domingo, 17 de junio de 2018

Leer es vicio pasajero, por Santos Muñoz Luna

Hace unos días recibí por whatsapp, remitida por una tal Beatriz, la foto de lo que parecía ser una carta de despedida de un viejo conocido, Jacobo Gramercy o Gramaticus, como le gustaba presentarse, cuando lo conocí brevemente en la revuelta Praga de finales de los años sesenta. La temblorosa letra y un idioma que ya apenas comprendo me impiden asegurar la correcta transcripción de este leve documento que parece una despedida y un panfleto contra la lectura de alguien que fue un gran lector. Compruebo también que tal vez solo sean los pensamientos desordenados de un viejo que teme la cercanía de la muerte:

“Nadie interprete lágrima o reproche en las pocas certezas que mis noventa y cuatro años soliviantan (dice justo eso, soliviantan) contra lo admitido por otros hombres. Al cabo de todo el tiempo que se me ha concedido, he comprobado que he perdido generosamente mis preciosos días y noches viviendo las vidas de otros, hollando las habitaciones sombrías de otros y amando a las mujeres terribles y hermosas de otros.
De nada me ha servido escuchar los pasos por oscuras callejuelas de Londres que propusieron tantos libros, porque nunca pude ver Londres; de nada me ha servido compadecer a Patroclo desollado por la cólera, porque entendí pronto que Troya solo era una montaña de escombros en la memoria de un ciego charlatán; de nada me ha servido pasar hambre en Toledo, miedo en la Rusia esteparia ante un general todopoderoso,  sufrir botulismo en los mares del sur o claustrofobia en una habitación de mi querida Praga. Todo ha sido mentira.
Las vidas que he vivido son incontables, pero siempre han sido vidas de otros. Hoy me apena comprobar que la vida mía es solo carne fláccida y esputos de sangre. Siento darme cuenta demasiado tarde de que he sido un gran usurpador incapaz por cobarde de bañarse desnudo y bajar el Misisipi acompañado del negro Jim o de resolver nefandos crímenes de la Guerra Fría, de los tiempos duros de la Ley Seca, de cualquier espacio donde se cometieron excelentes crímenes literarios.
La opinión extendida insiste en tópicos manoseados (así creo que lo dice, manoseados) y afirma que leer te diferencia de los animales, te procura consuelo, completa tu ocio, enriquece tu experiencia, te marca como ejemplar ciudadano. Pero después de tantas horas hurtadas al sol, a la contemplación verdadera de la belleza y al sexo de carne, no de papel, puedo rebatir esos engaños: soy un animal arrinconado que sabe que se va a morir, no me consuelan las palabras de los otros, veo la televisión para que se llenen mis últimas horas, apenas he logrado aplicar lo aprendido en los libros y además siempre he sido huraño y displicente con el vecindario y mi larga vida está vaciando las arcas de un estado al que sobrevivo a su pesar.
Ustedes tal vez logren y esperen consuelo, retrato o experiencia en ancianos versos. No se engañen: ni Horacio ni Petrarca inventaron las preocupaciones repetidas ni los ritos cambiantes del amor. El amor no se cuenta, debe vivirse. Y yo no tuve ningún amor semejante a los que me contaron tantos herederos del italiano.
Y para colmo observo que en los últimos años los libros de historia son sectarios, las biografías, caprichosas; las historias adolescentes, ñoñas; las memorias, selectivas y falseadas; los libros de cocina, tóxicos y presuntuosos; la poesía, hermética o autocomplaciente, onanista, venal.
Hoy, cerca del final, he comprendido por fin que todas las vidas y espacios que he usurpado no son míos. En mi juventud lloré con las amantes muertas, las guerras civiles perdidas, las heroínas adúlteras, los pastores de todas las églogas. Y en este momento trágico o cómico de mi final no soporto que se os siga engañando con la necesidad de la lectura. Yo leí mucho y no soy mejor que nadie y tal vez sea el más miserable de los hombres. Y me muero como todos. Leer me animó a comprobar todos los vicios, quebrantó mis ojos y mi espalda, quemó dos cortinas, tres sillones y cuatro almohadas con colillas despistadas y palmatorias con vértigo.
Desde hace unos meses una desconocida, Beatriz,… Beatriz, puñetero nombre, me corta las uñas, me peina, me sacude las sábanas, me lava el culo y me acompaña ante el televisor. En ocasiones, entre los concursos, las series o los telediarios me prevengo con cierto nerviosismo ante la seguridad de que aparezca  en la pantalla Matilde Urbach, esa mujer de papel que nunca desfalleció en mis brazos, pero que, estén seguros, tuvo rostro, abundantes ojos y labios y palabras cómplices para mí cuando la releía. La lista de sus atributos es larga no por petulancia, sino por el derroche de todos los años de mi vida en los que preferí vivirla desde el amor de otro ciego antes que enfrentarme cara a cara  con ella.
A veces le hablo a esta muchacha que me cuida con poco interés de mi tiempo perdido o le comento una lista tan acuciante como extensa de momentos estelares de la literatura. No me atrevo a decirle que me lea un cuento porque bastante hace ya por mí y porque la veo atareada con su teléfono rosa y marfil. Y Matilde Urbach cada día estoy más seguro de que no aparecerá en la tele para despedirse de mí.
Pero mañana pienso pedirle a Beatriz que me compre algún librito de poesía juvenil y bien rimada de la feria del libro que han montado en la plaza para llenar de palabras nuevas estas interminables horas. De algo hay que morir.”
Feria del Libro, 2018

