martes, 17 de abril de 2018

El Danubio, por Paco Espejo

"Este es el sentimiento predominante del libro. La cultura europea es como el Danubio, que atraviesa fronteras nacionales, humanas, psicológicas. El Danubio es el símbolo de estas diferencias, pero también del rescate de su unidad. El viaje es una posibilidad de salvar esas fronteras, igual que las salva el río, preservando siempre la diversidad” C. Magris.
El Danubio es un río y un libro. Con esta dualidad no pretendo simplemente soltar una obviedad al uso, sino que es la sensación, o mejor dicho intuición, de que ese elemento puramente natural como es un río, ha conseguido alumbrar en su seno a un “cajón de sastre humano”, en el sentido de un área con una diversidad cultural auspiciada por las aguas a las que Strauss dedicó su famoso vals.
El narrador que nos plantea este viaje es el escritor italiano y germanista Claudio Magris. El libro se nos presenta como un relato del viaje que realizó con varios amigos, a mediados de los 80, a lo largo del Danubio, desde su nacimiento en la Selva Negra hasta su desembocadura  en el Mar Negro.
Según palabras del propio Magris, el viaje es “interno y externo”, ya que más allá de la mera geografía y anécdotas nos invita a bañarnos en el paisaje humano de pueblos y culturas que habitan los casi 3000 km de longitud y sumergirnos en la vieja idea de la monarquía Habsburguiana de la Mitteleuropa o Europa Central, entendida como la composición de la convivencia entre distintas culturas y nacionalidades bajo el paraguas de una civilización danubiana que tomó forma en las últimas etapas del Imperio Austrohúngaro, frente a otro tipo de nacionalismos unificadores y homogeneizantes ante la diversidad, como Prusia.
Con la premisa de esta dualidad entre el crisol de pueblos austríacos y la idea de nación alemana promulgada por Prusia, nos pone frente a frente las dos culturas germanas, ya que en este viaje Magris no cesará de resaltar el papel de los alemanes en Mitteleuropa. En palabras del propio escritor, “los germanos han sido los romanos de Europa Central”.
El viaje recorre los paisajes de Alemania, Austria, Hungría, Yugoslavia, Checoslovaquia, Rumania y Bulgaria, salpicando la narración con perlas de historia, como la edificación de la catedral de Ulm, el sitio de Viena o la apacible vida del archiduque Franz Ferdinand. También se nos presenta a la vanguardia cultural de una Europa aún bajo el telón de acero y el interesante testimonio de la vida cotidiana y convivencia en lugares como Timisoara, bajo Ceaucescu, o una aldea serbia en la Yugoslavia de Tito.
Me ha parecido interesante compartir este libro por la visión que el escritor italiano ofrece, una incisiva mirada al problema del nacionalismo, la Prusia que derivó en la Alemania Nazi, el totalitarismo y la búsqueda de la cultura-nación superiora; pero también de todas las victimas que ha producido desde los campos de exterminio hasta el conflicto yugoslavo que se deja intuir. Frente a esto aparece como una balsa de aceite el espíritu de los Habsburgo, un estado plurinacional rico en la diversidad, basado en una ideología supranacional con el predominio cultural germanizante, idea que nos intenta transmitir el autor.
El libro es un atlas de la memoria a las orillas del Danubio, un compendio de pequeñas historias y anécdotas, creando un relato solvente que nos invita a reflexionar sobre nuestro presente y futuro. “Ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río” decía Heráclito; quizás sea hora de cuestionarlo.

