, por Leonor Rodríguez "La Camacha"

Que los niños de hoy en día abusan de los dispositivos móviles, ya sean teléfonos, tabletas u ordenadores, es una realidad, aunque se puede entrar a discutir qué uso hacen de ellos, pues no siempre es el equivocado. Ahora bien, que ese abuso es reflejo de lo que hacemos los adultos también es cierto, pues hemos pasado de pensar hace unos 15 años que hablar por el móvil en un sitio público además de esnobista era una horterada a los geek, esa especie de tribu urbana obsesionada con la última tecnología, especialmente móviles y videojuegos.
Ser geek no tiene por qué necesariamente tener una connotación negativa, siempre y cuando esa obsesión no se vuelva insana y lleve a un aislamiento social: tanto por no querer acudir a socializar en espacios públicos, como por no participar de la interacción social cuando nos encontramos en grupo.
Estamos ante una especie de ciberautismo —un aislamiento elegido—, si bien no siempre consciente, que conlleva ir de Whatsapp a Facebook, pasando por Twitter, Instagram, el correo electrónico o Netflix, mientras nos hacemos un selfie por el camino o grabamos un vídeo absurdo para colgar en nuestro canal de Youtube, lo que cohíbe a los que comparten espacio con el ciberautista para mantener una simple conversación.
Además de aquellos que padecen nomofobia, el miedo irracional a salir de casa sin el móvil, están aquellos que hacen de su vida una res publica en las redes sociales como si no tuvieran una vida privada que guardar con celo y en exclusiva para las personas más especiales: los padres, la pareja, los hermanos, los hijos y, por qué no los amigos, que no son necesariamente los que comparten grupo de Whatsapp, sino los que te mandan un mensaje o, mejor, te llaman para tomar un café o lo que encarte; aquellos que salen a hacer running y publican sus tiempos y marcas en las redes con la app deportiva de turno; aquellos que cuando viajan dejan su opinión en Tripadvisor; aquellos que leen el último superventas en su ebook; aquellos que se compran el último modelo del robot de cocina de moda; aquellos que se pasan el día pendientes de las actualizaciones de Android e IOS y de todas sus apps; aquellos que al llegar a un bar lo primero que hacen es buscar una red wifi abierta, etc.
Es una especie de neofilia, una paradójica obsesión por estar a la última tecnológicamente hablando, permanentemente conectados a la red, que genera lo que los expertos denominan tecnoestrés y que, en su opinión, puede provocar problemas musculares, emocionales o psicológicos que pueden desencadenar ansiedad o depresión. Conectar para desconectar de los pequeños placeres de la vida: disfrutar de una comida sin que se enfríe mientras fotografiamos el plato, editamos y retocamos la foto y la subimos a nuestra red social favorita para conseguir cuantos más likes mejor; pasar un buen rato en un concierto sin perdernos detalle haciéndonos un selfie entre la muchedumbre; pasear por el campo sin estar pendientes de la ruta marcada en el GPS del móvil; jugar con nuestros hijos en el parque sin endosarles el móvil para que estén entretenidos como si fueran los futuros gamers.
Que la tecnología ha traído grandes avances y comodidades para nuestra vida diaria y nuestras actividades cotidianas es indudable; no sacarles partido es estúpido; olvidar a las personas que tenemos a nuestro alrededor y a las que somos incapaces de ver detrás de la pantalla es sencillamente triste.

lunes, 12 de febrero de 2018

¡Hablad en cristiano!, por Leonor Rodríguez "La Camacha"

