martes, 17 de septiembre de 2019

Ganadores del 17 Concurso de Relato Corto, Fotografía y Microcorto


El barcelonés de Cerdanyola del Vallès Manel Artero Badenes, con su interesante obra "La entrevista", es el ganador del apartado de relato corto de la decimoséptima edición del Concurso de Relato Corto, Fotografía y Microcorto que organiza la Asociación Cultural “El coloquio de los perros”, cuyo tema en esta ocasión ha sido "Los pecados capitales".
En cuanto al apartado de fotografía, la imagen ganadora es "Deseo", del pamplonés Pedro Pileño Malvar, que trata de mostrar el pecado de la lujuria.
Por lo que respecta al microcorto, el jurado ha decidido dejar desierto el premio. Como consecuencia de ello, la asociación organizadora ha destinado el montante económico del mismo a sendos segundos premios de relato corto y de fotografía.
Estos galardones han recaído en el texto “La pereza”, enviado desde el Puerto de Santa María por Juan Luis Rincón Ares, y en la imagen “Avaricia”, del alcarreño de Cabanillas del Campo Fernando Méndez Ramos.
Además de estas obras premiadas, los miembros del jurado decidieron otorgar menciones especiales a los relatos "El pecado capital de Yure Pyovar", del montillano Antonio Jesús Criado Pedrosa; "El octavo comensal", del madrileño de Tres Cantos Manuel Montoya Vicente; y "Acedia", de la argentina Daniela Isabel Ortiz. También recibieron esas menciones las fotografías "All in" y "En manos de la ira", de los bonaerenses Maximiliano Gunars Grinfelds y Florencia Percario, respectivamente; y "Lujuria" y “Love for rent”, de los madrileños Pedro Pablo Pellón Pulido y Mario Matías Pereda Berga.
Los relatos y fotografías ganadores y mencionados por el jurado formarán parte del libro que la Asociación Cultural El coloquio de los perros edita cada año con las obras más destacadas del concurso, y que será presentado en el acto de entrega de premios que tendrá lugar a primeros de noviembre de este año en fecha y lugar aún por concretar, y de la cual daremos cumplida información.
Deseo, de Pedro Pileño Malvar

