sábado, 12 de octubre de 2019

Más anime, por Virginia Polonio


En los años 70 un joven llamado Meteoro aparcó su coche en todas las televisiones de España. Su sueño, ser piloto de carreras, venía de la mano de una efeméride: llegaba a las pantallas de nuestro país la primera emisión de una serie de animación japonesa o anime. A partir de este acontecimiento esta parte de la industria artística y cultural japonesa ha calado en nuestra sociedad de manera que ha creado un movimiento que ha llevado a los jóvenes y no tan jóvenes a organizar los llamados salones manga y a caracterizarse de sus personajes de anime favoritos en una moda denominada cosplay.
Personalmente, este género me ha calado tanto que ha logrado mantenerme fuera del conjunto de series que ha mantenido en vilo a una gran parte de la población como Juego de Tronos o Chernobyl o de los estrenos cinematográficos. No estoy afirmando que un tipo de creación audiovisual tenga más calidad o interés que otra sino que hoy vengo a defender con palabras el potencial del anime y la oportunidad que le debería dar el público tanto en la pequeña como en la gran pantalla.
Son escasas las obras de animación japonesa que traspasan las puertas de los cines aunque la mayoría de ellas, independientemente de la temática, poseen el siguiente objetivo: despertar en el espectador un torbellino de emociones.
¿Y qué armas utiliza para ello? Como ejemplo hago alusión a los mensajes que transmiten algunas películas de este género como pueden ser las obras de Studio Ghibli. Este estudio japonés de animación ha creado cerca de una veintena de películas y la mayoría de ellas contienen argumentos que giran en torno a aspectos muy relevantes en la actualidad como la lucha por el medio ambiente o el empoderamiento de la figura de la mujer.
Sin embargo, un elemento que realza la sensibilidad que albergan algunas de estas obras, ya sea en serie o en película, son sus bandas sonoras, piezas que encajan perfectamente con el tipo de anime, con cada escena y cada plano y que se transforman en unos magníficos potenciadores de las intenciones que el autor quiere transmitir a los espectadores. En este sentido recomiendo especialmente las BSO de Rurouni Kenshin compuesta por Noriyuki Asakura, la banda sonora de Attack On Titan obra de Hiroyuki Sawano y la de la película de Ghibli El Viaje de Chihiro de Joe Hishaishi. Otra factor que destacaría es la amplia gama de temáticas que podemos encontrar dentro del anime pues existen más de 20 términos que los clasifican dependiendo del público al que van dirigidos, de la temática y del estilo de dibujo.
Me entristece que existan personas que por desconocimiento le atribuyan al anime las características de las animaciones que solo van destinadas al público infantil, con argumento vago y personajes planos. En el anime existen gran cantidad de obras de calidad como puede ser Perfect Blue de Satoshi Kon, un thriller psicológico del que se afirma que ha bebido la célebre película Origen.
En definitiva, los espectadores de todas las edades deberían darle una oportunidad a este género cinematográfico donde los creadores japoneses son transmisores de su cultura, liberadores de la imaginación que no muestran en la sociedad encorsetada en la que viven y estupendos malabaristas de los sentimientos.

