domingo, 31 de agosto de 2014

Poemas, de Manuel Jiménez Bascón




El amor es un camino
que debemos recorrer;
témpano de hielo frío,
es profundidad y caer.
Alta cima inaccesible,
aprender a conocer;
caminar sin rumbo fijo
siempre pensando en volver.
Es perseguir las verdades
buscando un rayo de luz;
aventurarse en la sombra
y que la sombra seas tú.
Es fuego ardiente a la aurora,
rescoldo al atardecer,
y cuando llega la noche
ir comenzando a no ser.
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Escuchar
…un poema de espíritu vacío
es aceptar un mar embravecido
sin olas, sin abrupto acantilado;
es pasar de la nada hacia el hastío,
es soportar un chiste mal contado.
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AYUDA

Me gusta hablar directo, sin premisas,
sin saber qué desea de mí el otro,
sin mirar a la cara al contertulio,
despreciando cómo acaba el soliloquio.

Porque me gusta hablar conmigo mismo,
siento necesidad de hablar contigo
y que del cruel tormento de mis dudas,
cual rígido notario seas testigo.

Y me saques del tedio y del hastío
señalándome la senda del mañana,
pues que sin rumbo, vagando en el vacío,
no lograré alcanzar más que la nada.


jueves, 28 de agosto de 2014

No se ama a base de disgustos, por Alba Delgado

La línea que separa el amor de lo obsesivo es tan delgada que ya no se ama por amar, sino por obligación. ¿Quién soy yo para hablar de esto? Tengo la mala costumbre de escribir sobre aquello que me suena de lejos.
El amor es libre, te tiene que hacer libre. El amor es compartir, reír, vivir, saber esperar cuando se tiene que esperar y quererse como no se ha querido a nadie en la vida. Sin prisa, sin pausa. Cuando dos personas están destinadas a estar juntas por el resto de su vida – a no ser que se esté muriendo – tienen todo el tiempo del mundo para hacer todo lo que les apetezca. Cuando uno cae, el otro le achucha. Así parece todo más sencillo. En el diccionario de la Real Academia Española, uno de los significados de amar dice que el amor es el esmero con el que se trabaja una obra deleitándose en ella. No hay que complicarse, el sentimiento nace solo. Cuando menos te lo esperas, de quien menos te lo esperas y cuando menos lo piensas. Aunque sí que es verdad, que sentirse amado y sentir que puedes dar amor es lo más grande que te puede suceder en la vida. Una obra de arte, el amor. Y es cierto. Es cierto porque dos personas se conectan, de algún modo. Se entienden aunque no digan nada.
Amar no es aguantar malas palabras, ni reproches. El amor no entiende de celos, de confabulaciones. Te hace más seguro. Das lo que recibes, y recoges lo que siembras. ¿A quién se le ocurrió creerse lo de que “quien bien te quiere te hará sufrir”? ¡Vaya tontería! ¿Sufrir? ¿Eso es querer? No, perdona. El querer se siembra poco a poco. El querer hace a uno más humilde y más fuerte. Si va a buscarte es porque te quiere, porque no aguanta sin ti ni siquiera un minuto más, no porque tenga miedo de que conozcas a otro. No te revisa el móvil para ver las últimas conversaciones ni se vuelve loco porque te has conectado y no le has dicho nada. Todos necesitamos nuestro espacio, ese egoísmo de disfrutar de un libro, de una ducha, de unos minutos de silencio sin hacer nada, de hablar con un amigo por teléfono… Es que si te quiere te pone su mejor sonrisa por muy dura que sea la situación y tú también lo haces. Dar y recibir por igual. Pero alguien puso al lado la obsesión y se jodió el invento.
Disgustos hay y los habrá. A veces uno tiene que poner tierra de por medio y alejarse. Y no es fácil desprenderse de alguien a quien quieres tanto. Pero no se ama a base de disgustos. Siempre hay una de cal y otra de arena, aunque no sé muy bien cuál es la buena y cuál es la mala. Por encima de las cosas está el ser franco, claro y conciso. Esa cosa que los une por encima de la amistad. De hablarse, de escucharse, de comprenderse, comunicarse. Amar no es una carrera de obstáculos. A ver cuál es más difícil ni cuál llega primero a la meta. No. Es darse de la mano sin buscar un fin, sino disfrutando del camino. Cuando llegas cansada del trabajo y sus dedos fríos acarician tu nuca, matando todos los demonios. Cuando un beso es sereno, salvaje, valiente. Cuando, al juntarse, dos cuerpos y dos almas entran en ebullición. Amar es respetarse, unificarse y dividirse cuando es necesario. Y lo demás son tonterías.
Que el amor te complete y no te haga pedazos. Que te apetezca en todos los sentidos. Que te aliente, te proteja y te dé alas.

