miércoles, 23 de enero de 2019

Wesley Snipes y Sylvester Stallone contra la “mariconez”, por Carlos A. Prieto Velasco

Demolition Man fue una película de ciencia-ficción estrenada en 1993, dirigida por el interesante vídeo-artista Mario Brambilla. En la sociedad de 2032 no existen los delitos, la sociedad es pacífica, pero a cambio de esa paz, los humanos se insertan en un programa de vida infantiloide, sin maldad, pero sin libre albedrío. En esa sociedad del futuro las únicas canciones permitidas son las tonadillas comerciales del pasado, porque las canciones no pueden contener mensajes de odio o tristeza. Existe un estatuto de moralidad verbal que persigue la blasfemia. Por supuesto, los alimentos poco saludables, el alcohol, la cafeína, el tabaco, la carne o la sal están prohibidos. El contacto físico es muy inusual y el sexo o los besos están prohibidos. En definitiva, se trata de una sociedad utópica a primera vista, pero con grandes carencias y limitaciones de la libertad de los individuos. Todo esto hasta que llegan del pasado Wesley Snipes y Sylvester Stallone y se lían a dar mamporros a diestro y siniestro.
Me viene a la memoria esta película al hilo de la polémica generada en el concurso OT 2018 acerca del uso o no de la palabra mariconez en una letra de Mecano. Veamos. Por una parte, me parece muy bien que chicos jóvenes se planteen lo que significa la letra de lo que están interpretando y que piensen en el impacto que pueden tener en el público. Bien por ellos. Sin embargo, en este caso concreto, probablemente se han autocensurado excesivamente cuando el grupo Mecano es un icono dentro del movimiento LGTB por otras canciones. Además, no creo que la palabra mariconez (que por cierto no está recogida en el diccionario de la RAE ni me parece muy habitual) sea especialmente ofensiva en el contexto de la canción (más bien suena algo ñoña).
Más allá de esta polémica particular, me llama la atención que con mucha frecuencia tendemos a valorar las expresiones artísticas del pasado con los valores imperantes ahora. Esto no tiene mucho sentido. Probablemente hace treinta años, “mariconez” era una forma elegante o menos ofensiva de decir “mariconada”, que ya tenía que sonar bastante mal por aquella época. Si valoramos con nuestros estándares morales la Historia o el Arte, tendremos que quemar muchos libros y desterrar muchas canciones: ¿qué pasaría con la Lolita de Nabokov?, ¿el Dúo Dinámico debería ir a prisión por alentar la pedofilia en Quince años tiene mi amor?, ¿y el humor negrísimo de los Crímenes Ejemplares de Max Aub, sería violencia de género e incitación a la violencia?, ¿había racismo en Huckleberry Finn?
El tiempo pasa y los valores de la sociedad pasan y cambian también. Pensamos que nuestros códigos morales son los correctos, pero dentro de 100 años el mundo habrá cambiado y alguien dirá que tenemos algunas costumbres bárbaras y un arte degenerado. Las obras de arte se convierten en clásicos justo por su capacidad para trascender su tiempo presente. Cada generación las reinterpreta y les saca nuevo sentido en función de la moral prevalente en cada momento. Entender estas viejas obras supone aceptarlas como testimonio de su momento histórico, enmarcadas en un contexto y un tiempo dados. Y solo una pequeña minoría de adelantados a su tiempo es capaz de percibir que en el sistema de valores imperantes hay algo erróneo o que daña a otras personas.
No sé si las canciones de Mecano trascenderán nuestra época o si se convertirán en clásicos, todavía es pronto para eso. Pero sí tengo claro que Wesley Snipes y Sylvester Stallone habrían usado la palabra “mariconez” sin pudor y, de paso, le habrían dado un par de tortas a algún meapilas de hoy en día.
Nota del autor: esta última frase es una broma, no una incitación al odio o la violencia gratuita… a ver si acabo como algún rapero.

viernes, 18 de enero de 2019

Ordesa, de Manuel Vilas, por Ofelia Ara

En el imaginario colectivo, tomado como mito y realidad, se hallan los versos más famosos sobre la muerte del padre, (Recuerde el alma dormida/avive el seso y despierte/contemplando/como se pasa la vida/como llega la muerte,/ tan callando), asunto universal donde los haya, pues no solo afecta al sentimiento de pérdida familiar, sino también a la conciencia de la propia finitud. Muchos otros han tratado este tema tan trascendental, el de la fugacidad de nuestro paso por el mundo, y el de la muerte de los progenitores, que supone un antes y un después en la vida.

