miércoles, 28 de septiembre de 2016

Doom PC 2016, por David Luna

A finales de 1993 ocurrió un hecho sin precedentes que todos los que ya peinamos canas recordaremos, y no me refiero a la intervención por parte del Banco de España de Banesto (en cuya presidencia estaba Mario Conde), estoy hablando de la salida del, posiblemente, mejor shooter de la historia: Doom. Doom era un videojuego de disparos en primera persona creado por la compañía estadounidense Id Software bajo la dirección de John Carmack. Originalmente salió para el sistema operativo DOS.
Los que tuvimos la fortuna de probarlo en aquella época sentimos que habíamos tocado el cielo de los gamers, lo tenía todo. Aún recuerdo cómo babeaba frente al Pentium IV de mi amigo, que no era mala máquina en aquel momento (y que tenía un absurdo botón turbo que hacía el pc más rápido o más lento), viendo como caían demonios bajo nuestro frenético fuego mientras una imagen de la cara de nuestro avatar marine se iba llenando de golpes según íbamos recibiendo daño. Menuda envidia, yo quería tener también un ordenador para mover Doom y no la vetusta chatarra con monitor monocromático verde fosforito con el que jugaba a Digger (1983), a Pacman (1980) y poco más.
Ya han pasado un montón de años desde aquel día, la informática ha cambiado tanto que ya no la reconoce ni su madre y los videojuegos son experiencias gráficas con personajes casi reales que necesitan un ordenador de la NASA para jugar con FPS (frames por segundo) mínimamente decentes. Ahora los juegos son visualmente preciosos, te dejan con la boca abierta…, pero eso no los hace ni mucho menos más entretenidos. Es como si los hicieran sin alma, sólo para ganar dinero (o para que te des cuenta que tu tarjeta gráfica se quedó obsoleta), nada que ver con aquellos con los que nos viciábamos antaño y que guardamos con tanto cariño en un rinconcito de nuestra memoria. Y es aquí donde, afortunadamente, encontramos un punto de inflexión, un soplo de aire fresco porque el añorado Doom ha vuelto. Y no me refiero a un Doom oscuro y terrorífico como fue el Doom 3 (2004) sino todo un remake/reboot que incorpora aquello que lo hizo grande pero con unos gráficos punteros.
Doom sigue siendo ese juego de argumento minimalista (ni siquiera conocemos el nombre de nuestro personaje) pues no importa en absoluto saber qué hace el marine en Marte y por qué se abrió un portal al infierno, sólo queremos matar hordas de demonios con todas las armas que podamos encontrar, incluidas la clásica motosierra y la inolvidable BFG 9000 (Big Fucking Gun). Queremos un baño de sangre y lo queremos ya. Olvídate de “Call of dutys”, éste no es un juego pasillero en el que con sólo esperar unos segundos recuperamos toda nuestra salud, aquí hay que pelear por cada ítem con sangre, sudor y lágrimas (sí, lagrimas, esto no será un paseo, aquí moriremos “sienes y sienes de veces”, abstenerse los que no toleren la frustración). Si quieres munición tendrás que matar demonios; que estás bajo de salud, mata demonios; que necesitas armadura, pues vuelve a matar demonios… y eso es DOOM, matar, matar y matar demonios hasta que te sangren los ojos. Pero no sólo de matar demonios vive el hombre, también podremos mejorar nuestras armas y nuestro traje a través de coleccionables y otros elementos que estarán perdidos por el mapa muy bien escondidos, así que tendrás que explorar a conciencia si quieres convertirte en una máquina de…, matar demonios, por supuesto.
El single player (juego en solitario) es una obra maestra. Es pura catarsis, olvídate de psicólogos, tilas, libros de autoayuda o hacer el zen; si necesitas liberar tensiones, nada mejor que jugar un rato a Doom. Que tu jefe es un becerro, dale duro a Doom; que tu novia está de mal humor, juega a Doom; que tu coche se volvió a romper… más Doom. Te aseguro que la terapia funciona. Pero no sólo es una descarga de adrenalina endiabladamente divertida, Doom viene con unos gráficos preciosos y un sonido exquisito (doblaje en español y música heavy de fondo). Además, la optimización es una maravilla y se mueve con soltura en la mayoría de los ordenadores actuales (si te olvidas del modo ultra, el cual casi nunca recomiendo a no ser que vayas muy sobrado de máquina).
Durante el juego podremos ejecutar a todos los demonios cuando están a punto de morir, es lo que se denomina glory kills y cuyas animaciones son una brutalidad gore de la que no te llegas a cansar nunca. La campaña tiene una duración de 10 a 14 horas (a mí se me hizo corta porque es tan divertido que no quieres que se termine nunca) y es absolutamente rejugable. Aunque lo recomendado es volver a jugar desde el principio pero subiendo la dificultad. Eso sí, el nivel ultrapesadilla sigue siendo una auténtica “troleada” porque nadie se lo va a poder pasar sin usar “chetos”.
Ahora bien, no todo es perfecto. Como diría La Cosa de Los 4 Fantásticos: “es la hora de las tortas”, y se las voy a dar con la mano abierta. Si el single player es la “hostia” (dicho así por la prestigiosa Meristation), el multijugador no llega a ser una aberración pero no está ni mucho menos a la altura. Es como si Dios hubiera creado con sus manos el single y hubiera luego defecado el multi. No lo recomiendo en absoluto. Si cuando juegas en solitario es un mata-mata sin más pretensión que divertirte, con gente online tendrás que tirar de estrategias y elegir el personaje que mejor le vaya a la partida; y eso con amigos está muy bien pero cuando juegas con guiris las discusiones están garantizadas (en inglés, naturalmente) y para discutir con “niños ratas” ya está League of legends (2012) que encima es gratis.
Existe otra modalidad de juego que aún no acaba de cuajar pero que puede darle mucha vida en el futuro, estoy hablando del SNAPMAP que son mapas creados por la propia comunidad de gamers y que podremos jugar en solitario o en cooperativo con nuestros amigos. Algunos están muy bien, pero otros parece que están hechos por borderlines con demasiado tiempo libre.
Para terminar, sólo decirte que he disfrutado como un enano matando demonios como si no hubiera un mañana. Hacía tiempo que no me divertía tanto un videojuego, si existiera la “felicidad gamer” ésta se debería llamar Doom. Así que cómpratelo si es que quieres ser una persona normal y no un tío raro que juega a cosas como Five Nights at Freddy's (2014) o Minecraft (2009), avisado quedas.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Bendita locura, por Rocío Vinceiro