lunes, 25 de agosto de 2014

Creciendo a la sombra de un árbol llamado Alzheimer, por José Luis Delgado

Todo empezó hace mucho tiempo. Corría la primavera de 2002 y yo, a pocas semanas de cumplir los 8 años, me encontraba sentado en la salita de estar del piso de mi abuela Carmen haciendo los ejercicios del cuaderno de caligrafía de Rubio y los del cuaderno de matemáticas de Bruño que debía entregar a la mañana siguiente, como todas las tardes de todos los días lectivos.
Formaba parte de nuestra rutina de aquel entonces: después de comer me bajaba a su piso, hacía la tarea, merendaba uno de sus bocatas de pan y aceite y después veía la tele hasta que mis padres volvían de trabajar para recogerme a eso de las 20:30 o las 21:00 mientras ella recogía la cocina, veía la tele, cosía o hacía cualquier otra cosa que tenía que hacer.
Pero aquel día de mayo ocurrió algo que no había ocurrido hasta entonces. En un momento determinado de la tarde le oí preguntarme “José, ¿qué hora es?”, no tardé en responderle “las 6, abuela”. Todo normal hasta que 3 minutos después se repite el proceso. Y otras 2 veces más. “Las 6 y diez, abuela”, fue lo que le respondí la última vez que me preguntó. Recuerdo que aquel día me extrañó durante un rato, pero supuse que por alguna circunstancia lo necesitaba.
El problema fue que aquello empezó a repetirse con el paso de los días. En esta situación decidí preguntar a mis padres qué le pasaba. “José Luis, la abuela está empezando a padecer una enfermedad llamada Alzheimer, y eso está haciendo que se le olviden las cosas fácilmente”. Tuve que hacerme a la idea pero, lo que no sabía, era el resto de síntomas.
Con el paso de los meses pude comprobar cómo salían a flote otras características de la enfermedad. Las discusiones con mi padre se hacían cada vez más frecuentes (“¿Por qué papá y la abuela discuten tanto con lo que se quieren?”, me preguntaba yo cada vez, tan inocente e incapaz de comprender), salía de casa y se perdía por la calle si lo hacía sola. Entonces, la rutina de bajarme a su piso por las tardes dejó de ser para que ella me cuidase a ser un cuidado mutuo y simbiótico, motivo por el cual tuve que aprenderme de memoria su tratamiento.
Claro, ¿pero quién cuidaba de ella por las mañanas, con mis padres trabajando y conmigo en el colegio? En ese aspecto tuvimos la suerte de poder contar con la ayuda de la gente de AFAMO. Fueron unos 2 ó 3 años en los que sin su ayuda en el centro de día nos habría sido mucho más complicado poder cuidar de ella y al mismo tiempo cubrir el resto de nuestras labores, por lo que siempre le deberemos un agradecimiento.
Pero todas las circunstancias cambiaron una mañana de septiembre de 2006. Un suceso repentino referente a su salud (y cuyo nombre prefiero no mencionar) y que a la larga agravó la enfermedad tuvo lugar delante de mi padre y de mí cuando ella se disponía a levantarse de la cama. Los siguientes minutos pasaron quizá demasiado rápido. “Sube rápido a casa y bájame el móvil que me lo he dejado”, me ordenó mi padre, y conforme subía los dieciséis escalones que separaban los dos pisos me asaltaban todo tipo de pensamientos, hasta que al poner el pie en el último de los escalones, lo que llegó a mi mente fue: “¿Por qué un Dios misericordioso permite que le ocurra esto a una persona tan benévola con los demás y tan devota de Él con lo que ya ha pasado en vida?”
