domingo, 19 de febrero de 2017

El Ladrío Invierno 2017

https://drive.google.com/file/d/0B5w63sv6aiNeZUswV3BWX3hEd1U/view?usp=sharing
Este número de El Ladrío lo preside el vino.
En nuestra portada, la imagen ganadora de la cuarta edición de nuestra ruta fotográfica, tomada en la sacristía del Lagar Los Raigones. El resto de fotos finalistas, además de en nuestra web, pronto estarán expuestas en la Taberna Bolero, lugar donde se venera el buen vino, su crianza, su degustación y a su degustador.
En las páginas centrales, Cipión y Berganza, nunca de acuerdo, siempre dialogantes, intercambian opiniones sobre el enoturismo.
Casi al final, en la penúltima página, que la última es para nuestras píldoras viajeras, Leonor Rodríguez “La Camacha” se suelta de nuevo el bozal y dice sin tapujos lo que opina de los consejos reguladores.
Entre medias, como mimbres que tejen el armazón de esta revista, opiniones, recomendaciones, poesía o narrativa.
Sin embargo, el alma de esta edición de El Ladrío se encuentra en la página 13. Sonia Zurera escribe el verdadero editorial de esta revista en memoria de Nacho Montoto, su amigo, nuestro socio, el prometedor poeta ya consolidado, que se nos fue el pasado 8 de enero sin avisar, poco después de tuitear, como tantas veces, sobre su querido Atleti.
Desde la Asociación Cultural El coloquio de los perros lamentamos la pérdida de nuestro socio, transmitimos nuestras condolencias y más sentido pésame a familiares y allegados y nos unimos a su recuerdo y homenaje. Descanse en paz.
Haz click sobre la portada para leer la edición de Invierno 2017 de El Ladrío.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Píldoras deliciosas: Delft, por Paco Vílchez Rodríguez


Otra vez ando por aquí, alojado en la dulce contraportada de “El Ladrio”. Sin fecha de caducidad, y es que eso de contar sensaciones viajeras me alimenta. Al fin y al cabo me transformo en viajero para sentir y contar. Y este marco me parece genial. Con miles y miles de kilómetros en mi alma me he decidido por recordar y volver a vivir estímulos en lugares de esos que a veces pueden parecer segundones. Y aunque Delft, a simple vista no parece tener cerca de cien mil habitantes, por ahí anda. Podríamos decir que es un gran segundón.
Pero aparenta todo lo contrario, parece querer pasar desapercibida, si levantar la voz, sin un tono más alto que otro. Solo las obras del tranvía dan señales de ser una ciudad habitada y creciendo, como esa niña que empiezan a salirle los pechos. Pero las curvas de niña adolescente van tomando forma y cuando el viajero pasea por sus bellas calles del casco antiguo entre canales y edificios engalanados con azulejos de cerámica con tonos suaves y bellos, es cuando uno siente la grandeza de la niña adolescente hecha mujer madura. Todo ello rodeado de una paz y un silencio balsámico.
Delft se deja descubrir, serena, convencida de que enamora, y sin duda es así; quizás por ello Johannes Vermeer quiso hacerla suya para vivir, sentir y crear junto a sus faldas.
Sin duda esa pasión envuelve al viajero por cada rincón del barrio antiguo de la ciudad. Y es que en él, en plena Plaza del Mercado, la propia Delf se reta a sí misma. Ayuntamiento e Iglesia Nueva se miran de frente, a cual más bello, más bella. Como esa mujer joven y madura a la vez que cada mañana se observa al espejo descubriendo sus arrugas y su belleza. El primero guarda siglos de historia relacionada con la realeza orange y la segunda… La segunda es impresionante, su torre toma dimensiones infinitas en el cielo, haciendo perder al viajero que la contempla la noción de la distancia. Supone moldear con la mirada su silueta, poco a poco, lentamente, observando y evadiéndose del entorno. Luego, al volver a la realidad, uno despierta rodeado de bellos cafés de arquitectura típica de estas tierras del norte, donde la duda aparece ante la necesidad de elegir. Y es que Delft, en esa lucha continua por ser ella misma, sigue presente siglos después en cualquier lugar de los Países Bajos. Sus suspiros en forma de cerámica enamoraron a reyes, mercaderes, judíos adinerados, clérigos y un largo etcétera.
Los aires fríos de febrero disparan las sensaciones del viajero, que a veces entre tanta belleza se sorprende por imperfecciones perfectas, como la torre de la Iglesia Vieja, ladeada, y dando un toque caprichoso, marcando su territorio a escasos metros de la Plaza del Mercado. Imperfecciones de mujer madura que muestra con gracia y orgullo, y que la hacen diferente a cualquier otro lugar visitado, a cualquier otra mujer conocida.
Pero Delft no se conforma con enamorar simplemente con su historia, por eso se adapta a los tiempos y en un toque fresco de cabello revuelto al viento, leggins, sonrisa agradable y a golpe de pedaleo, muestra su cara más coqueta, más atrevida. Como esa chica joven que, pedaleando una pequeña carriola con media docena de pequeños rubitos de poco más de tres o cuatro años, sentaditos, y protegidos del frío por un toldo transparente, avanzaba hacia el colegio, mamando desde su temprana edad el sano vicio de la bicicleta.
Lo dicho, Delft supone una píldora deliciosa en los Países Bajos.