Según el escritor James Jones existe “una delgada línea roja que separa la locura de la cordura”. La frontera entre la genialidad que puede sufrir un escritor y la locura es muy fina y sobre todo subjetiva. La relación entre literatura y trastornos mentales en la historia está plagada de ejemplos cuanto menos curiosos. Entre los escritores que traspasaban la línea del sentido común de su época nos encontramos, por ejemplo, con Jean-Jacques Rousseau, quien, con sus escritos, entre otros muchos aspectos, revolucionó la forma de criar a los niños y en vez de castigar proponía apreciarlos. Durante su vida sufrió de episodios paranoicos.
Edgar Allan Poe padeció trastorno mental, miedo a la oscuridad, manía persecutoria, entre otros… Hoy en día es famoso por sus novelas de terror. El propio Edgar Allan Poe escribió sobre este tema: “Los hombres me han llamado loco; pero aún no está determinada la cuestión de si la locura es o no la más excelsa inteligencia, si mucho de lo que es gloria, si todo aquello que es profundo, no brota de la enfermedad del pensamiento, de modos de pensar exaltados respecto del intelecto general. Aquellos que sueñan de día son conocedores de muchas cosas que se les escapan a los que únicamente sueñan de noche”.
También podemos nombrar a Franz Kafka, que sufrió neurosis y depresiones con temores exagerados y problemas de sueño. Sus novelas describen el absurdo de algunas situaciones y la desesperación y el pánico que puede sentir una persona frente a esos miedos.
Son muchos los ejemplos de escritores que fueron tachados como “locos” o “enfermos mentales” por sus contemporáneos.
En la actualidad son muchas las voces desde la nueva psicología y psiquiatría que postulan que las enfermedades mentales no existen sino que son trastornos que le sirven a la persona para adaptarse a su vida y al mundo que le ha tocado vivir. Una de estas voces es la de John Read, psicólogo y director de psicología clínica de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda), quien afirma que “la esquizofrenia no es una enfermedad, sino que está causada socialmente”. Y es que nos encontramos con que lo que se sale de la normalidad tiene que ser tratado, diagnosticado y tratado con medicamentos para que vuelva a los parámetros “normales”. Además, si las enfermedades mentales no existen y no se etiquetan como tales, cómo podrían justificarse sus infalibles soluciones como duchas de agua congelada, electroshocks, lobotomías o lo que sufrimos en la actualidad con el abuso de ansiolíticos, tranquilizantes, antidepresivos y un sinfín de pastillas específicas para cada tipo de “diagnóstico”.
Uno de los psiquiatras más prestigiosos de EEUU, Allen Frances, afirma que “las pastillas matan más que las drogas”. En su libro “¿Somos todos enfermos mentales? Manifiesto contra los abusos de Psiquiatría” (Ariel) describe “yo tendría un trastorno neurocognitivo menor porque se me olvidan las caras, los nombres y dónde he apartado el coche. Cuando mi mujer murió, habría sufrido el síndrome del trastorno depresivo grave por la tristeza que sentí. Mis nietos padecerían un trastorno de desregulación del humor y déficit de atención. Y la lista podría seguir. Las definiciones de los diagnósticos eran ya de por sí demasiado amplias en el DSM IV (Manual Diagnostico y Estadístico de los trastornos mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría) y con el quinto se puede llegar a una vida cada vez más medicalizada, y eso incluye la receta médica de pastillas”.
Así pues, ¿podría ser que lo que llamamos locura sea profundidad de la personalidad? ¿Adaptación de la persona a una realidad atroz que le ha tocado vivir? ¿Podríamos mirar desde otro punto de vista y abrir la mente a lo que no es “estadísticamente normal”? ¿Podemos aceptar lo diferente sin miedo y sin realizar cualquier acción que lleve a esa persona otra vez a la “normalidad”?
Me gustaría finalizar este artículo con la cita del escritor y diplomático Italiano Carlo Dossi: “Los locos abren caminos que más tarde recorren los sabios”.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Populismo, rezando por el pueblo. Por Leonor Rodríguez "La Camacha"

