domingo, 14 de julio de 2019

18 Cata de Cerveza "El coloquio de los perros"

Los próximos días 25, 26 y 27 de julio, de jueves a sábado, a partir de las 21 horas, en las Naves Municipales de Avenida de las Camachas de Montilla (antiguas naves de Ciatesa), la Asociación Cultural El coloquio de los perros celebrará su 18 Cata de cerveza.
El evento, una actividad de referencia en el verano comarcal, que cuenta con la colaboración del Ayuntamiento de Montilla, vuelve a disponer de unas 70 marcas de cervezas rubias, tostadas, negras o rojas, con y sin alcohol, nacionales y de importación, artesanales o de abadía, lager y ale, IPA, de trigo o de cebada, que se dispondrán organizadas en cinco tipos diferentes, según su precio.
La edición de 2019 mantiene la oferta de cocina y la instalación de mostradores, mesas y sillas dispuestos para disfrutar de la cata en el recinto ferial de Montilla y, además, para quienes visitan la cata en familia hay que añadir un castillo hinchable para los más pequeños. Todo ello aderezado por una estupenda selección musical de acompañamiento y numerosas ofertas y promociones para los asistentes a la cata que se harán públicas a través de la megafonía y las redes sociales de la asociación durante la celebración de la actividad.
Los organizadores esperan volver a alcanzar las 6.000 visitas durante los tres días de duración de la actividad, repitiendo éxito de asistencia y animando a todos los montillanos y montillanas, habitantes de los pueblos vecinos y visitantes a pasar por las Naves Municipales de Avenida de las Camachas desde el 25 al 27 de julio para disfrutar de una cerveza fría junto a una buena conversación en buena compañía, eso sí, desde el consumo responsable.
La Cata de cerveza tuvo su primera edición en 2002 como respuesta a una inquietud de los socios de "El coloquio de los perros", aficionados a refrescar los calores estivales con cerveza fresca, que se plantearon organizar un evento en el que probar y conocer diferentes cervezas nacionales e internacionales, a la vez que fomentar la interacción y el diálogo intergeneracional, el consumo responsable y la aportación histórica de esta milenaria bebida a la cultura tradicional mediterránea y europea. Además de todo esto, los beneficios obtenidos en la Cata de cerveza permiten a la Asociación financiar el resto de actividades que realiza, como la revista "El ladrío", el Concurso de Relato Corto y Fotografía, las catas de vino dirigidas o ciegas, las presentaciones de libros, los coloquios sobre temas de interés y de actualidad, el intercambio de libros en el Día del Vecino, las visitas guiadas a distintos lugares de interés en la provincia o las rutas fotográficas culturales.