Mi madre bautizó el mundo, lo que no fue nombrado por mi madre me resulta amenazador. Mi padre creó el mundo, lo que no fue sancionado por mi padre me resulta inseguro y vacío.
En estas dos frases sencillas se halla la esencia de “Ordesa”, de Manuel Vilas. Escribe con ternura y acidez sobre sus sentimientos hacia los padres y lo terrible que resulta su envejecimiento y pérdida, lo solo que el ser humano llega a sentirse a su muerte, pues desaparece el verdadero hogar, que es el de la infancia, el que otorga seguridad; es el cristal con el que conocemos al mundo y el que nos da un lugar en él. Aunque en la madurez nuestra vida sea distinta, incluso mucho mejor, lo aprendido en la infancia lo llevamos pegado a la piel sin remedio. Decía Manuel Vilas, en una entrevista reciente en Cosmopoética (Córdoba), que él siempre se sintió y se siente pobre, aunque, de un modo objetivo, no lo sea. Pobre porque así lo era su familia, porque conoció el silencio ante los abusos de poder del clero y pobre porque, incluso ahora, siente que está fuera de lugar, mudo y encogido, ante los Reyes de España en una recepción por un premio literario. Es el terror genético del campesinado ibérico.
“Ordesa” es también un recuerdo de la España del desarrollo, de ese momento que estuvo a caballo entre una vida casi por completo rural y los primeros rayos de progreso. Pero es la muerte la que impregna todo el libro, la interpretación antropológica de ella y, ante todo, la interpretación personal y sentimental. Hay páginas muy emotivas, no hay que olvidar que el libro es en parte autobiográfico; un día aprecia Vilas un gesto de despedida en su madre, en el regalo de una simple bata, y sentimos cómo se le encoge el corazón. Pero es la muerte del padre, afín a él por su sexo y su físico, la que supone en su vida el antes y después mencionado. Es comprender la terrible certeza de no volver a hablar con él, como acontecimiento incomprensible y misterioso. Es sentir al padre detrás de él, una vez muerto, cuando se mira en el espejo y lo ve, y no se ve a sí mismo. Es tener miedo a hacer un gesto de cariño en el momento de su muerte, un miedo que lo único que consigue es agigantar su soledad. Conmueve leer después de eso, “no me dijo nada/no me dijo adiós. Nunca pensé que la vida acabase así, tan humildemente.” (versos de su libro de poesía “El Hundimiento”).
Todo lo que escribe Manuel Vilas en “Ordesa” es territorio conocido, como el temor a haber decepcionado a los padres o el no querer reconocer que ellos también nos decepcionaron alguna vez y, pese a todo, sentir una extraña unión con ellos. Así mismo, todos nos enfrentamos a la brevedad de la propia existencia, vista, como no puede ser de otra forma, con vértigo. Es cierto que se puede decir que es un libro triste pues hay muchas páginas que se leen con emoción y congoja. Pero Vilas no hace trampa, no pone en el papel sus sentimientos de manera impúdica ni usa imágenes fáciles. Aunque pueda parecer lo contrario, resulta contenido en ocasiones. Por eso mismo el libro es valioso y sincero.
Como dice el director de cine Haneke, si fuéramos felices, no necesitaríamos el arte. Por eso existen libros como “Ordesa”.