jueves, 12 de abril de 2018

Lampedusa, por Belisa Crepusculario

Nunca sé de qué escribir. O casi nunca.
Sin embargo, siempre hay un par de palabras aleteando dentro mi cabeza. Leídas o recién soñadas. Impopulares, levemente sonrojadas, sórdidas a menudo. Y ahí se quedan, instaladas en mitad de mis conexiones sinápticas esperando la llegada de otra palabra alada que las desplace. En ciertas ocasiones, colapsan mis ya maltrechos circuitos nerviosos y saltan de forma compulsiva llevándose por delante el juicio y el entendimiento de mi interlocutor. Y en esas andamos.
Lampedusa lleva varios meses embutida en mi amalgama gris, conviviendo de forma pacífica con mis neuronas y células de glía. Lampedusa es una palabra llana, sonora, sugerente y que le da nombre a una pequeña isla italiana de apenas veinte kilómetros cuadrados. Bien. El lector más avezado, ahora, podría asociar esta isla con el drama diario que se vive cerca de sus costas, pues esa breve porción de tierra constituye una de las vías de entradas más rápidas para los inmigrantes que proceden del continente africano. Hablar de cifras, muertes y naufragios, del conocimiento del problema por parte de las  autoridades y de nuestro silencio roza directamente lo obsceno.
Sin embargo, Lampedusa no acaba aquí. La diminuta isla mediterránea da también apellido al insigne escritor italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa, autor de la célebre obra “Il gatopardo” publicada en 1958, y que sería posteriormente llevada al cine por Luchino Visconti en 1963. La obra aborda el fin de la supremacía de la aristocracia, y cómo las nuevas clases emergentes aprovechan el triunfo inevitable de la revolución y de la unificación italiana en su propio beneficio: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.
Lampedusa crece extramuros, adjetivándose y dando lugar al maquiavélico término lampedusiano: “que todo cambie, para que todo siga igual”. Y, de repente, todo se mezcla y se agolpa: la isla, los naufragios, la miseria, el oportunismo, el Mediterráneo, la mezquindad, la muerte, el hombre… y entonces la palabra Lampedusa sale despedida de este obsesivo vórtice cerebral, dejando una leve muesca de tristeza en la memoria.
Y en ese momento no me queda otra que releer aquel poema de K. Iribarren: “Llevamos cometiendo / los mismos errores / desde el origen remoto / de la especie. / No parece haber / remedio para esto: / ni humano / ni divino. Y me pregunto /si la única / solución / posible / no estará / precisamente ahí / en seguir cometiéndolos / hasta sus últimas /consecuencias, / en tensar esta locura / hasta más allá del límite, / hasta que desaparezcamos / todos / de la faz de la tierra / en un festín brutal / de sangre / y semen / de una maldita vez / y para siempre”.
Y suspirar.

sábado, 7 de abril de 2018

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Tablero, cartas, dados… ¿nos vamos a la escuela? (II), por Víctor Barranco