Avaricia, de Fernándo Méndez Ramos

All in, de Maximiliano Gunars Grinfelds

En manos de la ira, de Florencio Percario

Lujuria, de Pedro Pablo Pellón Pulido

Love for rent, de Mario Matías Pereda Berga

miércoles, 11 de septiembre de 2019

El tiempo y los relojes, por Carlos A. Prieto


Nunca he usado reloj.
A finales de los años sesenta, el Dr. Walter Mischel, de la Universidad de Stanford lideró un experimento psicológico con niños. Se trataba de dejar a un niño solo en una habitación, sentado ante una chuchería. Al niño se le daban dos opciones: bien comerse la chuchería en el momento o, si esperaba quince minutos, podría comerse no sólo una golosina, sino dos. El objetivo del experimento era estudiar la capacidad del ser humano de postergar la satisfacción de un deseo. Este y otros estudios posteriores establecieron una correlación entre el rendimiento escolar o un menor índice de masa corporal entre los niños que tenían capacidad de retrasar la gratificación o premio.
Esta capacidad de resistir el impulso inmediato es muy importante desde el punto de vista del marketing y el comportamiento de los consumidores, ya que la falta de capacidad para posponer una recompensa supone una de las principales razones para explicar el consumismo compulsivo o la cultura de usar y tirar típica de la sociedad industrial de finales del siglo XX. En los inicios de este siglo XXI, en nuestro mundo en pleno cambio tecnológico vertiginoso, sorprende cómo hemos perdido en gran medida esa parte racional que controla los impulsos: queremos la chuchería ahora. Y las tecnologías que tenemos a nuestro alcance nos permiten adquirir y resolver nuestros deseos con un clic. Es más, ahora estamos en el paso a la sociedad de los datos masivos y nuestros dispositivos no solo nos permitirán adquirir productos para cumplir nuestros deseos, sino que gracias a los análisis de datos nos adelantarán y sugerirán qué es lo que nos apetece casi antes de que lo sepamos nosotros mismos.
La implantación de nuevas tecnologías siempre ha conllevado grandes cambios en las estructuras económicas y sociales: desde la rueda y su impacto en la agricultura, la máquina de vapor y la industria, o el petróleo y los medios de transporte. Uno de los impactos sociales de nuestra revolución tecnológica es el cambio en el sentido del tiempo. La conexión plena a redes y la comunicación simultánea hace que vivamos en una cultura de la inmediatez en la que hacemos muchas tareas simultáneas muy rápidamente. Pienso en los padres que conducen para llevar a sus hijos a actividades de tarde. Mientras conducen, hacen llamadas de trabajo. Mientras esperan a que el niño acabe la clase de ballet, contestan los emails pendientes y mandan wassaps a su pareja para organizar la compra y la cena. Después hacen la compra online o piden una cena preparada. En el ámbito laboral ocurre otro tanto, nuestra tecnología nos permite un grado de eficiencia ni soñado hace veinte años, resolviendo muchas tareas a la vez y en tiempo real.
No sé Ud., querido lector, pero yo también vivo instalado en esta locura espaciotemporal; siempre con prisas, con demasiadas tareas a la vez y poco tiempo disponible. Creo que no llevar reloj es mi pequeña rebeldía contra estas urgencias. Me permite pensar que no estoy sometido a la inmediatez y que me rio del paso del tiempo. Sé que me engaño a mí mismo, nadie puede burlar al paso del tiempo. Pero por si acaso, seguiré sin usar reloj.

sábado, 7 de septiembre de 2019

El reparto de la herencia, por Virginia García


Una de las preocupaciones más comunes cuando se llega a cierta edad o para cualquiera cuando se es previsor es “qué hacer con todos los bienes materiales que se han conseguido a lo largo de la vida”. Surge un sinfín de dudas. De la manera más cercana que me sea posible iré respondiendo algunas de las más comunes por si al lector de este artículo le puede resultar de interés. Sírvase el presente solo como mera indicación, debiendo acudir a un profesional para un asesoramiento más ajustado y completo.
Mi consejo va siempre encaminado a que se haga un testamento notarial y en él se distribuyan, según la legalidad, los bienes a los herederos. No es complicado, es solo acudir previa cita a notaría, y, para sorpresa de muchos, todos los bolsillos se lo pueden permitir.
¿Pero, cómo hago el reparto?” Lo más frecuente es a partes iguales entre todos los herederos, pero “¿y si quiero beneficiar a uno de mis hijos?” En Andalucía, y en la mayoría de España, la herencia se compone de tres tercios; el tercio de legítima estricta, el tercio de mejora y el tercio de libre disposición.
El tercio de legitima va destinado a los legitimarios escritos, que serán, según los casos, grosso modo, los hijos, y de no haberlos, los ascendientes; y cónyuge. El tercio de mejora podrá ir destinado a los descendientes: hijos, nietos, bisnietos. El tercio de libre disposición a quien por voluntad quiera dejarse, aunque no existan lazos de sangre. Por imperio de la ley, los legitimarios, cuando no estén desheredados, siempre recibirán parte de la herencia.
Para aclarar este último párrafo, mediando testamento, imaginemos que la herencia es una tarta. La tarta se divide en tres porciones. Una de esas porciones se dividirá entre los legitimarios estrictos ya comentados. Otro pedazo puede repartirse según voluntad a descendientes. Y un tercer pedazo, el de libre disposición, puede repartirse a voluntad a quien se quiera (incluida la redactora de este artículo si voluntariamente le place).
¿Cómo se traduce esto a efectos prácticos? Tengo una casa que vale 150 y tengo 3 hijos. O bien puedo dejar esa casa, que vale 150, a partes iguales, cada hijo recibiría 50. O bien puedo hacer uso de todo lo que la ley me permite para que uno de los hijos reciba más. Por ejemplo, dejando solo a uno de los hijos el tercio de mejora o el tercio de libre disposición o ambos.
Pero es que no quiero que mis hijos dispongan de mis bienes hasta que fallezca también mi cónyuge”. Se puede dejar el usufructo vitalicio de todos los bienes al cónyuge. Tal cual se le dirá al notario y este incluirá en el testamento la “cautela socini”, recogiendo que el cónyuge tendrá el usufructo de todos los bienes. Y si los herederos no están conformes, solo recibirán lo que por legítima estricta les corresponda.
No tenemos hijos y quiero beneficiar a mi cónyuge frente a mis padres”. Igualmente, con esta premisa podrá ir a notaría y se incluirá en el testamento que los ascendientes solo recibirán lo que por legitima estricta les corresponda, siendo heredero universal el cónyuge viudo. Esto se traduce en que los padres recibirán solo una tercera parte de la herencia. En caso de no mediar testamento, y sin que se recoja en el mismo lo anterior; el cónyuge viudo recibiría solo el usufructo de la mitad de la herencia. Para evitar que el cónyuge viudo, ya sea con hijos o sin hijos, quede desprotegido se pueden incluir tanto la cautela anterior como está última, evitando en el momento del deceso del causante situaciones realmente desagradables. De ahí la importancia de hacer testamento, ya sea para hacer más fácil el reparto a los herederos o ya sea para proteger a nuestros seres queridos.
Como indicaba al comienzo, estas líneas son meras generalidades a grandes rasgos para que el lector pueda hacerse una idea desde el desconocimiento, siendo necesario el asesoramiento de un profesional para ajustar su situación personal a legalidad.

