miércoles, 17 de diciembre de 2014

Gran Perro III (José Manuel Márquez "mane", 2003-2008)

Con motivo del número 50 de la revista El Ladrío, los cuatro presidentes que la Asociación Cultural El coloquio de los perros ha tenido desde su fundación, los grandes perros, hacen un repaso a sus respectivos mandatos y a las trayectorias de la revista y de la propia asociación.
En esta ocasión, quien escribe es el Gran Perro III, José Manuel Márquez García, tercer presidente de El coloquio de los perros desde finales de 2003 hasta finales de 2008.

Era una fría y lluviosa tarde de diciembre de 2001. Bueno, ni recuerdo que lloviese ni que hiciese un frío fuera de lo normal, pero empezar con esta frase me permite darle un toque más romántico a algo que no dejó de ser anecdótico por la forma en que se produjo.
Llegaba un servidor a la casa del Gran Perro II, anterior y posteriormente conocido como “mi amigo Salva”, para no recuerdo qué. Lamentablemente, él salía en ese momento a un bar calle arriba a tomar café. No lo quise importunar y comenzaba a despedirme cuando me enumeró la caterva de personajes con los que había quedado, sin darme muchos detalles sobre el motivo de tal reunión de pastores, y me animó a sumarme al cotarro. Éste que les escribe llegó, saludó a todos los presentes (conocidos todos), tomó asiento arrimando una silla de la mesa vacía más cercana, solicitó al camarero un poleo hecho en leche y abrió las orejas para no perder detalle de lo que allí se cocía. Tomó la palabra el Gran Perro I y, con su grácil verbo, dejó bien clara la razón de tal junta: crear una asociación. No recuerdo mucho más, solo que hubo que ir a reimprimir el acta fundacional para que todos los que allí estábamos saliésemos con un cargo bajo el brazo.
Con el paso de los años, algunos perros se han marchado y otros han ido llegando, hemos crecido en número y actividades, hemos conseguido hacer muchísimo con muy poco dinero pero mucho trabajo; hemos reído, poco nos ha faltado para llorar, hemos bebido, comido, viajado, leído, recitado, fotografiado y brindado sin parar.
En lo que respecta a mi reinado, me llena de orgullo y satisfacción reconocer que pese a la responsabilidad asumida en uno de tantos peroles con dimisión, gracias al empeño de todos los perros se desarrolló de forma más que digna, permitiéndonos asentar actividades que ya estaban en funcionamiento y mirar hacia el futuro sin miedo a las sombras a las que muchos colectivos acaban sucumbiendo con el paso del tiempo.
Gran Perro I, “el constructor”, y Gran Perro II, “el impulsor”, consiguieron poner en marcha algo grande (al menos para aquellos que lo vivimos desde dentro); y el Gran Perro IV, “el organizador” (alias la Merkel), ha heredado el colectivo en un contexto de crisis que obliga a ajustar las cuentas y a reinventarlo todo para que la cultura siga viva y latente en nuestra ciudad, en nuestro planeta, y en nuestros pequeños mundos personales.
Miles de recuerdos: Antonio Jesús cocinando un arroz que luego no probaba, “… y para compensar…”, el entuerto del botellero desaparecido, cá los gualtrapas, comiendo hojaldres de madrugada con los cómicos que participaron en la cata de vino, la prima de Lucas que participó en el concurso de relato, ir a vigilar en las naves de Ciatesa, cuando dibujamos en una sábana vieja la primera pancarta, Rafa Núñez en el local, aquel coloquio en la Casa del Inca en el que la gente se tuvo que sentar en el suelo, …
El coloquio está por encima de nosotros, adaptándose al momento y a las personas que lo formamos. El coloquio mira al futuro con los brazos muy abiertos esperando todo lo que queda por venir, y esperando a todos los que quedan por venir. El Coloquio de los Perros no quiere parar de nadar, porque si no podría hundirse, si os apetece nadar con nosotros ya sabéis dónde estamos.
Yo, que me había pasado a nosequé por la casa de mi amigo Salva, he visto cómo esta asociación ya es parte de mi vida. Sin comerlo ni beberlo, entre los perros he encontrado a muchos más amigos de los que podía esperar, he encontrado satisfacciones culturales y lúdicofestivas, momentos inolvidables, y lo que nos queda…

domingo, 14 de diciembre de 2014

Gran Perro II (Salva Loriguillo, 2002-2003)

