jueves, 26 de febrero de 2015

Cerrando etapas, por Elena Soria

Con el comienzo del nuevo año todo el mundo parece replantearse sus objetivos y planes de futuro estableciendo los ya conocidos “Propósitos de Año Nuevo”. Normalmente, pasados unos meses, el furor e ímpetu por cumplirlos se va desvaneciendo y olvidando hasta el comienzo del próximo año. Así pues, me uno a este mes de reflexiones con una aportación personal.
Sin embargo, el tema del que voy a hablar hoy es uno mucho más permanente a la par que irrevocable, en cierto modo. Me encuentro de nuevo envuelta en una tesitura cuya resolución dictará el desarrollo de mi futuro.
Cuando acabamos selectividad o nuestros estudios medios, hay que tomar una difícil decisión, pero al acabar la carrera o estudios superiores, y adentrarnos en el mundo laboral, afrontamos otra dura decisión que, realmente, repercutirá en el transcurso de nuestra vida. Puesto que nuestro futuro se forjará alrededor de un trabajo o de nuestras ocupaciones, el lugar donde trabajemos será el lugar donde vivamos y nuestro círculo de amigos se conformará en base a éste.
Las opciones que se abren ante mí no son pocas, quizás ese es uno de los problemas. En primer lugar, está la opción de comenzar a trabajar directamente. El problema llega cuando, en una sociedad como la actual, hay mucha competencia profesional y en la que siempre va a haber personas con mayor formación que la mía. La casi exigencia de tener un máster me coloca muy debajo en la escala profesional. Además, es bien sabido por todos que encontrar un empleo en nuestro país es algo complicado por el momento, aunque está claro que no es imposible.
Por lo tanto, hacer un máster se presenta como una opción casi obligatoria a mi parecer. Actualmente hay infinidad de másteres para hacer, pero, claro está, hay que tener una cuenta de ahorros bien preparada y un buen expediente. También hay becas para la realización de máster. La cuantía de la matrícula en muchos de los casos se nos va de las manos.
Otra opción sería seguir estudiando y adentrarse en la investigación. Para los que les guste esta opción, necesitarán buenas becas de investigación o un trabajo a tiempo parcial para poder costearse sus gastos. Hacer otra carrera o cursos de formación es un camino que muchos toman.
Irse al extranjero es algo llamativo, sin lugar a dudas. Es más, hay muchas becas a nuestra disposición, supeditadas, eso sí, a un buen expediente académico, iniciativa y, de nuevo, una buena cuenta de ahorros que nos respalde. Si no se consigue una beca, siempre se puede probar suerte e ir al país a conseguir trabajo, cosa que le está funcionando a muchos españoles, pero trabajando en puestos menores a su cualificación, en muchos de los casos, y estando, a veces, en unas condiciones no esperadas.
Por último, se puede empezar a ganar experiencia mediante prácticas en empresas tanto en España como en el extranjero. Estas últimas abren puertas, porque no solo aportan experiencia a tu currículum, sino que también te dan seguridad y te introducen en el mundo laboral. Incluso es posible que encuentres lo que te guste y la empresa quiera renovar el contrato de prácticas.
A fin de cuentas, el abanico de posibilidades es cuanto menos amplio. Eso sí, en muchos de los casos hay que tener las competencias necesarias y dinero para sufragar los gastos de lo que quieres hacer. En mi caso, ya he empezado a echar becas, y me planteo si quiero hacer un máster o qué ruta tomar. Quién sabe dónde me encontraré el próximo año nuevo. No cabe duda de que el resultado de esta decisión determinará mis propósitos para el próximo año. Me despido deseándole suerte a todos aquellos que se encuentren en mi misma situación.

