domingo, 15 de julio de 2018

17 Cata de Cerveza "El coloquio de los perros"


Los próximos días 26, 27 y 28 de julio, de jueves a sábado, a partir de las 21 horas, en las Naves Municipales de Avenida de las Camachas de Montilla (antiguas naves de Ciatesa), la Asociación Cultural El coloquio de los perros celebrará su 17 Cata de cerveza.
El evento, una actividad de referencia en el verano comarcal, que cuenta con la colaboración del Ayuntamiento de Montilla, vuelve a disponer de unas 70 marcas de cervezas rubias, tostadas, negras o rojas, con y sin alcohol, nacionales y de importación, artesanales o de abadía, lager y ale, de trigo o de cebada, que este año, como novedad, se dispondrán organizadas en cinco tipos diferentes, según su precio. Además, la edición de 2018 mantiene la oferta de cocina y la instalación de mostradores, mesas y sillas dispuestos para disfrutar de la cata en el recinto ferial de Montilla.
Para los visitantes más fetichistas, El coloquio de los perros ha preparado una jarra de 60 cl personalizada para la cata que se podrá rellenar de forma exclusiva con cerveza de barril. Un grifo que también estará disponible para quien lo desee en vasos de 50 cl.
A todo ello hay que añadir un castillo hinchable para disfrute de los más pequeños, una estupenda selección musical de acompañamiento y numerosas ofertas y promociones para los asistentes a la cata que se harán públicas a través de la megafonía y las redes sociales de la asociación durante la celebración de la actividad.
Los organizadores esperan volver a alcanzar las 6.000 visitas durante los tres días de duración de la actividad, repitiendo éxito de asistencia y animando a todos los montillanos y montillanas, habitantes de los pueblos vecinos y visitantes a pasar por las Naves Municipales de Avenida de las Camachas desde el 26 al 28 de julio para disfrutar de una cerveza fría junto a una buena conversación en buena compañía, eso sí, desde el consumo responsable.
La Cata de cerveza tuvo su primera edición en 2002 como respuesta a una inquietud de los socios de "El coloquio de los perros", aficionados a refrescar los calores estivales con cerveza fresca, que se plantearon organizar un evento en el que probar y conocer diferentes cervezas nacionales e internacionales, a la vez que fomentar la interacción y el diálogo intergeneracional, el consumo responsable y la aportación histórica de esta milenaria bebida a la cultura tradicional mediterránea y europea. Además de todo esto, los beneficios obtenidos en la Cata de cerveza permiten a la Asociación financiar el resto de actividades que realiza, como la revista "El ladrío", el Concurso de Relato Corto y Fotografía, las catas de vino dirigidas para jóvenes, las presentaciones de libros, los coloquios sobre temas de interés y de actualidad, el intercambio de libros en el Día del Vecino, las visitas guiadas a distintos lugares de interés en la provincia o las rutas fotográficas culturales.