martes, 3 de septiembre de 2019

¡Que llegan los bárbaros!, por Paco Espejo



Kavafis escribió su más conocido poema sobre como pasar del miedo a ser conquistados a la pena por no serlo. En una magistral narración que tiene más de prosa que de verso, el autor nos transmite la angustia y sensación de que no pase nada. Cuando se ha apostado todo a una acción exterior que irrumpiría en la cotidianeidad y resolvería los problemas que nos aquejan, pero en lugar de todo eso no pasa nada. El poema se titula “Esperando a los bárbaros”.
Todos hemos escuchado y estudiado cómo esos pueblos bárbaros de elocuente nombre (suevos, alanos, vándalos y godos) irrumpieron cual, perdóneseme la expresión, “elefante en una cacharrería” y vinieron a arruinar la armonía de la Hispania romana. Es fácil imaginar esas figuras barbudas, toscas y que hablan una lengua gutural e inaccesible (nadie está pensando en el alemán) que aparecen el día menos pensado ante esa modélica familia admiradora de Lucano y seguidora de la filosofía vital de Séneca, por citar a unos paisanos. El olor a campos y ciudades quemadas, hijos esclavizados, mujeres violadas y otras buenas acciones que la industria hollywoodiense ha instalado en nuestras retinas.
Nos identificamos con el romano, en el fondo ese hombre del siglo IV o V practica nuestra religión, habla la “madre” de nuestra lengua, vive más o menos en nuestras mismas ciudades, tiene carreteras (calzadas), le gusta bastante el vino y hasta se nos da un leve parecido. El cristianismo acabó con la esclavitud, ahora todos son hombres libres sometidos al fisco imperial y acogidos al derecho romano… Son  casi socialdemócratas.
Pero han tenido que llegar estos bárbaros bárbaros, valga la redundancia, a destrozar todos aquellos avances culturales y sociales que podemos llamar como civilización. Y con ellos empieza la Edad Media, 1000 años de cruz y espadas, que se dice pronto; se acabaron las bacanales, chicos, ahora toca perseguir brujas. De Aristóteles a San Isidoro, de la Ilíada al Cantar de Mío Cid, del teatro romano de Mérida a San Pedro de la Nave; además de esa interminable lista de reyes godos.
¿No os parece como pasar del paraíso al infierno, de la cima de la cultura y la civilización a la llamada edad oscura, a qué vendrá ese nombre, con ese retroceso tanto en los diferentes campos del saber cómo del bienestar humano? Por algo a la siguiente época se la denominaría Renacimiento y miraría con tanta envidia a los clásicos.
¿Qué pasaría ahora si os digo que todo eso no fue tal y como nos lo han contado, que esos bárbaros no destrozaban todo a su paso y la hierba si volvía a brotar por allí por donde su caballo pisaba? ¿Y si os digo que los romanos no eran esa cumbre de la cultura y la civilización, al menos no ya en el siglo IV, que todos pensamos? Es más, cómo os quedáis si os digo que no existió tal invasión bárbara sino que fueron invitados por los romanos. 
Para entender y comprender esta interesante época histórica, tan llena de mitos y perogrulladas, os recomiendo la lectura de “Bárbaros y romanos en Hispania, 400-507”, de Javier Arce, profesor de Investigación del CSIC y actualmente profesor de Arqueología Romana en la Universidad Charles-de-Gaulle. Espero que disfrutéis este monográfico tanto como yo.