Esa fue la pregunta del millón. La que probablemente fue la más importante de todo el tiempo que llevo en vida. La que, a la larga, junto con ese suceso, cambiaría mi forma de ver las cosas, la vida e, incluso, iniciaría la resolución de mis (no) creencias religiosas, a pesar de que entonces, a los 12 años, no era consciente de cómo me afectaría todo aquello en los años venideros.
Efectivamente, como mencioné antes, el suceso agravó la enfermedad. Las piernas ya apenas le respondían y necesitaba de una silla de ruedas para poder moverse. La memoria y la asociación de caras no fueron a mejor tampoco. Dicen que el Alzheimer es una enfermedad que la tiene el paciente, pero la padece la familia. No les falta razón, ahí fue cuando empezamos a comprobar de verdad el sentido de esa horrible, pero no por ello menos cierta, expresión. Fue ahí cuando, viendo que ya nos era imposible cuidarle como necesitaba, nos vimos obligados a ingresarla en un hospital.
Allí pasaría los últimos años de su vida, recibiendo nuestras frecuentes visitas, y comprobando cómo, con el paso del tiempo, pasaba de ser “su niño” a saber que era algo suyo “pero no sé exactamente el qué”, y de ahí a la pregunta que más dolor le produce al familiar de un enfermo de Alzheimer al oírla, la misma que le hizo Manuel Alexandre a Cristina Brondo al final de aquella película: “¿Y tú quién eres?”, terminando en la incapacidad de hablar, moverse lo más mínimo y comer por sí misma.
Por si esto no fuera suficiente, ya con 16 años, mis padres me abordaron durante un almuerzo y me sacaron el tema para contarme que mi abuelo Luis también estaba empezando a sufrir la enfermedad. Vuelta a empezar. Me costó creérmelo, hasta que un día, visitando por mi cuenta a mis abuelos, él me preguntó “¿Quieres una copa de vino, Luis Alberto?” (la manía ya anterior de confundir los nombres de los nietos). “No, gracias abuelo, si no bebo” como respuesta y, a los dos minutos, la misma pregunta. El patrón se repetía y, aunque delante de mis abuelos logré disimularlo, ya me había derrumbado por dentro, porque ya sabía lo que se sentía y lo que está por venir.
El tiempo siguió pasando hasta que, siendo ya un universitario de 18 años, la mañana de un viernes de diciembre de 2012 recibí un mensaje de mi padre. “Sé que no te tocaba venir este fin de semana, pero haz la maleta y después de clase vente para Montilla. La abuela acaba de fallecer”. Aquel día lloré todo lo que no había llorado en los seis años anteriores. Y aún hoy tengo clavada la espina de no haberme podido despedir de ella como correspondía, después de todo lo que me había dado que, como suele ser normal en los abuelos y las abuelas, no había sido poco.
Habían acabado 10 años de enfermedad en su caso, pero no ha acabado la historia. Habiendo en la familia otro paciente, aún queda mucho camino por recorrer. Además, si le añadimos las referencias en algunas revistas científicas de que podría tratarse, aunque en un porcentaje de casos muy bajo, de una enfermedad hereditaria, puede que la historia esté muy lejos de acabarse. Puede, quizá, que la historia no haya hecho más que empezar.