domingo, 8 de julio de 2018

Far Cry 5 PC, por David Luna

Ya está aquí la esperadísima nueva entrega de Far Cry, la que han llamado Far Cry 5 (sin premio, por favor).
Reconozco que soy fan boy de esta saga. Le habré echado cientos de horas a juegos de la franquicia y me he comprado todos los que han salido y, a pesar de ello, no he podido ponerle un nueve de nota, que es lo que me pedía mi corazoncito. Es un juegazo, que vaya por delante, pero no es un juego perfecto; Ubisoft ha hecho un producto rentable, da lo que pide el gamer, pero podían haber sido más ambiciosos y hacer un GOTY (Game Of The Year) en toda regla.
Con cada entrega, Far Cry va perfilando un estilo genuino propio e inconfundible. He leído muchas críticas sobre que Far Cry 5 no innova nada y que es muy continuista.  Vamos a ver, en un primer momento esto no tiene por qué ser algo malo; una tortilla de patatas tiene muchas formas de hacerse, pero todas deben llevar, al menos, huevos y patatas. La fórmula funciona tanto para Far Cry como para la tortilla. Cuando uno se pone a jugar un Far Cry sabe de antemano lo que se va a encontrar: muchos tiroteos, armas, vehículos y un malo, muy malo. 
Es cierto, que Far Cry 2 (2008), siendo diez años más antiguo, tiene mejores físicas: los enemigos heridos se cubrían; las armas se encasquillaban; los árboles se rompían al dispararles; el personaje tenía que curarse sacándose la metralla tras una explosión o colocándose un hueso tras una mala caída; etc., pero realismo no tienespor qué ser sinónimo de más diversión. Far Cry 2 era una bestia para su época y, sin embargo, a mí se me hizo muy repetitivo, con fallos en la jugabilidad que se han ido corrigiendo en las sucesivas entregas (uno muy grave es que al liberar un puesto enemigo, cuando volvías, tenías que volver a liberarlo, cosa que tenías que hacer más de cien veces durante la partida; las primeras tenían su gracia, luego se volvía tan aburrido que todos los que hemos jugado acabábamos pasando a toda velocidad, a pie o en coche, aunque te disparasen).
Far Cry 3 (2012) tenía el mejor protagonista (Jason Brody) y a la vez el mejor antagonista de la historia de los videojuegos (Vaas Montenegro). Far Cry 3 Blood Dragon (2013) fue una deliciosa gamberrada, ya que mezclaba a la perfección música de los 80, luces de neón y cantidades ingentes de tiros en un entorno futurista (¡¡¡con dinosaurios!!!). Far Cry 4 (2014), con la aparición del gancho, dio a la escalada una vuelta de tuerca muy acertada que han seguido manteniendo; y a Far Cry Primal (2016), a pesar de todas las malas críticas que tuvo (posiblemente por su ambientación prehistórica y por su ausencia evidente de armas de fuego), yo le eché sus buenas horas y me lo pasé en grande jugándolo.
No me he olvidado del primer Far Cry (2004), pero lo he dejado para el final puesto que para mí fue más un benchmark para testear qué tan potente era el PC que te habías montado que un juego de la saga; en lo único en que se parece a los otros Far Cry es en el nombre y es con diferencia con el que menos me he divertido.
Far Cry 5 presenta la optimización más asombrosa que he visto en mucho tiempo; funciona tanto en PCs Gamings como en PCs con configuraciones algo más modestas. He probado el juego con una tarjeta gráfica GTX970 y con una GTX1070 y me he divertido igual, iba muy fluido en ambas y con FPS (Frames Por Segundo) más o menos estables. Evidentemente, con la tarjeta más potente lo he jugado con mejores gráficos, pero no he notado diferencia a nivel de gameplay. La historia, si bien no puede compararse a aquella de Far Cry 3 que nos enamoró, está bastante currada y bien merecería una serie para televisión. En este caso, tenemos no solo un malo, malo, malísimo de la muerte, sino cuatro: el lider de la secta (Joseph Seed) y sus tres hijos (Jacob, John y Faith), cada uno de los cuales controlará un territorio e intentarán por todos los medios que no nos acerquemos al gran jefe. Todos los enfrentamientos finales están muy bien, son espectaculares y divertidos; quizá la lucha con Joseph se me antoja un poco floja, pero lo compensa la escena final que me dejó “con el culo torcido” (de la que no pienso contaros nada por ser un claro spoiler).
Una de las pocas pegas que le puedo poner al juego es que se me ha hecho demasiado corto, en torno a las 20-25 horas jugando en normal y haciendo todos los desafíos y logros. Eso sí, el modo arcade (que se alimenta de mapas creados por la comunidad de jugadores) alargará la vida del juego todo lo que queramos, ya que tiene unas posibilidades casi infinitas. Otra cosa que no me gustó es que ir por la carretera es un suicidio, es como ir en modo alerta 5 en GTA; constantemente te saldrán patrullas que intentarán matarte. En los foros he leído que esta queja es global, por lo que no descarto que lo arreglen pronto con algún parche, ya que acaba siendo bastante molesto y artificial.
En conclusión, Far Cry 5 es el mejor Far Cry que haya jugado. Y sí, tiene muchos fallos, la IA es desastrosa, curar a un compañero es de chiste (una palmadita y a seguir jugando como si no lo hubieran acribillado un momento antes); las físicas de la vegetación de sonrojo (pasas al lado de arbustos y éstos no se inmutan, ocurre igual cuando los atropellas con un coche); cuando disparas nada se rompe (eso es muy molesto cuando disparas al cristal de un vehículo y no aparece un agujero de bala, se rompe como lo haría un espejo); y así cien cosas más. Pero yo no estaba interesado en un simulador de físicas, yo he comprado un juego (y no barato) para pasar horas disfrutando solo o en cooperativo. Tiene muchos fallos a nivel de físicas y cosas que se podrían haber implementado mejor…, pero no lo estoy jugando para sacar defectos, solo quiero pasar un buen rato y con este juego lo consigo.
Si disfrutaste con alguno de la franquicia, con éste vas a disfrutar el doble. No es un juego de diez, no innova, ni han arriesgado en modo alguno. Han cogido todo lo que funcionaba en el mundo Far Cry, lo han metido en la coctelera y se han sacado un juego divertidísimo. Ojalá hubiera dejado mi cerebro de fan en casa cuando vi la última de Star Wars, la habría disfrutado mucho; no dejes que te pase con Far Cry 5: ¡¡NO PIENSES..., JUEGA!!