Ilustración de Leli Cantarero


lunes, 11 de junio de 2018

¡Censura!, por Berganza

Amigo Cipión, ¡menuda lección magistral de Derecho nos acabas de dar! Yo creo que todo esto de lo que me hablas sobre la censura y la cercenadura de la libertad de expresión es bastante más simple de lo que nos quieres hacer ver entre tanto principio jurídico, más que nada para que quienes leen nuestros ladríos puedan entender de qué va esto. Tu libertad de expresión termina donde empieza mi derecho al honor y no hay más vueltas que darle. Esas leyes democráticas a las que haces referencia, en tanto que humanas, son imperfectas, útiles, pero imperfectas al fin y al cabo, de ahí la necesidad de que sean los jueces quienes las interpreten para impartir justicia.
La censura bien empleada es una garantía para mantener el orden, para lograr la estabilidad y para consolidar sociedades amenazadas por una libertad de expresión que da rienda suelta al libre albedrío de quienes en sus expresiones no buscan transmitir opinión, sino más bien zaherir al otro en sus sentimientos religiosos, políticos, ideológicos e, incluso, sexuales. Y cuando ese es el caso, el Estado ha de intervenir para asegurar una convivencia pacífica en la que nadie sienta desprotección o indefensión, ¿o acaso no es esa la misión de quienes nos gobiernan y la de quienes sobre el fundamento de la ley han de determinar los límites de la libertad de expresión?
Puede parecer que estoy en contra de este principio fundamental, pero no es así, pues de otro modo no podría estar aquí ladrando mis pareceres al respecto. Me planteas casos extremos en los que los jueces, que también son poseedores de su propia libertad de expresión y de sus pensamientos políticos e ideológicos, pueden hacer una interpretación sesgada de la Ley para defender un derecho individual de un sujeto que atenta contra los derechos individuales de toda una sociedad o el derecho colectivo de todos ellos a una convivencia pacífica que no tolere atentados contra el honor de los ciudadanos. ¿No es este un bien social, como tú lo llamas?
¿Qué habría pasado en el reciente partido de la final de la Copa del Rey si los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado no hubieran retirado las famosas camisetas amarillas y las esteladas? No concibo que un estadio de fútbol sea el escenario idóneo para formular una reivindicación pseudopolítica de tales características. ¿No existe acaso un derecho de manifestación consagrado en nuestra, maltrecha para algunos, Constitución?
Puedo admitir la primera de tus conclusiones, en cuanto la libertad de expresión sirve para limitar el poder del Estado, pero de ella se deriva la siguiente reflexión: un Estado no tiene más poder que aquel que libremente le han atribuido sus ciudadanos, que es en quienes reside la soberanía nacional y quienes libremente le conceden con su voto la capacidad de representarlos en el poder legislativo. Este derecho al voto es el que no admite restricción alguna, ni en el sufragio activo ni en el pasivo. Efectivamente, no existe una sociedad libre sin libertad de expresión, pero tampoco lo sería sin limitaciones que restrinjan el derecho al honor, pues es más peligrosa la reacción de quienes se sienten abandonados por quienes ocupan las instituciones garantes de la defensa de sus derechos que la de aquellos a los que tan solo no se les permita expresar sus opiniones si con ello su única pretensión fuera la de ofenderlos.