lunes, 23 de febrero de 2015

¿Qué nombre le pondremos?, por Virginia Polonio

Desde que ve la luz, desde que emite sus primeros acordes, sus primeras letras, los padres deben alimentarlo quizá con arreglos orquestales, vestirlo de sintonía folk o educarle en el trash metal más incendiario. Hay mil maneras de verle crecer. Sin embargo en el nacimiento de cualquier proyecto musical debe estar presente el momento en el que los componentes deciden su nombre, esa palabra o conjunto de palabras sobre las que construir toda la esencia del grupo.
A lo largo de la historia de la música esta decisión no ha sido nada fácil ni para las bandas más relevantes como es el caso de Nirvana. Según explica Xavier Valiño en “El Gran Circo del Rock”, Nirvana es un grupo único y pionero al contrario que su nombre, que es compartido “con un grupo de folk psicodélico británico de los sesenta y con un grupo de rock cristiano de los ochenta”. Ambos quisieron demandar a esta banda cuyo místico nombre es fruto de una segunda decisión de Kurt Cobain y el bajista Novoselic. Sin duda, mucho mejor que el nombre que dejaron atrás: Ed Ted And Fred And Fecal Mater (Ed Ted y Fred y la Materia Fecal). 
Led Zeppelin fue otro de los grandes grupos que comenzó bajo otro nombre. Su origen reside en 1968 con la disolución de The Yardbirds, banda de la que formaba parte el guitarrista Jimmy Page y que se separó justo antes de uno de sus conciertos en Escandinavia. “Con la intención de cumplir contratos –relata David Roberts en “Crónicas del Rock”– Page reclutó al cantante Robert Plant, al batería John Bonham y al bajista de estudio John Paul Jones y los llamó The New Yardbirds. El cuarteto debutó en Gladsaxe (Dinamarca) el 7 de septiembre de 1968. Un mes después cambiaron de nombre bajo la amenaza de acciones legales por parte de Chris Dreja, bajista de los Yardbirds”.
Smile, On a Friday y Earth conforman otros tres nombres desconocidos para la historia del rock pero que son el preludio de propuestas musicales de gran importancia. El primero de ellos corresponde a las raíces de Queen, un grupo en el que figuraban  Brian May y Roger Taylor. El cambio de nombre se debió a la sustitución de su cantante Tim Staffel por Farrokh Bulsara, quien más adelante adoptaría la identidad de Freddie Mercury.
Por otra parte, On a Friday fue un quinteto de Oxfordshire compuesto por los mismos músicos que Radiohead, quienes decidieron realizar un cambio de nombre en homenaje a esta canción de los Talking Heads. Esta decisión también fue tomada por una de las bandas que escribió las reglas del heavy metal. Y es que, según indica Jordi Bianciotto en la “Guía universal del rock”, Black Sabbath mostró por primera vez su rock duro y cavernoso bajo el nombre de Earth.
Un anuncio en el tablón de una escuela de Dublín y una frase: “se buscan músicos para formar grupo” fue lo que le bastó a Larry Mullen Junior para iniciar la aventura musical de Feedback y The Hype. Estos dos nombres corresponden a una formación de cuatro músicos que  en marzo de  1977 se rebautizaron como U2. Los estudios académicos también estuvieron presentes en los inicios de The Beatles, quienes comenzaron a tocar de adolescentes como The Quarrymen Skiffle Group, dirigidos por John Lennon y usando el nombre de su instituto de Quarry Bank. Más tarde se convirtieron en un quinteto de rock and roll llamado The Silver Beetles, con Pete Best a la batería y Stuart Sutcliffe al bajo.
Del instituto a la universidad, centro de estudios en el que a mediados de los 90 el cantante Chris Martin y el guitarrista Johnny Buckland entablaron una amistad que daría lugar a un dúo musical que tomó nombres como Pectoralz y Starfish, nombres que caerían en el agujero del olvido cuando en el 98 se les unieron el bajista Guy Berryman y el batería Will Champion para formar Coldplay, un grupo que se ha hecho grande con pocas publicaciones y que permanece unido y duro como una roca.

