jueves, 18 de septiembre de 2014

Lo que sé de superhéroes, por José Manuel Repiso Carmona.

La próxima edición de Otoño 2014 de la revista El Ladrío, que edita la Asociación Cutural El Coloquio de los perros, será la que haga el número 50 de la misma. Todo un evento que merece un tratamiento especial y una celebración. Una de las formas en que se realizará esa conmemoración es a través de esta web, trayendo al recuerdo algunos de los números y artículos más destacados en estos años.
En esta ocasión, lo hacemos a través de un artículo aparecido en verano de 2008 y escrito por José Manuel Repiso Carmona, al que acompaña una ilustración de Carlos Arrabal Mantilla.

Lo que sé de superhéroes
Alguien pensará, cuando lea el título, que este artículo será alguna «erudición» sobre un tema tan fuera de lugar como los superhéroes y el cómic, dentro de una revista de difusión local (principalmente) en la cual se suelen tratar temas culturales, sociales o de carácter político de nuestro ámbito más próximo. Quien piense así se equivoca, pues en ningún caso soy ningún erudito sobre el tema y mi único propósito es acercar al curioso lector un tema de actualidad que ya es un fenómeno cultural mundial y que sustenta a una importante industria cuyos ecos resuenan en prensa, televisión y cine.
El cómic de superhéroes va unido principalmente al concepto de literatura fantástica, o de ciencia ficción (mucho se ha debatido sobre las diferencias de ambas expresiones). Sin embargo, la principal virtud que han tenido los cómics de superhéroes no es mostrarnos a personajes ajenos a nosotros, sino el posibilitar que personajes «corrientes» con los cuales fácilmente nos podemos identificar vivan peripecias y aventuras en las cuales, por encima del género fantástico, predominan otros valores.
Hay dos elementos que suelen definir al superhéroe: el uso de máscara (capucha, antifaz, etc.) o su caracterización física para evitar que sea reconocida su identidad, y la existencia de una «némesis», un personaje que será su enemigo y contra el cual se tendrá que enfrentar en diferentes aventuras. La complejidad de estos dos conceptos proporciona a la psicología material suficiente para escribir un gran número de libros, y pone de manifiesto que, tras lo que podría considerarse como un medio vacuo de entretenimiento, se esconde una nueva forma de contar historias o hacernos reflexionar.
Es reconocido por todos que el primer superhéroe es Superman. Su primera aparición fue en la revista Action Comics, en 1938, y la forma que tuvieron sus creadores Joe Shuster y Jerry Siegel de introducirlo en nuestro contexto real es a través de una nave espacial que parte del planeta Krypton antes de su destrucción. Sin embargo, parece que el personaje de Superman no fue del todo original, y para quien esté interesado en el tema, le recomiendo que busque información sobre el escritor Phillip Wylie y su novela Gladiador (1930).
Si Superman fue el primer superhéroe, es difícil determinar cuáles serían los siguientes, pues con el comienzo de la 2a Guerra Mundial se produce una autentica explosión de personajes. De entre estos personajes voy a destacar a uno del cual se ha hablado mucho últimamente: el Capitán América. El Capitán surge en la editorial Marvel Comic y es reflejo de la lucha que se estaba manteniendo contra el nazismo y sus aliados, además, formó parte del elemento propagandístico que Estados Unidos desarrolló para vencer a sus enemigos durante la contienda. Para ello se creó la historia de un joven de débil constitución que participa en un experimento secreto con el objetivo de crear a través de la química un suero que convirtiera a quien lo bebiera en el soldado perfecto o súper-soldado. El Capitán lucharía con las fuerzas aliadas y formaría parte de grupos de superhéroes como Los Invasores o La Legión de la Libertad. Este personaje, que lleva como uniforme la bandera estadounidense, ha sido recientemente asesinado en las páginas de su colección después de participar en una Guerra Civil que ha enfrentado a los superhéroes. El aparente motivo del asesinato (más allá de la propia historia del cómic) parece ser que en la sociedad actual no tiene sentido alguien que lucha por la libertad y los derechos, siendo éstos los valores fundacionales de Estados Unidos...
Otro personaje de los cómics que merece atención es Daredevil (tradúzcase con Diablo Osado o algo así, aunque en España en los comienzos de los años 70 se llamó Dan Defensor). Este superhéroe es interpretado por un abogado ciego, al cual el accidente que le provocó la ceguera lo dotó de percepciones especiales, que suponen a todos los efectos que no necesita de los ojos para orientarse. Creo que comprenderéis la paradoja, ya que se trata de un defensor de la justicia que se vale de un disfraz para incumplirla y poder atrapar a los culpables que escapan a la Ley. De todas las etapas que ha atravesado el personaje, una de las más interesantes fue la que realizó como guionista Frank Miller, autor conocido por las dos últimas adaptaciones que se han realizado de sus comics a la gran pantalla: Sin City y 300. Miller cogió al personaje y, a través de la saga «Nacer de nuevo», mostró la caída y posterior resurgimiento de un superhéroe, para ello se valió de los lápices de un más que inspirado David Mazzucchelli y tomó elementos propios de la religión cristiana para, durante toda la historia, hablarnos de la corrupción, las drogas o la importancia de los medios de comunicación en la defensa de las libertades. Sin embargo, ya antes de escribir «Nacer de nuevo», Frank Miller había socavado el principal fundamento de las historia de superhéroes: la violencia, al realizar un relato de Daredevil que llevaría el título de «Ruleta».
En este pequeño repaso a la galería» de superhéroes no podía faltar uno de los más mediáticos: Spiderman (o el hombre araña). Spiderman fue creado a partir de la picadura accidental de una araña radiactiva (absténganse de repetir este experimento) a un joven estudiante, y la principal baza del personaje es que permite al lector identificarse con los problemas cotidianos que el superhéroe debe superar en su devenir diario, cuando no se lleva la máscara puesta (estudios, trabajo, pareja, etc.). El personaje ha madurado conforme a lo que ha sido su lema vital, «un gran poder conlleva una gran responsabilidad», siendo la aventura «La última cacería de Kraven» un ejemplo de todo lo anterior, cuya lectura recomiendo.
Concluyo este recorrido por los cómics de superhéroes con la historia que ha marcado la madurez en el género: Wacthmen. Wacthmen (o Los Vigilantes) es un relato inabarcable, tan rico en matices, que sus relecturas siempre permiten descubrir algo nuevo, con una galería de personajes que ocultan mucho más de lo que nos muestran. Su escritor, Alan Moore, creó con esta obra la que está considerada como el mejor cómic de superhéroes de todos los tiempos, y se atrevió a cuestionarlos con la siguiente frase: ¿quién vigila a los vigilantes?
Espero no haberos aburrido demasiado, y confío en haber despertado en vosotros la inquietud por la lectura de cualquiera de las historias que aquí se reseñan. Gracias en particular a Carlos Arrabal, por su magnifica ilustración original para este artículo.