sábado, 2 de junio de 2018

¿Censura?, por Cipión

Querido Berganza, las leyes humanas democráticas consagran la libertad de expresión como uno de los Derechos Fundamentales. No siempre fue así. Nuestro “padre” Miguel de Cervantes tuvo que darnos entendimiento y voz a nosotros, dos canes pulgosos, para poder criticar la corrupción y vileza de su época. El ejercicio del derecho de opinión no es ilimitado, casi todos los países lo limitan basándose en el “principio del daño” postulado por John Stuart Mill, esto es: cada individuo tiene el derecho a actuar de acuerdo con su propia voluntad en tanto que tales acciones no perjudiquen o dañen a otros.
El choque entre dos derechos fundamentales (expresión frente a derecho al honor) está provocando conflictos legales, políticos e incluso éticos entre los humanos. Por un lado, las leyes actuales se ponen de parte del ofendido, con una regulación más limitante de la libertad de opinión (Ley de Seguridad Ciudadana o “ley mordaza”) e interpretaciones restrictivas de los jueces. Así, hoy en día, tuiteros y blogueros, raperos, humoristas e incluso expresiones políticas se han visto cercenadas y penadas por la Ley, debido a que se ha considerado que ofenden o agreden al honor de otros ciudadanos, entre ellos, víctimas de atentados terroristas. Se está llegando a hablar de la vuelta de la censura.
La dificultad en estos casos es establecer el límite entre crítica vs. ofensa u opinión vs. insulto. ¿Quién establece el grado de ofensa merecedor de sanción? ¿un juez, la tradición, la opinión mayoritaria, la jurisprudencia…? A lo largo de la Historia, la libertad de expresión se ha empleado como motor de cambio político y siempre el poder ha utilizado la ley para silenciar esas voces discrepantes acusándolas de incitación al odio. En 1919 el Estado de California prohibió la exhibición de banderas rojas y condenó a la joven comunista Yetta Stromberg por ello. En 1931, el Tribunal Supremo (Stromberg v. California) estimó que esta disposición legal era inconstitucional, violando la primera y la decimocuarta enmiendas. Más adelante, el Estado de Texas promulgó una ley para perseguir la ofensa a símbolos venerables, como la bandera nacional y condenó al activista Gregory L. Johnson por quemar una bandera de EE.UU. durante una manifestación en 1984. Nuevamente el Tribunal Supremo estimó que el gobierno no puede prohibir la expresión de una idea solo porque socialmente se considere ofensiva o desagradable. Siguiendo a Salman Rushdie: uno de los problemas de defender la libertad de expresión es que a menudo tienes que defender personas que opinas son indignantes, desagradables y repugnantes.
Estas sentencias se basan en dos principios: primero, el principio de que la libertad de expresión es un medio de limitar el poder del Estado. En segundo lugar, la libertad de expresión debe sobreponerse al derecho al honor. Las restricciones a este derecho deben ser mínimas ya que el mero ejercicio del derecho de opinión no solo supone un derecho individual, sino que es un bien social. No existe una sociedad libre sin libertad de expresión. Por todo ello, se puede deducir que una democracia saludable debe proteger al máximo la posibilidad de expresarse y no puede garantizar a priori a sus ciudadanos el derecho a no ser ofendidos.
Por tanto, Cipión, opino como George Washington: si se nos quita la libertad de expresión nos quedamos mudos y silenciosos y nos pueden guiar como ovejas al matadero.