Con motivo del número 50 de la revista El Ladrío, los cuatro presidentes que la Asociación Cultural El coloquio de los perros ha tenido desde su fundación, los grandes perros, hacen un repaso a sus respectivos mandatos y a las trayectorias de la revista y de la propia asociación.
En esta ocasión, quien escribe es el Gran Perro II, Salvador Loriguillo Jordano, segundo presidente de El coloquio de los perros desde finales de 2002 hasta finales de 2003.

Cuando un día mis nietos me rodeen y me pidan que les cuente alguna batallita del abuelo, les hablaré de El Coloquio de los Perros. Y si no me lo piden, también lo haré. Supongo que es de justicia que los nietos sepan cuáles son los recuerdos más felices de sus abuelos.
Como ocurre con las historias importantes de nuestras vidas, la riqueza personal que dejan sobre nuestros hombros es lo que más se valora con el paso del tiempo. Mi vinculación con este colectivo se remonta a los primeros días de su existencia, formé parte de ese grupo de veinteañeros –medio universitarios que estrenaban cartilla de parados del SAE– que tiraron para adelante con la idea.
Tras un brevísimo reinado del Gran Perro I, tomé las riendas de la asociación. El trabajo legal de inscribirla en los registros oficiales estaba hecho. Por suerte. Comenzaba una segunda fase con el objetivo de situar al Coloquio en la calle, que la gente supiera nuestra razón de ser.
Reconozco, con cierta pena, que tuve –tuvimos– que afrontar una tarea casi pedagógica con el nombre elegido para la asociación. Más de una vez, tuve que explicar que nuestro colectivo no era una protectora de animales. Incluso llegué a recibir en casa una carta de una chica que nos deseaba la mejor de las suertes en nuestra misión de recoger perros abandonados. La carta era emotiva, preciosa, pero me abrió los ojos de cuánto nos quedaba por hacer.
Siguiendo con lo del nombre, cuando la gente te preguntaba y enseguida le hablabas de Cervantes, de Cipión y Berganza, la sensación que les embargaba –al menos, esa era mi percepción– debía ser la de vincular nuestra asociación a un grupo de empollones que iban por la vida organizando debates y concursos de relato corto y hablando de promover la cultura. ¡¡Menuda panda de cerebritos!!
Pero aquel pensamiento pronto cambiaba, tan rápido como les contábamos que una cata de vino dirigida para jóvenes o que una cata de la cerveza en la ciudad del vino también entraban en nuestra lista de propuestas de actividades. La cultura no sólo está en los libros, amigo Sancho...
Fueron años de continuos estrenos. Todas las actividades que se pensaban, se hacían. Y si alguna se nos quedó en el tintero, supongo que no valdría la pena porque ahora mismo ni me acuerdo de ella. Levantamos la simpatía de mucha gente, fundamentalmente de los jóvenes. A muchos de ellos los metimos por primera vez en una bodega, los pusimos por primera vez a hablar de política en público y los obligamos también por primera vez a escribir lo que pensaban en una revista, nuestro querido “El Ladrío”. Esos jóvenes éramos nosotros mismos y de ahí que todos guardemos con especial mimo los recuerdos de aquellos años.
En el terreno puramente personal, El Coloquio de los Perros es mucho más que una carpeta que tengo en Mis Documentos en el ordenador. Enormes momentos los que viví como Gran Perro II y como siempre hay una espinita, la mía es que no conseguí del Ayuntamiento una sede para la asociación. Recurríamos por entonces a un local a medio montar de Mané, donde la ilusión compensaba la falta de comodidad.
Escribió el poeta Félix Grande –y Sabina lo versiona en una canción– que “donde fuiste feliz alguna vez/ no debieras volver jamás”. Pues no, ahí no os puedo dar la razón. Yo estuve en El Coloquio, me fui y ahora he regresado. Y lo mejor, que mis amigos seguían esperándome.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Gran Perro I (Carlos Alberto Prieto, 2001-2002)

Con motivo del número 50 de la revista El Ladrío, los cuatro presidentes que la Asociación Cultural El coloquio de los perros ha tenido desde su fundación, los grandes perros, hacen un repaso a sus respectivos mandatos y a las trayectorias de la revista y de la propia asociación.
En esta ocasión, quien escribe es el Gran Perro I, Carlos Alberto Prieto Velasco, primer presidente de El coloquio de los perros desde su fundación en diciembre de 2001 hasta finales de 2002.