domingo, 12 de febrero de 2017

El turismo sostenible, ¿lujo o necesidad? Por Leonor Rodríguez "La Camacha"

Cada vez me gusta menos salir de vacaciones. Puede parecer una exageración, o sonar directamente mentira. Y no es porque no las necesite o porque no me guste viajar, sino porque me agota el modelo de turismo al que por la publicidad, los operadores de viajes, la crisis económica, el terrorismo internacional o qué se yo nos vemos abocados. Podemos buscar las excusas y los pretextos que deseemos, pero lo cierto es que viajar ya no es un placer. Me estresa sobremanera la mera idea de visitar lugares donde no podré escapar de las grandes aglomeraciones, donde no seré capaz de encontrar una mesa en un restaurante medianamente aceptable para comer con tranquilidad, donde pasear como un lugareño más, sin la obligación de visitar catedrales, museos y otros monumentos o atracciones turísticas. Lejos de los réditos derivados de la actividad turística, el turismo ha experimentado en las últimas décadas un desarrollo desmesurado que ha conllevado, en ocasiones, que los centros de las ciudades, iguales unos a otros, se asemejen mucho a un parque temático.
Ciudades como Barcelona, París o Londres pueden ser muy cosmopolitas para los bolsillos de turistas adinerados que a golpe de talonario se permiten la exclusividad de la que no podremos disfrutar los turistas normales que buscamos un vuelo de bajo coste y reservamos un hotel en el quinto pino para que resulte más barato y podamos prolongar la estancia una noche más. Así no es de extrañar que nos conformemos con circuitos, viajes programados y cruceros que no dan más opción al turista que la fugaz visita a los imprescindibles de cada destino.
El turismo urbano se ha convertido en una pesadilla para los locales y los turistas que disfrutan pasando desapercibidos y mimetizándose con aquellos, para quienes pasear por su ciudad o ir con sus hijos al parque ha dejado de ser una actividad relajante. Los cascos históricos están plagados de McDonald’s, Domino’s Pizza, Zara, H&M, etc., lo que los convierte en franquicias turísticas a modo de escaparates al servicio de grandes empresas. Pero Barcelona es mucho más que La Sagrada Familia, el Parc Güell y el Camp Nou, así como Londres trasciende Buckingham o París el Arco del Triunfo. Es cierto que recientemente se ha ido diversificando la oferta hacia un modelo turístico más sostenible; ahora se pueden realizar rutas singulares, como la de los mercados tradicionales de Londres, que aportan un encanto diferente al de las llamadas “visitas obligadas” (must-see, en inglés), un turismo alejado de los grandes monumentos que anhela otra cultura distinta de la que ofrecen los museos. ¿Y si en lugar de un autobús al que te subes y te bajas tropecientas veces con el tiempo justo para hacer la foto alquilases un coche y recorrieras los recoletos pueblos de la campiña inglesa a tu ritmo? Sí, te perderías la Abadía de Westminster, pero… En España, la Alhambra de Granada ha dejado de ser ese palacio misterioso, de inspiración literaria, en el que rememorar el pasado nazarí del último bastión de la Reconquista para convertirse en una atracción para ser fotografiada cuya excepcional belleza cuesta contemplar entre la muchedumbre.
En el ámbito rural, el asunto no es baladí tampoco. Espacios naturales hasta no hace mucho poco frecuentados se han ido convirtiendo en auténticos parques temáticos. Hordas de seudosenderistas invaden el Caminito del Rey en Málaga y muchos parques naturales ya son escenarios de algo parecido a un safari, lo que difiere mucho del ecoturismo que ya se practica en muchos lugares.
Mucho me temo que no será posible mantener este tipo de turismo durante mucho tiempo, no al menos en España, donde el turismo representa casi el 11 % del PIB, si no se procura una mayor sostenibilidad que evite los perjuicios a los locales y, a la larga, a la propia industria turística.

