sábado, 17 de febrero de 2018

Píldoras deliciosas: Zaanse Schans, por Paco Vílchez

Zaanse Schans es la hermana pequeña de Zaandam e hija de Zaanastad. Una chica joven con nombre y solo un apellido, como se estila por esas tierras del Norte de Europa. Nombre y apellido que cuesta pronunciar y que hace pensar en un estilo diferente de chica, particular y lleno de encanto. Bien escondida entre campos salpicados de verdes cultivos y canales, espera coqueta la visita del viajero que al reclamo de sus bellos molinos no dejan de cortejarla.
Como chica presumida, que lo es, juega con sus perfumes, crema de avellana para las épocas estivales y brisas con olor a hierba fresca en invierno, para sorprender al viajero que aproximándose a sus curvas por el puente levadizo sobre el Rio Zaan percibe los centenarios molinos. El de las especias, los del aserradero, el de la pintura o los aceiteros son la muestra de que, aunque joven, Zaanse Schans guarda el regusto de las viejas costumbres holandesas, esas que se remontan a los años en que la zona fue el primer eslabón de la Holanda industrial. O más lejos aún, cuando sirvió de fortificación defensiva ante los ataques españoles siglos atrás.
Pero no solo de molinos luce palmito la joven Zaanse. Todo un placer supone trapichear por sus callecitas, puentes y canales, descubriendo otras pequeñas joyas como la tiendecita de zuecos, la coqueta quesería, el museo y sobre todo la fábrica de chocolates y galletas. Un lugar casi sacado de las fábulas más melosas del escritor Roal Dahl. Y para digerir tantas emociones, el amante viajero puede hacer una paradita en su recorrido por el pequeño pueblo museo en la cafetería donde tomar un té y unas pastas típicas del lugar.
Quizás por ello, la chica sabe manejarse entre ambas épocas, creando una atmosfera que sumerge al visitante entre lo real y lo imaginario. Sin saber muy bien si la chica es una muñeca de porcelana o una mujer de carne y hueso.
Y es que Zaanse Schans despista. Y despista tanto que incluso cuando el viajero descubre la realidad, prefiere vivir en el engaño a resignarse.

jueves, 15 de febrero de 2018

Cachivaches del demonio, por Leonor Rodríguez "La Camacha"

Que los niños de hoy en día abusan de los dispositivos móviles, ya sean teléfonos, tabletas u ordenadores, es una realidad, aunque se puede entrar a discutir qué uso hacen de ellos, pues no siempre es el equivocado. Ahora bien, que ese abuso es reflejo de lo que hacemos los adultos también es cierto, pues hemos pasado de pensar hace unos 15 años que hablar por el móvil en un sitio público además de esnobista era una horterada a los geek, esa especie de tribu urbana obsesionada con la última tecnología, especialmente móviles y videojuegos.
Ser geek no tiene por qué necesariamente tener una connotación negativa, siempre y cuando esa obsesión no se vuelva insana y lleve a un aislamiento social: tanto por no querer acudir a socializar en espacios públicos, como por no participar de la interacción social cuando nos encontramos en grupo.
Estamos ante una especie de ciberautismo —un aislamiento elegido—, si bien no siempre consciente, que conlleva ir de Whatsapp a Facebook, pasando por Twitter, Instagram, el correo electrónico o Netflix, mientras nos hacemos un selfie por el camino o grabamos un vídeo absurdo para colgar en nuestro canal de Youtube, lo que cohíbe a los que comparten espacio con el ciberautista para mantener una simple conversación.
Además de aquellos que padecen nomofobia, el miedo irracional a salir de casa sin el móvil, están aquellos que hacen de su vida una res publica en las redes sociales como si no tuvieran una vida privada que guardar con celo y en exclusiva para las personas más especiales: los padres, la pareja, los hermanos, los hijos y, por qué no los amigos, que no son necesariamente los que comparten grupo de Whatsapp, sino los que te mandan un mensaje o, mejor, te llaman para tomar un café o lo que encarte; aquellos que salen a hacer running y publican sus tiempos y marcas en las redes con la app deportiva de turno; aquellos que cuando viajan dejan su opinión en Tripadvisor; aquellos que leen el último superventas en su ebook; aquellos que se compran el último modelo del robot de cocina de moda; aquellos que se pasan el día pendientes de las actualizaciones de Android e IOS y de todas sus apps; aquellos que al llegar a un bar lo primero que hacen es buscar una red wifi abierta, etc.
Es una especie de neofilia, una paradójica obsesión por estar a la última tecnológicamente hablando, permanentemente conectados a la red, que genera lo que los expertos denominan tecnoestrés y que, en su opinión, puede provocar problemas musculares, emocionales o psicológicos que pueden desencadenar ansiedad o depresión. Conectar para desconectar de los pequeños placeres de la vida: disfrutar de una comida sin que se enfríe mientras fotografiamos el plato, editamos y retocamos la foto y la subimos a nuestra red social favorita para conseguir cuantos más likes mejor; pasar un buen rato en un concierto sin perdernos detalle haciéndonos un selfie entre la muchedumbre; pasear por el campo sin estar pendientes de la ruta marcada en el GPS del móvil; jugar con nuestros hijos en el parque sin endosarles el móvil para que estén entretenidos como si fueran los futuros gamers.
Que la tecnología ha traído grandes avances y comodidades para nuestra vida diaria y nuestras actividades cotidianas es indudable; no sacarles partido es estúpido; olvidar a las personas que tenemos a nuestro alrededor y a las que somos incapaces de ver detrás de la pantalla es sencillamente triste.