En 2001 ocurrieron muchos acontecimientos de gran importancia para el devenir de los siguientes años. Para empezar, entramos en un nuevo siglo y milenio a pleno rendimiento económico, con un país lanzado que pensábamos iba a convertirse en toda una potencia. Entre los grandes momentos de ese año se recordarán las voladuras de los budas por los talibanes, los atentados del 11-S, la guerra de Afganistán, la enésima crisis argentina, la primera mujer que ganó un París-Dakar, había muchos asesinatos de ETA...
Pero a veces, son hechos aparentemente intrascendentes más que las grandes cumbres políticas, las batallas o las guerras los que determinan las vidas de las personas. Entre esos pequeños momentos de 2001 estarían el lanzamiento del i-Pod y la XBox, la creación de Wikipedia, la retirada de la gasolina súper con plomo, el estreno de El Señor de los Anillos y Harry Potter... Estos hechos de nuestro día a día constituyen nuestra intrahistoria personal, como llamó Unamuno a esta Historia de las personas normales y los pueblos.
En este mundo y esta intrahistoria montillana nuestra nació El Coloquio de los Perros, y yo, como Gran Perro I, tuve la misión de ser presidente provisional antes de la constitución definitiva y primer presidente tras aprobar los estatutos. En ese mandato tocó hacer muchos papeles: redactar los estatutos, visarlos en la Delegación de Justicia, hacer declaraciones trimestrales de IVA hasta que conseguimos la exención (compadezco a los autónomos). Eran tiempos en que intentamos conseguir financiación pública y, aunque nos recibían cortésmente en todas las administraciones, nos resultó difícil lograr ayuda. Finalmente nuestro Ayuntamiento fue conociéndonos poco a poco y nos fue ayudando. Después me tocaría formar parte de los Presupuestos Participativos en representación de la asociación, toda una experiencia. También intentamos comenzar un club de debate, pero tenía más éxito la cervecita posterior al coloquio que el debate en sí. Esa tradición cervecera y tertuliana no ha cambiado con los años. Además de la ardua labor burocrática de la primera junta de gobierno, el gran hito de este comienzo fue editar nuestro Ladrío, una revista más que digna, con colaboradores de mucho nivel y que todavía hoy sigue saliendo puntualmente y con contenidos atractivos. Probablemente los Grandes Perros posteriores han mejorado el formato y la presentación; pero la ilusión e imaginación que contenían aquellas páginas será insuperable.
Lo cierto es que entonces éramos muy pocos. Ahora la asociación ha crecido mucho bajo el mandato de los Grandes Perros siguientes, con sus grandes eventos de cata, culturales, los concursos de relatos y fotografía, los Días del Vecino, la ruta fotográfica; sin duda, los logros que han conseguido mis sucesores son inimaginables para los que nos juntamos en un restaurante para fundar la asociación. Los Grandes Perros II, III y IV han aportado un sello de consolidación, trabajo y profesionalidad. Lo mejor de esta asociación y su revista, desde el principio, es que ha sabido adaptarse a los cambios en la sociedad y gustos de los montillanos e incluir a mucha gente de diferentes edades, intereses personales y personalidades. Esta permeabilidad a nuevas ideas pero manteniendo el espíritu de amistad ha sido clave para garantizar la aceptación y reconocimiento de nuestros conciudadanos, que siguen apreciando y participando en nuestras actividades.
Por todo esto y a pesar del cariño que guardo a los años primeros de nuestra asociación y a las primeras revistas, pienso que los mejores números del Ladrío están todavía por escribir. Solo espero poder seguir formando parte de estas páginas y compartir más momentos con todos los perros.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Berganza, a favor de El Ladrío