viernes, 30 de agosto de 2019

Cipión y Berganza: DC Cómics o Marvel

El Coloquio de los perros es la Novela Ejemplar cervantina en la que aparecen Montilla y la Camachas, y da nombre a nuestra asociación. Sus protagonistas, dos canes, Cipión y Berganza, también pretenden serlo de nuestra revista. En cada número, a través de sus reflexiones y posturas en páginas centrales, uno a favor y otro en contra, iremos tratando temas de interés para nuestra sociedad. En esta ocasión, ladrando sobre la participación de las administraciones públicas en el mantenimiento y preservación del patrimonio protegido de propiedad privada.

Cipión: DC Cómics
Querido Berganza, ¿no habrás olvidado vitaminarte y supermineralizarte?
Tú que ya peinas canas seguro que recuerdas esa frase y a quien la decía. Nada más y nada menos que el mítico Súper Ratón, ese divertido personaje de dibujos animados que veíamos en televisión en nuestra niñez, al igual que otros millones de cachorros de nuestra generación, de la de nuestros padres y casi la de nuestros abuelos, pues el minúsculo superhéroe fue creado allá por 1940. Y, agárrate el rabo, que se te cae, como una copia infantil de Superman. Sí, el kriptoniano Kal-El que se escondía tras el rostro terrestre de Clark Kent, creado por Jerry Siegel y Joe Shuster y publicado en 1938 por DC Cómics.
El cómic nos ha dejado décadas de superhéroes, pero el primero que llegó al gran público con un éxito enorme y un sinfín de imitaciones fue Superman; quien abrió el camino a todos los que vinieron después y forma ya parte de la cultura popular, conocido por los aficionados a este género y por quienes no lo son. Poco después, en 1939, aparecía Batman, el justiciero de Gotham. Sin lugar a dudas, los dos superhéroes por antonomasia, los más conocidos.
Solo por este hecho, DC merece ya estar en la cima del Olimpo del cómic y mirar desde arriba a Marvel o a cualquier otra editorial. Pero es que hay más motivos.
Detective Cómics, que así empezó llamándose, es anterior a Marvel y eso se nota en los plagios de personajes: Quicksilver (1964) es una copia más joven del supersónico Flash (1940); en millonarios excéntricos que combaten el crimen con artilugios tecnológicos, más que con superpoderes, nos encontramos al ya mencionado Batman (1939) y al también famoso Iron Man (1963); también tenemos arqueros de puntería increíble y flechas extraordinarias: Green Arrow / Flecha Verde (1941) y Hawkeye / Ojo de Halcón (1964).
Por otro lado, cánido amigo, ¿qué sería de un superhéroe sin un supervillano? Y Marvel tiene muchos, varios por personaje, si me apuras, atormentados y sedientos de venganza que casi siempre son vencidos por sus némesis con alguna asumible dificultad. Adorables gatitos si los comparas con los lunáticos hambrientos de poder y destrucción de DC, empeñados en sembrar el caos y maldad sin más, porque se lo pide el cuerpo. Dementes y psicópatas, profundos y entretenidos, que triunfan más de lo habitual: Joker y Lex Luthor, los más conocidos, a los que añadir nombres como Harvey Dos Caras, Ra’s Al Ghul, Siniestro o ese Doomsday que incluso llega a matar a Superman.
Es cierto que el enorme éxito del Universo Cinematográfico Marvel ha agigantado la fama de Marvel y sus personajes, pero si existe cine de superhéroes para el gran público es gracias al Superman de Christopher Reeve y los Batman de Tim Burton y Christopher Nolan.
En general, las películas de DC se centran de forma independiente en sus superhéroes, los exploran más profundamente, sin universo compartido, de manera más seria, realista y oscura, sin ese tufillo Disney que nos dejan los filmes de Marvel.
Y en cuanto a las series de televisión, no hay color. Desde las primeras apariciones en la pequeña pantalla de Superman en los 50 y Batman en los 60, con el no bien ponderado Adam West, siguiendo con Shazam o Wonder Woman en los 70, o las aventuras del joven Superman de los 80, 90 y primeros 2000 en Superboy, Lois y Clark y Smalville, llegamos a la explosión actual de títulos como Arrow, The Flash, Gotham, Supergirl, DC’s Legends of Tomorrow, Black Lightning, Titans, Krypton, Doom Patrol, Metrópolis, Stargirl o Batwoman. Casi nada, Berganza. Una prueba de que DC no se ha apoltronado en su fama inicial y en la de sus dos personajes principales y sigue innovando y buscando historias diferentes y más profundas, al estilo de lo que hicieron en el papel y la viñeta con autores como Frank Miller y Allan Moore y sus extraordinarias novelas gráficas, colecciones y series limitadas.