lunes, 12 de febrero de 2018

¡Hablad en cristiano!, por Leonor Rodríguez "La Camacha"

¡Hablad en cristiano, hijos de la pérfida Albión, yanquis imperialistas, guiris blanquecinos, demonios culteranos! ¿Acaso no lo dijo el muy católico emperador Carlos I de España y V de Alemania? Uno debe hablar español con Dios; la lengua del Quijote, la de mi padre literario Don Miguel de Cervantes.
Siglos han pasado desde entonces, pero poco ha cambiado la mentalidad de los españoles, cenutrios como pocos en cuestión de idiomas, reacios a entenderse en otras hablas más por miedos y complejos de inferioridad que por otros motivos.
Ya en mis tiempos hablar en cristiano era una forma de distinguirse de moriscos y marranos, de demostrar la antigüedad del muy católico linaje y no ser tomado por un luterano hereje tudesco. Después llegarían décadas de centralismos borbónicos o cruzadas nacional-católicas tan dadas a uniformizarlo todo, también la lengua, una, grande y libre, símbolo de un imperio perdido en el que nunca se ponía el sol y en el que, ironías de la mala memoria histórica, se hablaban libremente decenas de idiomas.
Una gloria dilapidada durante siglos en lo militar, cultural, social o económico frente a ingleses, franceses, estadounidenses, alemanes o escandinavos que nos ha llevado a sentirnos inferiores y acomplejados ante los visitantes de esos países. Tan negados y poco dispuestos los angloparlantes a aprender otros idiomas como los españoles, unos lo hacen por la prepotencia del que desde la cuna habla la lengua franca mundial y otros, como nosotros, por ese complejo y miedo al fracaso en la comparación con los que creemos superiores. En ambos casos, eso sí, tan orgullosos todos.
Así pues, tan ufanos como ridículos aparecen una vez tras otra nuestros máximos dirigentes cuando viajan al extranjero a entrevistarse con otros mandatarios, incapaces de comunicarse mínimamente sin ayuda del traductor de oficio, con el más absoluto desinterés en aprender a hacerlo y siendo objeto de mofa cuando, tan simpáticos ellos, tratan de demostrar su incipiente don de lenguas con impostados acentos texanos aprendidos en la intimidad alrededor de un relaxing cup de café con leche.
A pesar de todo, tampoco hagamos saña de ellos, no más que del resto de españolitos; son nuestro reflejo, los exponentes principales de nuestra sociedad y de una enseñanza de los idiomas más basada en la repetición memorística, en el castigo del error gramatical y ortográfico que en fomentar la comunicación. Como a la fuerza ahorcan, solo cuando toca coger el hatillo y emigrar es cuando perdemos esos complejos y miedos y nos interesamos en entender y hacernos entender en otras hablas; bueno, en ese caso, o cuando queremos ser los primeros en ver el último episodio recién estrenado de la serie de moda, aún no doblado, únicamente disponible en versión original con subtítulos.
Porque un nuevo milenio tecnológico y globalizado nos alumbra, pero el miedo a lo diferente, al que piensa o habla de otra manera, permanece en nuestra piel de toro. ¿Por qué tratar de conocer mejor otros idiomas y culturas? ¡Hablad en cristiano!

sábado, 10 de febrero de 2018

Thomas Mann, textos críticos, por Ofelia Ara

Apoliticismo significa antidemocracia.