Siguiendo el artículo iniciado en la anterior revista sobre las posibilidades educativas de los juegos de mesa para enseñar Historia en las aulas, entramos de lleno en la Edad Media. Para descubrir figuras como los estamentos sociales, tributos señoriales, guerras, epidemias mortales…  tenemos juegos como el sencillo “Orléans” o el “Troyes”, sobre el Medievo en Francia; los genéricos “Ora et Labora” y “Agrícola”, del popular Uwe Rosemberg, que reproducen con cierto atino la vida monacal y campesina, respectivamente, en la Edad Media; o el desconocido “Mil”, de autor e ilustrador españoles (Firmino Martínez y Pedro Soto, respectivamente).
Centrándonos en la Historia de España, “Toledo 1085” recrea la convivencia de las Tres Culturas y “El Grande”, premio Spiel des Jahres 1996, pone a los jugadores en la piel de los Grandes del Medievo español en una aventura lúdica muy completa (Wolfgang Kramer suele ser garantía de calidad en los boardgames).
El Renacimiento es otro de los períodos favoritos de los boardgames históricos: evolución de las ciudades europeas, creación de rutas comerciales, poder de la Iglesia… estos elementos, definitorios de los siglos XV y XVI en Europa, son los que salpican juegos como “Bruges”, “Genoa”, “Medici” “Rialto” o “Príncipes de Florencia”. Cruzando el charco, la conquista de América puede dar para una sesión de estrategia y rol en el aula. Siempre que se escoja adecuadamente a los participantes, es una gran idea jugar a “Nuevo Mundo” o a “Spanish Main”, si tienes la suerte de encontrar este juego editado en 1984.
Avanzando hasta el siglo XVIII y volviendo a Europa, “Rococo” nos introduce en el reinado de Luis XV. El genial “Saint Petersburg” es perfecto para conocer el desarrollo monumental de la “París del Este” fundada por el zar Pedro el Grande, y de paso sirve de base para conocer la profunda reforma que hizo en su país a principios del XVIII. Mientras, la América de este siglo libraba otras batallas. “1775: Rebellion” forma parte de una saga sobre la historia de América y nos hará participar en la Guerra de Independencia. Finalmente, un sencillo “2 de Mayo” plantea el reto de conseguir revertir la historia y derrotar a los franceses en el levantamiento de Madrid durante las invasiones napoleónicas.
Entrando en épocas recientes, diferentes juegos de mesa abordan aspectos puntuales en el desarrollo del siglo XX. “Pax Porfiriana”, editado recientemente por MasQueOca, repasa a través de 220 cartas el final de la dictadura de Porfirio Díaz y el inicio de la revolución zapatista en el México de principios de siglo. En “Cuba Libre”, Jeff Grossman y Volko Ruhnke desarrollan con maestría las distintas fases de la Revolución Cubana de la mano de Fidel Castro o el Che Guevara. “Panamax” es un potente juego de alianzas comerciales alrededor de la construcción y gestión del canal más importante del mundo.
1989: Dawn of Freedom” es un pseudo wargame que desarrolla la caída del comunismo en la Alemania del Este. Nominado a varios premios, fue uno de los juegos utilizados en el programa Historical Board Games for Peace. Making History Alive, un proyecto Erasmus para enseñar Historia a alumnos de ESO a través de los juegos de mesa.
Y es que eso, precisamente, es lo que pretendemos con todo esto, ¿verdad? Plantear una nueva alternativa pedagógica que lleve a los alumnos a abordar la Historia con otra perspectiva. La gamificación en la educación lleva años llamando a la puerta, aunque nos plantea otras cuestiones: ¿están las aulas realmente preparadas para afrontar un cambio en el modelo educativo? ¿Es un buen sistema el uso de juegos de mesa, a veces restringidos a 2 o 4 jugadores, para la tarea de educar en la escuela? ¿Es posible implantar este sistema contando con el apoyo de las instituciones docentes?
Muchas preguntas que requieren un debate profundo. Pero no estamos aquí para eso. Aquí estamos para disfrutar de la Historia jugando. Y eso es, precisamente, lo que venía a proponerles. Jueguen, pues, y sumérjanse en la fascinante aventura de la Historia…

“La verdad es mil veces más maravillosa que la misma fábula: la realidad vuela más alto que la ficción a la que sirve a veces de alimento”. Evaristo Fernández San Miguel, miliar y político.
 

domingo, 1 de abril de 2018

16 Concurso de Relato Corto y Fotografía "El coloquio de los perros" - Bases

La Asociación Cultural «El coloquio de los perros» convoca de forma conjunta su concurso de relato corto y de fotografía. El lema de ambos en esta edición será «¿Susto o muerte?», relatos y fotografías de miedo. Los participantes podrán concursar en ambos apartados o hacerlo de manera individual en uno sólo de ellos, ateniéndose, en todos los casos, a las normas establecidas en las bases. 

1. BASES CONCURSO DE RELATO CORTO
• Modalidad literaria y tema.
Relatos cortos que se adapten al lema «¿Susto o muerte?», relatos y fotografías de miedo. Se valorarán la originalidad y singularidad de los trabajos recibidos.

• Participantes.
Podrán concurrir a esta convocatoria escritores sin límite de edad, de cualquier nacionalidad, con obra u obras originales escritas en castellano y no premiadas ni publicadas en otros certámenes. Los autores que presenten más de una obra deberán cumplir de forma independiente y separada para cada uno de sus trabajos las formalidades que estas bases establecen. No podrán participar los miembros de la directiva de la asociación organizadora ni las personas integrantes del jurado. 