jueves, 19 de febrero de 2015

¿Vino ecológico?, por Berganza

Querido Cipión, nuestra tierra cuenta, como bien sabes, desde hace siglos con una tradición vinícola y viticultora innegable, arraigada en el alma de los montillanos, grabada por el sol sobre la piel de nuestros vendimiadores y, sobre todo, inherente al paladar de todos aquellos que disfrutamos de un buen medio en mejor compañía. Es el vino el que nos ha hecho a los montillanos y no al contrario.
Bien saben los jornaleros que siempre se han cultivado nuestros campos artesanalmente, se han laboreado nuestras tierras con mimo y se han elaborado los mejores caldos en pequeños lagares o en monumentales bodegas. Lo que es un atraso es la negación del avance de las tecnologías y del conocimiento agrícola y enológico, ya que supone renunciar a producir los mejores vinos por tal de que estos puedan llevar apellidos como ecológico, biológico u orgánico. ¿Acaso muchos de los que como tú defienden la agricultura ecológica saben en qué consiste? Probablemente no. Es una moda más dentro del ecologismo radical e incluso del mundo gourmet, en el que se paga más por productos que, vete tú a saber, si han sido elaborados como indican en la etiqueta.
En cualquier caso, amigo Cipión, nuestros vinos han sido “ecológicos”, si quieres llamarlos así, prácticamente desde siempre. Con el estiércol de las bestias del campo, y no otros abonos minerales, se han abonado fanegas y fanegas de viñedo; las características, a veces extremas, de nuestro clima han evitado el uso de insecticidas o plaguicidas y, ya en la bodega, apenas se han empleado aditivos químicos, ni antioxidantes, ni demás sustancias que, mira tú por dónde, ahora resulta que son poco saludables o irrespetuosas con el medioambiente. Nuestros vinos son tan apreciados y han llegado a tener el renombre del que hoy gozan gracias a su excelente calidad y a los cuidados recibidos desde el campo hasta la bodega. Cuando para ello hayan sido necesarias sustancias químicas, bienvenidas sean, y si son tan dañinas, entonces, que las prohíban. Hay mucho de doble rasero y esnobismo en estos defensores acérrimos de la enología ecológica. Quienes legislan, sobre todo desde Europa, poco saben de la realidad de estos campos que tanto trabajo dan, aunque solo sea algunos días al año, a personas con grandes necesidades, a las que poco les preocupan los sulfurosos, los clarificadores o los estabilizantes. Cuando la física no es suficiente, la química es necesaria.
Amigo Cipión, como ves no me gustan estos vinos ecológicos que, además de ser más caros, no igualan en calidad ni propiedades a los que tradicionalmente se han criado en las botas de nuestras bodegas. Es un tópico que la innovación no está reñida con la tradición, pero en el caso del vino esa innovación supone más bien una involución, una retrogradación artificial que a largo plazo está por ver si contribuirá a la fertilidad de los suelos, pero que hará que la calidad, la cualidad y rentabilidad de los caldos montillanos. A las pruebas me remito: ¿has escuchado alguna vez por alguna taberna eso de “¡un medio!, pero ecológico, ¿eh?”.

lunes, 16 de febrero de 2015

¡Vino ecológico!, por Cipión

Querido Berganza, el vino es uno de los alimentos más antiguos de la Humanidad. No se sabe a ciencia cierta qué cultura descubrió que la fermentación de los azúcares del mosto de uva podía dar un alimento tan valioso. A lo largo de los siglos la agricultura de la vid ha cambiado mucho, demasiado en mi opinión. El paso de una agricultura para autoconsumo hacia modos de cultivo industriales ha conllevado el uso de fertilizantes químicos, pesticidas, herbicidas o fungicidas. Además de los productos usados durante el cultivo de la vid, también se emplean otros aditivos durante la producción y crianza del vino, como los sulfitos como conservante.
En el cultivo, la necesidad de asegurar la resistencia a las plagas hacía prioritario reducir la incidencia y daños de las enfermedades; además de bajar el coste de producción. Y es cierto que estos productos químicos han ayudado a los viticultores a lo largo de los siglos. Sin embargo, el aumento de la extensión de viñedos y la actual cultura del vino, con un consumo alto tanto de vinos blancos, tintos y generosos tiene efectos secundarios no deseados. Por una parte, algunas sustancias químicas pueden pasar hasta las uvas, especialmente al hollejo, de manera que pasan al mosto y permanecen en toda la cadena de producción y en el producto final. Por la otra, los suelos van perdiendo sus propiedades, ganando acidez y empobreciéndose a causa de los tratamientos agresivos. Esto constituye un círculo vicioso de difícil salida, ya que a peor suelo, mayor cantidad de productos químicos para mantener su rendimiento.
Las técnicas de cultivo ecológicas plantean alternativas que, a largo plazo, son más sostenibles desde el punto de vista ambiental. La rotación de cultivos o establecer períodos de descanso permiten reducir la pérdida de características del suelo y mejorar la productividad a largo plazo. Los abonos procedentes de procesos de compostaje y estiércoles sustituyen con éxito a los fertilizantes químicos y diferentes herbicidas y plaguicidas biológicos podrían ser alternativas a los tradicionales. Por todo ello, el cultivo ecológico de la vid es ya hoy una realidad útil para los agricultores. En la fabricación del vino, la sustitución de los sulfitos ha resultado más complicada, porque los vinos destinados a crianza en botella requieren algún tipo de conservante. Así pues, la mayoría de vinos que conocemos como ecológicos proceden del cultivo ecológico de la vid, pero pocos son totalmente ecológicos. Todavía quedan campos en los que mejorar e investigar nuevas técnicas.
Pero no solo eso, actualmente existe una demanda creciente de productos que no se perciban como dañinos para la salud. De hecho, los vinos ecológicos cada vez tienen más aceptación y su demanda crece por encima del consumo de vinos convencionales. Por tanto, a corto plazo también pueden ser una alternativa económica y viable, teniendo en cuenta que en muchos casos los consumidores son más sofisticados y están dispuestos a pagar un poco más por este vino ecológico. En definitiva, creo que todos apreciaremos un vino procedente de cultivos menos tratados y más respetuosos con su entorno.