sábado, 12 de enero de 2019

Patria, por Laura M. Lopera


Hay que leer Patria. Lo afirmo así, sin rodeos, y a pesar de que se ha convertido en uno de esos “fenómenos literarios”, un best-seller (HBO incluso está preparando una serie basada en la obra), en los que tan a menudo los valores estéticos y técnicos languidecen. Y a pesar también de que el tema, de antemano, promete literatura-pseudoperiodismo baratos: el terrorismo de ETA. En principio, me parece muy complicado urdir una verdadera novela, con todas sus aristas y tonalidades, con toda la complejidad y polifonía que la caracterizan, a partir de una materia tan propensa al maniqueísmo simplista al que estamos tan acostumbrados cuando se revisan literariamente temas de nuestra historia contemporánea (pongamos, por ejemplo, la guerra civil).
Patria es una magnífica novela, independientemente del tema que aborda, porque tiene todo lo que debe tener un relato para serlo. En primer lugar, un narrador hábil y diestro, que nos sorprende con técnicas narrativas novedosas, combinadas con las mejores de la narrativa clásica, y nos sumerge sin remedio en su mundo desde la primera página. Su tratamiento temporal está lleno de saltos cronológicos que siguen un orden más emocional que lógico, pero que el lector entiende con naturalidad. El espacio (¡tan importante en las mejores novelas!) es clave para entender la historia: una localidad rural de Guipúzcoa en la que la izquierda abertzale impone la alineación de sus habitantes en dos bandos absurdos (conmigo/contra mí), cuyas filas se alimentan de los más pequeños e insignificantes gestos. El espacio pesa y oprime, como la Vetusta de Clarín, y es descrito en sus aspectos más cotidianos (recuerdo especialmente el constante olor a fritura en casa de Miren y Joxian), aquellos que difuminan sus rasgos diferenciales (fuente del sentimiento nacionalista) y lo convierten en el espacio universal de los quehaceres humanos.
Pero, sobre todo, Patria es una gran historia donde sobresalen personajes inolvidables, de los que siguen teniendo vida más allá de la página impresa. La trama presenta a dos familias vecinas, e incluso amigas en el pasado, que se ven enfrentadas antes y después del asesinato de Txato, uno de sus miembros. Miren y Joxian, con dos hijos, representan la Euskadi rural, apegada a la tierra, con sus virtudes y sus miserias. La otra pareja, que también tiene dos hijos, encarna la Euskadi industrial y emprendedora: Txato (el asesinado) ha conseguido levantar con esfuerzo y constancia una próspera empresa de transporte. Dos familias normales, como la suya o la mía, que subterráneamente, de una manera casi imperceptible, se convierten en víctimas y verdugos de los otros. Y es en ese subterráneamente en el que escarba de manera magistral Aramburu, mostrando cientos de matices sutiles que explican el fenómeno del terrorismo vasco y que no podríamos haber percibido jamás viendo el telediario o leyendo atentamente la prensa. En efecto, como siempre, la novela nos revela aquello a lo que no acceden los cronistas (lo hizo Galdós en sus Episodios Nacionales, por ejemplo), pero que resulta indispensable para entender en profundidad un momento histórico determinado. La trama, tejida con inteligencia y sensibilidad, sin estereotipos ni dogmatismos, pensada para lectores inteligentes que no necesitan interpretaciones del mundo, sino más dudas que lo ensanchen, nos atrapa desde el principio por sí misma y por lo que supone de íntima revelación, y nos devuelve la fe en la literatura y en el ser humano.
Por eso, cuando termina, después de sus más de seiscientas páginas, te queda el sabor que dejan los grandes narradores: por un lado, la melancolía de tener que despedirte de unos personajes que ya son parte de tu vida (inolvidable Arantxa…) y, por otro, la emoción gozosa que solo produce el ARTE con mayúsculas.
No se la pierdan. Será un clásico, seguro.