miércoles, 10 de julio de 2019

Brácana, por Sonia Zurera

Aquel que no viva o no haya vivido en Montilla no puede saber qué es Brácana. Y aun así, si es mujer no habrá traspasado el dintel de “su república independiente”. Al margen de ese “club masculino” y profundizando en la idea de visitar un pueblo precioso de la Campiña, podemos abundar en calificativos si queremos expresar por qué Montilla y no Cabra o Lucena es el pueblo elegido para disfrutar en familia.
Si es el estómago el que te empuja a viajar, reserva en el “Bar Carrasquilla”, donde no sólo comerás bien sino que quien lo regenta te hará sentir como en casa, o bien reserva para almorzar en el restaurante “Hisa”, en la Avenida Andalucía, comodísimo justo a la entrada de la ciudad. Sólo entonces comprenderás que hay locales que no necesitan una estrella  Michelin para hacer que  tus sentidos disfruten al máximo con sus platos, buen servicio, precio medio comparado con las capitales y calidad excepcional.
No obstante, si además eres atrevido, te recomiendo antes de llegar al “Hisa” hacer una parada más arriba, en el Barril de Oro, y degustar los vinos de la zona, denominación Montilla-Moriles. Lo más parecido a un vino joven de los que sueles elegir fresquitos es un riquísimo vino de tinaja; pídete un Lagar Blanco mientras estás sentado en su terraza viendo de frente la antiquísima Bodega  de los Alvear. Sin duda, Montilla es una ciudad con solera, con un vasto patrimonio muy cómodo de visitar por lo recogido de su casco histórico. Cuentan con el museo de un atractivo pintor: Garnelo, poco conocido incluso para la gente de Córdoba que vive tan cerca y, sin embargo, es una pintura de factura impresionante. O simplemente visita la Casa del Inca Garcilaso y te transportarás sin esfuerzo al siglo XVII, donde este peruano mestizo de renombre estableció su residencia durante 30 años. Y es que Montilla es una auténtica caja de sorpresas agradables. Que quieres buenos manjares, los tienes. Dulces finos y exquisitos, no lo dudes, pásate por la legendaria pastelería de Manolito Aguilar cuando vayas de camino al centro y prueba el característico hojaldre de esta zona o llévate una preciosa caja decorada de sus alfajores, pura almendra en la boca.
Quien me haya ido leyendo habrá comprobado que me refiero a este municipio del sur de la provincia de Córdoba como la ciudad de Montilla, y así es señores. Fue en 1630 cuando el rey Felipe IV le concedió el título de ciudad a la localidad. Con sus 23.840 habitantes supone un buen lugar para vivir, no sólo por su práctica ubicación, a 25 minutos por autovía de Córdoba capital, a menos de dos horas del aeropuerto de Málaga y su costa o simplemente a menos de hora y media de Sevilla. ¡Qué más se puede pedir! Pues hay más, su gente: es amable, muy educada y servicial y no, no es peloteo; los montillanos son en general buena gente y te hacen sentir rápidamente uno más y eso lo sé de buena tinta, no pasa en todos los lugares del mundo ni mucho menos, donde adaptarse a la vida de un lugar cuando lo eliges para residir se te hace cuesta arriba.
Eso sí, bromas aparte, son raritos los de Montilla; por aquí, cuando juegas con una pelota y se embarca en un tejado, por ejemplo, dicen “chinchar”, a las enagüillas de la mesa camilla que te abrigan con el brasero las llaman “la bayeta” ¿?. También puedes escuchar a sus gentes mientras caminas, pensando en qué idioma están hablando, que aquel “es un fartusco que dice muchos parches”. Ala, del tirón, y se quedan tan anchos.
Con un poco de humor quiero cerrar un artículo que simplemente pretendía mover la curiosidad del lector y poner esta ciudad entre los próximos destinos a visitar. ¡Vente! Suelta aire, la tensión de una semana dura de trabajo y relájate tras pasar “Las Camachas”, porque en tan sólo una hora habrás comprobado que coger el coche para llegar a Montilla merece la pena y que bien Cabra o Lucena pueden esperar a otro día. Ya que si Cervantes la eligió como escenario de sus novelas ejemplares es porque esta localidad tiene la cadencia de un fandango  y el sabor a vino bien servido.
¡Montilla es para vivirla!

miércoles, 3 de julio de 2019

,

Cipión y Berganza: ¿videojuegos o juegos de mesa?

El Coloquio de los perros es la Novela Ejemplar cervantina en la que aparecen Montilla y la Camachas, y da nombre a nuestra asociación. Sus protagonistas, dos canes, Cipión y Berganza, también pretenden serlo de nuestra revista. En cada número, a través de sus reflexiones y posturas en páginas centrales, uno a favor y otro en contra, iremos tratando temas de interés para nuestra sociedad. En esta ocasión, ladrando sobre la participación de las administraciones públicas en el mantenimiento y preservación del patrimonio protegido de propiedad privada.