viernes, 13 de febrero de 2015

El Gran Capitán en la pantalla (I), por Manuel Bellido Mora

“Habladme de vos”, le inquiere Fernando, el monarca de Aragón, en su primer encuentro. “No hay mucho que contar, sólo soy un soldado”, es la lacónica respuesta de Gonzalo. Esta escena sucede en el episodio 9 de la afamada teleserie Isabel. El soldado y el regidor están frente a frente, en un diálogo que, sin ser tenso, sí deja advertir al público las diferencias existentes entre ambos y la frialdad de su relación.
Isabel, que se despidió de su fiel audiencia con una importante cuota de pantalla (cerca de 4 millones de televidentes, al cabo de 3 exitosas temporadas), es la primera gran producción audiovisual de fondo histórico que adjudica un papel de cierto relieve al insigne militar montillano, hijo de la Casa de Aguilar.
Gonzalo, por las razones que fueren, no ha gozado de la predilección de los guionistas, para quienes ha pasado inadvertido. Su alta ciencia militar y sus hazañas de poco le han servido. Y esto es algo que, con un somero repaso a nuestra filmografía, se puede comprobar. Su presencia es escasa, casi nula, en películas. Apenas hay constancia de él en el periodo mudo del cine, e igual viene a suceder después.
Es más fácil seguirle el rastro en noticieros y en algún documental que en materiales de ficción puramente.
Estuvo en cruciales acontecimientos, y por ello se le honra en los ceremoniales y en la terminología castrense (un Tercio de la Legión, con base inicial en Tauima, Melilla, lleva su nombre desde 1943). Sin embargo, el cine no ha sabido sacarle jugo a sus méritos como estratega, ni tampoco lo ha hecho en su vertiente aventurera curtido en mil afrentas. La de la pantalla, para nuestro paisano, ha sido una batalla perdida, hasta un tiempo muy reciente.
Sorprendentemente, durante el franquismo (un periodo especialmente proclive a la exaltación intencionada de las glorias del pasado) apenas aparece. Su nombre y conquistas, nunca mejor dicho, se quedaron entonces en un segundo plano. De la guerra civil en adelante, proliferó la temática histórica, con Cifesa, que se especializó en rodajes de esta índole. En la mayoría de ellos, ni se le cita. En otros, se le despacha con ligeras menciones o bien se le relega a ser un figurante más.
Benito Martínez, concienzudo estudioso del cine, no encuentra una razón contundente que explique esta invisibilidad de alguien tan pronunciado en otros ámbitos, como en la pintura o en las crónicas históricas, donde sí se dispone de una completa, amplia y variada bibliografía, que excede el territorio nacional. “Quizás – argumenta Martínez- se deba a que no era aconsejable darle más realce, para no robarle así protagonismo a los Reyes Católicos, eje fundamental de la retórica dominante en la dictadura. No deja de ser un caso extraño, porque este mismo régimen, en cambio, sí exaltó la figura de los Comuneros, germen del estado descentralizado, en La Leona de Castilla, eso sí, dulcificando bastante este amotinamiento, en teoría antipático para los gobernantes de la época”.
El periodista Francisco Solano Márquez Cruz atribuye esta omisión a otros factores. “Córdoba –alega– nunca ha tenido influencia en la industria cinematográfica en España, es una ciudad que ha vivido de espaldas a este mundo. Posiblemente, es por esto por lo que se le ha pospuesto más de la cuenta. Y una de las consecuencias es que, a estos efectos, se nos ha borrado de la pantalla, a nosotros y a los más notables de los nuestros. Existe este vacío, eso es obvio y, es cierto, no se ha sabido vender la figura del Gran Capitán”.