lunes, 7 de enero de 2019

Desde que leo... por Miguel Cruz Gálvez

De un tiempo a esta parte, por necesidad y finalmente por deleite, la lectura se ha convertido en una de las pasiones de mi vida. No es nada extraordinaria esta declaración ni lo pretende ser, pues es muy común y no sería ni el primero ni el último en hacerla. Pero he de aclarar que no me refiero a lo sobreentendido, no me refiero a lo obvio.
Siempre me ha gustado leer un buen libro, pero no se trata de literatura mi afición si no de “hacer lectura”, de abrir los ojos y ver ese “algo más” que muestra lo no evidente, aquello que está, pero de forma intangible.
La necesidad de practicar la lectura me apareció por pura asfixia, por desorientación, por la vieja costumbre humana, ahora parece que perdida, de razonar. Asunto en el que sin darme cuenta había perdido el hábito.
Así ahora, de vez en cuando, me salgo del caminar del gentío y me subo a lo alto de la cima a respirar, a observar, a ver cómo se comportan los que me acompañan, ver de dónde partimos, hacia dónde vamos y encontrarle su sentido.
Desde fuera, apartado y ajeno, observo cómo casi no somos sino que casi exclusivamente estamos. Observo cómo la frustración por cobardía domina a la acción valiente o al reposado disfrute.
Este salvamento me ha reconciliado conmigo mismo, con la mesura, con la clarividencia…
El ser humano, su comportamiento y finalmente sus circunstancias se han tornado complejas de la mano de la falta de humanidad. Damos por hecho que la situación está tutelada y no hay nada más lejos de la realidad, estamos autogobernados a la par que en nuestro propio abandono.
¿Sabes una cosa? Ya llevamos un buen trecho de camino en el que hemos basado nuestra existencia en acumular cosas, de la misma forma que nos hemos vaciado de sentimientos.
Hay quien lucha por poner cordura en todo este caos, por supuesto, pero la mayoría de estos están en causas personales y los pocos que buscan una causa global finalmente se distraen, agotan y abandonan.
Nuestro mundo necesita una pausa, un retiro, sin darle al reset, pero con un fuerte golpe de timón para enderezar de nuevo el rumbo.
Querido amigo, probablemente esto que te cuento no es lo que quieres escuchar y seguramente no es adecuado el tono, pero cuando se percibe algo tan claro y la situación parece tan flagrante, es fácil que el intelecto se encienda y el espíritu se soliviante.
Perdóname, no soy violento, pero hoy por un instante lo seré de forma figurada: a veces salgo a la calle y me dan ganas de agarrar de la pechera uno por uno a todos nuestros semejantes, zarandearlos, sentarlos apartados de todo, hacerles respirar, bajarles la aceleración y finalmente darles una brújula.
Cada día, en cada paso que damos, en cada iniciativa que nos ocupa, en cada nuevo asunto que nos aborda, se palpa una insoportable electricidad. Incluso en ti, que “eres feliz”; en ti, que salvas medianamente el colapso; en ti, que tus circunstancias materiales y personales te permiten caminar medianamente desahogado.
Con todo esto me atrevo y te digo: prueba tú también a detenerte, apártate el tiempo suficiente y haz tu propia “lectura”. Cambiando tu rumbo ayudarás a cambiar el de los demás.
De todas formas, me pasa a menudo que opino de forma excesivamente tajante, y en este asunto puede que me haya vuelto a pasar. Al fin y al cabo, es sólo una opinión, es un momento. ¿Quién sabe? De todas formas, por si acaso, lee.

miércoles, 2 de enero de 2019

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Manual de instrucciones, por Victor Barranco