viernes, 25 de mayo de 2018

El ladrío primavera 2018

Ya está disponible la edición de primavera de la revista El Ladrío. Pincha aquí o en la imagen para leerla. Más abajo te dejamos unas pinceladas de lo que incluye.


https://drive.google.com/file/d/1oqX-BdHKUyu0_UbHpsAVqwk29HCXPMlY/view?usp=sharing

Este año la primavera viene tardía y nuestro Ladrío también. Y tormentosa, como el tema central sobre el que opinan Cipión y Berganza. ¿Dónde se deben establecer los límites entre la libertad de expresión y el respeto o el honor? ¿Hasta qué punto son compatibles o unos coartan a los otros? Ladran, pero no muerden; se enfrentan dialécticamente, pero sin ofenderse; nos dan sus puntos de vista desde la tolerancia. No por nada ellos son el emblema de esta revista y el símbolo de la filosofía de la Asociación Cultural El coloquio de los perros.
Huimos de eso que, sin bozal y con afilada pluma, ataca nuestra querida Camacha, Leonor Rodríguez; el “critica, que algo queda”, tan mediático y postmoderno, tan inquisitorial y clásico.
Nuestra asociación, y nuestra revista, es diálogo. También es cultura. Y en primavera, con un origen tan apegado a Cervantes y una vida tan ligada al Inca Garcilaso, es Día del Libro. Literatura que no falta en estas páginas a través de numerosas recomendaciones y variadas aportaciones narrativas de nuestros colaboradores.
Junto a ellas, opiniones y recomendaciones lúdicas y viajeras, que el viajar también es cultura, abre la mente y nos hace más tolerantes.
Como no todo en El coloquio de los perros es El Ladrío, también tenemos otras actividades. Y en estas fechas, tan literarias como hemos mencionado, es cuando abrimos la participación en nuestro concurso de relato corto y fotografía, que va ya por su decimosexta edición, y al que invitamos a mandar sus obras a todos nuestros lectores. “¿Susto o muerte?” es su tema y en nuestra web pueden encontrar las bases.
También les invitamos, si pasan por Montilla o viven en ella, a acercarse hasta la Taberna Bolero, en la que exponemos las imágenes más destacadas de la ruta fotográfica que celebramos cada otoño. Si no tienen la posibilidad de acudir presencialmente, en nuestra web y redes sociales las pueden contemplar igualmente.
La última invitación que les dejamos en estas líneas es la de lanzarse a la lectura, más que interesante y aconsejable, de las páginas que conforman esta edición primaveral de la revista El Ladrío.