viernes, 22 de agosto de 2014

Verano, por Manuel Palacios

El sol, la cerveza muy fría bien tirada (con espumita), el Marca estudiado, las manadas de ñúes con toallas y sombrillas apostadas en las playas, la crema solar (¡coñazo de crema!), los libros, los libros aburridos (estupendos para dormir la siesta con “hilillobaba”), los libros que te atrapan y no te dejan soltarlos hasta que los terminas, el tour de Francia (éste si que es bueno para la siesta), la ensaladilla de gambas, las habas “enzapatás”, el tinto de verano (ponme otro), los hijos en modo “enjoy” (sin deberes, sin inglés, sin conservatorio...), los cielos con estrellas de la Garrotxa o de Cazorla, la cabaña junto al Puruvesi, el Lago di Garda desde Lazise, las sábanas tendidas en Cacela Velha, la playa de Saint Andrews, la playa de Fabrica (!Dios, el agua de la playa de Fabrica¡), los paseos en bici por los pinares, el cuerpo sano y fuerte de tu hijo buceando a cámara lenta en la piscina (como un astronauta que flotara ingrávido en líquido amniótico -pero con cloro-), los atracones de comer, las miradas furtivas tras las gafas de sol a la muchacha que hace topless junto a tu sombrilla, el chiringuito de los “cacharros”, Teresa saliendo del mar escurriéndose la cola, las lecturas pospuestas que volverás a posponer, las relecturas que ya no te saben igual, el alquitrán ardiendo en el horizonte, los cuerpos morenitos haciendo el amor con el balcón abierto al fresco de la noche (las pieles deslizando perfectas, las últimas gotas de  ducha en la espalda),  los apartamentos de dos habitaciones donde duermen veinte, Georgie Dann otra vez (¡qué pelucón!), el amor de verano de la adolescencia, la deliciosa ingenuidad de las fiestas de pueblo, la transparencia del “vinho” verde, el gazpacho fresquito, la dulzura del melón, el estallido en la boca del tomate con sabor a tomate, los andarines-autómatas de playa por la mañana, los andarines-autómatas de playa por la tarde, los veranos interminables de la infancia (con salamanquesas en las paredes encaladas, piscina pública, películas de Bruce Lee en el cine de verano y juegos hasta las tantas), el moco colgándote de la nariz cuando sales del agua que todos ven menos tú, el Grand Prix con su vaquilla “Pichichi”, el viaje en coche hasta Cabo Norte, hasta Erfoud, hasta las Islas Aran..., los kilométricos viajes en coche de juventud, la foto con amigos en la Martello Tower de Sandycove, el café con hielo, el abotargamiento después de la siesta de dos horas, la exposición de la carne, la falsa perfección de los pechos operados (inmóviles e inertes como las figuras brillantes de un museo de cera), la operación salida, la operación retorno, la operación bikini, la operación braga náutica (como la bikini pero con pluma), las letras chinas o Camarón tatuados en la piel del “cani”, el culturista de músculos deformes y bañador ínfimo pavoneándose por la orilla, los 1.500 azules del mar y el cielo desde la terraza, la avioneta-mosquito sobrevolando la costa con su pancarta-cola publicitaria (antes: ”Romerijo, el mejor marisco de la playa”; ahora: ”www.newscandalo.com, porque te lo mereces”), el tiempo sin calendario, el frenesí sonoro de las chicharras, el coro noctámbulo de grillos, la habilidad para escapar de las moscas, la desaparición de la humanidad en el marasmo de la siesta (salvo algún japonés “zumbao” con su cámara), los baños en pelotas en Cabo de Gata, en Bolonia, en la Flecha de El Rompido, el “reseteo” mental y vital de las vacaciones, las colinas de brezo en las Highlands, un buen revolcón con el Atlántico en forma de ola en toda la boca, el alivio de la ducha sobre las quemaduras de los hombros, la sangre al galope cuando sales de una poza helada, rebañar con pan la salsita que deja la sardina asada, los dos primeros vasos de agua que engulles cuando vuelves de correr, Manuel sentado alrededor de una hoguera pescando de madrugada con los amigos (la toalla sobre las piernas, los reflejos del fuego sobre la cara y la silueta recortada sobre una luna llena enorme de atrezo que han puesto para terminar de componer la imagen de la felicidad), el secarral abrasador desde la Cuesta del Espino, el Mundial, la Eurocopa o la Olimpiada, el cuaderno de viajes que escribiste aquellas vacaciones,  la oscuridad de “uma bica” con su dosis exacta de cafeína, el placer de abrigarse con una mantita cuando duermes al raso hasta las claras del día, las zambullidas locas desde el pantalán en el mar turquesa de las Berlengas, la melosa embriaguez de la “amarguinha”, rodar como cochinillas por la Dune du Pilat, el charco en tu terraza del aire acondicionado del vecino, las inevitables conversaciones sobre el calor, bocadillos con Cine Exin en el camping Tau, la inexactitud de los termómetros callejeros (si estuvieran bien habríamos ardido ya hace tiempo), dormir la mona en tu regazo de madrugada tumbado en un banco de La Concha, pintas y cangrejos en el atardecer de Caernarfon, dos millones quinientas veinticuatro mil doscientas treinta y dos  fotos que nunca ordenarás, las ganas de volver a la rutina... y el síndrome postvacacional de la primera media hora de trabajo. Verano, veranito.