Para encontrarlo, hay que buscarlo en el Nodo, la revista de actualidad cinematográfica que, como rezaba en su propaganda, ponía “el mundo entero al alcance de todos los españoles”. Con ocasión del quinto centenario del nacimiento de Gonzalo Fernández de Córdoba, se habría de dedicar un amplio reportaje a este acontecimiento, en el número correspondiente al 11 de mayo de 1953. Pero, curiosamente, el centro de atención de esta noticia no era tan prominente efeméride sino Francisco Franco que, en su calidad de Caudillo, visitaba la ciudad, acompañado de su esposa Carmen Polo. Bajo el rótulo Franco en Córdoba, se ve al Generalísimo entre una bulla de incondicionales: jóvenes falangistas, la jerarquía eclesial y, por supuesto, una nutrida representación del ejército, que desfila en su honor. También se observa al Jefe del Estado en el barrio de Fray Albino, en el puente nuevo sobre el Guadalquivir y en el estadio de fútbol. Para el final, se deja el acto principal de homenaje a Gonzalo, en las Tendillas. Entre los discursos, impregnados de desatada oratoria imperial, hubo quien, en pleno éxtasis, se refirió a Franco como el verdadero Gran Capitán, ante la figura ecuestre de éste que, como un convidado de piedra, era testigo mudo de todo aquello.
Desde la tribuna, voces enardecidas, como la del teniente coronel Muñoz Grandes, ministro del Ejército.
“Pasaron quinientos años, y cuando las ideas estaban en quiebra, cuando estaba en peligro la vida de la patria, surge otro gran capitán, que es el Caudillo Francisco Franco que poniéndose al frente de las legiones del honor, de la vergüenza y del valor, se lanza a los campos de España para contener la desintegración”. Ni los más doctos y neutrales lograban que sus ponencias fueran ajenas a esta impetuosa corriente de prosa patriótica. Joaquín Pérez Villanueva, a la sazón director general de Enseñanza Universitaria, “en solemne sesión académica”, ante Franco dejaría sentado que “a buen seguro que nunca se honró a Don Gonzalo en mejor clima que el de ahora, y por eso la noble, la mesurada figura del Gran Capitán, se hace presente en sus anhelos y en sus glorias, al ver encarnado su servicio a España por otro Caudillo, por otra limpia espada, servidora del común destino permanente de los españoles”.
A esta insistente tarea de equipararlos, también sumó su voz el alcalde Antonio Cruz Conde. Y lo hizo con el mismo entusiasmo para aseverar que algo de providencial hubo al compartir ambos un destino semejante: “parecía como si en el amplio espacio del Mundo y la Historia una vida se identificase con otra vida como misión”. 
Así dispuesto, el tono de las alocuciones, como oportunamente se aprecia en el Nodo, consiguió dar un giro radical a este acto, que se concentró casi enteramente en Franco. Él, por lo visto y oído, fue el gran homenajeado aquel mediodía en la céntrica plaza, entonces llamada de José Antonio. Y por si hubiera dudas, ya que no se acostumbraba a reproducir el sonido real del hecho, la voz del narrador, con gran énfasis y acompañado de una música ad hoc, hacía su trabajo. Con una dicción casi marcial explicaba: “Franco analiza el significado del acto asegurando que este homenaje es la continuación de la historia gloriosa que inició el Gran Capitán, cuando abría una nueva era militar y las banderas del ejercito eran respetadas en toda Europa”.  
Por cierto que a este monumento, a su inauguración en concreto, se debe otra de las escasas referencias filmadas. Se trata de un cortometraje mudo fechado en 1923, un documento de gran valor con imágenes que muestran el emplazamiento original de la estatua, en la intersección de la Ronda de los Tejares con la Avenida del Gran Capitán. Cuando Benito Martínez coordinaba el cine club del Círculo de la Amistad, se proyectó en diversas ocasiones, pero el progresivo deterioro de la copia aconsejó dejar de hacerlo. Cuando se estrenó, recuerda Benito que, en cada pase, se solía producir un efecto cómico involuntario. Entre el público, la sensación de velocidad de las imágenes habitual en el cine silente, venía a ocasionar un inadecuado jolgorio, porque “daba la impresión de que las flores que se arrojaban al caballo eran como peligrosos torpedos, lo que provocaba la risa cuando no la carcajada inoportuna de la gente”.
En lo estrictamente cinematográfico, las ficciones en torno a Isabel la Católica y su época lo ignoran o, si acaso, lo desplazan a condición de comparsa. “Se le sitúa – indica el crítico e historiador cinematográfico Enrique Colmena- en un plano más secundario y dentro del contexto del sitio de Granada, en el momento histórico en el que Colón se entrevista con los Reyes Católicos, en Alba de América, la película de Juan de Orduña, donde el distinguido soldado cordobés era interpretado por Jacinto San Emeterio”.