Quédate con tus Vengadores, Berganza, que yo prefiero mis héroes de DC, por separado, sin Liga de la Justicia; profundos, oscuros, contradictoriamente humanos, derrotados para levantarse, genuinos y originales. Como dijo Bruce Wayne / Batman: “¿Por qué nos caemos? Para que podamos aprender a recuperarnos“.
Berganza: Marvel
¿A quién quieres más a mamá o a papá? Amigo Cipión, al igual que estas dos editoriales creo que podemos entendernos y llevarnos bien sin pegarnos más bocados de los necesarios; ahora bien, que si tú te vas a poner pejigueras con quién llegó primero o que si los Vengadores son una copia de la Liga de la Justicia, me obligas a dejarte clarinete por qué Marvel es mejor opción. Empezando por un editor de relumbrón, Stan Lee (¿cuántos editores de DC conoce el gran público, querido cipión?).
Lee asentó una apuesta editorial por los cómics de superhérores capaz de superar la crisis en la que se sumió tras la Segunda Guerra Mundial, cuando los gustos del público demandaban otro tipo de temáticas, favoreciendo la implantación en Estados Unidos (y a la postre en todo el mundo) de un modelo narrativo propio, en el que el desarrollo de los personajes sería un pilar fundamental de la historia. Personajes que acabarían formando parte del acervo popular: el Capitán América, los Cuatro Fantásticos, Hulk, Spiderman, Ironman, Thor, Doctor Extraño, Antman, la Avispa, Daredevil, Nick Fury, y grupos como los Vengadores y X-Men.
Lee era un maestro hilvanando historias, pero también supo rodearse de grandes artistas del guión y los lápices; autores como Jack Kirby, Steve Ditko, Dick Ayers, Chris Claremont o John Byrne, que encumbraron algunas de las páginas de la editorial al cielo de los cómics.
Cierto es que en todos estos años de historia Marvel ha sufrido todo tipo de tribulaciones empresariales, y lo que empezó en 1939 con la forma de una pequeña editorial pulp llamada Timely Publications acabaría convirtiéndose, con el tiempo, en un gran emporio que diversificaría su apuesta hacia otros sectores algo más alejados del papel tintado, pero sutilmente relacionados para poder maximizar el negocio y el beneficio. La adquisición de otras empresas como el estudio de animación DePatie-Freleng, que permitiría a Marvel lanzarse a la producción de historias en movimiento, y que destacaría por el éxito de series como G.I. Joe o los Transformers; empresas jugueteras como Toy Biz, o la relacionada con las pegatinas y coleccionables Panini.
Esta diversificación empresarial no impediría que Marvel pasase por diferentes momentos de crisis creativa (la marcha de la mayoría de sus autores a Image Cómics) y de ventas (a finales de los 70 y los 90, llegando a acariciar con los dedos la bancarrota). Tocar fondo permite disponer de un punto de apoyo para impulsarse hacia arriba de nuevo, y reseteos como el que Joe Quesada le dieron a la empresa a primeros de los 2000 han conseguido alzar a la editorial a las alturas. Y sí, querido Cipión, Marvel puede hoy día mirar de reojo a DC Cómics a través del espejo retrovisor; y, si bien es innegable que a lo largo de su historia Marvel se ha inspirado en algunas historias y personajes de DC, ahora son los cómics del Detective quienes aspiran a emular los logros marvelianos.
No se puede ocultar que el peso de la compra de Marvel por Disney, a cambio de 4240 millones de dólares, y la popularidad del universo cinematográfico elaborado a raíz de las adaptaciones de las historias de los principales personajes de la editorial, han repercutido muy favorablemente en la empresa, y consecuentemente en el desarrollo de sus historias en papel, asegurándonos relatos increíbles por muchos años. Pero yo no he venido aquí a hablarte de cine (y mira que podría hacerte mucho daño en cuanto al tema de las adaptaciones peliculeras de DC), hablo de cómics, y hablo de Marvel.
¿Mamá o papá?, ¿DC o Marvel?, ¿tanto monta?; y aun así, no me negarás que Marvel es Marvel por sus personajes icónicos, por la equilibrada mezcla de realidad interior e imaginación exterior en el tratamiento de sus historias (personajes con superpoderes que tienen problemas muy humanos), o por detalles como el que supusieron la libertad de las sagas Ultimate para librarse del corsé del pasado como un ejemplo paradigmático de una editorial que mira al futuro reaprovechando constantemente su propio pasado.
Y porque Marvel significa MARAVILLA.