lunes, 18 de agosto de 2014

I Jornadas de Juegos de Mesa. Los Colonos de Catán, por Víctor Barranco

El pasado 21 de junio tuvieron lugar, en la recién inaugurada tienda Distrito Cómics, las I Jornadas de Juegos de Mesa del Coloquio de los Perros. El resultado fue perfecto: una veintena de jugadores repartidos en cuatro mesas, cuatro juegos diferentes y alguna expansión, y cerca de doce horas de diversión y estrategia.
El punto fuerte y centro de atención de esta edición ha sido el popular “Colonos de Catán”, con su expansión “Mercaderes y Bárbaros”. Los vencedores, Pablo de la Torre en el torneo de iniciación y nuestro Valeriano Rosales en el nivel intermedio. Para futuras ediciones dejamos el modo experto y la daremos al juego una vuelta más de tuerca. Con esto de Catán nunca se sabe qué combinación de expansiones puede surgir para dar un extra de complejidad al tablero.
Como tuve ocasión de explicar en el prolegómeno de las Jornadas, Colonos de Catán es un juego de iniciación en esto de los juegos de estrategia. Concebido por Klaus Teuber en 1995, pronto vendió millones de ejemplares en todo el mundo y ganó el prestigioso premio “Spiel des Jahres”, algo así como los Oscars de los juegos de mesa. Está considerado, por diferentes motivos, el prototipo de los juegos conocidos como “eurogames”, cuyas características pasan por la prevalencia de la estrategia sobre el azar, la no eliminación de jugadores durante la partida, las figuras y fichas de madera -no es precisamente el caso de la edición normal de Catán, donde son de plástico- y una duración de la partida de entre una y dos horas y media como mucho.
El objetivo de Catán es llegar a 10 puntos de victoria. Cada jugador comienza la partida con dos poblados y dos carreteras anexas en la imaginaria isla de Catán. A partir de ahí hay que colonizar la isla expandiendo nuestros territorios mediante nuevos poblados, carreteras o ciudades, gracias a la obtención de unos recursos que son limitados y cuya adquisición dependerá ineludiblemente de la colocación de esos primeros poblados al principio de la partida. Podremos comerciar con otros jugadores o con el propio juego para acceder a los recursos de los que no disponemos y así poder construir nuevos ítems que nos den puntos de victoria. Todo ello mirando de reojo a un ladrón que en cualquier momento puede robarnos nuestros bienes.
A lo largo de los aproximadamente 90 minutos que dura la partida, los jugadores habrán de interactuar entre ellos y tomar decisiones complicadas, como construir una carretera o mantener los recursos para construir un nuevo poblado, convertir un poblado en ciudad o adquirir una carta de desarrollo buscando nuevas ventajas, o sacrificar un puerto comercial a cambio de obtener la Gran Ruta Comercial. Todo para alcanzar los diez puntos que dan la victoria al mejor colono.
Catán es mucho más que un juego. Desde 1995, Teuber ha concebido cuatro expansiones para Catán: “Navegantes”, “Ciudades y Caballeros”, “Mercaderes y Bárbaros” y “Piratas y Exploradores”; además de varias series como Historias de Catán -“ Los Colonos de América”, “Los Colonos de Europa”, “Troya”, “Luchas por Roma”-, Aventuras de Catán -“Candamir: el primer asentamiento” o “Elasund, la Primera Ciudad”-. Junto a muchos subproductos Catán que, como la novela homónima de Rebecca Gablé o la edición especial de Star Trek, hacen de este juego uno de los mayores éxitos comerciales en cuanto a ocio de tablero se refiere. Lo que sí está claro es que, una vez pruebas el juego, no podrás parar de investigarlo y buscar nuevas estrategias de victoria.
En vuestras manos queda. Para echar un buen rato, Catán y vámonos…