Querido Cipión, ladrarse cuando se está en desacuerdo es de lo más natural en canes de nuestra raza, eso sí, argumentando con rigor y, si puede ser, convenciendo. Esta revista es una vía de comunicación abierta desde hace ya cincuenta números entre escritores y lectores. He de darte la razón en que muchos artículos son reflejo del alter ego de sus autores, ¿y qué hay de malo en ello? ¿Acaso una revista como El Ladrío no puede ser refugio de las ideas, los pensamientos y las emociones de quienes tienen la necesidad de expresarse libremente?
No entiendo esa demagogia tuya al querer hacernos creer que esto es solo una vía de escape para que nos evadamos de una realidad ciertamente pesarosa. Los escritores que han contribuido durante estos años nos han hecho reflexionar sobre sus opiniones, nos han emocionado con sus poemas, nos han hecho reír con sus chistes, nos han invitado a leer, a viajar, a ir al cine, nos han hablado de historia, de actualidad, de economía, de literatura… ¡Cuánto nos ha enriquecido este El Ladrío tuyo y mío y qué poco has sabido reconocerlo! Y los lectores, ¿cómo puedes hablar así de ellos? Sin nuestros ávidos lectores, ¿qué sería del eco de este ladrar nuestro?
El Ladrío es una revista hecha por gente que necesita contar la realidad en la que vivimos y para gente que necesita que le cuenten las cosas como son, tal y como afectan a nuestra cotidianidad. La revista trata esos temas que copan titulares de periódicos en informativos, pero con una diferencia, el punto de vista crítico y reflexivo de la gente normal y corriente. Leer jamás puede entenderse como una pérdida de tiempo, leer por leer ya es en sí misma una tarea más que recomendable. Aunque entre nuestros lectores hay personas muy cultas, hay que reconocer que la mayoría de quienes nos leen son vecinos, amigos y paisanos, quizás no tan cultivados, pero eso no es óbice para que puedan entender los conceptos más complejos si se hace el esfuerzo de explicárselos razonadamente. Más vale eso que dárselas de cultureta.
¿De huellas hablas? Bonita metáfora, Cipión. Suficiente huella es la que dejan los ejemplares de El Ladrío cuando se agotan en los mostradores de librerías y bibliotecas, o las numerosas descargas de su versión electrónica, que han hecho que tú y yo seamos conocidos más allá de la novela cervantina en la que nos conocimos. El Coloquio de los Perros —a la asociación me refiero—, ha estado en boca de todos en las catas del vino y la cerveza, el Día del Vecino, la ruta fotográfica, etc. y El Ladrío se ha convertido en un instrumento de comunicación de la asociación, en la voz de sus socios y en el vehículo de expresión de todo aquel que ha requerido formular una pregunta, criticar una actuación, promover un debate o incitar a la reflexión.
Qué pena me da que solo te fijes en el aspecto. Estoy seguro de que se puede mejorar tanto la forma como el contenido; la revista guarda el encanto de una publicación sencilla, posiblemente hasta humilde, y afortunadamente poco ambiciosa. No tiene por qué aspirar a una tirada extensa, ni renunciar a la esencia con la que nació y, si me apuras, tampoco adaptarse a las nuevas tecnologías. Nunca ha venido mal coger papel y lápiz para poner negro sobre blanco los temas que preocupan a la sociedad. ¿He de recordarte que tenemos una versión digital que se distribuye gratuitamente en el blog de la asociación y en las redes sociales? ¿Sabes que en Twitter y Facebook se desgranan todos los artículos periódicamente? Coincido contigo, Cipión, en que si la revista no existiera todo seguiría igual, del mismo modo que cuando tú y yo dejemos de ladrarnos, otros canes lo harán por nosotros. No obstante, no es menos cierto también que desaparecería un puente necesario para hacer fluir el conocimiento, la reflexión, la opinión, la crítica y el debate hacia unos lectores que echarían en falta estos rifirrafes que nos traemos.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Cipión contra El Ladrío