lunes, 15 de septiembre de 2014

¿Quijotes o Sanchos?

La próxima edición de Otoño 2014 de la revista El Ladrío, que edita la Asociación Cutural El Coloquio de los perros, será la que haga el número 50 de la misma. Todo un evento que merece un tratamiento especial y una celebración. Una de las formas en que se realizará esa conmemoración es a través de esta web, trayendo al recuerdo algunos de los números y artículos más destacados en estos años.
En esta ocasión, lo hacemos a través de Cipión y Berganza, los protagonistas de la novela ejemplar cervantina que da nombre a nuestra asociación, quienes, allá por Primavera 2005, reflexionaban sobre si seguimos siendo más quijotes que sanchos o viceversa.

¿Quijotes...?, por Cipión
En un lugar globalizado de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que vivían hidalgos, amigo Berganza, de los de móvil en mano, chaquetas de marca, carné de socio del club de polo y bonitos mastines en la puerta de su casa. Y es que no todo ha cambiado, amigo. Alonso Quijano, ese inmortal Quijote, (que media España nunca ha terminado de leer –y esto siendo generoso-, y que medio mundo cree hijo de Isabel la Católica), sigue hoy tan presente como el primer día. Ese primer día de hace cuatrocientos años se instauró una forma de vida no falta de locura. Una forma de interpretar el día a día haciendo llevar la realidad a la irrealidad pero con el trasfondo de intentar mejorarla.
Hoy los molinos no son molinos. Hoy solo existen rascacielos de cemento que albergan dentro grandes gigantes. Y no sé por qué, Berganza, esos gigantes sí que me dan verdaderamente un miedo desmesurado. Hoy los posaderos no dan palizas en la puerta de las ventas, pero sí que dan sablazos en la tarjeta de crédito. Han sustituido las cuadras por aparcamientos subterráneos (toma más cemento). Los genios de pócimas imposibles son brokers financieros especializados en inversiones de investigaciones de alta tecnología marina que buscan soluciones contra el cáncer.
Don Quijote nunca pretendió nada que no fuera la ayuda, lo justo, lo verdaderamente bueno. Quizás un poquito gilipollas y pinturero, pero desinteresado en todos los sentidos. Quizás en eso sea en lo que los quijotes de hoy en día más se parecen a ese loco Alonso Quijano de hace cuatrocientos años: en que ninguno tenía un duro... ¡vamos unos lentejeros de los de gorgojo! Y para colmo, al igual que entonces, el quijote de hoy está rodeado de un curita (se podría decir, al estilo Antonio Burgos, que un cuervo vestido de negro) para alentar una moral transgredida (viva la hipocresía y la doble vara de medir), un barbero a modo de matasanos para el alivio del cuerpo (¡ole las enseñanzas académicas que dan lustre al cuerpo!) y un leguleyo universitario blanquito de color página de libro (estos son, como todos nosotros, los que conocen la vida, ¡pero qué listos y qué de vida que sabemos con 20 años y una carrera!).
Aquellos fantasmas con forma de odres de vino que el “loco” atravesó a base de espadazos no son más que los espejismos de cada letra de la hipoteca, un jefe que por lo normal te mira con mala cara y, por qué no, el cabrón del perro (el mastín de antes) que, como todas las noches, se ha vuelto a mear en el pasillo de la casa (y eso lo limpias tú, bonito). Que digo yo que es para liarse a espadazos. Espadazos con los odres de vino, con el carné de club de polo (mucho verde en el campo que no en los billetes), la factura del móvil y en la pana gastada de la chaqueta que llevas puesta (eso sí, de marca...)Berganza convéncete, hoy en día, yo diría que quijotes no es precisamente lo que faltan.