martes, 7 de febrero de 2017

Claus y Lucas, por Ofelia Ara Rouse

Hungría se alió con la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Tras la caída de Hitler, fue ocupada por tropas soviéticas. Pasó a ser un país comunista hasta 1991. En este país nació Agota Kristof aunque lo abandonó en 1956.
Dos gemelos huyen de la guerra y van a casa de su abuela, en la frontera. Allí aprenden lo que es una vida dura, deshumanizada, donde los valores de la convivencia se han perdido. Todo lo que rodea es pobreza y miseria, tanto física como moral, encarnado en el personaje de la abuela, entre otros. Mediante un estilo descarnado y seco, la escritora pone ante nuestros ojos la evolución que Claus y Lucas tienen que afrontar para sobrevivir, donde la primera premisa es no sentir, llegar a tener la coraza suficientemente dura como para que el horror circundante no haga mella en sus almas. Pero este “aprendizaje” tendrá sus consecuencias negativas pues en el endurecimiento va implícita la aceptación del mal, como si este fuera un antídoto para los sentimientos humanizadores que habitan en su corazón. Sin embargo, pasados los capítulos más duros sobre la supervivencia, una luz dentro de ellos empieza a iluminar la miseria moral que los envuelve. Es la luz de la inocencia aún no perdida del todo, la visión del que no comprende el desprecio al otro por la simple razón de que es judío, desprecio que rezuma de los vecinos a los que creen conocer y, sobre todo, la visión del que no comprende la falta de compasión, siendo el mayor mal moral de todos. Aun así, incluso en situaciones deshumanizantes, destacan la ternura y la humanidad bondadosa de las personas.
No obstante, como una historia dentro de otra, al modo no ortodoxo de las cajas chinas, no dejan de ser inquietantes los dos hermanos, tanto por sus pensamientos como por sus actos, entre los que está el asesinato compasivo. En nuestro propio aprendizaje se nos enseña que evitar el sufrimiento gratuito es hacer justicia, pero, ¿cuántos hemos sido capaces de poner en práctica esto? Claus y Lucas, sin maestros ni familia educadora, llegan a esa misma conclusión solos, por pura necesidad y anticipando su posible y propia experiencia futura, por pensar que así tendrán la garantía de que alguien les ahorrará la agonía de un gran sufrimiento. Una frase los define muy bien pese a (o precisamente debido a) su juventud: “nosotros no olvidamos nunca”.
Y volviendo a las falsas cajas chinas anteriores (falsas porque no se tratan historias diferentes unas dentro de otras, sino que todo el relato mantiene un hilo conductor sin que perdamos la sensación de que estamos ante otra historia nueva), llegan los tiempos de “paz” soviética y se incorporan a la narración otras personas devastadas por la guerra. Vuelve a asomar la infancia, triste y desesperanzada, mediante un nuevo niño, cuyo miedo al abandono y a la soledad pesa como una losa. Y pasan los años y queda claro que nadie es igual después de una guerra pues las heridas del corazón se tapan groseramente. Las generaciones futuras no veremos esas heridas ni comprenderemos nunca que, rascando un poco, aparezcan con tanta facilidad.
La historia de Claus y Lucas va y viene, es una historia dentro de otra, como si se tratara de una caja de sorpresas. Abrimos una caja y sale una idea, dentro hay otra caja y sale otra idea donde en su interior está la misma historia desde un punto de vista distinto, y así hasta provocar desconcierto. Pero lo que sí perdura en nosotros después de leer el libro es una mezcla de estupor al tener que aceptar, de nuevo, que la maldad humana en la guerra no tiene límites y de congoja al reconocer, una y otra vez, que este horror sigue pasando ante nuestra impotencia, en muchos casos, y nuestra indiferencia, en la mayoría. Sin necesidad de descripciones detalladas, Agota Kristof es capaz de impregnar el ambiente de miseria, en especial de miseria moral. Sin embargo, al terminar la lectura, también reconocemos un destello de esperanza, como si el sacrificio de una generación pudiera ser alguna vez la ceniza sobre la que quizá salga un mundo nuevo.
“Claus y Lucas” se lee como una novela (en realidad es una trilogía, escrita entre 1987 y 1991) sobre la infancia y la guerra, aunque bien podría leerse como una metáfora en la que la propia Hungría toma el cuerpo de dos niños para demostrar que no lucha a favor de ningún bando sino del suyo propio. Los relatos sobre las sucesivas intervenciones, apenas entrevistas, de soldados extranjeros que se hacen llamar salvadores de la población se ven, si no fuera por lo terrible de sus consecuencias, con la ironía suficiente como para que comprendamos el sentir de gran parte de la población ante las injerencias externas. Parece que Claus y Lucas, Hungría en definitiva, dicen: podrán venir los nazis, podrán venir los soviéticos, nosotros seguiremos siendo los mismos.