miércoles, 4 de julio de 2018

16 Concurso de Relato Corto y Fotografía: ¿Susto o muerte?

El pasado 1 de julio concluyó el plazo de prsentación de obras en la decimosexta edición del Concurso de Relato Corto y Fotografía que organiza la Asociación Cultural El coloquio de los perros, en esta ocasión bajo el lema "¿Susto o muerte?", con una participación récord: cerca de 300 relatos y otras tantas fotografías se han recibido este año desde toda España y numerosos países hispanoamericanos, principalmente.
Ahora da comienzo el turno de los respectivos jurados, que tendrán que valorar las obras participantes hasta decidir las merecedoras de obtener alguno de los premios o menciones especiales; un fallo que haremos público en nuestra web y redes sociales en torno a mediados de septiembre.
Desde la Asociación Cultural El coloquio de los perros queremos agradecer su confianza en nuestro concurso a todos los autores que han participado en él y, a la misma vez, pedirles disculpas por no haber podido mantener una comunicación más directa y fluida; las decenas de correos electrónicos recibidos a diario y los centenares de relatos e imágenes llegados nos han hecho materialmente imposible disponer de tiempo para ello. Les animamos, pues, a estar pendientes de la web y las redes sociales de la asociación, en las que iremos dando cumplida información del fallo del jurado, así como de la posterior entrega de premios y publicación del libro con las obras más destacadas del certamen.

viernes, 29 de junio de 2018

El cuento de la criada, por Ofelia Ara

La dueña de la mano que elige un libro al azar, para hablar de él en una revista, cree con ingenuidad que su mano es inocente, que el estante de libros para compartir no tiene orden alguno, más allá del fortuito que surge del momento en que lo coloca, tras leerlo, y de la limpieza muy, muy ocasional que hace.
Mientras los dedos tabletean sobre los estantes, al estilo pianístico, ronronea en su cabeza el actual rugido feminista, exagerando un poco, y, por otra parte, la inquietud que la exposición de su postura social, política, personal, le produce, no por miedo al vecino, tan expuesto o más, sino por la sensación de que cada vez que pulsa una tecla del portátil, hay alguien detrás que le ofrece algo que supuestamente desea. En definitiva, el miedo al control de la propia existencia por parte de otros. Bueno, pues así tocó hablar de “El cuento de la criada”, de Margaret Atwood, elegido sin intención, solo por el placer de su lectura, pero oportuno en su concepto.
Escrito en 1984, Atwood escribe una fantasía algo premonitoria sobre una dictadura teocrática que se origina por un magnicidio frustrado, que sirve como excusa para establecer el estado de excepción, suspender la constitución (por cierto, la estadounidense, pues sucede allí), cerrar periódicos y establecer censura. Todo esto bien solicitado por la población en general, pues cualquier precaución es poca y el castigo debe ser grande, como sabemos por nuestros propios deseos. Como cualquier dictadura, la locura viene después, las mujeres pierden el trabajo, les cancelan sus cuentas bancarias y dejan de tener propiedades. No se les permite leer ni escribir. Ya lo anticipa la escritora en el prólogo (el prólogo debería ser un epílogo, aconsejo saltarlo para no perder del todo la sorpresa en la lectura), el control de las mujeres y sus descendientes ha sido la piedra de toque de todo régimen represivo del planeta. Ojo, represivo, no se ciñe solo a dictatorial.
En todo futuro catastrófico, y esperemos que onírico, no puede faltar el escenario de un desastre ecológico, que viene a pintar en este libro el horror final necesario para la anécdota más llamativa de la historia, que es el uso de mujeres fértiles para la procreación de las clases dirigentes ante la infertilidad generalizada de la población. Por supuesto, amparado por la cita bíblica adecuada, que justifica moralmente el uso de su cuerpo y justifica su situación de esclavitud.
Ser criada es ser sumisa, obediente, pulcra. Es esperar día a día convenientemente lavada, cepillada, alimentada, silenciando los pensamientos como si no existieran. El tiempo para una criada pasa lentamente sin leer ni escribir, sin apenas hablar, si acaso para dar respuestas estereotipadas de carácter religioso, todo por miedo al destierro a zonas de muerte segura por toxicidad o por miedo a las ejecuciones públicas por delitos no definidos. La criada no tiene nombre, por tanto, no tiene identidad.
Pero bajo esa vida ordenada, recatada y provechosa, late el corazón de las personas que hubo antes, con su deseo de transgresión y de libertad, no solo de las criadas, sino también de los poderosos. Y, como suele pasar, el orden y el recato son para los dominados, no para la clase dominadora, en este caso solo hombres, que acomodan sus necesidades de esparcimiento con la misma desfachatez con la que acomodan sus necesidades de mantenimiento de su estirpe, destinando otras mujeres para su diversión.
El cuento de la criada” no ofrece en realidad nada nuevo, salvo si tenemos en cuenta el año en que se escribió, lo que le confiere una visión anticipada a problemas éticos que se están planteando en la actualidad, como es la gestación subrogada. La escritora, como en otros libros suyos, define al individuo coaccionado por la influencia social, llevado en este libro al extremo. En cualquier dictadura, no solo están sometidos los perdedores; los ganadores gozan de privilegios, pero son privilegios inciertos e inseguros. Todo el mundo tiene miedo y la mejor forma de sobreponerse a él es asimilándose al opresor. Así, el plan resulta perfecto: en una sociedad dominada, no hay nada mejor que conseguir que los dominados defiendan la moralidad de la opresión. El controlado agradece que lo controlen, sea en bien de su seguridad (incluso vial), sea para saber la ubicación de un posible asesino. La mujer oprimida justifica, bajo parámetros patriarcales, los ataques a otras mujeres, acusándolas de provocación. Y un largo etcétera.
Este es un libro redondo, para disfrutarlo, para pensar en los derechos individuales, en los de todos, y en nuestro futuro como especie. Futuro a corto plazo, desde luego, porque, ¿quién está seguro de que a largo plazo lo tendremos?