En el Cádiz medieval, en aquella ciudad que se bebía lo vientos del Atlántico resguardada tras unas murallitas de sal, existía un cuadro sobre una de las puertas de acceso al entramado urbano que a modo informativo, podríamos decir, y acompañado de un retrato de la Virgen, afirmaba: Ora pro populo. Traducido del latín: reza por el pueblo.
Los gaditanos, como los habitantes de medio mundo, atravesaban a diario aquel portón que conducía al actual barrio del Pópulo –su nombre procede de aquella letanía- sintiéndose fuera de peligro porque tenían a la Virgen rezando por ellos. Poco importaba tu comportamiento o tu actitud, nada podía salir mal porque la Virgen estaba de tu lado. Solo necesitabas tener fe y no dudar de quien había venido a este mundo a proteger al populo, al pueblo.
Si extrapolamos razonamientos de ese tipo a la política, nos topamos de frente con los populismos. El lenguaje de los populistas se reboza con el mismo pan rallado de las monsergas religiosas, en general, y las cristianas, en particular: Dios es bueno per se, nunca nos abandona y ha venido a sacrificarse por nosotros. Aún no sabemos quién lo llamó, pero la cuestión es que se presentó aquí un día para salvarnos. Nos dijo que tenía la solución para todos nuestros males, que no confiáramos en los de antes, en los otros, y que si confiábamos en el cambio, el mundo sería maravilloso y chupiguay. Y cuando preguntábamos que cómo lo iba a hacer, sonreía, ponía cara piadosa y nos pedía fe.
Por si no se han dado cuenta, dejé de hablar de Dios hace unas líneas. Me refiero a personajes como Pablo “coleta morada” Iglesias, Marine Le Pen, Varoufakis o el mísmisimo Kichi por seguir con el autobús aparcado en Cádiz. Populistas que se agarran como garrapatas a las miserias de esta puñetera vida para presentarse como una suerte de salvadores, con una palabrería más falsa que las tetas de Belén Esteban. Son repugnantemente mentirosos: sólo nos dicen lo que necesitamos oír con palabras huecas, ellos poseen la solución y más fe, muchísima fe.
Decir que ellos son mejores porque vienen del pueblo y para colmo creerlos, nos da pistas para saber hasta dónde nos ha traído la evolución de la especie humana. Escuchar a Monedero, el que se enchufó unos pocos de millones de euros por asesorar a países de ciudadanos expoliados por sus gobernantes, hablando de desahucios abochorna al tendido. Por no hablar de Ada Colau, la otrora martillo pilón contra el clientelismo de CIU que nada más llegar encaloma al presupuesto del ayuntamiento la nómina de su compañero sentimental. ¿Oiga, es que no tiene derecho?, ladraba la muy pilla. Habría que ver a esta alcaldesa mandando en Bankia, yo igualo la apuesta de Rato y la veo. Bueno… mejor no verla. Con los ladrones conocidos ya tenemos suficiente.
Cuando la vida te mira con ojos torcidos, te agarras a un clavo ardiendo. Le compras el discurso al primero que pase por la puerta de tu casa, ya sea un grupo de amigos -¿en qué momento te perdimos, Judas?- que acaba de montar una religión o ya sea una pandilla de colegas de la Uni que quieren un partido político nuevo. Todos dicen que vienen a salvarte y a la hora de la verdad, madre no hay más que una y a ti te encontré haciendo populismo. Si para practicar nudismo no importa el tamaño de tus arrugas, para ejercer de populista no importa tu ideología. Te llames Donald Trump, Nicolás Maduro o el Papa Francisco, si tu discurso es populista, pues con toda seguridad es que eres un populista (afirmación patrocinada por Rajoy).
Dicho de otro modo, en política escuchar lo que te apetece oír y dejarte engañar es malo a la larga, igual que cuando tu madre te dijo que aquel bañador de lunares te quedaba muy bien y después fuiste el hazmerreír de toda la playa. Allá cada uno con sus creencias, sí. Cuando el partido se juega en casa, no importa mucho el resultado. Pero cuando se juega a nivel de sociedad, ahí las consecuencias son jodías. Y si no, preguntad a los ingleses con su Brexit y la madre que los parió. Igual a estas horas se sienten salvados porque alguien reza por el pueblo:  Ora pro populo…