Claus y Lucas”. Agota Kristof.
El Aleph editores. Colección Booket. 2015

miércoles, 1 de febrero de 2017

El sol que nos alumbra, por Alba Delgado Núñez

Definitivamente, se ha acabado el verano.
Quedan meses de frío, de invierno, de lluvias, de chaquetones gordos, guantes de lana, de brasero. Los apuntes encima de la mesa y los fosforitos coloreando las páginas. Llegan de gordo los días nublados, aunque a mi ventana alumbra algún que otro sol. Y es que la vida es así, a veces nos sorprende. Queremos ir por un camino, pero el camino se acaba y el tonto sigue. Si, en vez de cerrar la puerta, la entornamos… dejamos abierta la posibilidad de que otro aire se cuele. Quizá el amor, como pareja de enamorados, no fue nuestra guerra. Pero en el mundo existen, por fortuna, muchas formas de amar, muchas maneras de decir “te quiero” Esas dos palabras que tanto alumbran y tanto miedo llegan a dar. Las más difíciles del mundo entero.
Y es que nos cuesta aceptar que todo cambia con el tiempo. Las pasiones eternas duran sólo un rato y lo demás se cuece a fuego lento. Lo malo, lo que realmente es veneno, es que vemos llegar el último momento y lo postergamos hasta el punto de no retorno. Donde no hay vuelta atrás, donde ya nos hemos aborrecido tanto que desearíamos con toda el alma borrarnos del mapa. Por eso nos mutilamos a diario y a deshoras. Por eso confundimos nuestras pretensiones. ¿Qué es lo que queremos terminar? ¿La relación, el mal rollo, la situación…? Déjalo, si no es tu tipo, déjalo. Tened una buena conversación, brindad mil veces, reíos al amanecer y, si ha de acabar, que sea con lágrimas de alegría. Después de todo, habéis formado parte de la vida del otro durante un tiempo. Habéis aprendido de ambos, habéis compartido momentos inolvidables y ¿por qué llevarse a matar? No, ese estilo no mola nada.
Pero es algo que cuesta aceptar. Cuando conocemos a una persona que nos entra por los ojos, lo primero que pensamos es en mantener una relación que traspase la amistad. Ya sea por una noche, un rato o toda la vida. Pero nunca nos planteamos el hecho de que esa persona aún es una desconocida. Para mirar por dos hay que saber mirarse a uno mismo. Entendernos y aceptarnos luchar por nuestros objetivos, vivir nuestra vida de tal manera que no tengamos nunca que arrepentirnos de aquello que no llegamos a hacer. La base principal del amor empieza por nosotros mismos. Cuando estemos seguros de quiénes somos y qué es lo que queremos entonces podremos abrir los brazos. Cuando tengamos asumido que nadie más que nosotros puede cambiar nuestra vida.