Cipión: videojuegos
Amigo Berganza, parece que, ahora que los juegos de mesa están de moda, los videojuegos son cosa del demonio, que solo sirven para crear seres solitarios y asociales que rehúyen la luz del sol y cualquier tipo de relación con otros seres vivos.
Partamos de que jugar ha sido, desde siempre, una de las aficiones favoritas de los humanos, no solo cuando somos niños. El juego aporta aprendizaje, principalmente en la infancia, pero también entretenimiento y compañía. Y por muy en el siglo XXI que estemos, seguimos siendo animales sociales con ganas de jugar, de forma más clásica o más moderna.
Es más, vivimos en una sociedad y una época en la que, afortunadamente, disponemos de una cantidad importante de tiempo que dedicar al ocio. Y de unas tecnologías que nos pueden ayudar a ello. Desprestigiar los juegos “virtuales”, “electrónicos” o “en red” en pro de un purismo tradicionalista, sin más fundamento que el de que lo antiguo es más natural, me parece un error considerable; no todo tiempo pasado fue mejor.
Una cuestión a tener en cuenta: la natalidad ha descendido y es más difícil para los niños encontrar otros niños en su entorno con quienes jugar a la manera clásica. En el caso de los adultos, sincronizar los momentos de ocio con otros compañeros para disfrutar presencialmente de una partida no es cuestión baladí. Los videojuegos lo resuelven. Cualquier lugar del mundo nos sirve para buscar alguien con quien pasar un rato lúdico, o para quedar con varios amigos, cada uno desde su casa, sin importar la distancia, facilitando la organización de la partida.
También en el tiempo, además de en la distancia, podemos hallar ventajas. En determinados juegos, los participantes no tienen por qué estar jugando simultáneamente; se realizan las acciones, se guardan, y cuando el siguiente jugador esté disponible, llevará a cabo su turno.
En cuanto a la imaginación y el aprendizaje, ambas salen enriquecidas. El número de historias, situaciones y vivencias a las que podemos acceder a través de los videojuegos, la facilidad con la que hacerlo y la capacidad de inmersión es mucho mayor que en los juegos tradicionales, más encorsetados por la disponibilidad física de materiales y personas. Los hay relacionados con casi cualquier temática; no todos son violentos; nos permiten un acercamiento más sencillo, además de ameno e interactivo, a multitud de contenidos, con las posibilidades educativas que eso aporta.
Y otro factor interesante a tener en cuenta: el desarrollo de las habilidades psicomotrices. No hay que ser un mago de la coordinación para tirar un dado o coger una carta de un mazo sobre la mesa. Sin embargo, en muchos videojuegos la mejora del jugador en las partidas viene acompañada de la evolución de su capacidad para sincronizar las señales visuales y auditivas que recibe con la toma rápida de decisiones y su conversión en uso de determinados mandos o teclados.
Me podrías decir, Berganza, que los videojuegos son caros; pero no más que los juegos de mesa, te respondo, Y aunque no sea políticamente correcto mencionarlo, ahí están la picaresca y el buscarse la vida con el pirateo. Cualquiera no puede crackear un juego, pero sí beneficiarse de la labor de quien lo ha hecho y lo ha compartido.
No pretendo con estos argumentos menospreciar los juegos de mesa por tradicionales, sino hacerte ver las ventajas que nos aportan los videojuegos, como todo aquello en lo que las tecnologías se aplican con sentido común. Y si te animas, conéctate y jugamos una partidita.
Berganza: juegos de mesa
Cipión, cánido digitalizado, ¿no te has preguntado alguna vez por qué en la era de las tecnologías, de lo virtual, de cualquier cosa que quieras te la llevan a casa, cada vez hay más bares y están más llenos? ¿Habrá algo más tradicional, medieval si me apuras, que una taberna? ¿Has visto a alguien compartir unas cañas con alguien a través de la red? Suelen preferir una terraza o una barra de un bar.
A la gente le gusta estar en compañía de gente; no a kilómetros de distancia, sino sentirla ahí al lado. Pues eso mismo ocurre cuando juegan. Notar el sudor de tu contrincante, oler su miedo a esa jugada que te puede dar la victoria, no saber dónde esconderte cuando te fastidian la mano, mandar a por unas cañas al que va perdiendo la partida, dar la mano al terminar, disfrutar y echar unas risas juntos…Eso ha sido, desde siempre, el fundamento del juego, más que ganar o perder incluso.
¿No resulta curioso que en la era digital, cuando los videojuegos son más accesibles, interactivos y “reales” que nunca, los juegos de mesa, los que hay que jugar con materiales de madera, cartón o plástico y con personas sudorosas sentadas frente a ti, se hayan puesto muy de moda? Por su complejidad y originalidad tecnológica no será, desde luego.
Juegos de tablero, de cartas, de rol, de estrategia, wargames, colaborativos, fillers, legacys… ¿Qué tienen en común que los hace tan apetecibles? Para mí, querido Cipión, dos aspectos fundamentales. El primero, que necesitas estar acompañado de más gente junto a ti, físicamente, en torno a la misma mesa, lo que acaba convirtiendo el echar una partida en una excelente excusa para quedar, relacionarse y desarrollar la faceta social que nos caracteriza como seres humanos. En segundo lugar, que al disponer tan solo de unos materiales tan rudimentarios y obsoletos como el plástico, el cartón, la madera o el papel, y no poder crear realidades virtuales casi tan creíbles como la que nos rodea, no queda otro remedio que tirar de imaginación. Y a la gente le gusta imaginar, ir con su mente más allá de lo que sus sentidos le proporciona, quitarse esos corsés sensoriales, aunque nos vengan a través de medios digitales.
Parece que todo lo que no venga a través de esa digitalización, virtualidad, conexión en red y modernidad tecnológica ya no es válido y tenderá a desaparecer. Sin embargo, el día a día, los datos empíricos, nos demuestran que el ser humano es terco, y que, por encima de todo esto, que nos hace más fácil y cómoda la vida, nada es capaz de sustituir la relación personal, cercana, la del cara a cara, porque es algo que llevamos impregnado profundamente desde hace miles de años en nuestros genes y en nuestro bagaje social y cultural adquirido: somos animales sociales, desde los primeros homínidos de los que procedemos, y eso no lo puede borrar de nuestro ADN un desarrollo tecnológico, por inmenso que este sea.
Cipión, perro ludópata, apaga la consola y el ordenador y vente a desfogar tu afición lúdica con los colegas, que hemos quedado esta tarde para lo que se tercie; puede que hasta echemos una partida a algo.