jueves, 15 de septiembre de 2016

El 14 Concurso de Relato Corto y Fotografía ya tiene ganadores

El argentino Maximiliano Nicolás Sacristán con su obra "La plática de los cánidos" se convierte en el primer ganador hispanoamericano en el apartado de relato corto del Concurso de Relato Corto y Fotografía que organiza la Asociación Cultural El coloquio de los perros, cuyo tema en esta decimocuarta edición ha sido "El libro".
Asimismo, el segundo premio y accesit del certamen ha sido otorgado al relato "A mí los libros me parecen un coñazo", del zaragozano Manuel Vidal Vicente.
En cuanto al apartado de fotografía, este año el jurado ha acordado conceder un doble primer premio ex aequo a las imágenes "La lectura", enviada desde Jerez de la Frontera por Francisco Javier Domínguez García, una obra creativa que apuesta por la lectura sobre cualquier soporte disponible, ya sea físico o digital, y "Fascinada", de Antonio Atanasio Rincón, llegada desde la localidad manchega de Villarrubia de los Ojos, en la que vemos la atenta mirada de una niña mientras le leen un cuento.
Además de estas obras premiadas, los miembros del jurado decidieron otorgar menciones especiales a los relatos "¡Chablám!", del murciano de Santiago de la Ribera Jesús Tíscar Jandra; "La biblioteca soñada", enviado por Juan Carlos Pérez López desde Bormujos, en el Aljarafe sevillan; y "Sara, las palabras y yo", de la cartagenera Pilar Galindo Salmerón. También recibieron esas menciones las fotografías "Sin límites", del manchego residente en Alcázar de San Juan Ángel Atanasio Rincón; "Privilegio", de la sevillana de Montequinto Mª Ángeles Antúnez Brenes; "Equilibrio", de la valenciana de Loriguilla Juana Núñez Lozano; y "El gentleman de la triste figura", del donostiarra Félix Cantero Palacios.
Los relatos y fotografías ganadores y mencionados por el jurado formarán parte del libro que la Asociación Cultural El coloquio de los perros edita cada año con las obras más destacadas del concurso, y que será presentado en el acto de entrega de premios que tendrá lugar en noviembre de este año en fecha y lugar aún por concretar.
Fascinada, de Antonio Atanasio Rincón
La lectura, de Francisco Javier Domínguez García
Sin límites, de Ángel Atanasio Rincón
Privilegio, de Mª Ángeles Antúnez Brenes
Equilibrio, de Juana Núñez Lozano
El gentleman de la triste figura, de Félix Cantero Palacios