En esta emblemática obra, quintaesencia del discurso de la unidad religiosa y territorial del franquismo, Gonzalo es un subalterno. Una escena lo resume bien. Campamento ante la ciudad asediada, allí lo más granado del clero y de la aristocracia castellana conforma una especie de corte ambulante. Entre los presentes, el Gran Capitán y el Duque de Medina Sidonia, lo que lleva al rey a exclamar “Buena baraja de espadas”. Y ahí se queda la cosa.
Jacinto San Emeterio es uno más de los cómicos olvidados en nuestro país. Como actor de reparto, hizo más de medio centenar de películas, incluidas El mundo sigue y Muerte de un ciclista.
Tampoco se le dedica mayor atención en Vísperas Imperiales (1943), El doncel de la Reina, Catalina de Aragón o Juana la loca, títulos en los que se recrean episodios y acontecimientos en los que parece que resultó determinante la intervención de Gonzalo Fernández de Córdoba.
Josefina Molina, cineasta de bien ganado prestigio por el rigor con que se conduce, opina que no hay mal que por bien no venga. “Me alegro que no se le haya utilizado, porque hubiera sido tergiversado. Hay que tener en cuenta que todo lo que se hacía entonces se ponía al servicio de la ideología al uso. Había que contrastar datos y hablar de la verdad, y eso nunca se hizo. Es la única forma de llegar a la autenticidad de los personajes y esto no era habitual en aquel cine. Todo lo que se hacía era a la mayor gloria del pensamiento oficial. Ahora, el cine histórico se hace con más fundamento y se deja al margen el terreno de las fantasmagorías, que tanto daño hizo. Nuestra historia no está bien tocada, no se ha planteado en el cine con la debida seriedad. Lo que se hizo con el cine de exaltación fue dar pasos en falso. En el caso del Gran Capitán, es evidente que está infravalorado, pero esto es debido a que lo que se intentaba acentuar era la presencia de los Reyes Católicos, el resto era secundario”.
A la autora de Esquilache y de Teresa de Jesús le hubiera gustado acercarse al Gran Capitán. “He sentido esa tentación muchas veces, pero llevar a buen termino este tipo de empresas no depende de tu voluntad. Puedes proponer, pero la última palabra, por el sempiterno problema de la financiación, nunca la tiene el director. No se hace lo que tú quieres, sino lo que, en ese momento, es posible. Y hubiera sido estupendo abordarlo, porque tenía un carácter muy especial, gracias a él se consiguieron cosas y se dieron pasos que no se habrían producido de otra forma”.
Es curioso, pero hubo de esperar a que se atemperase el inflamado clima patriótico, tan del gusto de los gobernantes de la dictadura, para que se haya empezado a reivindicar, con cierto fundamento, el papel de nuestro caballeroso paisano.
Un primer acercamiento, dándole el protagonismo que por su relevancia merece, vino de parte de Antonio Gala. Se hizo en su añorada serie “Paisaje con figuras”, que emitió Televisión Española, en diferentes entregas (algunas no sin polémica) y periodos a partir de febrero de 1976. La parte dedicada a Gonzalo Fernández de Córdoba se puso en antena el 3 de enero de 1977.
De la presentación se encargaba el propio escritor cordobés con unas notas previas acerca de lo que nos disponíamos a contemplar: “Hay ocasiones –comentaba en sus primeras palabras– en que un rey siente envidia de un súbdito”
Un joven Gala con cuello mao y empuñando su inseparable bastón nos introducía en el conocimiento del protagonista de la historia: un oficial “a quien Europa, admirada y enamorada, llamó el Gran Capitán”... “Fue un segundón de la Casa de Aguilar en Montilla, tuvo por tanto que procurarse su propia riqueza y sus honores, porque él solo heredó un estilo y un nombre, pero en esta carrera nadie ha llegado tan alto como él”, resumía concluyente Gala.
Con dirección del canario Antonio José Betancor (autor de escueta trayectoria fílmica aunque muy apreciada, como ocurre con Valentina y 1919, Crónica del Alba), se nos presenta a un personaje en la última fase de su vida, cuando ya se encontraba retirado en su dominio señorial de Loja, apartado de la Corte por los muchos desdenes del rey Fernando.
