domingo, 20 de mayo de 2018

Viaje con nosotros: Assen, por José Alfonso Rueda


No es el norte de Holanda el primer lugar que a uno se le viene a la cabeza cuando piensa en realizar un viaje. Y si añadimos, por concretar más, que el destino es la provincia de Drenthe, lo más probable es que nos venga a la memoria aquel jugador del Real Madrid más recordado por su peinado que por sus dudosas dotes futbolísticas.
Pregunta de Trivial Premium. ¿Alguien sabe cuál es la capital de Drenthe? Es sencillo de responder, viene en la Wikipedia. Se trata de una ciudad de unos 70 mil habitantes llamada Assen. Y puede que ahora sí empiece a sonarles el nombre, en especial si son aficionados a los deportes del motor. Allí se encuentra el TT Circuit, la catedral del motociclismo, donde desde hace más de sesenta años se viene celebrando el Gran Premio de los Países Bajos.
Aunque uno tiene una culturilla general y conocía sobradamente este dato, las motos me llaman bastante poco la atención. Soy más de visitas culturales, gastronómicas y enológico-cerveceras, y Assen destaca poco en cualquiera de esos aspectos. ¿Qué endemoniada conjugación de astros podría llevarme, pues, hasta ese perdido rincón del mundo?
Simplemente, que es la tranquila y anodina capital de una tranquila y anodina provincia del tranquilo y anodino norte de los Países Bajos. El lugar perfecto para estudiar el sistema educativo holandés y tomar nota de aspectos que, pese a las diferencias de recursos y presupuestos, se puedan trasladar a mi cotidiano quehacer laboral.
Entusiasmado por esta perspectiva, llegué a Assen en el tren que me llevaba desde Ámsterdam. Al contrario que en la capital holandesa, los turistas brillan por su ausencia, los escasos canales tienen una función de vía de transporte de mercancías nada ornamental y la inmensa mayoría de edificios son modernos, nada llamativos y con escasas décadas de antigüedad. Tan solo destaca el antiguo monasterio en el que se ubica el Museo Provincial, y en torno al cual se fue desarrollando la ciudad desde su fundación en el siglo XIII.
Verde, mucho verde, kilómetros de carriles bici y miles de ciclistas, como en todo el país. Sin embargo, a diferencia de las cosmopolitas Ámsterdam o Rotterdam, de la industrial Eindhoven, de la histórica y turística Utrecht o de la administrativa La Haya, en Assen encontramos la Holanda profunda, interior y más rural, más gris y aburrida pero más tranquila y culta. Un retrato más real de una cultura y una sociedad, menos adulterada por las hordas de turistas, políticos o ejecutivos. Un lugar donde disfrutar, por ejemplo, de los quesos o chocolates típicos a unos precios no abusivos, donde conocer bares, pubs y cervezas con sello autóctono, sin franquicia internacional.
Una zona de Holanda, además, que no se puede entender sin sus espacios naturales, abundantes, respetados y conservados, salpicados de pequeños y pintorescos pueblos que no se deben dejar de recorrer en bicicleta a través de esos carriles bici interminablemente llanos que lo abarcan todo como vasos sanguíneos. Un placer necesario y obligado.
Otra visita precisa en una provincia que tan intensamente sigue manteniendo la esencia holandesa como Drenthe es alguno de los numerosos molinos que aún siguen existiendo, muchos de ellos convertidos en museos, sin las aglomeraciones turísticas de otros similares en otras regiones del país, y que tan bien sirven para entender la historia y la idiosincrasia de los Países Bajos, su lucha contra el mar y la visión comercial y mercantil que desde hace siglos ha caracterizado a sus habitantes.
Como colofón a este vistazo sobre Assen y su entorno, una recomendación: hacer los 15 minutos de tren hasta la cercana Groningen. Histórica y monumental ciudad universitaria con un asombroso ambiente, más propio de latitudes mediterráneas.

martes, 15 de mayo de 2018

Alimentación sostenible, por Leonor Rodríguez, "La Camacha"