lunes, 12 de septiembre de 2016

A favor del Brexit, por Berganza

Querido Cipión, ¿quién nos iba a decir a nosotros, canes del Siglo de Oro, que los gobernantes pedirían opinión a sus súbditos sobre los asuntos del gobierno? Referendum lo llaman en el siglo XXI. Los súbditos de la pérfida Albión han decidido en uno de estos referendos desligarse de la política europea. Para hablar con mayor precisión, el Reino Unido no ha abandonado Europa, sus vínculos económicos y políticos con el resto de países del Continente son seculares y muy fuertes. El pueblo británico sí ha decidido abandonar la Unión Europea. Esta diferencia no es solo cuestión de matiz, sino que está en la raíz del malestar de los británicos y otros pueblos con el orden de cosas en la Unión Europea. Los partidarios de la Unión podéis aportar todos los argumentos economicistas y todos los números que queráis, pero solo con la economía no se puede explicar el Brexit.
En 1973, los británicos veían ventajoso unirse a un Mercado Único que les daba grandes oportunidades económicas y de integración en un área comercial de gran potencial. En aquel contexto de crisis del petróleo, estancamiento de la industria tradicional y comienzo de las privatizaciones y el desempleo masivo, la mayor coordinación con los aliados europeos parecía un buen negocio. Desde entonces la Unión ha cambiado tremendamente. El Tratado de Maastrich de 1992 fue un radical, al crear más organismos de integración, políticas comunes de obligado cumplimiento, sentar las bases para un sistema monetario único y abrir la entrada para nuevos socios de la Europa ex-soviética con grandes carencias económicas. Esta expansión hacia el Este se materializó en los años 2000 con la ampliación hasta 28 miembros. Y lo peor de todo, una creciente burocracia impersonal y lejana para poder sostener todo este entramado. Este sistema burocrático resulta muy extraño para los británicos y no ha habido referendos previos para consultar al pueblo.
A diferencia del sistema de gobierno de la UE, el sistema parlamentario británico se basa en la cercanía del diputado a sus votantes, dado que las circunscripciones son muy pequeñas y solo se elige un diputado por circunscripción. Así que el Parlamento Europeo está muy lejos de la cultura política británica. Además, el parlamentarismo inglés se basa tradicionalmente en el control de los gobernantes y de los impuestos. El Parlamento inglés ha sido el freno a los abusos de los gobernantes. Mucho antes de la Revolución Francesa, el Tribunal Supremo de Inglaterra, compuesto por parlamentarios, estableció la doctrina de que el rey no podía ejercer una soberanía ilimitada, sino que la monarquía era un estamento de gobierno encomendado a una persona con un poder limitado por y de acuerdo a las leyes terrenales. Y reclamando la soberanía del parlamento elegido sentenció a muerte a Carlos I. En la UE solo podemos participar en la elección de un Parlamento sin funciones legislativas importantes, y el gobierno lo ejerce una Comisión elegida por los Estados. Así que de entrada, para el británico medio, un Gobierno todopoderoso establecido en Bruselas suena muy mal y el ciudadano se siente impotente, incapaz de controlar las decisiones de ese Gobierno no elegido. Es decir, que se percibe que las instituciones no son democráticas.
Y si pensamos en aspectos económicos, el Reino Unido ha soportado un gran peso de la ampliación si tenemos en cuenta su contribución neta al presupuesto cada vez más abultado, nuevamente sin el debido control parlamentario. Ahora, como en los 70s, vivimos en una época de gran incertidumbre económica debido a la Gran Recesión, la deslocalización de la industria, las grandes migraciones o el avance de nuevas tecnologías, cuyo impacto no alcanzamos a comprender demasiado bien. En Europa asistimos a la muerte lenta de un modelo social y económico agotado, pero no vemos nacer una alternativa convincente. Y la UE simboliza para Gran Bretaña y para muchos otros ciudadanos el modelo fracasado. Antes, los ciudadanos eran conscientes de la falta de democracia en la UE, pero lo aceptaban porque proporcionaba altas cotas de bienestar. Había un consenso tácito entre los gobernantes y gobernados. Pero ahora se ha roto ese consentimiento. La UE no proporciona ese bienestar, solo recortes, imposiciones, nuevos impuestos, descontrol de fronteras e inoperancia en la toma de decisiones. Así que no será raro ver en el futuro a otros países pidiendo cambios o irse de la UE.
Por todo ello, ni el Reino Unido encaja en la UE ni la Unión es hoy una solución para los problemas de los ciudadanos. Y visto así, salir de ese aparato gigante medio averiado y mal gobernado por una casta de burócratas no parece tan mala idea.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Contra el Brexit, por Cipión