• Extensión.
Los relatos tendrán una extensión mínima de 3 folios y máxima de 5 (en tamaño DIN A-4), escritos con letra de cuerpo 12 y tipo Times New Roman, con un espaciado interlineal de 1,5 y márgenes de 2,5 cm. Todas las páginas estarán debidamente numeradas. 

• Presentación.
Las obras se deberán remitir por correo electrónico. El relato se enviará como archivo adjunto en formato pdf a la dirección elcoloquio.asociacion@gmail.com.
Cada relato irá en un correo electrónico individual en cuyo asunto aparecerá: Concurso «El coloquio de los perros». En el correo se indicarán: nombre y apellidos del autor, dirección, teléfono y se adjuntará el DNI escaneado.
El plazo de presentación de escritos finalizará el día 1 de julio de 2018. 

• Jurado.
El jurado, integrado por dos miembros de la Asociación organizadora y tres personas de reconocida solvencia en el campo de la crítica literaria, de la temática del concurso o miembros de alguna de las entidades colaboradoras, elegirá los trabajos finalistas, pudiendo estimar, en su caso, si la calidad de los trabajos recibidos no es la adecuada o no se adaptan a estas bases, declarar desiertos los premios.
Los premios serán entregados en un acto público que se anunciará con la debida antelación.

Varios.
Los autores, galardonados o no, facultan a la Asociación Cultural «El Coloquio de los Perros» para la publicación de los trabajos, haciendo constar en cualquier caso la autoría y procedencia de los mismos. La participación en esta convocatoria implica la aceptación total de las decisiones de los miembros del jurado.
El jurado se atendrá en sus deliberaciones a las presentes bases y resolverá cualquier duda que pueda surgir durante el desarrollo del concurso. 

• Premios.
El Concurso estará dotado de un Primer Premio valorado en 400 euros, un Accésit de 100 euros, así como la publicación de los trabajos premiados.
Estos premios están sujetos a las retenciones tributarias legalmente establecidas.


2. BASES CONCURSO DE FOTOGRAFÍA
• Modalidad y tema.
Fotografías digitales, en color o blanco y negro, que tengan alguna relación con la temática «¿Susto o muerte?», relatos y fotografías de miedo. Se valorarán la originalidad y singularidad de los trabajos recibidos. 

• Participantes.
Podrán concurrir a esta convocatoria fotógrafos sin límite de edad, de cualquier nacionalidad, con imágenes originales no premiadas ni publicadas en otros certámenes hasta un máximo de 4. Los autores que presenten más de una obra deberán cumplir de forma independiente y separada para cada uno de sus trabajos las formalidades que estas bases establecen. No podrán participar los miembros de la directiva de la asociación organizadora ni los miembros del jurado. 

• Extensión.
Las imágenes deberán presentarse en formato jpg, con resolución de 300 ppp y tamaño mínimo de 1 MB. 

• Presentación.
Las fotografías se remitirán por correo electrónico a la siguiente dirección:
Cada fotografía irá en un correo electrónico individual en cuyo asunto aparecerá: Concurso «El coloquio de los perros». En el correo se indicarán: nombre y apellidos del autor, dirección, teléfono y se adjuntará el DNI escaneado. Además, se acompañará del título de la foto, un breve pie de foto, fecha y lugar de realización de la misma.
El plazo de presentación de imágenes finalizará el día 1 de julio de 2018. 

• Jurado.
El jurado estará integrado por una selección de miembros de la Asociación organizadora y de las entidades colaboradoras que elegirán los trabajos finalistas. En su caso, si el jurado estima que la calidad de los trabajos recibidos no es la adecuada o no se adaptan a estas bases, puede declarar desiertos los premios.
Los premios serán entregados en un acto público que se anunciará con la debida antelación. 