jueves, 20 de junio de 2019

El ladrío primavera 2019

https://drive.google.com/open?id=10G-XjVKMAU-8gkpqU7sIs42gIk9Di_Rb
Con esta revista pasa como con el cambio climático, que no siempre te queda clara la estación del año en la que estás. Porque, aunque estaréis leyendo estas páginas en verano, disfrutad doblemente si es en el chiringuito, os podemos asegurar que todo ha sido escrito y publicado en primavera; tardía, sí, pero primavera, como nos pasa en el día a día.
O sea, que nos adentramos en el verano. Y ahí sí somos puntuales. Llega la cata de cerveza y El coloquio de los perros no falla; nos hacemos mayores, dieciocho catas ya, un referente de finales de julio. Y a principios del mes concluye el plazo de presentación de obras a nuestro concurso de relato corto, fotografía y, novedad de este año, microvídeo. Animaos a participar si aún estáis a tiempo; el tema de este año, los pecados capitales. ¿Quién se libra de incumplir alguno?
Actividades clásicas y veteranas en nuestra asociación. Superadas solo por una; esta revista. La que tienes delante. Primaveral y tardía. Que puedes leer en pdf en algún dispositivo digital o en papel en tus manos; igual que puedes disfrutar de un videojuego o de un juego de mesa, que te cuenten nuestros canes Cipión y Berganza; lee… y opina. Eso sí, siempre sin abusos, te vayas a arriesgar a un conjuro de nuestra bruja de cabecera, Leonor Rodríguez “La Camacha”, que en este número viene especialmente beligerante con los móviles.
Además de todo esto, recomendaciones (artísticas, literarias, seriéfilas, de lugares…), narrativa, poesía, opinión… Y más de videojuegos y juegos de mesa.
Esperamos que disfrutes de la lectura y, si es así, no te cortes en plasmarlo, comentarlo y compartirlo en redes sociales; las tuyas y las nuestras, que siempre resulta reconfortante un halago.
Buena primaverano y pincha sobre la imagen para leer la revista.

martes, 18 de junio de 2019

El voto de inmatriculación. Sin bozal, por Leonor Rodríguez "La Camacha"