Querido Berganza, no sabes cuánto dolor me ha provocado el resultado del referéndum sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Es una lástima, por legítima que sea la decisión, que los británicos hayan desoído el Stronger Together de la campaña contra la salida de la UE y que sí atendieron en el anterior referéndum de 1979. En realidad, cánido amigo, no estoy seguro de que el resultado esté tan justificado como nos quieres hacer ver, pues el 48 % de los británicos no ha apoyado la decisión final. De ahí, la reacción inicial de los arrepentidos votantes pidiendo un segundo referéndum que permitiera el Breturn, la interrupción de un proceso de desconexión que aún no ha comenzado.
Si queremos buscar responsables, no hay más que ver las cabezas que ya han rodado: la primera la del entonces primer ministro David Cameron, que ha abocado a su país a una situación de la que en su día sacó rédito electoral y le permitió lograr una mayoría absoluta que nadie en el partido tory esperaba; la segunda la de Boris Johnson, el ex alcalde de Londres y uno de los más firmes defensores del Brexit, que ha tenido su pequeña recompensa con la cartera de Exteriores; la tercera la de Nigel Farage, el dirigente del populista UKIP, que se ha pirado para no tener que hacer frente a las nefastas consecuencias de la salida de la UE. Por no hablar de la que tiene montada Corbyn en el Partido Laborista. Sin embargo, el marrón es para Theresa May, la flamante primera ministra, the Brexit Iron Lady, que curiosamente hizo campaña a favor de la permanencia y ahora le toca gestionar un desbarajuste de tomo y lomo, para lo que ha minado su gobierno de eurófobos.
Dice que la causa está en la tradición parlamentarista de los británicos, pero las consecuencias no son solo políticas, sino también económicas y sociales y van a afectar a todos los miembros de la UE y a nuestro país en particular. Para empezar ya se ha encendido la mecha de la eurofobia y se oyen voces que claman un Nexit en los Países Bajos, un Frexit en Francia, un Oexit en Austria. En el propio Reino Unido, que tras el Brexit está tan desunido como antes de 1707, el voto ha sido muy heterogéneo, y en Irlanda del Norte y Escocia la opción más votada ha sido la permanencia, lo que ha enardecido los deseos de un segundo referéndum de independencia en Escocia y el deseo del Ulster de volver a formar parte de Irlanda, todo ello con el objetivo de seguir vinculados a este proyecto político, económico y social que es la UE y que ha proporcionado a toda Europa el mayor período de paz y prosperidad en toda la historia del viejo continente. Por el contrario, el abandono de la UE implicaría cierto aislamiento y una pérdida de influencia política en la escena internacional, claro que en la mentalidad ombliguista de los británicos, quienes estamos aislados somos The Continent.
En términos económicos, ya se han observado caídas en las bolsas y la depreciación de la libra, pues el Reino Unido tendrá que volver a firmar acuerdos comerciales de manera individual con los distintos países de la UE, a los que se dirige el 44 % de sus exportaciones y de los cuales dependen más de tres millones de empleos. Además, dejaría de percibir anualmente 24.000 millones de libras en inversiones, a lo que se le suma la previsible mudanza a otros países de empresas instaladas en la City y que proporcionan 100.000 empleos. Los productos que el Reino Unido importa de España se encarecerán debido a los aranceles y al no existir libre circulación de personas, el sector turístico se verá afectado considerablemente, en tanto que el 1,3 % del PIB español depende directamente del turismo británico.
Desde el punto de vista social, todo parece indicar que el Reino Unido se volverá más inseguro y desprotegido frente a las amenazas terroristas globales, como la más reciente de Niza. Por otro lado, se ha utilizado la inmigración como arma electoral, sobre todo por parte del UKIP, pese a que la inmensa mayoría de los residentes comunitarios aportan a las arcas británicas más impuestos de lo que reciben en subsidios y servicios sociales. Por su parte, los ciudadanos británicos no lo tendrán fácil para viajar, estudiar o trabajar en países de la UE sin permisos especiales de trabajo o residencia. Se acabaron las becas Erasmus y los más de 500.000 jubilados británicos que residen en España no tendrán acceso a nuestra sanidad, al empleo, a las ayudas sociales y al resto de servicios públicos.
Y, para terminar, querido Berganza, nuestro ministro de Asuntos Exteriores en funciones ha vuelto a abrir el melón de la cosoberanía de Gibraltar, que va a ser una de las zonas más castigadas por una decisión a todas luces desacertada.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Como un tesoro, por Alba Delgado Núñez