viernes, 15 de agosto de 2014

"Er fúrbol", por Ana Huete

He escuchado durante muchos años que “er fútbol” o balompié es un gran deporte. Nunca me he acercado con espíritu deportivo a este fenómeno de masas; claro que carezco completamente de ese espíritu. Pero hoy, queriendo cambiar mis prejuicios, voy a intentar remediar esta falta de interés y me dispongo a entender esa pasión que mueve a miles, qué digo miles, millones de personas en el mundo. Desde luego hay que partir de la idea de que tanta gente no puede estar equivocada.
Voy a ver un partido de la selección española. Jugará contra la selección de Alemania. He preparado concienzudamente el escenario y la indumentaria. He enfriado durante todo el día unas quince cervezas y he comprado exquisiteces culinarias de fécula, es decir, unas patatas fritas. También he comprado aceitunas con hueso y aperitivos de queso. Espero que el menú sea apropiado.
La indumentaria he observado que es fundamental. Me he puesto un chándal viejo, que suelo emplear los fines de semana para tirarme en el sofá para estar cómoda mientras no hago absolutamente nada. Nunca practico deporte y mucho menos con esa pinta. Me he calzado unas bonitas deportivas de diseño, no son de mi talla, de modo que no podría ponérmelas ni para sacar la basura, pero tampoco importa porque no tengo que moverme del salón. Pienso estar clavada frente al televisor una hora y media como mínimo, quizás, si empatan, otros treinta minutos y si no resuelven claramente el partido, otros tantos minutos de penaltis. Verdaderamente hay que armarse de paciencia.
Compré una camiseta de la selección, que me costó una fortuna y que debe darle suerte a mi equipo para que venza al enemigo. En el cuello llevo enroscada una bufanda de colores rojo y amarillo, bastante larga, que sinceramente me está produciendo un poco de urticaria, porque es gruesa para las temperaturas de la ciudad de Córdoba, unos cuarenta grados a la sombra. Llevo pintadas unas rayas rojas y amarillas a modo de bandera en las mejillas y en la frente. Menos mal que no espero visita. Y en la mano izquierda porto la bandera de España; es pequeñita y no me ha supuesto demasiada inversión, la adquirí en un chino que hay junto a mi casa. En China fabrican todo tipo de banderas, las vi de unos treinta y dos países diferentes. La mano derecha la tengo que emplear para la cerveza, los aperitivos y para tirarme del pelo cuando le metan algún gol a mi equipo.
Estoy preparada. Empieza el evento deportivo. El campo está a rebosar. En casa yo sola, pero en cada casa debe haber gente como yo apasionada y pendiente de nuestros once patriotas, incluido el portero, al que se le rinde especial devoción. En el otro equipo igual número de jugadores. Son un poco más altos y más serios. El árbitro viste de negro y se pasea, corre, observa, se rasca la pantorrilla; creo que juega, a su manera, un papel esencial. Mientras se pasan la pelota, en pantalones cortos y calcetines largos, yo voy pensando. En realidad, es un juego cómodo para el espectador, si dejas de mirar un rato, no pasa nada, porque todo sigue prácticamente igual. El argumento es bastante sencillo.
Y pienso…Mañana me gustaría preparar un estofado de cordero o quizás unos garbanzos. La lavadora ha terminado el centrifugado, habría que tender la ropa, siempre puedo poner la secadora, claro que con el precio de la luz mejor la tiendo. Debería haber llamado a mi hermana, pero ya es muy tarde. Se me olvidó sacar cita para el médico, a ver si mañana. Tengo que poner al día los papeles para la declaración de la renta. Mañana entro temprano a trabajar, voy a arrastrar el sueño todo el día. Me gustaría ir de vacaciones a Corfú, creo que es una isla encantadora. La ropa de verano del año pasado me queda demasiado ajustada, tendría que haberme puesto a dieta hace dos meses. Igual el martes me voy a la peluquería a cortarme el pelo. Hace demasiado calor para el mes en el que estamos, el año pasado por estas fechas estaba lloviendo…
Vaya, se me ha ido el santo al cielo, y el partido ha terminado, apenas me he enterado de nada. Creo que España ha ganado porque mis vecinos llevan un rato celebrando la victoria en el balcón. He contado dos o tres goles. Mi amable vecino, que dicho sea de paso está como un queso, ha voceado los goles con el énfasis acostumbrado. No he logrado entender nada del apasionado deporte de “er fúrbol". El lunes que viene hay una final de tenis. Tengo que prepararme a conciencia. En este sí que lograré llegar al final.