En esas circunstancias, por medio de una voz en off, se nos hace patente el malestar del militar olvidado, la historia de una tremenda ingratitud. “Tengo 60 años y la conciencia limpia”, se le oye musitar orgulloso y con una pizca de desafío al principio de este relato. “A ciegas serví a mi rey, mi gloria fue servir gloria”, le confiesa a su último caballo Zegrí, en un recurso literario muy del gusto de Antonio Gala, que en otras obras suyas lo ha utilizado a discreción. Como en la serie de artículos periodísticos dedicados a su perro Troylo, a quien en tono confidencial venía a hacerle participe de sus opiniones.
De fondo, el paisaje de Loja, de la Catedral, los Jerónimos y la Alhambra, en Granada, sus postreras moradas. Es aquí donde el Gran Capitán hace recuento de sus contiendas, no solo de cuartel, sino también de corte. “Vos –argumenta el narrador, ponderando sus triunfos– no habéis de doblar la rodilla, sino ante Dios. Roma no ha conocido un general más grande”, fueron las aduladoras palabras que le dedicó el Santo Padre al liberar el reino de Nápoles. “Es más grande su corazón que su lanza”, considera el Sumo Pontífice, para expresarle su gratitud.
En otras de las localizaciones, la Alpujarra, pues allí intervino ante la sublevación morisca, y los Montes de Málaga, con su puerto a la vista (frustrada misión por decisión real), el viejo soldado airea abiertamente sus sentimientos y evoca sus recuerdos: los hitos bélicos de Ceriñola, Barletta, Atella, Garellano…que llevaron al disoluto César Borgia a ponerse bajo su protección.
Es aquí, al sopesar sus días cenitales, donde Gonzalo enumera sus quebrantos, sus glorias desmoronadas. Y lo hace – así es la escena- sentado en un poyete, mientras a su espalda unos campesinos aventan el trigo. Lo que resulta una oportuna metáfora visual para quien, haciendo balance de su agitada existencia, se apresta a separar lo bueno de lo malo, el menosprecio de la recompensa, el olvido, que fue lo que recibió, en lugar del abrazo.
“Él me temía…nunca sabré por qué. Ni media hora tardé en darle explicación de los gastos de milicia.” Y esto, apesadumbrado, lo dice con armadura y yelmo, como quien libra su última lucha: la de su dignidad herida.
“50.000 ducados en aguardiente para la tropa por día de combate…y 1000 millones de ducados por mi paciencia en escuchar a quien le pide cuentas a quien le ha dado un reino”. Desaires, desdenes, humillaciones a su familia, la peor de todas el regio mandato, en forma de grave decreto, para escarmentar a su estirpe entera: el mandato inflexible, cumplido con fiereza y puntualidad, de arrasar el solar de sus antepasados. Gonzalo, nunca vencido, libra el duelo final con su señor.
En su libro La historia de Andalucía en la pantalla (Ediciones de la Filmoteca de Córdoba), Enrique Colmena hace algunas consideraciones interesantes. Para él, en la visión de Antonio Gala hay “una alegoría bastante evidente del deseable papel que habría que exigir a todo militar, en cuanto a la sumisión al poder civil legalmente constituido; téngase en cuenta, a este respecto, el momento histórico, la Transición en que se concibió el episodio, y las consiguientes lecturas que se podían hacer en aquel tiempo en el que el ruido de sables era aún un problema de lejana resolución”.
Tan admirable serie no solo se beneficiaba del excelente, e interpretable, texto de Antonio Gala. En su ficha técnica, sobresalen los nombres de Javier Artiñaño, con varios Goya en su haber, que se ocupó del vestuario, además de Hans Burmann, responsable de la fotografía. De Gran Capitán hizo el actor Alejandro de Enciso (Los gozos y las sombras), con las voces de José Guardiola, Miguel Ángel Cuesta, Dolores Cervantes, Rafael de Penagos y Claudio Rodríguez.
Pero el cuidado exquisito en su aspecto literario y el buen oficio de la puesta en escena, no impide plantear algún reparo, por la excesiva quietud de la figura central, que queda al arbitrio de un monólogo interior constante. Tampoco es demasiada afortunada la caracterización de Gonzalo, a quien se presenta provisto de peluca tipo paje de cuento, siguiendo la iconografía decimonónica implantada en los cuadros de Federico de Madrazo, y José Casado del Alisal.