Entonces todo lo demás cambiará. Por eso la vida nos sorprende. Por eso en mi ventana brilla ahora algún que otro sol. Nos ha costado aceptarlo, pero hemos llegado a saber que, aun así, nos queremos. Nos queremos tanto que el uno mataría por el otro. Y que no nos vamos a casar, ni volveremos a ser amantes. Lo cierto es que no sé si es la sociedad o es nuestra cabeza la que nos mete en un bucle harto de confusiones. La felicidad se encuentra en uno mismo, es la verdad. En el momento en que aceptamos quiénes somos y qué queremos hacer, mientras luchemos por ello, iremos atrayendo lo que buscamos. Mientras no sepamos quién es la persona del espejo, haremos una mala presentación. Y ahora, ahora que lo tenemos claro, nadie nos puede parar. Aquel con quien has compartido tanto, aquel que tanto te conoce. Siendo transparentes, llegamos a todos lados. Llegamos sin impedimentos, sin tontunas, ni torturas.
Es por eso que, aunque los días empiecen a estar nublados, no hay cosa que más me guste que seas tú el sol que me alumbre. ¿Y sabes qué? Que estoy feliz.

sábado, 28 de enero de 2017

La novia, por Virginia García Gómez

Suelo recomendar literatura, pero hoy quiero hacer algo distinto y recomendar una película con algo de trampa, La novia (2015,- 93 minutos), dirigida por Paula Ortiz.
Esta película es una adaptación libre de la obra Bodas de Sangre, escrita por Federico García Lorca; esa obra de teatro que nos obligan a leer, resumir, analizar y memorizar hasta la saciedad en Secundaria.
Entre el elenco de actores se encuentran Inma Cuesta, María Alfonsa Rosso, Alex García, Asier Etxeandía, Leticia Dolera, Carlos Álvarez Novoa, Luisa Gavasa y Ana Fernández.
Respecto del argumento de la película, qué puedo deciros, ¿quién no lo conoce? Una novia, dos hombres, una boda y sangre.
No podría deciros qué es lo que más me ha gustado de la película; son tantos los aspectos destacables. Por ejemplo, la simbología. Toda la película, al igual que la obra, es pura metáfora y simbología, desde el paisaje donde se desarrolla, ese secarral que impregna la vida de los personajes, que se mete en su cuerpo; hasta la casa derruida donde viven que vaticina la desolación que aguarda; el calor, el caballo, las frutas, los espejos…
Algo de lo que no pudimos disfrutar con la lectura es la banda sonora. Podemos escuchar a Inma Cuesta cantando La tarara o Los cuatro muleros, o a Vanesa Martin cantando La Nostra Novia, canciones como Nana del Caballo Grande, Take this Waltz, las composiciones de Shigeru Umebayashi… Puro simbolismo que se añade a la trama.
Destacable también el reparto: Inma Cuesta, que te arrastra en su drama, en su elección, en su fatalidad; Asier Gómez Etxeandía, tan enamorado y tan vengativo a la vez. Cuadran a la perfección. La escena donde Inma Cuesta canta La Tarara, y cómo Asier Gómez la busca con la mirada, es genial.
Pero mi escena favorita, sin duda, es la más trágica. (sin hacer spoilers, ya que no escribo más de lo que ya está escrito): cómo se enfrentan el escogido y el abandonado. Y cómo la última visión de uno de ellos es ver que la mujer amada solo tiene ojos para el rival. Es devastadora.
Esta película es pura emoción, pasión y sentimiento.