Yo –que fui acusada de hechicería por los Padres Jesuitas de Montilla y condenada a torturas, al pago de una multa de cantidad considerable y a un destierro de 10 años por el tribunal de Córdoba de la “Santa” Inquisición– quizás no sea la persona más objetiva para relatar las hazañas de la “Santa” Iglesia a la hora de hacer suyos bienes inmuebles que desde una pura lógica parece no pertenecerles. Me refiero al uso y abuso que se ha hecho de un privilegio hecho ley para dar tintes de legitimidad a la inscripción de un número indeterminado de bienes inmuebles que aparentemente ahora corresponden a la Iglesia.
Todos conoceréis uno de los casos que más controversia ha suscitado, esto es, la Mezquita-Catedral de Córdoba o cómo apropiarse “legalmente” de un bien de dominio público, declarado patrimonio de la Humanidad en 1984, al módico precio de 30 euros que la Iglesia puso a su nombre en 2006. Casos similares son la Giralda de Sevilla o la Seo de Zaragoza o los templos mayores de Málaga, Granada, Valladolid o San Sebastián.
Centremos un poco el debate remitiéndonos a los orígenes. Inmatricular es el acceso por primera vez de fincas rústicas o urbanas al Registro de la Propiedad. La Ley Hipotecaria de 1946 y su posterior reglamento permitían a los obispos inscribir cualquier bien, excepto los templos destinados al culto; al parecer, se intentaba compensar a los obispos por la nacionalización de bienes de la Iglesia llevada a cabo por la II República. Una reforma de 1998 promulgada por el gobierno de José María Aznar permitió que también se inscribieran los templos, lo cual estuvo en vigor hasta 2015. El privilegio consistía en equiparar a la Iglesia con la Administración Pública a los efectos de inscribir bienes inmuebles a su nombre, sin contradicción ni publicidad y sin más garantía que una prueba de parte interesada que la propia autoridad eclesiástica, generalmente un obispo, emitía, explicando y “acreditando” la titularidad y apropiación “legítima” del bien objeto de inmatriculación y sin necesidad de aportar ningún otro documento como escrituras, testamentos, contratos ante notarios, fedatarios o cualquier otra prueba. El procedimiento lógico que todo siervo de Dios ha de seguir es acudir al mostrador del Registro, promoviendo un expediente de dominio para demostrar que dicho bien cuya inscripción se pretende le pertenece, abriéndose a continuación un período de audiencia pública para que otros ciudadanos puedan alegar o probar lo contrario.
Todo lo anterior se une al hecho de que los bienes inmuebles de la Iglesia destinados al culto –al contrario que todo hijo de Dios– no pagan impuestos tales como el IBI, el de Sucesiones y Donaciones, ITP y AJD, el Impuesto sobre Sociedades, el Impuesto de Actividades Económicas, contribuciones especiales o el de obras. Con el resto de bienes inmatriculados, usando el privilegio del artículo 206 de la Ley Hipotecaria, tales como cementerios, plazas, pisos, garajes, terrenos, huertos, frontones, colegios, videoclubs, bungalows, kioscos, locales comerciales, montes vecinales, barrios, caminos, solares, etc., con los cuales la Iglesia también se lucra, tampoco parece que estén sometidos al imperio de la ley impositiva, de ahí la importancia de establecer una lista de estos bienes inmuebles que los haga aflorar. La Conferencia Episcopal Española dice no disponer de un registro de bienes inmuebles de la Iglesia. Lo que sí se sabe es que en España hay unas 40.000 entidades civiles reconocidas como “Iglesia” que pueden inmatricular bienes. Se estima que desde 1946 hasta 2015 el número de inmatriculaciones llevadas a cabo por la Iglesia estaría en torno a los 40.000, mientras otras fuentes los elevan a los 60.000.
La justificación de todos estos privilegios no estaría en entredicho si la Iglesia los aprovechara de manera real y efectiva para contribuir de manera genuina a la sociedad. Sin embargo, el descontento generalizado que impera –fruto entre otras cosas del abuso que se ha hecho con la inmatriculación de ciertos inmuebles– deja entrever que no todos somos siervos del Señor y que la Iglesia tiene un estatus diferente que no se corresponde con el que ellos promulgan para sus fieles.