Manual de instrucciones, por Víctor Barranco - DISTRITO CÓMICS 

Alea iacta est

La tarde se abría plácida como otras tantas de aquel verano suave y tranquilo. Tardes que se sucedían con el mismo carácter impertérrito de los gobiernos que rodeaban el valle. Durante una larga etapa –corta, si la comparamos con el devenir de la Historia-, la prosperidad había sumido a las cuatro grandes civilizaciones en una pompa de serenidad, un remanso de paz que a todos daba cierto gusto; pero que a nadie permitía erigirse como dueño y señor del mundo –aquel mundo, a fin y al cabo-.
En aquella sosegada etapa, las diferentes culturas habían sido capaces de sobreponerse a los contratiempos iniciales, en los que los contactos entre ellas eran casi nulos y las temporadas de sequía hacían imposible la recolección de los campos. Poco a poco, la vergüenza inicial desapareció al ritmo que crecían los poblados, se reproducían los caminos y se multiplicaba la eficiencia de los recursos. Empezaron a proliferar excedencias de materias primas.
El intercambio de recursos, el comercio marítimo y las primeras ciudades pintaron de júbilo el particular Renacimiento del valle, en un ciclo en el que ni siquiera los saqueos esporádicos de aquel personaje sacado de otro tiempo parecían mermar los ánimos de los avanzados gobernantes. Crecimiento global sostenible, lo llamarían algunos…
Los últimos movimientos, sin embargo, adivinaban tiempos convulsos. La avaricia, fuente inagotable de problemas pero, a la vez, única vía para alcanzar el éxito en el mundo –aquel mundo, a fin y al cabo- hacía su aparición inevitable, como ineludible es la muerte que a todos nos ha de sentenciar, incluidos también tres de los cuatro gobiernos del valle. Sin embargo, la rendición no es una opción y la muerte, siquiera circunstancial, cotiza a un precio demasiado elevado para tomarse la guerra a la ligera. En definitiva, solo podía quedar uno.
La batalla final que se tornaba inminente ponía en entredicho los avances, la cultura y el desarrollo de la civilización; a la propia civilización en sí misma, si se me permite la hipérbole. Y todo comenzó con una simple refriega en mitad del campo, una disputa de caminos a priori sin importancia pero que, en aquel tiempo de cambios y desatinos, comenzaban a ser estratégicamente vitales. La inicial escasez de recursos ya no era un problema; ahora se peleaba por conquistar terreno. El territorio virgen que aún quedaba en el valle era un codicioso regalo para quien tuviera el valor de alcanzarlo, y la única manera de seguir prosperando. Aquel crecimiento global que, ahora sí, comenzaba a ser insostenible.
El comercio se truncó de repente, surgieron leves y breves alianzas para intentar desbancar al más aventajado, con un éxito parcial que solo consiguió alargar la contienda y, colateralmente, el sufrimiento de aquella civilización que tiempo atrás arrojó la toalla del progreso y la victoria quedando atrapada en mitad de una batalla que parecía no ir con ella. La victoria final tendría forma de sobresaliente para el más listo, de 10 en Historia.
Sin embargo, ni en el sabor dulce de los primeros redobles del triunfo puede la victoria darse por sentada. Y así, iniciadas las celebraciones y sus consecuentes humillaciones contrapuestas, ruido de tormenta. Terremoto al borde del valle y cuatro o cinco réplicas provocados por dos grandes meteoritos que puso en atención a las cuatro culturas en liza.
Sucedió el único contratiempo que podía evitar esa anticipada y celebrada victoria. Era un 7. Quizá en ese mundo –aquel mundo, a fin de cuentas- sus habitantes ya han aprendido que el progreso descontrolado puede truncarse con una simple tirada de dados del azar…