lunes, 11 de agosto de 2014

Rock a la española, por Amador Pérez de Algaba

La hegemónica situación de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial hizo que irradiara su estilo de vida a todos los países de su área de influencia. El rock and roll, a pesar de su espíritu poco convencional, también fue un producto exportable  siendo recibido con entusiasmo en todos los rincones.
En Europa fue recibido con distinta intensidad según el país, dándose dos tendencias distintas: a los británicos, suecos y alemanes gustó un rock and roll con ritmo más contundente, en la línea del norteamericano. Y en los países mediterráneos se dio un estilo más melódico apoyado por los festivales de la canción. En este sentido, España copió la tendencia melódica que impuso el festival italiano de San Remo pero pasada por el tamiz del régimen.
El rock and roll se introdujo en nuestro país a través de las orquestas de los centros que mostraban cierta liberalidad de costumbres: cabarés, salas de fiesta o grandes hoteles. Todos eran músicos profesionales adultos interpretando música para la diversión de los adultos, sin ningún impulso de rebeldía. Los más representativos fueron los Javaloyas.
No obstante, al igual que en otros muchos países europeos, la cultura estadounidense se extendió fundamentalmente por medio del cine y las bases militares. Así, a partir de  1956 se comenzaron a publicar discos de Bill Haley, Elvis Presley y algún otro de los primeros rockers. La tentación de imitarlos era demasiado fuerte y aparecieron los primeros cantantes solistas, como Chico Valento, Mike Ríos o Rocky Kan.
Habrá que esperar a 1958-1959 para que estudiantes universitarios, hijos de las clases pudientes de las ciudades más importantes, formaran los primeros conjuntos. Tímidamente representan la primera generación de roqueros más o menos consecuentes: Dúo Dinámico o Lone Star en Barcelona; Estudiantes, Pekenikes, Sonor o Relámpagos en Madrid; Milos en Valencia; etc.
Ante esto, se pensó que era mejor domesticar el rock and roll y suavizarlo que combatirlo, para lo que se celebraron festivales «controlados». En este aspecto la Iglesia católica no se mantuvo ajena y prestó sus locales y emisoras, como el colegio Calasancio en Madrid y Radio Vida en Sevilla (ahora integrada en la Cadena Cope). Además, tuvieron cierta resonancia los concursos nacionales universitarios de música moderna (1960), organizados por el Sindicato Español Universitario (SEU), en los que se mezclaban tunas con grupos de rock y en los que no se necesitaba carné de músico profesional para actuar.
Para dar soporte efectivo al imperio de la canción ligera se crearon festivales como los de Benidorm o Barcelona (Festival del Mediterráneo), iniciando toda una floreciente época que duró hasta 1968. A estos certámenes se presentaban la mayoría de los compositores, cantantes y grupos que querían ascender rápidamente. Eran copias del de San Remo y fueron muy difundidos gracias a la ayuda de la recién estrenada Televisión Española.
Pero fueron otro tipo de festivales los que dieron el primer empujón al rock and roll español. Las Matinales del Teatro-Circo Price, en Madrid fueron una serie de conciertos de grupos musicales del momento que deleitaron a la juventud española, convirtiéndose en una seña de identidad de su tiempo. Entre 1962  y 1964 desfilaron por él artistas como Miguel Ríos, Los Diablos Rojos, Los Pekenikes, Los Cinco Estudiantes o Los Tonys. Tras ser atacadas por la prensa, so pretexto de gamberrismo, fueron prohibidas por escándalo público, después de 15 conciertos y treinta mil espectadores.
Habrá que esperar a la llegada de Los Brincos y la fase de expansión del consumo, producto de la etapa de crecimiento económico de esos años, para la implantación definitiva de la música eléctrica en España.
Además, hasta principios de los años setenta, los discos foráneos de rock seguían llegando censurados, con dos o tres canciones menos y otras portadas, y a los artistas locales se les seguía mirando con lupa si eran comprometidos.