Berganza, amigo, ¿he de recordarte que llevamos desde el primer número ladrándonos y no llegamos a ningún acuerdo? Pues eso es lo que pasa con revistas como ésta en la que nos encontramos. El Ladrío en sí no es más que una mera expresión ególatra de los escritores.
Que sí Berganza, que sí. Abre los ojos y mira que los artículos que aquí aparecen son simples creaciones de vidas paralelas que, como telenovelas o deportes masivos, quieren que hagamos volar nuestra imaginación y olvidar lo verdaderamente importante. ¿Que no lo entiendes? Pues está bien claro, todo lo que se dice en estos panfletos publicitarios de tal o cual colectivo no son más que palabras vacías, florituras estériles, frases políticamente correctas que no van al meollo del asunto.
Nuestra sociedad está interconectada, cada día más y más, y ya sea con bozal o sin él no queremos que se nos vea tal y como pensamos, así que cuando nos ponemos a escribir blanco sobre negro… nos entra el canguelo y tiramos por la calle de enmedio… por el querer gustar a todos los lectores y así lo que se consigue es todo lo contrario, que nadie lea con ganas. Leer o escribir no sirve de nada si el interlocutor no es receptivo ante lo que cuenta o le están diciendo.
El espíritu crítico no va con los lectores de El Ladrío que, ante todo, saben lo que piensan, se sienten seguros de ello y no piensan cambiar su postura por lo que se escriba en un cutre-artículo de un escritor de poca monta en una revistilla de pueblo. La actitud evaluadora necesaria para interiorizar aprendizajes no está en quienes nos leen y por ello lo que queremos transmitir con nuestros artículos se convierte en palabras que se lleva el viento y que no dejan ni rastro. Y en parte les comprendo, nuestra revista es un cúmulo de artículos repetitivos con temas muy manidos leídos en otros tantos lugares y más que vistos u oídos en programas televisivos y tertulias radiofónicas. Por ello raro será el perro que olisquee esta publicación y sienta interés por ella y cale algo de lo que se dice en sus páginas.
Y de la pérdida de tiempo… ¿Qué me dices? Si en vez de la lectura de una revista de variedades leyésemos textos que se acercasen a nuestras inquietudes podríamos convertirnos en expertos en la materia o al menos saber de lo que hablamos y no decir las cosas sin conocimiento. Por tanto, veo totalmente contraproducente la lectura de esta revista que nada en la inmensidad de temas sin centrarse en ninguno de ellos, con la consiguiente vaguedad en las argumentaciones de los artículos. Está claro, Berganza, donde no hay competencia no surge la genialidad.
Cincuenta números llevamos con nuestros ladridos y no hemos dejado ninguna huella, nin-gu-na. Berganza, sal a la calle y pregunta a cualquier perro que por ella camine: ¿qué es El Ladrío? ¿Verdad que no te atreves? Tienes miedo de reconocer que, pese a los veinticinco mil ejemplares puestos en la calle, rara es la persona que nos conoce, que sabe de la existencia de la asociación a la que pertenece o simplemente lo que es. Resígnate, Berganza, convéncete de que esta revista está hecha por y para los miembros de un colectivo minoritario que publica sus textos para pocas personas y que su repercusión es ínfima.
¿Será cuestión de que su atractivo es manifiestamente mejorable? ¿Tampoco lo pones en duda? En nuestra sociedad tecnológica El Ladrío es todo un vestigio de la antigüedad... ¡Hasta continúa siendo en blanco y negro! Con estos trasnochados mimbres pocas personas sentirán el mínimo interés en coger un ejemplar y echarle un vistazo, máxime cuando existen aplicaciones en nuestros móviles en las que accedemos instantáneamente a contenidos que despiertan mucho más interés que un folio blanquinegro.
Si dejase de existir esta revista todo seguiría igual: los colaboradores narcisistas seguirían exhibiendo sus textos en cualquier otro lugar, los culturetas buscarían otros espacios con los que sentirse superiores y nosotros dos descansaríamos de tanto quejarnos.