¿...o Sanchos?, por Berganza
Responderé sin paños calientes... ¡Qué molinos, ni qué gigantes, ni qué rascacielos de cemento, ni qué ocho cuartos...! Si el hombre de hoy mirara algo, más que en el molino se fijaría en la molinera. Además, amigo Cipión, ¿vas a comparar la lozanía de Sancho con la infausta mirada del esquelético Quijano? No, si ahora será que las hamburguesas, las pizzas y demás realas de comida rápida son de esas que llaman light. Te digo una cosa, Cipión, si ya la vida es suficientemente difícil, a qué viene complicarla más de lo que ya es con eso de las quimeras imposibles, la irrealidad de la perfección y la búsqueda de un bien por venir. Que no se pueden tener tantas crisis de dignidad con lo ajeno. Vive bien y no mires con quien, ¿te parece tan difícil?
Según parece, lo que “viste” es ser un nefando simplista, vamos... que, según tú, las chinches como ratas, pero miserias pocas y, eso sí, con estudios. La diferencia y la supremacía del Sancho de hoy con tu Quijote de tres al cuarto es que ni tiene perro (por el contrario tiene un canario que come alpiste, que es más barato, ¿tú tienes perro ni ná?), ni chaqueta de marca ni nada de nada. Eso sí, come las mismas lentejas que tu Alonso, pero al Sancho de hoy parece como si le alimentaran. Sabe que hay lentejas, y tocan lentejas, y mayormente los miércoles (al estilo los Serrano, sí “mayormente”). El Sancho de hoy, conduce un SEAT Ibiza de los antiguos, de esos que sonaban a camión reventado, de color rojo medio descolorido pero que le lleva a todos los lados y que es tan digno como una famélica jaca blanqueada a base de años.
El Sancho de hoy no busca dulcineas imposibles, doncellas de alta alcurnia, ni dibuja en su imaginación que simples mujerucas puedan llegar a serlo. Nuestro Sancho prefiere las muñecas Barriguitas de toda la vida, de esas que venden en el Todo a cien, pero que al final resultan más reales, más fieles y más verdad que el pan y la tierra (como decía el juglar catalán). El Sancho que cada uno de nosotros llevamos marcado a fuego se sigue flagelando por culpa de acabados quijotes que no saben discernir la realidad de la ufana imaginación. Pero con una pequeña diferencia entre el libro del ayer y la vida de hoy; en este presente enmascarado por la ideología del poder y del dinero, Sancho se flagela con la irremediable resignación de que la vida es como es, y eso es lo que hay. Tu Quijote, Cipión, ese del que defiendes supremacías completas y maravillosas, ni tan siquiera puede llegar a saber lo que duele un latigazo (si lo supiese otro gallo cantaría).
No trataré de convencerte, perro amigo, Dios me salve (esto es elongación del sentir de Sancho, que cada uno se tire por el precipicio que mejor le venga en gana). Yo sé que el Sancho del siglo XXI ni tan siquiera puede llegar a sentir supremacía de su forma de ser (más bien le da hasta coraje). Pero ten en cuenta que tu Alonso Quijano era un loco sin una perra gorda (como decían los antiguos), con muchos principios idealistas y que las ideas se las lleva el viento que mueve el molino o simplemente un buen estacazo de un posadero descontento.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Casi 50 números de El Ladrío