jueves, 13 de junio de 2019

Nunca es tarde, por Virginia Polonio

En el arte hay caminos e hilos donde circulan las voces y los ecos de otros. En el arte de Francisco Javier Cerezo resuenan tres tipos de sonidos: los ecos lejanos cuando me cuenta “Hace unos años que empleo el óleo porque siempre me han impresionado las obras de antiguos pintores como Rubens, Rembrandt o Caravaggio”.
Aunque también se oyen mensajes actuales cuando me confiesa que  “con el tiempo vas descubriendo artistas contemporáneos como Osamu Obi  de quien me encanta como consigue texturas sobre el lienzo, digamos que lo talla en vez de pintarlo; de Jeremy Lipking admiro su dominio del pincel, la sutileza con la que representa la figura femenina, y de Emanuele Descanio el dominio de los grafitos y carboncillos para representar con fuerza una figura actual y convertirla en clásica”.
Y además mensajes cotidianos. “Diría que lo que más me inspira es la iluminación, los rasgos, los detalles complejos, también te puede inspirar la vida, leer un libro, etc, digamos que me inspira lo clásico, la antigúedad, la Historia”, afirma este artista.
Este montillano de 31 años comenzó a dibujar desde muy pequeño, cuando “cogía los cuadernillos Rubio y copiaba las ilustraciones que traían, así como las ilustraciones de algún cuento infantil”. Hoy en día se define como pintor que se inclina claramente por la rama del arte figurativo realista, premisa que deja sellada en cada una de sus creaciones que tienen el detalle como protagonista.
Sus palabras aportan la clave para conseguir ese realismo que desprenden sus obras: “Siempre busqué hacer lo difícil para diferenciarme y porque era lo que más me gustaba, dibujar la figura humana y los retratos. Hay que calcular muy bien cada rasgo para que quede real; si dominas eso, eres capaz de representar cualquier cosa”.
Anatomía humana y naturaleza muerta son las líneas de sus obras pictóricas realizadas con dibujo a grafito a veces combinado con carboncillo, dibujo a lápiz y óleo. Sin embargo, la calidad de su arte la desarrolló al terminar sus estudios universitarios de Empresariales.
Desde el Papa Francisco hasta Fidel Castro son algunos de los personajes famosos que Cerezo ha plasmado en el papel así como obras propias. Su destreza le ha llevado a ser uno de los artistas seleccionados en el I Certamen de Pintura Artemisia de Madrid y a ser parte del concurso-exposición “Cromática” que se celebró en Ourense.
Pero lo que destacaría de su arte es todo lo que he aprendido del significado de su colección artística: que los pintores realistas de otros siglos eran los fotógrafos de la antigüedad y que nos han hecho llegar su realidad hasta nuestros días; que lo más importante del arte es la libertad de expresión (da igual que se le quiera imprimir a las obras el filtro de la imaginación o de la más pura realidad) y que nunca es tarde para sacar a la luz todo el talento que llevamos dentro.