“El cuento de la criada”
Margaret Atwood
Editorial Salamandra

sábado, 23 de junio de 2018

Ensanchando el alma, por Paco Vílchez

Es la primera vez en mi vida que traspaso el umbral de una mezquita otomana. Tras habernos descalzado, hemos entrado y ahora permanecemos sentados en la sala de oración (haram). Frente a mí, el mihrab y la quibla.
Una alfombra roja con cenefas de un gris azulón nos protege del suelo.
La luz de la mañana se cuela por las vidrieras, dotando al recinto de coloridos místicos.
Lámparas circulares de candelabros cuelgan de los altos techos abovedados casi tocando el suelo, casi flotando a ras del mismo.
Escribo en mi libreta de notas. Complicado plasmar lo que siento.
Quizás la definición más certera es la que corresponde a un soplo inmenso de paz interior. Me siento tranquilo, relajado. Esa extraña y maravillosa sensación de sentirse dentro de una burbuja, ajeno a todo lo que sucede en el exterior. La locura de ahí afuera, de esta laberíntica ciudad, está ausente
Pasan algunos minutos de las diez de la mañana y, en poco menos de dos horas, esta estancia se llenará de fieles que buscarán su paz y su consuelo encontrándose con su Dios.
Yo creo haber encontrado el mío.
Sehzade Camii (Mezquita de los Principes)

La locura habita aquí adentro.
Los comerciantes se agrupan por gremios y los compradores navegan de un lado a otro del inmenso bazar. El regateo es obligación, costumbres que se vuelven leyes.
Vendedores gritando al paso de turistas. Luminosos de colores reclamando atención. Artículos amontonados a ras de suelo. Callejuelas y más callejuelas, invitando al desconcierto, y todo ello bajo la atenta mirada de arcos decorados con centenarios azulejos de Iznik.
La parte nueva y la parte vieja. Quizás para el novel viajero en los techos esté alguna pista.
Sin rumbo definido seguimos navegando por el inmenso mar de tenderetes y artículos. Una tetería se convierte en nuestra isleta para reposar tanto ajetreo. Fotos aquí y allá, mercaderes que nos invitan a adentrarnos en su mundo, en sus negocios, en sus productos.
Seguimos navegando sin rumbo.
De pronto, una salida... Nos volvemos a equivocar y, tras un rato perdidos, volvemos dentro. Y dentro, en el desconcierto, tratamos de orientarnos. A veces la vida es así. Parece que funciona, que entendemos el laberinto, y poco después la entrada hecha salida. Como buenos viajeros hemos cumplido con la tradición de andar perdidos por uno de los bazares más grandes del mundo.
Kapali Carsi  (Gran Bazar)