domingo, 20 de mayo de 2018

Viaje con nosotros: Assen, por José Alfonso Rueda


No es el norte de Holanda el primer lugar que a uno se le viene a la cabeza cuando piensa en realizar un viaje. Y si añadimos, por concretar más, que el destino es la provincia de Drenthe, lo más probable es que nos venga a la memoria aquel jugador del Real Madrid más recordado por su peinado que por sus dudosas dotes futbolísticas.
Pregunta de Trivial Premium. ¿Alguien sabe cuál es la capital de Drenthe? Es sencillo de responder, viene en la Wikipedia. Se trata de una ciudad de unos 70 mil habitantes llamada Assen. Y puede que ahora sí empiece a sonarles el nombre, en especial si son aficionados a los deportes del motor. Allí se encuentra el TT Circuit, la catedral del motociclismo, donde desde hace más de sesenta años se viene celebrando el Gran Premio de los Países Bajos.
Aunque uno tiene una culturilla general y conocía sobradamente este dato, las motos me llaman bastante poco la atención. Soy más de visitas culturales, gastronómicas y enológico-cerveceras, y Assen destaca poco en cualquiera de esos aspectos. ¿Qué endemoniada conjugación de astros podría llevarme, pues, hasta ese perdido rincón del mundo?
Simplemente, que es la tranquila y anodina capital de una tranquila y anodina provincia del tranquilo y anodino norte de los Países Bajos. El lugar perfecto para estudiar el sistema educativo holandés y tomar nota de aspectos que, pese a las diferencias de recursos y presupuestos, se puedan trasladar a mi cotidiano quehacer laboral.
Entusiasmado por esta perspectiva, llegué a Assen en el tren que me llevaba desde Ámsterdam. Al contrario que en la capital holandesa, los turistas brillan por su ausencia, los escasos canales tienen una función de vía de transporte de mercancías nada ornamental y la inmensa mayoría de edificios son modernos, nada llamativos y con escasas décadas de antigüedad. Tan solo destaca el antiguo monasterio en el que se ubica el Museo Provincial, y en torno al cual se fue desarrollando la ciudad desde su fundación en el siglo XIII.
Verde, mucho verde, kilómetros de carriles bici y miles de ciclistas, como en todo el país. Sin embargo, a diferencia de las cosmopolitas Ámsterdam o Rotterdam, de la industrial Eindhoven, de la histórica y turística Utrecht o de la administrativa La Haya, en Assen encontramos la Holanda profunda, interior y más rural, más gris y aburrida pero más tranquila y culta. Un retrato más real de una cultura y una sociedad, menos adulterada por las hordas de turistas, políticos o ejecutivos. Un lugar donde disfrutar, por ejemplo, de los quesos o chocolates típicos a unos precios no abusivos, donde conocer bares, pubs y cervezas con sello autóctono, sin franquicia internacional.
Una zona de Holanda, además, que no se puede entender sin sus espacios naturales, abundantes, respetados y conservados, salpicados de pequeños y pintorescos pueblos que no se deben dejar de recorrer en bicicleta a través de esos carriles bici interminablemente llanos que lo abarcan todo como vasos sanguíneos. Un placer necesario y obligado.
Otra visita precisa en una provincia que tan intensamente sigue manteniendo la esencia holandesa como Drenthe es alguno de los numerosos molinos que aún siguen existiendo, muchos de ellos convertidos en museos, sin las aglomeraciones turísticas de otros similares en otras regiones del país, y que tan bien sirven para entender la historia y la idiosincrasia de los Países Bajos, su lucha contra el mar y la visión comercial y mercantil que desde hace siglos ha caracterizado a sus habitantes.
Como colofón a este vistazo sobre Assen y su entorno, una recomendación: hacer los 15 minutos de tren hasta la cercana Groningen. Histórica y monumental ciudad universitaria con un asombroso ambiente, más propio de latitudes mediterráneas.

martes, 15 de mayo de 2018

Alimentación sostenible, por Leonor Rodríguez, "La Camacha"