• Varios.
Los autores, galardonados o no, facultan a la Asociación Cultural «El Coloquio de los Perros» para la publicación de los trabajos, haciendo constar en cualquier caso la autoría y procedencia de los mismos. La participación en esta convocatoria implica la aceptación total de las decisiones de los miembros del jurado. El jurado se atendrá en sus deliberaciones a las presentes bases y resolverá cualquier duda que pueda surgir durante el desarrollo del concurso. 

• Premios.
El Concurso estará dotado de un Primer Premio valorado en 200 euros y la publicación de la obra conjuntamente con los relatos galardonados en el concurso de relato corto. Este premio está sujeto a las retenciones tributarias legalmente establecidas.

jueves, 29 de marzo de 2018

Como la mar cuando se enfada, por Alba Delgado Núñez

Era de noche, noche cerrada. Ese punto justo antes del amanecer donde la oscuridad es más intensa. Volvía a casa sin saber muy bien qué hacía a esas horas cruzando un paso de cebra en rojo mientras varios coches se aproximaban lentamente a lo lejos. No quiso detenerse. Caminaba a su paso de vuelta a casa. Sentía en el cuerpo como si una marea brava le estuviera azotando. Esa sensación de haber estado en la playa y luego acostarte y sentir que flotas aún en el agua. Que toda esa inmensidad te lleva a ninguna parte, pero estás a gusto y no quieres que se acabe. Te gusta, sabes que es allí un sitio donde te gusta estar. Eso es lo que sentía cuando volvía después de estar con él. Calma.
Había penetrado en su vida como el vino de su tierra al paladar. Tenía un toque amargo, que le encendía la lengua, pero entraba bien y suavecito. Para darle después un subidón y, cuando quiso darse cuenta, ya había perdido por completo la cabeza.
Era un amor brutal, un huracán con todas sus consecuencias. Temía el día en que todo acabase porque, ya saben, el amor es eterno mientras dura. Y ese anunciaba grandes catástrofes. No llegaba a entender los porqués. Pero sí estaba segura de que, por primera vez, había tenido la sensación de que el alma se le fundía en cada beso.
Y no es que tuviera el corazón blandito como otras veces. Latía fuerte, desbocado y controlado a la vez. Un “quiero y no me dejo por si acaso” Como cuando lo tienes todo planeado y ocurre algo que no te esperas. Así llegó él. Sabiendo que tenía que marcharse. Y es que no hay nada peor que una despedida de esas que sabes que llegarán tarde o temprano. Pero quieres quedarte eternamente en ese lugar. No tener que recordarlo amargamente mientras te enjugas las lágrimas y te sacas el cuchillo del pecho. Y vuelve de nuevo, aunque tenga que marcharse. Como un bucle: Amar, llorar, empezar a olvidar, recordar. Amar…
Temía que llegase el día en que no se conociera a sí misma. Que su nombre pareciera el de otra persona. Que su casa fuera una cueva oscura, que su vida no fuese la suya ni supiera a quién pertenecía. Que él desapareciera y no hiciera más que vagar y vagar buscando una respuesta que le devolviese el estado de ingravidez, de saber que tienes algo por lo que luchar y levantarte cada mañana. La fuerza de los realistas que luchan por lo imposible.
De semejantes palos, en tal astilla se había convertido.
Sin embargo, mandó callar a todos esos pájaros negros y se dejó llevar por las sensaciones que habitaban en su cuerpo aquella madrugada. Aquel oleaje salvaje que replicaba incansable e incesante una y otra vez. Como la mar cuando se enfada. Era mejor no pensar en el después, cuando el momento era el ahora. Si tenía que irse, se iría. Como todas las veces anteriores. Esperando que volviera, temiendo que no lo hiciera. Tropezando treinta veces con la misma piedra una y otra vez. De forma aleatoria y repetitiva. De todas maneras, esta vez no le importaba, quería vivirlo tan, tan fuerte que ya le empezaba a doler el alma. Quería disfrutar del oleaje, pese al anuncio de partida. Quería encontrárselo a veces, hasta perder el sentimiento de sorpresa tras su regreso. Quería embriagarse.
Optó por saborearlo tal y como se saborea algo privativo. Y que le temblara hasta el cielo de la boca. Pero no de miedo. Esta vez el punto y final estaba cargado de buenos principios.