La próxima edición de Otoño 2014 de la revista El Ladrío, que edita la Asociación Cutural El Coloquio de los perros, será la que haga el número 50 de la misma. Todo un evento que merece un tratamiento especial y una celebración. Una de las formas en que se realizará esa conmemoración es a través de esta web, trayendo al recuerdo algunos de los números y artículos más destacados en estos años.
El Ladrío comenzó su andadura ininterrumpida allá por verano de 2002, con una periodicidad trimestral, y en sus páginas podemos encontrar editoriales, narrativa, cómic, fotografía, poesía, artículos de opinión, recomendaciones, viajes, humor, entrevistas, cuestionarios o secciones fijas como la recién creada "Sin bozal", firmada por la hechicera montillana Leonor Rodríguez "La Camacha", personaje de la novela ejemplar cervantina que nos da nombre, o como la que preside desde el primer número nuestras páginas centrales, protagonizadas por Cipión y Berganza, los personajes principales de la obra de Cervantes, quienes, a través de sus reflexiones y posturas, uno a favor y otro en contra, opinan sobre distintos temas de interés para nuestra sociedad.
Además de imprimirse en papel, con una tirada de 500 ejemplares, cada número de El Ladrío está también disponible en formato pdf a través de esta web. De hecho, en la sección "El Ladrío", nuestros visitantes cibernéticos pueden disfrutar de cualquiera de los 49 números anteriores, recopilados en orden cronológico.
Os invitamos a recordar esos trocitos de pasado, a compartir la celebración de las 50 ediciones y a seguir escribiendo y leyendo en los futuros números.

martes, 9 de septiembre de 2014

Breve ensayo sobre la decepción, por Juan Antonio Prieto Velasco

Dice la RAE que la decepción es el pesar causado por un desengaño, pero es más bien una insatisfacción, la frustración por no ver nuestras expectativas cumplidas. Cuanto más ambiciosas sean nuestras perspectivas de éxito, más probable será caer en un estado de desesperanza. La vida de hombres y mujeres se cimenta en la consecución de pequeños logros; cuando la desmesura nos incita a conseguir metas irrealizables o cuando lo que creíamos real se antoja un mero espejismo, una alucinación, parece que la estructura vital sobre las que nos apoyamos se desmorona. Quizás haya que volver a poner los pies sobre la tierra y plantear las cosas con perspectiva y ciertos tintes de realismo, o de realidad, según se mire, que nos devuelvan a la cotidianeidad de nuestra existencia. Quizás relativizar la importancia de las experiencias vitales ayude a evitar traspiés emocionales de los que más adelante podamos resentirnos.
Sin embargo, las personas, claro está, tampoco podemos vivir en un estado constante de desazón, desánimo, pusilanimidad ni apatía; eso mermaría nuestra capacidad para asumir nuevos retos, afrontar situaciones difíciles, tolerar infortunios o intentar cambiar el rumbo de una vida complicada por los avatares, el devenir o la providencia.
Es una competencia que debemos adquirir como parte de nuestro crecimiento personal: distinguir el éxito del fracaso en el trabajo o los estudios, en las relaciones personales y familiares e, incluso, con nosotros mismos, con nuestro yo interior, nuestra conciencia, nuestra alma. Relativizar la grandeza de nuestros éxitos y la hondura de nuestros fracasos, en eso reside la capacidad de ser felices con lo que tenemos y somos pese al desdén con el que otros nos traten; la capacidad de contentarse con lo que se es difiere sobremanera de la idea de resignación. La resignación es un sentimiento repudiable, como lo son la ambición y la consecuente decepción, incompatible con la felicidad. No se puede ser feliz si llanamente nos conformamos con mantener nuestro statu quo vital; no se puede ser feliz si ambicionamos lo que no está a nuestro alcance al tiempo que ignoramos los instrumentos para lograrlo. La decepción subyace a todos estos estados. Sobreponerse a ellos con altura de miras, conscientes de que volveremos a desengañarnos, disponer los medios para alcanzar metas realizables, aprender de los errores que nos hacen fracasar es la mejor de las lecciones que podemos aprender.
Puede que la decepción sea un sentimiento inherente a la naturaleza humana por el empeño inútil de depositar en otras personas nuestra propia felicidad. Pero en nuestra realidad descontextualizada solo existimos nosotros. Todo lo demás es contexto.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Fútbol y matemáticas, por José Alfonso Rueda