¡Hablad en cristiano, hijos de la pérfida Albión, yanquis imperialistas, guiris blanquecinos, demonios culteranos! ¿Acaso no lo dijo el muy católico emperador Carlos I de España y V de Alemania? Uno debe hablar español con Dios; la lengua del Quijote, la de mi padre literario Don Miguel de Cervantes.
Siglos han pasado desde entonces, pero poco ha cambiado la mentalidad de los españoles, cenutrios como pocos en cuestión de idiomas, reacios a entenderse en otras hablas más por miedos y complejos de inferioridad que por otros motivos.
Ya en mis tiempos hablar en cristiano era una forma de distinguirse de moriscos y marranos, de demostrar la antigüedad del muy católico linaje y no ser tomado por un luterano hereje tudesco. Después llegarían décadas de centralismos borbónicos o cruzadas nacional-católicas tan dadas a uniformizarlo todo, también la lengua, una, grande y libre, símbolo de un imperio perdido en el que nunca se ponía el sol y en el que, ironías de la mala memoria histórica, se hablaban libremente decenas de idiomas.
Una gloria dilapidada durante siglos en lo militar, cultural, social o económico frente a ingleses, franceses, estadounidenses, alemanes o escandinavos que nos ha llevado a sentirnos inferiores y acomplejados ante los visitantes de esos países. Tan negados y poco dispuestos los angloparlantes a aprender otros idiomas como los españoles, unos lo hacen por la prepotencia del que desde la cuna habla la lengua franca mundial y otros, como nosotros, por ese complejo y miedo al fracaso en la comparación con los que creemos superiores. En ambos casos, eso sí, tan orgullosos todos.
Así pues, tan ufanos como ridículos aparecen una vez tras otra nuestros máximos dirigentes cuando viajan al extranjero a entrevistarse con otros mandatarios, incapaces de comunicarse mínimamente sin ayuda del traductor de oficio, con el más absoluto desinterés en aprender a hacerlo y siendo objeto de mofa cuando, tan simpáticos ellos, tratan de demostrar su incipiente don de lenguas con impostados acentos texanos aprendidos en la intimidad alrededor de un relaxing cup de café con leche.
A pesar de todo, tampoco hagamos saña de ellos, no más que del resto de españolitos; son nuestro reflejo, los exponentes principales de nuestra sociedad y de una enseñanza de los idiomas más basada en la repetición memorística, en el castigo del error gramatical y ortográfico que en fomentar la comunicación. Como a la fuerza ahorcan, solo cuando toca coger el hatillo y emigrar es cuando perdemos esos complejos y miedos y nos interesamos en entender y hacernos entender en otras hablas; bueno, en ese caso, o cuando queremos ser los primeros en ver el último episodio recién estrenado de la serie de moda, aún no doblado, únicamente disponible en versión original con subtítulos.
Porque un nuevo milenio tecnológico y globalizado nos alumbra, pero el miedo a lo diferente, al que piensa o habla de otra manera, permanece en nuestra piel de toro. ¿Por qué tratar de conocer mejor otros idiomas y culturas? ¡Hablad en cristiano!

sábado, 10 de febrero de 2018

Thomas Mann, textos críticos, por Ofelia Ara

Apoliticismo significa antidemocracia.

En 1939, Thomas Mann escribió esto en su ensayo “Cultura y política”, un breve texto en el que intentó explicar las causas del ascenso de Hitler y hacer un examen de conciencia, a la vez individual y colectivo, como alemán o, como él mismo escribe, un ejercicio de introspección, que es el primer paso hacia la transformación personal, algo que pudiera hacerle entender por qué se produjo en el panorama político una revolución tan desmedida y dañina.
Su interesante conclusión es que el apoliticismo de la burguesía alemana es lo que permitió la catástrofe cultural y moral del nacionalsocialismo pues no se puede ser una persona de cultura y apolítica; esa es una actitud soberbia frente a la democracia. El mundo de la cultura y de la burguesía, en pocos años, comprendió lo que significaba la libertad, la justicia y la dignidad humana. Y, del mismo modo, comprendió lo que es la destrucción de todos los principios morales.
Este es el Thomas Mann quizá menos conocido y menos leído hoy en día. Es cierto que el tiempo pasa el rodillo implacable sobre todos nosotros y nuestras obras, llamadas así desde una visión optimista y vanidosa, desde luego. Y así pasó sobre las suyas. Mann murió en 1955 y dejó un legado literario famoso, como “La muerte en Venecia” o “La montaña mágica”. Pero muchos desconocen su faceta de pensador y, a la vez, analista de la porción de Historia que le tocó vivir, en especial la primera mitad del siglo XX.
El título del libro, “Textos críticos” dice mucho en su vaguedad. Tres ámbitos de análisis estructurados en tres partes definidas que, en el fondo, forman un todo como un fiel retrato de lo que Mann escribió. La de más peso es la filosofía, pues habla largo y tendido sobre Nietzsche y su adorado Schopenhauer, el filósofo de la voluntad y el pesimismo. No en vano, dice que la filosofía pone orden, da forma y hace clara la confusión de la vida.
La segunda parte la componen textos sobre la literatura de otros, como Conrad o Gide. Aquí hay que puntualizar algo: cuando se habla de literatura, creemos equivocadamente que se hace solo un análisis sobre el lenguaje, forma, temática o cualquier aspecto académico de los textos. Y siempre se está hablando de la vida, del ser humano y de lo que se supone que es la existencia. No hay análisis artístico, ni literario ni programa de televisión sobre este tema, que no hable de lo mismo. Por ello, es sorprendente que no tengan mayor alcance.
Y de esto habla también Thomas Mann en su crítica, del trabajo literario ajeno pero, del mismo modo, de las razones íntimas de algunos para hacer lo que hicieron, como Conrad, que se hizo y nacionalizó inglés siendo su razón principal, en contra de lo que pueda parecer, el deseo de ser un marino inglés, no un escritor inglés, que es lo que ha quedado para la posteridad. También las decisiones vitales las considera salidas del pensamiento, es decir, que son determinaciones intelectuales de cada uno. Pero sería anticuado y romántico estimar lo intelectual en un sentido restringido y equipararlo exclusivamente a lo literario. Por tanto, literatura, intelectualidad (el pensamiento individual) e idiosincrasia se hallan en el mismo sitio; de ahí que digamos que la literatura habla de la vida.
Y termina Mann hablando sobre él mismo y su obra. Otra vez sobre la vida. Por ejemplo, es fantástica la recomendación que hace sobre la lectura de “La montaña mágica” desde otra perspectiva, la del viaje iniciático y la del análisis de la condición del alma europea.
Nada nos es ajeno aunque esté escrito en un tiempo lejano y trate sobre asuntos que ya no nos conciernen. O eso creemos. La filosofía y el pensamiento crítico son atemporales. Volviendo al principio de esta recomendación y leyendo desde nuestro tiempo y circunstancia política, podemos comparar un apoliticismo de principios del siglo XX con el actual, aun siendo su origen diferente. Quizá haya que hacer, como hizo Mann consigo mismo, un ejercicio de introspección, no vaya a ser que nuestra indiferencia hacia la política nos lleve a un callejón sin salida. Dicho esto desde el sentimiento de lejanía hacia el discurso político en general. Yo entono el mea culpa