¡Qué fácil os resulta hablar de comida en el siglo XXI! ¡En mi época os quería haber visto yo! O sin ir tan lejos, solo unas décadas antes de la fecha de hoy. Sois sibaritas porque estáis mal acostumbrados. Decís ¡ya no quiero más!, y tiráis a la basura toneladas de alimentos que de no ser por vuestra facilidad para producir ya os cuidaríais de no malgastar. En mi época nos comíamos las gallinas solo en días especiales y ¿los pollos? Eso de comérselos… ¡Eso es una costumbre novísima!
Pero no… no quiero hablar del pasado y tampoco andarme por las ramas. Voy a ir al meollo. ¿Puede la agricultura ecológica atender las demandas alimenticias de la sociedad actual? Pues claramente no, no y NOOOOOOOO.
Dejaros de que si “lo ecológico” es lo que más sabor tiene, de si es lo más sano para mis hijos, de que si sin esos pesticidas el medio ambiente tiene menos afectación... Los sabores son relativos y he probado algunos tomates que en nada tienen que envidiar a los que me comía en mis tiempos cuando lo más que se podía echar al huerto era estiércol y agua. Además, el aspecto o texturas de los productos convencionales son infinitamente más cuidados que los que tienen la denominación ecológicos. Pero vamos, que eso de ecológicos lo pongo en duda desde el primer momento porque hay mil variables que influyen en la producción agrícola de un campo y que en nada dependen de él sino de los colindantes, del subsuelo o del aire, por poner algunos ¿O es que si en un campo aledaño echan productos no llegan también al ecológico? Si se tiene un pozo, ¿se sabe que el acuífero está constantemente limpio? ¿O tal vez las partículas no flotan en el aire y se dispersan al albur del viento? Anda, anda... no os fijéis en la paja del ojo ajeno y ved la viga en el vuestro. ¿Que a qué me refiero? Que coméis patatas, lechugas, tomates, plátanos… con la denominación ecológico pero bien que luego engullís o utilizáis en vuestro propio cuerpo cientos de miles de productos de los que jamás sabréis, ni os preguntaréis por ello, de dónde han salido y que, pese a quien pese, por sus propias características, son incompatibles con encontrarlos tal cual en la naturaleza, sin acción del hombre.
En fin, volviendo a lo de más arriba, que la agricultura ecológica es incapaz de darle de comer a los miles de millones de personas del mundo. No lograría abastecerlas y además no habría bolsillo que lo pudiera pagar… porque esa es otra. Los productos ecológicos tienen un precio sensiblemente superior a los que no lo son y por ello, se tienen que quedar en eso, delicatesen gourmet que se vendieran más por el subconsciente que por lo que en realidad sean.
Ahora bien, y en todo caso, lo que sí deben tener los productos que consumís, TODOS, son unas garantías desde su concepción, cultivo, recolección, distribución y venta… Si eso se cumple, lo demás, como en el caso de la agricultura ecológica, sería eso, una añadidura, unas particularidades, similares a los que puedan tener por ejemplo otras características organolépticas.
La humanidad es voraz, no tiene límites… siempre que no os lo autoimpongáis en vuestro día a día, no lograréis hacer este planeta un lugar sostenible. Debéis ser menos consumistas, más respetuosos con la madre naturaleza a la que manejáis cual bebé emperador.

lunes, 7 de mayo de 2018

Exposición fotográfica V Ruta Fotográfica "El coloquio de los perros"

El jueves 10 de mayo de 2018 se inaugura en la Taberna Bolero de Montilla una exposición con las fotografias más destacadas de la V Ruta Fotográfica "El coloquio de los perros", que tuvo lugar el pasado 18 de noviembre de 2017 y que transcurrió por los antiguos molinos de aceite del Carmen y del Pinar, así como por las instalaciones de Aceites Bellido en la finca Juan Colín, donde tuvo lugar una visita guiada por la almazara, los olivares y el museo del aceite.
Las 10 fotos expuestas, que se mantendrán hasta el 10 de junio de este año, fueron tomadas por José Bellido Alcaide (3), David Luna Blanco, José Alfonso Rueda Jiménez, José Manuel Márquez García, José María Alcaide Lara (3) y Mariquina Sánchez Armada de entre un total de 122 imágenes enviadas.

miércoles, 2 de mayo de 2018

La imagen de tu vida (Javier Gomá), por Ofelia Ara

Decía Alberto Cortez,
¿Qué vale más, inquietud de mi existencia,
cuando llegue el final y quede inerte?
¿el arte, por fijar mi trascendencia,
o el eterno misterio de la muerte?