Istanbul.  Finales de Invierno de 2012.

domingo, 17 de junio de 2018

Leer es vicio pasajero, por Santos Muñoz Luna

Hace unos días recibí por whatsapp, remitida por una tal Beatriz, la foto de lo que parecía ser una carta de despedida de un viejo conocido, Jacobo Gramercy o Gramaticus, como le gustaba presentarse, cuando lo conocí brevemente en la revuelta Praga de finales de los años sesenta. La temblorosa letra y un idioma que ya apenas comprendo me impiden asegurar la correcta transcripción de este leve documento que parece una despedida y un panfleto contra la lectura de alguien que fue un gran lector. Compruebo también que tal vez solo sean los pensamientos desordenados de un viejo que teme la cercanía de la muerte:

“Nadie interprete lágrima o reproche en las pocas certezas que mis noventa y cuatro años soliviantan (dice justo eso, soliviantan) contra lo admitido por otros hombres. Al cabo de todo el tiempo que se me ha concedido, he comprobado que he perdido generosamente mis preciosos días y noches viviendo las vidas de otros, hollando las habitaciones sombrías de otros y amando a las mujeres terribles y hermosas de otros.
De nada me ha servido escuchar los pasos por oscuras callejuelas de Londres que propusieron tantos libros, porque nunca pude ver Londres; de nada me ha servido compadecer a Patroclo desollado por la cólera, porque entendí pronto que Troya solo era una montaña de escombros en la memoria de un ciego charlatán; de nada me ha servido pasar hambre en Toledo, miedo en la Rusia esteparia ante un general todopoderoso,  sufrir botulismo en los mares del sur o claustrofobia en una habitación de mi querida Praga. Todo ha sido mentira.
Las vidas que he vivido son incontables, pero siempre han sido vidas de otros. Hoy me apena comprobar que la vida mía es solo carne fláccida y esputos de sangre. Siento darme cuenta demasiado tarde de que he sido un gran usurpador incapaz por cobarde de bañarse desnudo y bajar el Misisipi acompañado del negro Jim o de resolver nefandos crímenes de la Guerra Fría, de los tiempos duros de la Ley Seca, de cualquier espacio donde se cometieron excelentes crímenes literarios.
La opinión extendida insiste en tópicos manoseados (así creo que lo dice, manoseados) y afirma que leer te diferencia de los animales, te procura consuelo, completa tu ocio, enriquece tu experiencia, te marca como ejemplar ciudadano. Pero después de tantas horas hurtadas al sol, a la contemplación verdadera de la belleza y al sexo de carne, no de papel, puedo rebatir esos engaños: soy un animal arrinconado que sabe que se va a morir, no me consuelan las palabras de los otros, veo la televisión para que se llenen mis últimas horas, apenas he logrado aplicar lo aprendido en los libros y además siempre he sido huraño y displicente con el vecindario y mi larga vida está vaciando las arcas de un estado al que sobrevivo a su pesar.
Ustedes tal vez logren y esperen consuelo, retrato o experiencia en ancianos versos. No se engañen: ni Horacio ni Petrarca inventaron las preocupaciones repetidas ni los ritos cambiantes del amor. El amor no se cuenta, debe vivirse. Y yo no tuve ningún amor semejante a los que me contaron tantos herederos del italiano.
Y para colmo observo que en los últimos años los libros de historia son sectarios, las biografías, caprichosas; las historias adolescentes, ñoñas; las memorias, selectivas y falseadas; los libros de cocina, tóxicos y presuntuosos; la poesía, hermética o autocomplaciente, onanista, venal.
Hoy, cerca del final, he comprendido por fin que todas las vidas y espacios que he usurpado no son míos. En mi juventud lloré con las amantes muertas, las guerras civiles perdidas, las heroínas adúlteras, los pastores de todas las églogas. Y en este momento trágico o cómico de mi final no soporto que se os siga engañando con la necesidad de la lectura. Yo leí mucho y no soy mejor que nadie y tal vez sea el más miserable de los hombres. Y me muero como todos. Leer me animó a comprobar todos los vicios, quebrantó mis ojos y mi espalda, quemó dos cortinas, tres sillones y cuatro almohadas con colillas despistadas y palmatorias con vértigo.
Desde hace unos meses una desconocida, Beatriz,… Beatriz, puñetero nombre, me corta las uñas, me peina, me sacude las sábanas, me lava el culo y me acompaña ante el televisor. En ocasiones, entre los concursos, las series o los telediarios me prevengo con cierto nerviosismo ante la seguridad de que aparezca  en la pantalla Matilde Urbach, esa mujer de papel que nunca desfalleció en mis brazos, pero que, estén seguros, tuvo rostro, abundantes ojos y labios y palabras cómplices para mí cuando la releía. La lista de sus atributos es larga no por petulancia, sino por el derroche de todos los años de mi vida en los que preferí vivirla desde el amor de otro ciego antes que enfrentarme cara a cara  con ella.
A veces le hablo a esta muchacha que me cuida con poco interés de mi tiempo perdido o le comento una lista tan acuciante como extensa de momentos estelares de la literatura. No me atrevo a decirle que me lea un cuento porque bastante hace ya por mí y porque la veo atareada con su teléfono rosa y marfil. Y Matilde Urbach cada día estoy más seguro de que no aparecerá en la tele para despedirse de mí.
Pero mañana pienso pedirle a Beatriz que me compre algún librito de poesía juvenil y bien rimada de la feria del libro que han montado en la plaza para llenar de palabras nuevas estas interminables horas. De algo hay que morir.”
Feria del Libro, 2018