martes, 24 de enero de 2017

La televisión que somos, por Alicia Galisteo Alcaide

En la actualidad, se está poniendo cada vez más de moda ir más allá de lo que los demás pueden ver de nosotros, indagar cómo somos y cómo queremos llegar a ser. A esto ayudan las frases motivadoras de Facebook o las diversas historias que leemos cada día en las diferentes redes sociales. Esto no es nada nuevo, ya que hay tres preguntas que se han ido repitiendo a lo largo de la historia: ¿de dónde venimos?, ¿quiénes somos? y ¿hacia dónde vamos?
Estas preguntas, en la actualidad, pueden tener diferentes visiones y respuestas, pero en este artículo quiero reflexionar sobre la influencia que tienen los medios de comunicación y cómo influyen en nuestra socialización, nuestros prejuicios, nuestra cultura y en nuestra conciencia. Así, me centraré en la televisión y en la forma en la que nos socializa.
¿De dónde venimos?
Venimos de una socialización primaria que es de la que se encarga la familia, para después seguir con una socialización secundaria cuando empiezas a relacionarte con otras personas de tu edad con la que compartes juegos, las primeras conversaciones con o sin sentido y con la que empiezas a darte cuenta que no estás solo en el mundo. Pero la socialización secundaria también son los medios de comunicación como la televisión (telediarios, series, programas de entretenimiento…), móviles, ordenadores…
Siempre suelo pensar que la primera vez que me senté delante de un televisor empecé a comprender el mundo, pero también a ser una persona con prejuicios, una persona con empatía hacia lo que ocurría en el resto del mundo que la inocencia me impedía creer. A todo esto, se suma toda la publicidad con sus respectivos mensajes subliminales; por ejemplo, si se ponía una serie de Antena 3 eran una media de 50 anuncios.
¿Quiénes somos?
Los veinteañeros que vemos de cerca los treinta y que en su ADN cultural llevamos los lastres dejados por el abusivo consumo de televisión tenemos estereotipos de las personas, en gran parte por lo que hemos visto en televisión. Ahora recuerdo algunas series de las que he visto como Ana y los 7 o Los Serrano y, más recientemente, El Príncipe, con una diferencia de género muy marcada. Y no sólo series han hecho de la diferencia de género su gran baza y es que, ¿quién no ha jugado a Furor alguna vez y ha hecho quedar muy mal a los hombres con el popurrí?
La sociedad cambia y la televisión se tiene que adaptar a lo que piden los espectadores para que sus ganancias no decaigan, pero éstas siguen unos patrones difíciles de cambiar. En las series mencionadas, las mujeres se ocupan del hogar y de la crianza de los hijos y si trabajan lo hacen en oficios que siempre han ejercido las mujeres (maestras, camareras o niñeras), mientras que los hombres son los que trabajan como ejecutivos o policías, sosteniendo de esta forma la familia. Por otra parte, los protagonistas tienen tórridas historias de amor desde el primer capítulo; ese amor romántico proclamado a los cuatro vientos desde las películas de Walt Disney (sí, el del congelador) y con el que soñamos todas las personas, confundiendo la realidad con la ficción.
¿Hacia dónde vamos?
La sociedad cada vez está más informada por los diferentes y diversos medios de comunicación. Por ejemplo, la televisión en España ha pasado de tener cuatro canales nacionales y uno regional a alcanzar en diez años una veintena de canales nacionales y al menos dos regionales.
Esto significa que los ciudadanos tenemos más oportunidad de elegir lo que queremos ver, cómo lo queremos ver y la inmediatez con la que lo queramos ver, y es que la imposición del Ahora que han traído las redes sociales ha hecho que la televisión se adapte a los nuevos tiempos. Esta reflexión la escribo para crear la conciencia de que somos lo que vemos (y sí, Telecinco y el Grupo Mediaset siguen siendo los líderes de audiencia).

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