Decía Vujadin Boskov, uno de los ilustres fallecidos del mundo del fútbol en este año, frases tan cargadas de lógica como que fútbol es fútbol, que el fútbol es imprevisible porque todos los partidos empiezan cero a cero, que ganar es mejor que empatar, empatar mejor que perder y perder, mejor que descender, o que prefería perder un partido por nueve goles que nueve partidos por un gol. Cargadas de lógica y, por qué no, llenas de fundamento matemático.
Porque, como también afirmó el ex-entrenador serbio de Real Madrid o Real Zaragoza, el fútbol es bello porque es sencillo. Sencillo y, añadiría yo, geométrica, analítica, estadística o aritméticamente proporcionado.
Efectivamente, fútbol es fútbol, pero fútbol es geometría, por donde quiera que lo miremos. El terreno de juego, repleto de rectángulos, diagonales, segmentos y sectores circulares; el prisma trapezoidal que conocemos como portería o los balones casi esféricos, que en realidad son icosaedros truncados y rombicosidodecaedros; los rombos y triangulaciones de los jugadores en el campo; los ángulos, parábolas o líneas rectas en sus lanzamientos y ángulos; o, guiño friki, la curvatura de la Tierra en el terreno de juego de Oliver y Benji.
Para quien no le llene esa belleza geométrica del fútbol y tenga una mente más práctica, hablemos de probabilidad y estadística. Tablas y tablas llenas de datos, equipos y jugadores analizados hacia adelante y hacia atrás, audiencias televisivas, calendarios, posibles resultados comparados con los que ya ocurrieron. Expertos y computadoras al servicio de entrenadores, preparadores físicos, empresas publicitarias, cadenas de televisión o plataformas de apuestas. En suma, matemáticas para obtener más beneficios, para agradar al poderoso caballero de Quevedo.
Pero también caben en el fútbol los datos numéricos exactos, sin incertidumbres estadísticas, las funciones que determinan los sueldos de los futbolistas, los ingresos televisivos o por participación en competiciones, los impuestos que se deben pagar a Hacienda o la Seguridad Social o la forma de saltárselos; y la aritmética de una victoria, tres puntos, o de Di Stéfano, aún más sencilla, para ganar un partido sólo hay que marcar un gol más que el rival.
¿No se lo creen? ¿Me toman por un medio loco? Que no, que es verdad. Que, por ejemplo, hay un catedrático de economía de la London School of Economics, natural de Baracaldo, como el nunca suficientemente ponderado Javi Clemente, que ha aplicado las teorías del matemático estadounidense John Nash, el de la película Una mente maravillosa, a los lanzamientos de penaltis. ¿Les parece una tontería? ¡Qué negativos! Hay que ser positivos. Miren a Van Gaal. Él lo vio claro, cambió al portero holandés antes de la tanda de penaltis contra Costa Rica y, ¡oh maravilla!, va el tal Krul, estudioso de estos lanzamientos, y los para.
Así que no lo duden. Tanto si son padres con niños prometedores en el fútbol o jovenzuelas promesas del deporte rey, el fútbol son matemáticas. Y si las ciencias no son su fuerte, siempre les quedará hacerse comentaristas especializados o tertulianos deportivos.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Emigrar sin salir de casa, por Miguel Ángel Herencia