martes, 27 de agosto de 2019

El ladrío verano 2019


El mes de agosto, como en buena parte de nuestro país, también es prácticamente inhábil en la Asociación Cultural El coloquio de los perros: reflexionamos sobre la cata de cerveza que cada final de julio tenemos desde hace dieciocho años y barruntamos mejoras para la siguiente edición, esbozamos y escribimos las páginas de esta revista (pincha aquí o en la imagen para leerla), el jurado del concurso de relato corto, fotografía y microcorto selecciona obras de las que llegaron hasta el 1 de julio; y poco más. Un espeto y una caña acompañando, eso sí, y un buen libro que leer entre chapuzón y chapuzón.
Pero llega septiembre y renace nuestra actividad con un perol de convivencia en el que planificar los siguientes meses: entrega de premios del concurso, ruta fotográfica, visitas culturales, presentaciones de libros, catas de vino…
Y lanzamos otro número de El ladrío; este que tienes delante, para más señas. Una revista con una equilibrada mezcla de opinión, narrativa, poesía y recomendaciones. Opiniones sobre cuestiones más abstractas, en general, pero consecuencia de experiencias sufridas por nuestros colaboradores. Pequeñas joyas narrativas y poéticas que disfrutar. Recomendaciones varias: literarias, jurídicas, de videojuegos, cinematográficas o turísticas. Y superhéroes, de verdad y de ficción. Leonor Rodríguez, “La Camacha”, nos habla de los primeros; Cipión y Berganza, de los segundos, los de DC Cómics y los de Marvel.
Sin llegar a esos niveles de superpoderes o de altruismo, a nivel más modesto, también en nuestra asociación sentimos que tenemos nuestros héroes particulares: todos aquellos que colaboran en las actividades que desarrollamos, empezando por los asistentes a la cata de cerveza y sin quienes no podríamos financiar el resto de lo que hacemos, y que permiten que sigamos coleando después de casi dieciocho años. Gracias a todos ellos.