La trascendencia de nuestra vida, la perduración humana, inquieta desde el momento en que el hombre toma conciencia de sí mismo y de su muerte. Pero no es hasta la modernidad cuando el hombre desea la supervivencia de su yo individual. Las dos modalidades de perduración conocidas son el arte y la imagen de una vida. Pero una cuestión esencial es saber qué hay en este mundo que sea digno de permanecer y de salvarse de la acción corrosiva del tiempo.
La conciencia de la muerte no apaga el deseo de inmortalidad. Para Javier Gomá lo que merece verdaderamente perdurar es la perfección, tanto la perfección moral, a la que llama ejemplaridad, como la perfección de las obras de arte. A partir de esta premisa, articula tres ensayos sobre la idea de “la imagen de la vida”, que es el modelo de perfección a seguir y, a la vez, el deseo de dejar algo digno de perpetuarse. Así, el primero habla de la gloria, que es la imagen de una vida sublime. El conjunto de las personas está formado por su forma de amar, de ser feliz, de tener éxito, sus fracasos y sus anhelos, pero en realidad no tenemos una idea del total hasta que esa persona muere. En el momento de la muerte sale la verdad que estaba encerrada.  Utilizando a los héroes griegos, como Aquiles, Gomá habla de esa gloria mencionada. Aquiles debe elegir entre tener una vida eterna pero discreta o morir joven y alcanzar la gloria. Y elige la gloria, que además es lo único que le permite llegar a ser individual, puesto que ser individual es superior a ser eterno. Esto es lo que hacemos todos; abandonamos nuestra infancia, nuestra seguridad, en busca de la individualidad y en busca de la reafirmación de nuestra personalidad, de nosotros como entidad, pagando el precio de aprender que nuestra condición es mortal.
De alcanzar la gloria, que es la imagen de nuestra vida, la elección íntima con la que nos comportamos como héroes, pasa el escritor a las imágenes de la vida de los otros. Así, en el segundo ensayo entra Cervantes en escena, sirviendo como reflexión sobre el significado último de una persona que trasciende su biografía. El Quijote es la obra de arte “ejemplar”, pues Alonso Quijano quiere convertir su locura en ejemplaridad y esto deviene en una narración sobre la ejemplaridad moderna pues habla de la libertad individual.
Termina el libro con “Inconsolable”, un monólogo dramático sobre la muerte del padre. El padre como el elemento que moldea los estratos más profundos de nuestra conciencia, como el último animal mitológico que, además, nos permite ver el mundo antes de que nuestros ojos sean capaces de interpretarlo. Dice Gomá que, al no tener experiencia, el niño utiliza su imaginación para una primera organización de ese mundo, y es la visión del padre la que nos abre al exterior, a ese mundo desconocido, apenas entrevisto. Son los padres la imagen de nuestra vida, nuestro ejemplo, a los que nunca veremos con objetividad y con cuya muerte tomamos conciencia de que somos una entidad temporal y que necesitamos sentir que trascendemos, que perduramos. En definitiva, que somos inmortales. Su muerte marca un antes y un después, pero están en nuestro ser íntimo para siempre.

lunes, 23 de abril de 2018

Mis ilusiones, por Conchi Vela

Nos ayudan a vivir
esperando que se cumplan
pero a veces el destino
las atrapa y requisa

Otros las dejan volando
como gaviotas alegres
que nos transmiten su canto
y disfrutamos con creces

esperando un resultado
que nos lleve al infinito
y disfrutemos las gracias
que nos ocultó el destino

Mil maravillas serían
mis ilusiones cumplidas
porque queda la esperanza
de verlas todas conseguidas.