lunes, 1 de diciembre de 2014

2 Ruta fotográfica: imágenes más destacadas

El jurado de la 2 Ruta Fotográfica "El coloquio de los perros", que tuvo lugar el pasado 26 de octubre en Bodegas Pérez Barquero, se ha reunido tras recibir todas las instantáneas participantes y ha escogido entre ellas a las más destacadas.
La selección ha dado un total de 10 fotos, clasificadas en 5 semifinalistas, 4 finalistas y 1 ganadora. Todas ellas, además de aparecer en esta web (agrupadas en orden alfabético, según el nombre de su autor, por categoría clasificatoria), serán expuestas en unos meses en formato impreso, algo de lo que daremos cumplida información en cuanto confirmemos fechas. A ello hay que añadir que la imagen ganadora protagonizará la portada del próximo número de nuestra revista "El Ladrío", la cual ilustraremos también con algunas de las fotografías.
Ganadora - Antonio Casado
Finalista - Antonio Casado

Finalista - Antonio Torres

Finalista - Jonay Gómez

Finalista - Rafi Jiménez
Semifinalista - Antonio Torres

Semifinalista - Javier Márquez

Semifinalista - Jonay Gómez

Semifinalista - José Manuel Márquez

Semifinalista - José Manuel Márquez

viernes, 28 de noviembre de 2014

Coloquiocracia, por Belisa Crupusculario

Me rompió aquel verso de Gamoneda. Hubiera sido capaz de quitarle la razón hace quince años, cuando era muy joven y la noche aún no existía. Ahora madrugo todos los días y, conforme pasan los años, me siento cada vez más tentada a beber su dulce nihilismo destilado.
¿Acaso todo para esto? Pienso más en el abuelo. Pienso en nuestros jóvenes de los 70, locos, barbudos y enamorados, buscando encendidos bajo los adoquines una playa que nunca existió. Pienso también en aquella sórdida transición, en la caída del muro, en la fina lluvia que nos dejó Maastricht, en la última reforma constitucional. No sé, será que una empieza a hacerse mayor.
Soy del Coloquio. Por convicción.
Les voy a hablar de un foro, de una mesa y cinco sillas, siempre una copa de vino en la mano. Les hablo de un punto de encuentro, de un lugar de referencia, de un huerto con alberca donde poder descubrir lo que verdaderamente importa. Les hablo de un proyecto, quizás más propio del humanismo, empeñado en desempolvar nuestra esencia milenariamente tolerante, capaz de guiarnos hacía un futuro más cordial y amable. Les hablo de una propuesta con olor a barrio, alejada del edificio ministerial y sus recepciones horteras de vino y canapés. 
El Coloquio es uno y muchos ejemplos. Un genuino cóctel de pluralidad conformado por individuos, absolutamente dispares, que se han sentado a conversar sobre todo aquello que les (re)mueve. Aquí reside su principal virtud, esto es, la diversidad de perspectivas, de puntos de vista y de posicionamientos.
El diálogo, la confrontación de pensamientos y la reflexión como punto de partida. ¿Quién dijo que la cultura era propiedad exclusiva de élites y minorías selectas? ¿No se parece Horacio a aquel hortelano, curtido por el sol, que medita en nuestras tabernas? ¿Qué será de los versos de Núñez si no estremecen a alguien en la vieja Poley? La cultura es y será de la gente. Acercarla, devolvérsela, nuestra febril empresa.
No todo es perfecto. Muy a menudo discuto, discrepo con mis compañeros. Lo confieso, no siempre comulgo con ellos. Disiento. Soy crítico, mordaz en ocasiones. Sinceramente, tengo que reconocer que me exasperan algunos planteamientos. Sospecho que entre tanta diferencia debe nacer el pírrico éxito del colectivo, en la suma perfecta de tantas voces desiguales.
Desde la ventana se contempla un paraíso devastado. No busque, amigo lector, hoy no encontrará una sigla prendida en mi solapa. En estos días confusos, en los que la mayor parte de las organizaciones e instituciones huelen a rancio, deberíamos admirar las señas de identidad de colectivos tan humildes y pequeñitos como el nuestro, en las que por encima de todo, la pluralidad, la participación, la transparencia, el respeto y la democracia son realidades más que tangibles. 
“Otros os empeñáis en la esperanza”, decía Gamoneda. Acaso, quizá, nos baste con las palabras. Es el tiempo de empeñarse en la esperanza, es el tiempo del Coloquio.