lunes, 9 de febrero de 2015

El Ladrío Invierno 2014-15

Esta edición de invierno 2014-15 de la revista El Ladrío llega en plena ola de frío pero calentita en contenidos. En concreto, dos temáticas destacan en sus páginas: el vino, en portada y en las disertaciones de Cipión y Berganza, por un lado; por otro, el Gran Capitán y el 500 aniversario de su muerte a través de la información sobre el 13 Concurso de Relato Corto y Fotografía "El coloquio de los perros", el retorno de la viñeta cómica Cip&Berg y la primera entrega de un artículo de investigación de nuestro colaborador Manuel Bellido sobre la presencia del militar y estadista en la pantalla grande y pequeña.
Además de ello, opiniones y narrativas que nos hablan sobre el paso de los años, recomendaciones literarias, musicales y de vídeojuegos, poesía, la incorrección política de Leonor "La Camacha" en la sección "Sin bozal" y el cuarto episodio de la vuelta al mundo en ocho contraportadas de nuestro amigo Daniel Viera.
Todo concentrado en 20 páginas para disfrutar en papel o en pdf al calor de la lumbre. Pincha sobre la imagen de la portada y comienza a leer.


sábado, 7 de febrero de 2015

9 semanas en el subcontinente indio. O lo odias o lo amas, por Daniel Vera

En esta ocasión, os escribo desde SiemReap (Camboya), en plena Indochina, donde llevo casi dos meses en lo que será todo un tour en profundidad de 5 meses por el Sudeste Asiático. Pero de ello os hablaré en el próximo número. En esta ocasión centraré la atención de este artículo en los más de dos meses que pasé en el denominado subcontinente indio, concretamente en India y Nepal.
Uno siempre oye opiniones de la India muy diferentes y contrariadas de las distintas personas que la visitan. ¡A veces incluso extremas! Hay quien la ama y se pasa meses o años de su vida recorriéndola, pero tampoco falta quien fue una vez y se vino con tal mal recuerdo que no la volvería a pisar ni cobrando. Yo de entrada os voy a confesar que me encantó, no tanto por su indiscutible belleza, sino por la genuinidad de sus lugares y la infinidad de situaciones únicas en las que te puedes ver envuelto. Aunque también os diré que entiendo perfectamente a quien se vuelve a casa con sensaciones más agrias que dulces. Hablemos claro, la India es un lugar difícil de digerir. Un país en el que se juntan dos ingredientes fatales: subdesarrollo y superpoblación. A mi entender, las dos claves esenciales para entender todos los elementos que conforman su faceta negativa. En la India se ve pobreza extrema, explotación infantil, machismo exacerbado, suciedad y una contaminación que afecta a los 5 sentidos. No exagero, lo dice alguien que ha vivido lo peor de unas cuantas grandes capitales en Latinoamérica y África. Para un turista que pasea por una ciudad India, se hace difícil disfrutar de lo que ofrece el entorno cuando tienes que estar prestando toda tu atención en no meter el pie en un boquete o un charco de cieno, no ser arrollado por un tuc-tuc o una enorme vaca sagrada o no tropezar con un tótem de basura o un pobre anciano pidiendo en la calle… Todo ello, anestesiado por una mezcla de olor entre gasolina mal combustionada y humanidad, así como aturdido por el incesante ruido de las calles.
Y estaréis pensando: menos mal que dije que me encantó la India, ¡con lo mal que nos lo está pintando! Pues sí, a pesar de todas estas adversidades, uno puede llegar a extraer muchas cosas positivas de la India. Al igual que apuntaba los aspectos negativos, también os digo que la India me brindó lugares y experiencias que jamás había vivido en los más de 50 países que llevo visitado en mi vida. Templos hindúes que veneran a 30.000 ratas, templos sijs que acuestan y dan de comer a un libro sagrado, la confluencia de la vida y la muerte en Benarés, el encanto irreal de Hampi, viajar en el tiempo en los castillos del Rajastán, el “britaniquísimo” paisaje urbano de Bombay o el frenesí de grandes ciudades como Delhi o Calcuta, por no hablar de su gente maravillosa. Si el visitante es capaz de sobrepasar lo negativo, lo cual no es fácil, no os quepa la menor duda que acabará prendado por la India.
Un destino más digestible es Nepal, donde la densidad de población es mucho más baja y, por consiguiente, todas las vicisitudes de su país vecino se reducen considerablemente. Nepal se vanagloria de dos cosas: ser la tierra que vió nacer a Buda y ser la cima del mundo, ambas ciertas, asíque decidí centrar mi visita en estos dos grandes aspectos. Primero, tras visitar el lugar de nacimiento de Buda en Lumbini, ingresé en un centro budista para aprender la técnica de meditación Vipassana. 10 días en los que, cual monje budista, meditaba durante 11 horas al día, levantándome a las 4 de la mañana, haciendo la última comida del día a las 11 y, entre otras muchas cosas, estando incomunicado y sin poder hablar con nadie durante todo ese tiempo. La segunda fue hacer todo un trek de 10 días por el Himalaya, en concreto el circuito Annapurna, que va alrededor del ocho mil del mismo nombre. Una ruta que pasa por el lago más alto de todo el mundo, el Tilicho, y que atraviesa por un paso a nada menos que 5.416 metros de altitud. Todo un desafío, una experiencia inolvidable que me regaló los mejores paisajes de montaña que haya visto jamás.
Por lo demás, contaros también que gracias a los bajos precios de estos países, conseguí por fin ajustar mi presupuesto diario a los 20 euros que me propuse en el primer artículo, al comenzar este viaje alrededor del mundo. Ahora toca seguir manteniéndolo aquí en el Sudeste Asiático, donde el costo de vida es un poco más alto. ¡Nos seguimos leyendo en www.universaltraveler.org y sus perfiles sociales!