En 1939, Thomas Mann escribió esto en su ensayo “Cultura y política”, un breve texto en el que intentó explicar las causas del ascenso de Hitler y hacer un examen de conciencia, a la vez individual y colectivo, como alemán o, como él mismo escribe, un ejercicio de introspección, que es el primer paso hacia la transformación personal, algo que pudiera hacerle entender por qué se produjo en el panorama político una revolución tan desmedida y dañina.
Su interesante conclusión es que el apoliticismo de la burguesía alemana es lo que permitió la catástrofe cultural y moral del nacionalsocialismo pues no se puede ser una persona de cultura y apolítica; esa es una actitud soberbia frente a la democracia. El mundo de la cultura y de la burguesía, en pocos años, comprendió lo que significaba la libertad, la justicia y la dignidad humana. Y, del mismo modo, comprendió lo que es la destrucción de todos los principios morales.
Este es el Thomas Mann quizá menos conocido y menos leído hoy en día. Es cierto que el tiempo pasa el rodillo implacable sobre todos nosotros y nuestras obras, llamadas así desde una visión optimista y vanidosa, desde luego. Y así pasó sobre las suyas. Mann murió en 1955 y dejó un legado literario famoso, como “La muerte en Venecia” o “La montaña mágica”. Pero muchos desconocen su faceta de pensador y, a la vez, analista de la porción de Historia que le tocó vivir, en especial la primera mitad del siglo XX.
El título del libro, “Textos críticos” dice mucho en su vaguedad. Tres ámbitos de análisis estructurados en tres partes definidas que, en el fondo, forman un todo como un fiel retrato de lo que Mann escribió. La de más peso es la filosofía, pues habla largo y tendido sobre Nietzsche y su adorado Schopenhauer, el filósofo de la voluntad y el pesimismo. No en vano, dice que la filosofía pone orden, da forma y hace clara la confusión de la vida.
La segunda parte la componen textos sobre la literatura de otros, como Conrad o Gide. Aquí hay que puntualizar algo: cuando se habla de literatura, creemos equivocadamente que se hace solo un análisis sobre el lenguaje, forma, temática o cualquier aspecto académico de los textos. Y siempre se está hablando de la vida, del ser humano y de lo que se supone que es la existencia. No hay análisis artístico, ni literario ni programa de televisión sobre este tema, que no hable de lo mismo. Por ello, es sorprendente que no tengan mayor alcance.
Y de esto habla también Thomas Mann en su crítica, del trabajo literario ajeno pero, del mismo modo, de las razones íntimas de algunos para hacer lo que hicieron, como Conrad, que se hizo y nacionalizó inglés siendo su razón principal, en contra de lo que pueda parecer, el deseo de ser un marino inglés, no un escritor inglés, que es lo que ha quedado para la posteridad. También las decisiones vitales las considera salidas del pensamiento, es decir, que son determinaciones intelectuales de cada uno. Pero sería anticuado y romántico estimar lo intelectual en un sentido restringido y equipararlo exclusivamente a lo literario. Por tanto, literatura, intelectualidad (el pensamiento individual) e idiosincrasia se hallan en el mismo sitio; de ahí que digamos que la literatura habla de la vida.
Y termina Mann hablando sobre él mismo y su obra. Otra vez sobre la vida. Por ejemplo, es fantástica la recomendación que hace sobre la lectura de “La montaña mágica” desde otra perspectiva, la del viaje iniciático y la del análisis de la condición del alma europea.
Nada nos es ajeno aunque esté escrito en un tiempo lejano y trate sobre asuntos que ya no nos conciernen. O eso creemos. La filosofía y el pensamiento crítico son atemporales. Volviendo al principio de esta recomendación y leyendo desde nuestro tiempo y circunstancia política, podemos comparar un apoliticismo de principios del siglo XX con el actual, aun siendo su origen diferente. Quizá haya que hacer, como hizo Mann consigo mismo, un ejercicio de introspección, no vaya a ser que nuestra indiferencia hacia la política nos lleve a un callejón sin salida. Dicho esto desde el sentimiento de lejanía hacia el discurso político en general. Yo entono el mea culpa