domingo, 25 de agosto de 2019

Y renunciar también, por Miguel Cruz Gálvez


Existe un sentimiento en nuestro interior, inherente a todo ser humano, que no acierto a definir del todo pero que siento que tiene que ver con la inquietud por el progreso, por la mejora, o más probablemente con la simple búsqueda de bienestar.
De inicio, esa inquietud tiende a ser de un marcado carácter individualista para, con el paso del tiempo, abrirse, por pura practicidad, a un trabajo de conjunto. 
Se podría decir que todo el mundo en mayor o menor grado pasa por una fase inicial ególatra y autosuficiente, que siempre acaba en fracaso, para luego dar paso, tras la correspondiente dosis de realismo, a una etapa de ineludible acción colaborativa.
A todos nos gusta aportar, que se nos escuche, dejar nuestra impronta, pero a pocos nos gusta, o al menos a casi nadie nos nace de forma natural, dar un paso atrás, escuchar, dejarse moldear.
En este asunto tan humano que nos ocupa (de búsqueda, de crecimiento, de mejora), las personas hemos ido usando distintos vehículos. Son los que son y no hay otros: las religiones, las ideologías, las filosofías… son funcionales e inspiradoras y no hay otro camino, pero por mucho que lo sean, siempre que pasen por nuestras manos (y no hay otra opción), quedarán sesgadas e incompletas, tanto como limitadas son las capacidades de las personas en que se apoyan o que las transmiten. 
En este sentido, podríamos proponer, podríamos afirmar: que uniendo más mentes que piensen y más almas que sientan, más certeras, útiles y verdaderas serán todas ellas.
En lo mismo, hay que mirar atrás. Sirven también los que ya pasaron, los que ya sintieron y pensaron. Admitamos sus experiencias y no pensemos que nuestro nuevo tiempo y el nuevo intento va a ser distinto. En lo esencial, la vida no cambia y el ejercicio de repetir acciones tendrá siempre el mismo resultado. 
Por eso, estimado lector, te llamo a pasar a la segunda fase, a entrar en esa madurez del encuentro, a frenar el ímpetu de marcar, para permitir que nos dejen huella, a no dejar de lado lo que somos pero permitiendo que nos hagan ser y ver lo que no alcanzamos por nosotros mismos. Vayamos a que todo fluya, que haya ida y vuelta y encontremos, en el punto medio, el equilibrio que marca nuestro lugar, nuestro destino, nuestra verdad.
Es difícil el acto de renunciar, de frenar y hasta de invertir nuestra inercia. A veces, por no hacerlo, incluso somos capaces de perjudicarnos, moviéndonos por el orgullo y no por la razón. Pero, ¿sabes una cosa? Después de todo, renunciar también puede ser bastante relajante y liberador, al descargarte de la presión de demostrar continuamente tu propia eficacia.
Al renunciar, al razonar, al pactar,… de inicio sentimos incomodidad, desasosiego, pero todo eso pasa, y a continuación, casi a la vez, sentimos cómo aligeramos lastre, despegamos, crecemos, nos encontramos, todo se ilumina y la situación se torna clarividente.
Así, yo hoy doy el primer paso: no renuncio a ser yo pero sí a imponer mi entendimiento, porque con toda seguridad, tengo mucho que está mal entendido. También admito que dos siempre aportarán más que uno y renuncio a protagonizar para sentirme por fin en paz: Renuncio a permanecer para moverme y explorar.
Hoy reconozco que no tengo que vivir mi vida ni tú la tuya, sino que todos tenemos que vivir la vida… ¿vamos?

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