martes, 17 de abril de 2018

El Danubio, por Paco Espejo

"Este es el sentimiento predominante del libro. La cultura europea es como el Danubio, que atraviesa fronteras nacionales, humanas, psicológicas. El Danubio es el símbolo de estas diferencias, pero también del rescate de su unidad. El viaje es una posibilidad de salvar esas fronteras, igual que las salva el río, preservando siempre la diversidad” C. Magris.
El Danubio es un río y un libro. Con esta dualidad no pretendo simplemente soltar una obviedad al uso, sino que es la sensación, o mejor dicho intuición, de que ese elemento puramente natural como es un río, ha conseguido alumbrar en su seno a un “cajón de sastre humano”, en el sentido de un área con una diversidad cultural auspiciada por las aguas a las que Strauss dedicó su famoso vals.
El narrador que nos plantea este viaje es el escritor italiano y germanista Claudio Magris. El libro se nos presenta como un relato del viaje que realizó con varios amigos, a mediados de los 80, a lo largo del Danubio, desde su nacimiento en la Selva Negra hasta su desembocadura  en el Mar Negro.
Según palabras del propio Magris, el viaje es “interno y externo”, ya que más allá de la mera geografía y anécdotas nos invita a bañarnos en el paisaje humano de pueblos y culturas que habitan los casi 3000 km de longitud y sumergirnos en la vieja idea de la monarquía Habsburguiana de la Mitteleuropa o Europa Central, entendida como la composición de la convivencia entre distintas culturas y nacionalidades bajo el paraguas de una civilización danubiana que tomó forma en las últimas etapas del Imperio Austrohúngaro, frente a otro tipo de nacionalismos unificadores y homogeneizantes ante la diversidad, como Prusia.
Con la premisa de esta dualidad entre el crisol de pueblos austríacos y la idea de nación alemana promulgada por Prusia, nos pone frente a frente las dos culturas germanas, ya que en este viaje Magris no cesará de resaltar el papel de los alemanes en Mitteleuropa. En palabras del propio escritor, “los germanos han sido los romanos de Europa Central”.
El viaje recorre los paisajes de Alemania, Austria, Hungría, Yugoslavia, Checoslovaquia, Rumania y Bulgaria, salpicando la narración con perlas de historia, como la edificación de la catedral de Ulm, el sitio de Viena o la apacible vida del archiduque Franz Ferdinand. También se nos presenta a la vanguardia cultural de una Europa aún bajo el telón de acero y el interesante testimonio de la vida cotidiana y convivencia en lugares como Timisoara, bajo Ceaucescu, o una aldea serbia en la Yugoslavia de Tito.
Me ha parecido interesante compartir este libro por la visión que el escritor italiano ofrece, una incisiva mirada al problema del nacionalismo, la Prusia que derivó en la Alemania Nazi, el totalitarismo y la búsqueda de la cultura-nación superiora; pero también de todas las victimas que ha producido desde los campos de exterminio hasta el conflicto yugoslavo que se deja intuir. Frente a esto aparece como una balsa de aceite el espíritu de los Habsburgo, un estado plurinacional rico en la diversidad, basado en una ideología supranacional con el predominio cultural germanizante, idea que nos intenta transmitir el autor.
El libro es un atlas de la memoria a las orillas del Danubio, un compendio de pequeñas historias y anécdotas, creando un relato solvente que nos invita a reflexionar sobre nuestro presente y futuro. “Ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río” decía Heráclito; quizás sea hora de cuestionarlo.

jueves, 12 de abril de 2018

Lampedusa, por Belisa Crepusculario

Nunca sé de qué escribir. O casi nunca.
Sin embargo, siempre hay un par de palabras aleteando dentro mi cabeza. Leídas o recién soñadas. Impopulares, levemente sonrojadas, sórdidas a menudo. Y ahí se quedan, instaladas en mitad de mis conexiones sinápticas esperando la llegada de otra palabra alada que las desplace. En ciertas ocasiones, colapsan mis ya maltrechos circuitos nerviosos y saltan de forma compulsiva llevándose por delante el juicio y el entendimiento de mi interlocutor. Y en esas andamos.
Lampedusa lleva varios meses embutida en mi amalgama gris, conviviendo de forma pacífica con mis neuronas y células de glía. Lampedusa es una palabra llana, sonora, sugerente y que le da nombre a una pequeña isla italiana de apenas veinte kilómetros cuadrados. Bien. El lector más avezado, ahora, podría asociar esta isla con el drama diario que se vive cerca de sus costas, pues esa breve porción de tierra constituye una de las vías de entradas más rápidas para los inmigrantes que proceden del continente africano. Hablar de cifras, muertes y naufragios, del conocimiento del problema por parte de las  autoridades y de nuestro silencio roza directamente lo obsceno.
Sin embargo, Lampedusa no acaba aquí. La diminuta isla mediterránea da también apellido al insigne escritor italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa, autor de la célebre obra “Il gatopardo” publicada en 1958, y que sería posteriormente llevada al cine por Luchino Visconti en 1963. La obra aborda el fin de la supremacía de la aristocracia, y cómo las nuevas clases emergentes aprovechan el triunfo inevitable de la revolución y de la unificación italiana en su propio beneficio: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.
Lampedusa crece extramuros, adjetivándose y dando lugar al maquiavélico término lampedusiano: “que todo cambie, para que todo siga igual”. Y, de repente, todo se mezcla y se agolpa: la isla, los naufragios, la miseria, el oportunismo, el Mediterráneo, la mezquindad, la muerte, el hombre… y entonces la palabra Lampedusa sale despedida de este obsesivo vórtice cerebral, dejando una leve muesca de tristeza en la memoria.
Y en ese momento no me queda otra que releer aquel poema de K. Iribarren: “Llevamos cometiendo / los mismos errores / desde el origen remoto / de la especie. / No parece haber / remedio para esto: / ni humano / ni divino. Y me pregunto /si la única / solución / posible / no estará / precisamente ahí / en seguir cometiéndolos / hasta sus últimas /consecuencias, / en tensar esta locura / hasta más allá del límite, / hasta que desaparezcamos / todos / de la faz de la tierra / en un festín brutal / de sangre / y semen / de una maldita vez / y para siempre”.
Y suspirar.

Asociación Cultural El coloquio de los perros

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