jueves, 8 de febrero de 2018

Vida de Marcel Schwob, por Santos Muñoz

El autor francés sabía que su vida iba a ser breve (1867-1905). Por eso su obra tiende a cierta condensación, al conceptismo de querer decir mucho con muy poco, a disfrazarse de casi todos los géneros -relato, artículo, ensayo, poesía, libro de viajes…- como si tuviera prisa por decir todo lo que el tiempo no le iba a permitir. Desde la muerte de Monelle, la joven obrera y prostituta con la que apenas convivió tres años, a  su relación con Marguerite Moreno, su mujer, seguramente sintió que se acercaba a la plenitud de su dolor y también a la plenitud de su obra.
Aunque su labor como traductor, ensayista (tuvo mucho interés por Villon o el argot) e intelectual atento a su tiempo y gran conocedor del mundo clásico es muy destacable, tal vez hoy lo apreciemos más por sus relatos de ficción, pequeñas joyas por las que apenas ha pasado el tiempo.
De culta familia judía, seguramente su infancia y juventud estuvieron rodeadas de inquietantes libros y del arte reposado y silencioso que se colaba por las ventanas de los cafés parisinos. Aprendió a los clásicos y conoció sobradamente a sus contemporáneos. Fue políglota, viajero y excelente conversador y disfrutó de todos los placeres de la carne en las cortesanas de París, entre las que terminó eligiendo a Louise, Monelle. El Libro de Monelle, coloca en un espejo mitológico a una pequeña prostituta parisina, es una delicia de lirismo alto que nos somete por la simpleza honda de sus sentimientos y el variopinto catálogo de sus retratos, figura entre esos raros murales íntimos de los que uno de vez en cuando disfruta con perversidad. Pero su obra más célebre, Vidas imaginarias, provocó aún más perplejidad en algunos de los grandes autores del siglo XX, como el Borges de Historia Universal de la Infamia. Ese librito que mezcla retratos de personajes reales con otros de existencia más dudosa, propone una nueva ficción que hace más leves, y por tanto transitables, las fronteras entre lo real y lo imaginario. De todos los relatos incluidos aquí quizá los más interesantes a nuestro juicio sean los relacionados con los malvados y piratas del final y por supuesto el dedicado a la picaresca vida de Petronio.
Muchos de sus cuentos y ensayos tuvieron forma de libro póstumo y fueron publicados en L’Écho de Paris o en Le Phare de la Loire. Hoy en día se siguen recuperando textos, como los aparecidos en el volumen Mundos terribles, con excelentes piezas como Buffalo Bill, una moderna visión sobre los límites del espectáculo y la crueldad de cualquier tipo de colonización o Blancas-manos, de ritmo intenso y certero con excelentes diálogos entre dos pícaros.
Se sintió alma gemela de su admirado Stevenson con el que mantuvo una interesante correspondencia y por eso visitó Samoa poco después de la muerte del autor escocés, pero tuvo que volver a la civilización por su salud siempre delicada. De los avatares, la dureza y las frustraciones este viaje dejó otro libro, Viaje a Samoa.
Viajó por Europa buscando climas que soportara su frágil cuerpo, que ya no encontraba soluciones para seguir en su compañía. Su vida no podía haber sido de otra manera.
Si consultamos las causas de su muerte, las autopsias biográficas proponen desde la tisis o tuberculosis hasta la gripe que como sabemos arrasaron el primer tercio del siglo XX. Murió sin decirle sus últimas palabras a Marguerite Moreno, mujer con la que convivió en sus últimos años. La actriz estaba de gira. Seguramente representaba a la Ofelia de Shakespeare o a cualquier otra heroína desgraciada.