¡Qué fácil os resulta hablar de comida en el siglo XXI! ¡En mi época os quería haber visto yo! O sin ir tan lejos, solo unas décadas antes de la fecha de hoy. Sois sibaritas porque estáis mal acostumbrados. Decís ¡ya no quiero más!, y tiráis a la basura toneladas de alimentos que de no ser por vuestra facilidad para producir ya os cuidaríais de no malgastar. En mi época nos comíamos las gallinas solo en días especiales y ¿los pollos? Eso de comérselos… ¡Eso es una costumbre novísima!
Pero no… no quiero hablar del pasado y tampoco andarme por las ramas. Voy a ir al meollo. ¿Puede la agricultura ecológica atender las demandas alimenticias de la sociedad actual? Pues claramente no, no y NOOOOOOOO.
Dejaros de que si “lo ecológico” es lo que más sabor tiene, de si es lo más sano para mis hijos, de que si sin esos pesticidas el medio ambiente tiene menos afectación... Los sabores son relativos y he probado algunos tomates que en nada tienen que envidiar a los que me comía en mis tiempos cuando lo más que se podía echar al huerto era estiércol y agua. Además, el aspecto o texturas de los productos convencionales son infinitamente más cuidados que los que tienen la denominación ecológicos. Pero vamos, que eso de ecológicos lo pongo en duda desde el primer momento porque hay mil variables que influyen en la producción agrícola de un campo y que en nada dependen de él sino de los colindantes, del subsuelo o del aire, por poner algunos ¿O es que si en un campo aledaño echan productos no llegan también al ecológico? Si se tiene un pozo, ¿se sabe que el acuífero está constantemente limpio? ¿O tal vez las partículas no flotan en el aire y se dispersan al albur del viento? Anda, anda... no os fijéis en la paja del ojo ajeno y ved la viga en el vuestro. ¿Que a qué me refiero? Que coméis patatas, lechugas, tomates, plátanos… con la denominación ecológico pero bien que luego engullís o utilizáis en vuestro propio cuerpo cientos de miles de productos de los que jamás sabréis, ni os preguntaréis por ello, de dónde han salido y que, pese a quien pese, por sus propias características, son incompatibles con encontrarlos tal cual en la naturaleza, sin acción del hombre.
En fin, volviendo a lo de más arriba, que la agricultura ecológica es incapaz de darle de comer a los miles de millones de personas del mundo. No lograría abastecerlas y además no habría bolsillo que lo pudiera pagar… porque esa es otra. Los productos ecológicos tienen un precio sensiblemente superior a los que no lo son y por ello, se tienen que quedar en eso, delicatesen gourmet que se vendieran más por el subconsciente que por lo que en realidad sean.
Ahora bien, y en todo caso, lo que sí deben tener los productos que consumís, TODOS, son unas garantías desde su concepción, cultivo, recolección, distribución y venta… Si eso se cumple, lo demás, como en el caso de la agricultura ecológica, sería eso, una añadidura, unas particularidades, similares a los que puedan tener por ejemplo otras características organolépticas.
La humanidad es voraz, no tiene límites… siempre que no os lo autoimpongáis en vuestro día a día, no lograréis hacer este planeta un lugar sostenible. Debéis ser menos consumistas, más respetuosos con la madre naturaleza a la que manejáis cual bebé emperador.

lunes, 7 de mayo de 2018

Exposición fotográfica V Ruta Fotográfica "El coloquio de los perros"

El jueves 10 de mayo de 2018 se inaugura en la Taberna Bolero de Montilla una exposición con las fotografias más destacadas de la V Ruta Fotográfica "El coloquio de los perros", que tuvo lugar el pasado 18 de noviembre de 2017 y que transcurrió por los antiguos molinos de aceite del Carmen y del Pinar, así como por las instalaciones de Aceites Bellido en la finca Juan Colín, donde tuvo lugar una visita guiada por la almazara, los olivares y el museo del aceite.
Las 10 fotos expuestas, que se mantendrán hasta el 10 de junio de este año, fueron tomadas por José Bellido Alcaide (3), David Luna Blanco, José Alfonso Rueda Jiménez, José Manuel Márquez García, José María Alcaide Lara (3) y Mariquina Sánchez Armada de entre un total de 122 imágenes enviadas.

Asociación Cultural El coloquio de los perros

Asociación Cultural El coloquio de los perros
Con la tecnología de Blogger.

Sí­guenos en Facebook

Concurso de Relato Corto y Fotografía

Cata de cerveza

Últimas noticias