domingo, 25 de marzo de 2018

New York, New York, por Óscar Marcos

Conozco a poca gente que no desee ir a Nueva York; yo he querido hacerlo desde la infancia y por fin lo he conseguido junto a un amigo que compartía conmigo el mismo deseo. Fuimos durante la pasada Navidad y por espacio de una semana.
Empezaré diciendo que hay una variedad enorme de cosas que ver y hacer en la primera ciudad de Estados Unidos: aquí haré tan solo una propuesta. Nosotros decidimos alojarnos en Manhattan, la zona céntrica y de los grandes rascacielos.
Llegamos una tarde-noche muy lluviosa al aeropuerto JFK y tomamos un taxi para ir a nuestro hotel. Ciertamente, impresiona ver de lejos el skyline de Manhattan desde Queens, el distrito más grande de la megaciudad, a pesar del caos de tráfico.
Conseguí reservar con antelación y a buen precio alojamiento en el hotel ROW, situado en la 8ª Avenida, en el corazón de la Gran Manzana. Desde allí, y en los días siguientes, hicimos visitas yendo incluso andando a muchos sitios como Central Park, con museos tan grandiosos como el Metropolitan (con una colección de arte universal espléndido) y tan elegantes como el Guggenheim (de arte contemporáneo), y edificios y monumentos como el Rockefeller Center, la Catedral de San Patricio, el Empire State o el Madison Square Garden (pabellón deportivo donde se celebran conciertos y juegan equipos como los Knicks de baloncesto y los Rangers de hockey sobre hielo). Eso sí hay que reservar con mucha anticipación si uno quiere conseguir entradas a buen precio, porque hay mucha demanda y la reventa es legal.
Manhattan es muy grande pero tiene un plano urbano muy regular con calles y avenidas que se cruzan en perpendicular y donde es fácil orientarse por su numeración. Eso hace que algunas zonas puedan visitarse echando el día andando, siempre que se tenga buena disposición para hacerlo; es la mejor manera de hacerse con la esencia de la gran ciudad. Y además, Navidad es una época especial para visitar Nueva York por las decoraciones en los hoteles, los restaurantes, las tiendas y los centros comerciales, pero también por el frío. Destacaría el gran ambiente nocturno de la ciudad, especialmente en la zona de Times Square, siempre llena de gente de un lado a otro con sus numerosos teatros y espectáculos y luces de neón en la zona conocida como Broadway. Si se tiene paciencia y se aguanta el bullicio, merece la pena ver el árbol de Navidad y la pista de hielo del complejo Rockefeller, donde por unos 30 € puede contemplarse desde su azotea una bonita vista nocturna de la ciudad, que es uno de los grandes recuerdos de este viaje.
En los días posteriores al día de Navidad no era raro encontrarse con los árboles (que allí se compran naturales) en la calle junto a los cubos de basura, lo cual debe suponer un verdadero problema para el ayuntamiento de la ciudad.
Es casi de obligado cumplimiento visitar la Estatua de la Libertad, pero si no se cuenta con mucho tiempo ni dinero (es la ciudad más cara del país más rico del mundo) se puede tomar el ferry gratuito que lleva a Staten Island en una media hora, que parte desde la punta sur de Manhattan (accesible desde el metro) y que pasa cerca de la isla donde está la estatua (hay que situarse en la zona derecha del barco para poder verla). Una vez que llegas puedes volver de nuevo, ya que el servicio es continuo.
Es también imprescindible hacer fotos del sur de Manhattan desde el puente de Brooklyn, cogiendo el metro y dejándolo en la primera estación de Brooklyn para luego andar poco menos de cinco minutos: las vistas son grandiosas. Desde allí puedes volver andando por la parte peatonal del mismo puente y acceder a la zona sur de la ciudad (cerca del complejo del World Trade Center o de la Bolsa de valores de Wall Street).