jueves, 8 de febrero de 2018

Vida de Marcel Schwob, por Santos Muñoz

El autor francés sabía que su vida iba a ser breve (1867-1905). Por eso su obra tiende a cierta condensación, al conceptismo de querer decir mucho con muy poco, a disfrazarse de casi todos los géneros -relato, artículo, ensayo, poesía, libro de viajes…- como si tuviera prisa por decir todo lo que el tiempo no le iba a permitir. Desde la muerte de Monelle, la joven obrera y prostituta con la que apenas convivió tres años, a  su relación con Marguerite Moreno, su mujer, seguramente sintió que se acercaba a la plenitud de su dolor y también a la plenitud de su obra.
Aunque su labor como traductor, ensayista (tuvo mucho interés por Villon o el argot) e intelectual atento a su tiempo y gran conocedor del mundo clásico es muy destacable, tal vez hoy lo apreciemos más por sus relatos de ficción, pequeñas joyas por las que apenas ha pasado el tiempo.
De culta familia judía, seguramente su infancia y juventud estuvieron rodeadas de inquietantes libros y del arte reposado y silencioso que se colaba por las ventanas de los cafés parisinos. Aprendió a los clásicos y conoció sobradamente a sus contemporáneos. Fue políglota, viajero y excelente conversador y disfrutó de todos los placeres de la carne en las cortesanas de París, entre las que terminó eligiendo a Louise, Monelle. El Libro de Monelle, coloca en un espejo mitológico a una pequeña prostituta parisina, es una delicia de lirismo alto que nos somete por la simpleza honda de sus sentimientos y el variopinto catálogo de sus retratos, figura entre esos raros murales íntimos de los que uno de vez en cuando disfruta con perversidad. Pero su obra más célebre, Vidas imaginarias, provocó aún más perplejidad en algunos de los grandes autores del siglo XX, como el Borges de Historia Universal de la Infamia. Ese librito que mezcla retratos de personajes reales con otros de existencia más dudosa, propone una nueva ficción que hace más leves, y por tanto transitables, las fronteras entre lo real y lo imaginario. De todos los relatos incluidos aquí quizá los más interesantes a nuestro juicio sean los relacionados con los malvados y piratas del final y por supuesto el dedicado a la picaresca vida de Petronio.
Muchos de sus cuentos y ensayos tuvieron forma de libro póstumo y fueron publicados en L’Écho de Paris o en Le Phare de la Loire. Hoy en día se siguen recuperando textos, como los aparecidos en el volumen Mundos terribles, con excelentes piezas como Buffalo Bill, una moderna visión sobre los límites del espectáculo y la crueldad de cualquier tipo de colonización o Blancas-manos, de ritmo intenso y certero con excelentes diálogos entre dos pícaros.
Se sintió alma gemela de su admirado Stevenson con el que mantuvo una interesante correspondencia y por eso visitó Samoa poco después de la muerte del autor escocés, pero tuvo que volver a la civilización por su salud siempre delicada. De los avatares, la dureza y las frustraciones este viaje dejó otro libro, Viaje a Samoa.
Viajó por Europa buscando climas que soportara su frágil cuerpo, que ya no encontraba soluciones para seguir en su compañía. Su vida no podía haber sido de otra manera.
Si consultamos las causas de su muerte, las autopsias biográficas proponen desde la tisis o tuberculosis hasta la gripe que como sabemos arrasaron el primer tercio del siglo XX. Murió sin decirle sus últimas palabras a Marguerite Moreno, mujer con la que convivió en sus últimos años. La actriz estaba de gira. Seguramente representaba a la Ofelia de Shakespeare o a cualquier otra heroína desgraciada.

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