domingo, 12 de mayo de 2019

La isla, por Alba Delgado Núñez

La vida, a veces, nos manda circunstancias que nos ponen del revés. Ella ya tiene preparados sus propios designios. Como no te lo esperas, no sabes cómo narices vas a sobrellevar eso. Entonces te bloqueas, llega la ansiedad de golpe y porrazo. El no saber qué hacer. La incertidumbre, el desamparo... el anhelo.
Y son cosas que tenemos que vivir, tenemos que superar, tenemos que vencer. Tenemos que poner a prueba nuestra resiliencia. Pero el camino no siempre resulta tan fácil.
Hace algunos años, cuando era más joven, una vuelta de tuerca hizo que perdiera el norte, el sur, el este y el oeste. ¡Todos los sentidos! Se encontraba perdida, aislada, desamparada y triste. Un mal día detrás de otro y, al mes, treinta. Otro día y otro y no reventaba. Tantas acumulaciones juntas que no sabían por dónde salir. Llegaba la falta de aliento, de fuerza, la cabeza contra el suelo, la mano en el estómago, el dolor profundo y el llanto incesante que grita desde lo más profundo y deja en evidencia toda tu fortaleza.
Al final aprendió que llorar no es la pena, la pena es no poder hacerlo.
Y que la ansiedad es un monstruo que puedes descodificar, pero hay que tener algunas herramientas.
Entonces decidió que debía tener un lugar propio. Un espacio mental hecho a medida donde poder volar con la imaginación cuando los pájaros negros iban a picotearle las entrañas. LA ISLA.
Cerraba los ojos e imaginaba el sonido de las olas rompiendo con calma en la orilla. Mientras tanto, una fina arena blanca jugaba entre los dedos de sus pies. El sol secaba de su espalda las gotas que se habían adherido tras sumergirse en aquel agua cristalina, color turquesa. Miraba al horizonte y un cielo claro se fundía con el mar. La brisa mecía las hojas de enormes palmeras y un chico amable le ofrecía una piña colada a la par que le daba la bienvenida. O ¡a saber! Pero estaba muy rico. Las dos cosas.
En aquella playa paradisíaca había un chiringuito de día. Estaba hecho de madera o cañas de bambú (según le apeteciera, en su imaginación podía poner lo que quisiera). Y servían todas las bebidas en recipientes de frutas. Nunca vasos de plástico. Todos estaban ricos y daba igual cuántos bebiera o si tenían o no tenían alcohol. Por la noche, algunas personas tocaban tambores, charlaban alrededor de una hoguera, comían cosas a la brasa, saltaban el fuego y quemaban papeles llenos de miedos y malos rollos cuando los tenían que quemar. “¡Al Infierno los demonios! ¡Allí es donde tienen que estar!” Esa era la oración.
El chico se llamaba Rober. Era moreno, de piel tostada, ojos oscuros y pelo despeinado. Casi siempre iba descalzo y vestía con un bañador largo color granate. Era el que le ayudaba a mirar las cosas con objetividad y trazar los diferentes caminos para llegar hasta donde tenía que llegar. Una visión diferente. Siempre tranquilo, siempre con esa sonrisa en la boca, esos colmillos salientes que daban un toque de gracia a aquellos labios de terciopelo rojo.
La isla también escondía varios tesoros: una cueva llena de espejos, donde iban a mirar las cosas desde otra perspectiva; una montaña gigantesca, también con el mismo fin; y un jardín de la alegría donde estaba prohibido ponerse triste. El precio de entrada eran dos carcajadas y media. El medio de transporte eran los pies o, tal vez, el vuelo. Allí cualquiera se movía como le daba la gana. Por algunas carreteras conducían una R6; con el culo en pompa y la adrenalina galopante les devolvía la vida. Como la B12, esencial para el cerebro. Para descansar, había creado una cabaña de madera, con una cama grande, de sábanas blancas y muchos cojines. Tenía todo lo que podía imaginar. Al fin y al cabo, era suya.
Así era La Isla: salvaje, natural, tranquila... y siempre, siempre, SIEMPRE. curativa. Le ayudaba a sacar cosas en claro, a organizar ideas, a no machacarse con malos pensamientos... Al principio iba muy a menudo. Pero sabía perfectamente que no era un lugar para quedarse. De vez en cuando va a visitar a Rober y sus “posibles” soluciones. Sonríe acordándose del sol que bailaba por su espalda. Y agradece haber podido vencer tantas batallas. Pero no, La Isla no es para siempre. A veces hay otras personas que necesitan estar ahí. Nosotros tenemos que aprender y no depender siempre de los mismos recursos. Hay luchas que debemos combatir solos.
Aunque ella (La Isla) siempre va a estar ahí, y Rober, y sus piñas coladas, sus dos carcajadas y media, sus colmillos salientes, sus labios de terciopelo rojo...
Piénsalo ahora tú: Si pudieras crear un lugar en tu mente para escapar de los pájaros negros ¿A dónde viajarías?

Asociación Cultural El coloquio de los perros

Asociación Cultural El coloquio de los perros
Con la tecnología de Blogger.

Sí­guenos en Facebook

Concurso de Relato Corto y Fotografía

Cata de cerveza

Últimas noticias