viernes, 28 de diciembre de 2018

Videojuegos, ¿en formato físico o digital?, por David Luna

Plagiando la sección de nuestros entrañables perretes, Cipión y Berganza, me gustaría hacer una breve reflexión sobre las ventajas e inconvenientes de tener nuestros juegos en formato físico o tenerlos en la nube y poder descargarlos cuando uno quiera.
Antes que internet dominara nuestra vida, los gamers hemos tenido cajones llenos de cintas de casete, diskettes, CDs y luego DVDs (también cartuchos o Blu-rays si tenías consola); si eras muy sibarita te hacías de una estantería y ordenabas cuidadosamente tus juegos a modo de biblioteca. La verdad es que era un placer abrir la carátula, instalar el juego y, mientras la barra llegaba al 100%, te leías el manual para luego darle a la viciada. Igualmente, podías intercambiar tus juegos con los amigos (lo que multiplicaba tus posibilidades lúdicas) o, incluso, comprar y vender en el mercado de segunda mano.
Pero con el tiempo las ediciones en físico se han ido perdiendo, puesto que encarecen el producto final. Y las que aún salen hoy en día, salvo algunas (y raras) ediciones para coleccionistas, ni tienen manual o el que tienen no vale ni el papel en el que está editado; y la caja presenta una paupérrima calidad que más bien parece que la compraron en el chino de la esquina.
Otra pega a tener en cuenta es que el tamaño de los videojuegos se ha incrementado mucho más que el soporte que los contiene. Por ejemplo, el último videojuego que estoy jugando ocupa 70 gigas; ¿cuántos DVDs son necesarios para meter tanta información? Sí, ya sé que existe el Blu-ray, pero yo no tengo unidad lectora Blu-ray en el PC; ¿conocéis mucha gente que sí lo tenga?
Otra contra muy importante es que, por normal general, no viene el juego completo; nada más instalarse necesita conectarse a internet para bajarse un parche o cualquier cosa como medida antipiratería (si no, sería muy fácil clonar el juego directamente del disco), con lo cual eliminas la ventaja principal de tener un videojuego en físico. Y bueno, como gran hándicap para mí, que vivo en un piso pequeño, es que si tuviera que tener un espacio dedicado para todos los juegos que tengo….
Hoy en día, lo más común es que compres los videojuegos de PC (en consola las cosas funcionan más o menos de la misma forma) en versión digital en cualquiera de las muchas plataformas que hay: Steam, Uplay, Origin... Compras el juego, lo descargas, se actualiza y juegas, así de sencillo. Cuando ya te cansas, lo desinstalas para no ocupar espacio en el disco duro, y si lo quieres volver a jugar, se vuelve a descargar tantas veces como uno quiera. Es muy cómodo, sobre todo, para los que tenemos muchos juegos, porque están todos bien ordenaditos y actualizados en la nube.
El soporte digital es el presente y futuro, tiene todas las ventajas del mundo, pero sus pocas desventajas son como para tenerlas en cuenta.
Empezaré hablando de la gran pesadilla de los que tenemos juegos comprados en formato digital: que nos roben las cuentas. Sí, amigos, quién no ha recibido un aviso de Steam o de Origin alertando de que tu cuenta ha sido atacada desde Rusia y nos recomienda cambiar nuestra clave de acceso. A veces, no es un aviso real sino cualquier tipo de phishing (suplantación de una web o sistema para robar las contraseñas de los clientes para luego obtener dinero u otros bienes).
También me ha pasado que usuarios de las mismas plataformas se hacen pasar por administradores y te piden que les des tu password para hacer unas comprobaciones por tal o cual error en el sistema.
Hay que tener mucho cuidado con todas estas cosas, pero no más que con tus tarjetas de crédito.
Al principio, me ponía muy nervioso porque si te roban la cuenta recuperarla puede ser cosa de semanas o, en el peor de los casos, de NUNCA. Tienes que demostrar que tú eres el propietario y no el chorizo que te la robó (cosa que a veces no es tan fácil). De momento (y estoy tocando madera con tal fuerza que me voy a romper los dedos), por muchos ataques que he sufrido, nunca me han robado puesto que, con el tiempo, los sistemas de seguridad han mejorado tanto que para entrar en las plataformas me llegan códigos a mi teléfono móvil del mismo modo que cuando haces una transferencia bancaria en el ordenador.
Y ahora toca hablar de la peor contra (con diferencia) que tienen el sistema digital; cada juego que has comprado (y que no son para nada baratos) no es tuyo, sino que la empresa te proporciona una licencia de uso, pero el juego pertenece a la plataforma.  WTF!!?
Sí, lo voy a volver a repetir por si te has quedado catatónico/a: todos los juegos que tengo comprados, que son más de cien, no son míos, la plataforma me deja jugar todas las veces que yo quiera como si fueran propios, pero si un día (Dios no lo quiera) el mercado se hunde y esta empresa quiebra, no tengo derecho a reclamar dichos juegos, puesto que ya te lo avisan en la letra pequeña cuando te registras: QUE EL JUEGO PERTENECE A LA EMPRESA, NO AL USUARIO.
Peso a esto, como ya habréis supuesto si habéis leído hasta aquí (si es que os habéis repuesto del shock del párrafo anterior), me declaro fan incondicional del videojuego en formato digital; no me importa no tener la caratula, ni el manual, ni el disco.... Tampoco quiero tener una lujosa estantería llena con mis videojuegos, ocupando sitio y polvo. Y si aún tenéis miedo a tener los juegos en la nube (que nadie sabe dónde es eso), os digo que no os preocupéis; dudo mucho que las principales plataformas digitales quiebren en un futuro cercano, son máquinas de hacer dinero, así que nuestros juegos están a buen recaudo. Puede caer un rayo e incendiarse mi piso, inundarse, o sufrir una explosión de gas que siempre tendré, al menos, mis videojuegos a salvo. El formato físico no es ignífugo, impermeable e indestructible, ¿verdad? Pues eso.

lunes, 24 de diciembre de 2018

17 cumpleaños

El pasado 23 de diciembre la Asociación Cultural El coloquio de los perros cumplió 17 años de existencia, un evento que celebramos, como todos los años, con una comida de convivencia entre los socios y socias en la que nos propusimos continuar con la labor y actividades de la asociación por muchos años más y, también, nos felicitamos por estas fiestas navideñas. Una felicitación que hacemos extensible a todos nuestros amigos desde aquí. Feliz Navidad.

Asociación Cultural El coloquio de los perros

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