martes, 20 de marzo de 2018

Entre el vino y el jazz, por Antonio Luque

Han pasado ya varios meses desde que el remozado Festival de Jazz de Montilla aportó un soplo de aire fresco a la programación de nuestro municipio. Los que disfrutamos con este estilo musical, llevamos años siendo emigrantes culturales, obligados a visitar Córdoba, Sevilla, Málaga o poblaciones similares, y ya tocaba jugar un partido en casa. Además, unir jazz y vino no es una idea, sino una realidad plasmada en Montijazz Vendimia. Todo un acierto, que va más allá de la tradicional vinculación del vino a los faralaes.
Después de la experiencia pasada, queda más que un grato recuerdo. En el fondo del catavino restan las ganas de volver a llenarlo, para que el espectáculo no cese. Porque una cosa es escuchar un buen concierto y otra bien distinta hacerlo en un sitio singular. Las bodegas y lagares son templos del vino, pero también magníficos espacios escénicos donde vino y música deben ir de la mano. Por fortuna, Alvear y Los Raigones han sido los primeros en entenderlo. El público que acudió en septiembre a los dos espectáculos programados, así lo entendió también. De hecho, si no me falla la memoria, ha sido la primera vez desde que Montijazz comenzó su andadura, allá por el año 2000, en la que cada espectáculo ha pasado de las doscientas almas de aforo.
Acierto con los escenarios y, sobre todo, con los músicos que han intervenido. Espectacular fue el paso por Montilla del maestro Javier Colina, acompañado a la guitarra por Josemi Carmona. Ambos forman un buen tándem, con un espectáculo asequible para el espectador profano, pero también para el versado en los complejos ritmos del jazz. Porque el contrabajista navarro es un fuera de serie, como demuestra que artistas de la talla de Chano Domínguez, Brad Meldhau, Pat Metheny, Michel Camilo, Tete Montoliu o Chucho Valdés, hayan compartido proyectos con las manos y el contrabajo del músico pamplonica. Aunque su nombre sea desconocido para el gran público, hoy por hoy es leyenda viva del jazz español, impulsor de la fusión de esta música con el flamenco, y uno de los mejores contrabajistas de la escena jazzística nacional. Un lujo haberlo escuchado en una bodega centenaria como Alvear.
También fue destacable el paso por Montilla de Rafa M. Guillén. Su música fresca, vibrante y llena de energía, bailó con los pámpanos de las viñas de la sierra, con apuntes importantes, que a veces desapercibidos. Y es que contar entre los Jazz Walkers con dos fenómenos como el pianista cordobés Ángel Andrés Muñoz y el percusionista montillano Manuel Luque, fue todo un detalle. Han sido nombres propios de la pasada edición del Montijazz, como la confirmación de la banda local Jazz Fans. Hay que reconocerle el mérito de intentar ir más allá de las versiones de los 80, atreviéndose con uno de los géneros más complejos de la música y, además, salir airoso del envite.
Escenarios, músicos... y turismo, la tercera vía explotable del festival montillano. La cultura también es una forma de atraer visitantes, siempre que sea de calidad. Al César lo que es del César. Hay que reconocer el trabajo de las delegaciones de cultura y turismo del Ayuntamiento, por confiar en el proyecto, pensando también en esa idea, y por el trabajo llevado a buen puerto. Posiblemente falte la aportación privada para que el Montijazz sea un proyecto de ciudad, o de comarca si me apuran. Aún así, al menos, la semilla está puesta. Toca mimar su crecimiento con promoción, organización y decisiones acertadas y, como pasa en Montilla cada mes de septiembre, recoger el fruto entre viñedos, para paladearlo lentamente en bodegas y lagares.

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