Ilustración de Leli Cantarero


lunes, 11 de junio de 2018

¡Censura!, por Berganza

Amigo Cipión, ¡menuda lección magistral de Derecho nos acabas de dar! Yo creo que todo esto de lo que me hablas sobre la censura y la cercenadura de la libertad de expresión es bastante más simple de lo que nos quieres hacer ver entre tanto principio jurídico, más que nada para que quienes leen nuestros ladríos puedan entender de qué va esto. Tu libertad de expresión termina donde empieza mi derecho al honor y no hay más vueltas que darle. Esas leyes democráticas a las que haces referencia, en tanto que humanas, son imperfectas, útiles, pero imperfectas al fin y al cabo, de ahí la necesidad de que sean los jueces quienes las interpreten para impartir justicia.
La censura bien empleada es una garantía para mantener el orden, para lograr la estabilidad y para consolidar sociedades amenazadas por una libertad de expresión que da rienda suelta al libre albedrío de quienes en sus expresiones no buscan transmitir opinión, sino más bien zaherir al otro en sus sentimientos religiosos, políticos, ideológicos e, incluso, sexuales. Y cuando ese es el caso, el Estado ha de intervenir para asegurar una convivencia pacífica en la que nadie sienta desprotección o indefensión, ¿o acaso no es esa la misión de quienes nos gobiernan y la de quienes sobre el fundamento de la ley han de determinar los límites de la libertad de expresión?
Puede parecer que estoy en contra de este principio fundamental, pero no es así, pues de otro modo no podría estar aquí ladrando mis pareceres al respecto. Me planteas casos extremos en los que los jueces, que también son poseedores de su propia libertad de expresión y de sus pensamientos políticos e ideológicos, pueden hacer una interpretación sesgada de la Ley para defender un derecho individual de un sujeto que atenta contra los derechos individuales de toda una sociedad o el derecho colectivo de todos ellos a una convivencia pacífica que no tolere atentados contra el honor de los ciudadanos. ¿No es este un bien social, como tú lo llamas?
¿Qué habría pasado en el reciente partido de la final de la Copa del Rey si los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado no hubieran retirado las famosas camisetas amarillas y las esteladas? No concibo que un estadio de fútbol sea el escenario idóneo para formular una reivindicación pseudopolítica de tales características. ¿No existe acaso un derecho de manifestación consagrado en nuestra, maltrecha para algunos, Constitución?
Puedo admitir la primera de tus conclusiones, en cuanto la libertad de expresión sirve para limitar el poder del Estado, pero de ella se deriva la siguiente reflexión: un Estado no tiene más poder que aquel que libremente le han atribuido sus ciudadanos, que es en quienes reside la soberanía nacional y quienes libremente le conceden con su voto la capacidad de representarlos en el poder legislativo. Este derecho al voto es el que no admite restricción alguna, ni en el sufragio activo ni en el pasivo. Efectivamente, no existe una sociedad libre sin libertad de expresión, pero tampoco lo sería sin limitaciones que restrinjan el derecho al honor, pues es más peligrosa la reacción de quienes se sienten abandonados por quienes ocupan las instituciones garantes de la defensa de sus derechos que la de aquellos a los que tan solo no se les permita expresar sus opiniones si con ello su única pretensión fuera la de ofenderlos.

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