lunes, 5 de febrero de 2018

Doblaje y subtitulado en España: más allá de nuestras pantallas, por Elena Soria

¿Alguna vez os habíais parado a pensar en que la mayoría de películas, series e incluso anuncios que vemos en España están doblados? ¿Os habéis planteado que la voz de ese actor o actriz que tanto os gusta no es en realidad la suya? ¿Por qué ver una película en versión original subtitulada está tan mal considerado en nuestro país?
Países como España, Italia, Francia o Alemania suelen asociarse con el doblaje de películas, sus similitudes en cuanto a acontecimientos políticos e históricos no es una mera coincidencia. En el caso de nuestro país, uno de los motivos por el cual el doblaje está tan arraigado es la fuerza con la que se impuso tras la Guerra Civil, cuando el régimen veía el doblaje como una valiosa arma para la censura y defensa del español como lengua única de la nación. Muchos años han pasado desde entonces, pero parece ser que, por costumbre y debido al constante crecimiento de esta industria, las películas dobladas siguen siendo lo común y seguirán desbancando a las versiones subtituladas.
A pesar de ser la modalidad más usada, el doblaje es un gran desconocido y sale a luz solo en contadas ocasiones, cuando hay algún caso llamativo que llega a oídos de todos, como fue el caso de “Hold the door” de “Hodor”, el personaje de la conocida serie “Juego de Tronos”. Tras el aluvión de críticas recibidas en las redes sociales, la traducción de este juego de palabras, que daba nombre a un querido personaje de la famosa serie, dio mucho que hablar. Aun así, poco se puso de relieve la complejidad de esta traducción. Todas las películas y series nacen dentro de una realidad cultural, siendo muy difícil de traspasar a otras culturas. De ahí que criticar la traducción de este juego de palabras sea fácil, pero pensar en una buena solución no.
Doblaje y Subtitulado van de la mano, pero en España parece que la reputación y reconocimiento del último es aún peor. El debate sobre qué es mejor el doblaje o el subtitulado no es algo nuevo. Muchos defienden que el subtitulado es más fiel al original, ya que se accede a la película tal y como fue creada, sin intermediarios. Por otra parte están los que argumentan que el doblaje no es una intromisión, sino todo un arte que facilita que el público pueda disfrutar de un producto hecho a su medida. Con el crecimiento de Netflix y plataformas similares, cada vez son más los que prefieren la versión original subtitulada y los que piensan que es beneficioso para el aprendizaje de lenguas.
Bien elijan la versión doblada o la subtitulada, me gustaría hacer un llamamiento para que, independientemente de lo que decidan, se reconozca la ardua labor que se realiza en ambos casos. El mundo del entretenimiento no sería lo mismo sin todos estos profesionales. La próxima vez que vean una película doblada o una serie subtitulada recuerden que, detrás de esa pantalla, muchas personas han estado trabajando muy duro para que podáis disfrutar de ese contenido con el único objetivo de vuestro disfrute como espectadores.

jueves, 1 de febrero de 2018

La llamada, por Alba Delgado Núñez

Cuando vemos que en la gran pantalla se estrena una película española, normalmente lo que se nos suele venir a la cabeza es, o que es otra absurda comedia llena de tópicos, o que es un dramón protagonizado por el guaperas de turno que no sabe actuar pero se quita la camiseta y vende más portadas que Cristiano Ronaldo.
No es fácil ser una película española, y menos musical (eso es como un porrazo en la frente). De primeras, la gente no va a pensar en gastarse el dineral que vale la entrada para ir a verla. Nos cuesta confiar en el cine de nuestra tierra y no es de extrañar. Sin embargo, y contra todo pronóstico, hay algunos largometrajes que nos dejan con la boca abierta. Bajo mi punto de vista, La llamada es una de esas ocasiones en las que pagas sin rechistar y terminas con la sensación de haber pasado un rato agradable y sin parar de reír.
La trama cuenta la historia de María y Susana, dos chicas de dieciséis años que pasan el verano en un campamento de monjas muy conocido: La Brújula. Ambas conforman un grupo musical llamado “Suma Latina”
Una noche tienen el propósito de escaparse y acudir al concierto de Henry Méndez. Como era de esperar, la noche acaba siendo larga y dura. Sin embargo, María comienza a darse cuenta de que algo está cambiando y es que se le aparece el mismísimo Dios declarándose por Whitney Houston. A la mañana siguiente, presas en el abrazo de la resaca, mientras todas las demás se preparan para un inolvidable fin de semana en las canoas, ellas son incapaces de salir de la cama. Por esa razón, son privadas de la aventura náutica. Milagros, la monja joven y divertida y Sor Bernarda, la nueva supervisora entregada y apasionada a la fe, quedan encargadas de vigilar a ese par de criaturas rebeldes para encaminarlas por el buen sendero. Sin embargo, ese fin de semana cambiará la vida de las cuatro.
La llamada es una adaptación al cine de la obra de teatro creada y dirigida por Javier Ambrossi y Javier Calvo (Los Javis). La aventura comenzó hace cuatro años, cuando Javier Ambrossi encontró a Belén Cuesta llorando desconsolada en el lugar donde ambos trabajaban. Ella sentía que su carrera como actriz no prosperaba y él le prometió escribirle una obra de teatro a su medida. Así fue como empezó todo. En un principio estaba programada para cuatro funciones, pero al público le gustó tanto y tuvo tanto éxito que acabaron haciendo una gira por toda España ¡Y hasta en Rusia! Es por eso que ahora han decidido trasladarla a la gran pantalla. Y no les han faltado productores para cumplir el sueño.
Sin duda alguna, esta demencial historia está cargada de talento. Vale mucho la pena ir a verla al cine y disfrutarla en buena compañía. No hay un minuto donde no se te escape la risa; además, hay pequeños detalles que, si prestas atención, te dejarán con la boca abierta.

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