La primera vez que hice las maletas para buscar trabajo en otro país fue en 2005. Ya había estado antes en el extranjero, pero había sido por continuar mis estudios o por pasar una temporada con amigos fuera. Se podría decir que ésta era la primera vez que salía por no conseguir encontrar en mi tierra el trabajo que yo quería. Y es que el empleo para titulados universitarios ya escaseaba cuando todavía había crédito para fomentarlo.
Es curioso cómo lo que hacemos por buscar un cambio laboral conlleva inevitablemente una transformación en el terreno personal. Por conocer una ocupación en la que sentirme realizado, aprendí a buscar casa y trabajo en una ciudad desconocida, y a volver a emigrar cuando el sueldo no daba para un alquiler tan alto. Aprendí a observar la realidad de mi país desde fuera, sin sentirme parte de ella, sin buscar culpables, ni tampoco juzgarla. Y aprendí que es mucho más fácil, en sociedades como la nuestra, encontrar una mirada amiga en otro inmigrante que en alguien que no ha salido nunca de su casa.
Sin embargo, la mejor enseñanza que extraje de aquella experiencia, la que quizá buscaba sin ser consciente de ello, es que podemos hallar la felicidad en cualquier parte del mundo, porque la encontré a pesar de estar lejos de mi familia, los amigos, el clima y las costumbres junto a las que suelo reconocerla habitualmente. En aquel momento, en contacto con nuevos amigos de distintas nacionalidades, perdí para siempre el miedo a vivir lejos de mi tierra, y quedarme en ella se convirtió en una elección, y nunca más en una necesidad.
Cuando llegué a esta conclusión, tardé muy poco en entender que para saber cómo piensa un emigrante, en cierta manera, para sentirnos tan lejos de nuestra zona de confianza como para tener que desarrollar nuestras propias estrategias de adaptación y supervivencia, no es necesario hacer muchos kilómetros. Con que nos fuésemos a vivir al pueblo de al lado, ése en el que no conocemos a nadie, con la firme decisión de empezar una nueva vida allí, ya podríamos experimentar algo parecido al desarraigo. Una experiencia en la que, por otra parte, tendríamos una nueva oportunidad para decidir si seguimos con el mismo estilo de vida que hasta ahora o no.
Y es que, de alguna manera, ese bienestar que tanto anhelamos en la vida no lo proporciona ningún agente externo, aunque lo sintamos más a menudo cuando estamos con determinadas personas o en determinados espacios, sino que lo creamos nosotros mismos en esos momentos. Tan posible es encontrar la felicidad en el extranjero, como en el pueblo de al lado, como en el propio pueblo, aunque ninguna de las tres opciones por sí sola garantiza que seamos felices. Lo que sí ayuda a serlo es aprender a verse desde fuera hasta entender que sólo depende de uno mismo.
En los últimos años, nuestras decisiones cotidianas nos están atando tanto a vicios antiguos que empieza a ser necesaria una toma de conciencia colectiva que nos ayude a soltar lastre. Necesitamos iniciar un éxodo desde el propio complejo de culpa hacia el tomar las riendas de la situación. Una visión integradora, que muchas personas incorporarán cuando aprendan a verse desde fuera, sin juzgarse a sí mismas ni a nadie. Una sabiduría de emigrante, que quizá hayas adquirido simplemente leyendo este artículo, o al menos ése era mi propósito.

domingo, 31 de agosto de 2014

Poemas, de Manuel Jiménez Bascón




El amor es un camino
que debemos recorrer;
témpano de hielo frío,
es profundidad y caer.
Alta cima inaccesible,
aprender a conocer;
caminar sin rumbo fijo
siempre pensando en volver.
Es perseguir las verdades
buscando un rayo de luz;
aventurarse en la sombra
y que la sombra seas tú.
Es fuego ardiente a la aurora,
rescoldo al atardecer,
y cuando llega la noche
ir comenzando a no ser.
________________________

Escuchar
…un poema de espíritu vacío
es aceptar un mar embravecido
sin olas, sin abrupto acantilado;
es pasar de la nada hacia el hastío,
es soportar un chiste mal contado.
________________________

AYUDA

Me gusta hablar directo, sin premisas,
sin saber qué desea de mí el otro,
sin mirar a la cara al contertulio,
despreciando cómo acaba el soliloquio.

Porque me gusta hablar conmigo mismo,
siento necesidad de hablar contigo
y que del cruel tormento de mis dudas,
cual rígido notario seas testigo.

Y me saques del tedio y del hastío
señalándome la senda del mañana,
pues que sin rumbo, vagando en el vacío,
no lograré alcanzar más que la nada.