Paseaba por Madrid. Hacía un día de categoría. De esos que el sol brilla en lo alto y la temperatura no es ni fresca, ni lo suficientemente fuerte como para darte mucha calor. De esos días en los que sólo te apetece pasear y perderte por los parques, sentarte bajo un árbol del parque de El Retiro y leer como si no hubiera mañana. Aquel día me encontré con una sorpresa: la feria del libro.
La gente paseaba por uno de los caminos más largos del parque, donde habían montado un montón de puestos. Visitaban unos y otros. Saludaban a algunos autores que andaban por allí, se hacían fotos y también se llevaban recuerdos. Adquiriendo tesoros. Porque para mí los libros son eso: tesoros. Una fuente donde nutrirse de historias, aprendizajes y sueños… Siempre he preferido un libro de los de toda la vida a uno electrónico. Me gusta ese olor que tienen al abrirlos por primera vez, y cómo se va transformando hasta hacerlo tan tuyo como que forma parte de ti. El papel tratado, la tinta… Se puede oler hasta la emoción, la incertidumbre, el deseo de nutrirse de alguna nueva historia. Mimetizarse con cada uno de los personajes y hacerlo tan real como la imaginación haga posible.
El olor a libros viejos es más particular. Huelen a recuerdo, a añoranza, a sabiduría añeja. Como los saberes refraneros de nuestros abuelos. ¡Cuánta razón tienen y qué poco caso les hacemos!
Me gusta llevar un libro bajo el brazo, me gusta ver cuáles llevan otras personas, conocer títulos nuevos, adivinar sus inquietudes, sus sombras… Me gusta sentir esa emoción de tenerlos por fin en las manos, de llevarlos a su nuevo hogar: mi casa. De empezarlos con cuidado y acabar con ellos, como si de una pasión desenfrenada se tratase, relamiéndolos hasta el final. Siguiendo las líneas con el dedo, mojarme la yema del índice y pasar página por la esquina inferior derecha. Sentir el tacto de su cuerpo, el volumen de su encanto, sus detalles. Su duende, su alma… Clavando el marcapáginas por el sitio exacto donde me quedé. Proclamando al mundo que ahí estoy yo y que esa historia es mía mientras dure. Y que al final se me quedará en el cielo de la boca ese sabor a despedida, como si nuestro mejor amigo se marchara para siempre.
Los libros. ¿Entienden ya por qué son un tesoro?
Me sumergí entre la gente y fui echando un vistazo a los puestos, así por encima, hasta que encontré el que buscaba: El amante Japonés, de Isabel Allende. Una vez más, me apetecía sentir esa espiritualidad, misticismo, erotismo, sexualidad… esos amores feroces, esas pasiones desenfrenadas, esas tristes distancias, esos destinos sin parangón que sólo ella suele describir.
Cuando lo tuve en mis manos me alejé, como el que se aleja del barullo con urgencia, mientras lleva encima algo que no quiere perder. Busqué un poco de sol y sombra bajo un árbol, en frente de unas ardillas que jugaban divertidas y tranquilas ante la gente. Puse algo en el césped para no mancharme el culo de tierra y me senté. Ahí comenzó una nueva aventura.

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