domingo, 6 de octubre de 2019

El perdón, por Alba Delgado Núñez


¿Qué es el perdón? Depende de a quién le preguntes lo explicaría de una manera distinta. Teniendo en cuenta que viene del término “per donare”, es decir, liberar una deuda, podríamos entender el perdón como una palabra asociada al olvido, a hacer que no ha pasado nada. A no ejercer esa venganza hacia ese algo o alguien que consideramos que nos hizo daño. Por ende, ya estamos ligando ese significado a una sensación de libertad, tratándose de una acción de superioridad desde el EGO.
Hay quien puede creer en la típica frase que dice “perdono pero no olvido”. Pero eso no es perdonar, es juzgar, pues la acción sigue haciendo mella en nuestro inconsciente, seguimos aumentando la cólera y se acaba manifestando en nuestra vida de una manera u otra. Perdonar, en este sentido, significa que hemos llegado a la comprensión de esas personas o situaciones por las que nos sentimos agraviados. El primer beneficiario será uno mismo. Por tanto, no es un acto caritativo hacia los demás, es un acto caritativo hacia uno mismo.
Se dice que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Por lo tanto, no existen cosas buenas o malas. Sino que, teniendo en cuenta nuestro aprendizaje y experiencias, consideramos que algo está bien o está mal. Si, bajo nuestro punto de vista, algo no está bien, aparece el sentimiento de culpa y justo después el castigo. Pero se nos olvida que existe la acción de superioridad más grande desde el EGO: el perdón.
A veces, hay que preguntarse ¿hasta dónde voy a dejar que me alcance el sufrimiento? Es necesario pararse a observar y comprender por qué la otra persona actuó de esa manera. Observa cómo tratas a los demás y qué recibes a cambio. Un ejemplo es el de aquella que se va de nuestra vida sin dar explicaciones. Las razones pueden ser múltiples pero, sin embargo, es un acto egoísta creer que se tiene la obligación de permanecer a nuestro lado de forma perenne. Hay que saber soltar. Es una manera de perdonarse y liberarse. De dejar de sufrir a través del otro. De pensar lo que los demás te hacen. De caer en el victimismo. Las personas no es que sean enemigas. Nada ocurre por casualidad. Tal vez estuvo en un momento en el que debías de aprender algo. Por lo tanto, hay que fijarse en los buenos momentos, agradecer todo aquello y entender para qué estamos viviendo esa situación. 
¿De qué nos sirve el “¡Con todo lo que he hecho yo por ti!” o “Yo necesito que actúes conmigo de esta manera porque yo te he dado tanto”? Se da sin esperar, pero es inútil pedir algo que no estás dando. Quizá lo que haya fallado fuera el amor propio. 
¿Cuál es el aprendizaje que tenemos que conseguir aquí? Si viésemos a través de sus experiencias y comprendiéramos lo que está pasando, nos daríamos cuenta que nuestra respuesta sería muy parecida a la que ha tenido. Por eso es necesario aprender a perdonar, a soltar tanto la cólera como a aquel por el que nos sentimos agraviados. Entender que esa interacción ha ocurrido para que tu aprendas algo en la vida.
Por lo tanto, el perdón es el mayor acto de amor y libertad que existe sobre la tierra. Quizá haya situaciones similares que se nos vuelvan a repetir. Pero, para ello, ya habremos tomado nota y sabremos a la perfección identificarlas y trascenderlas. Aceptar que nada ocurre por casualidad y que todo trae consigo un aprendizaje. Que debemos utilizar más el perdón en vez de nombrar la palabra de forma banal. El perdón nos da la libertad de sentirnos en calma con nosotros mismos y con aquello que nos rodea. No podemos vivir constantemente enfadados con todo lo que nos pasa. Poniendo un muro de ruinas delante, creyendo que nada nos va a afectar cuando va a derribarse tarde o temprano. Perdonar nos da alas, nos transforma.
Recuerda: Ser valiente es atreverse, atreverse a perdonarse, a perdonar y a amar.

martes, 1 de octubre de 2019

No hay camino: Maragatos, por Francisco García Gascó


Entre el mar (Galicia) y los gatos (Madrid). Una posta en el páramo, de sedientos y auríferos paisajes, Astúrica Augusta llaman a mi capital, y en la más profunda de las Castillas, León es país independiente.
La encomienda de compartir mi pasión por la andanza se hace velada realidad en la primavera de El Ladrío. La guía de viaje al uso está llena de colores, grandes lugares para grandes experiencias. Barruntamos un brillo eterno en nuestra elección, pero no entendemos que en lo pequeño muchas veces está el gozo. Cuando viajo la búsqueda de la autenticidad es lo que me guía. Sitios y personas que sean y estén. Huyo, o al menos lo intento, del dolor de lo aséptico, de las manzanas que brillan, de las franquicias sin corazón. Así que, hoy hago la primera de mis propuestas…vayámonos, pues, a la Maragatería.
Esta región, wiki dixit, es una comarca española situada en la zona central de la provincia de León. Su paisaje es adusto, sobrio, de tonos cobrizos, de pueblos con nombres compuestos en los que la preposición de nos da severas pistas sobre su naturaleza: del Camino, de los Polvazares, de Somoza (el núcleo de la auténtica maragatería). Cuentan los lugareños que esa tierra ha dado recios trabajadores, arrieros acostumbrados a conseguir comerciando lo que no daba la tierra.
Es una comarca que mira a Astorga como la ciudad que no es teniendo a León a un tiro de autovía de escaso peaje. La impertérrita Astorga, la romana Astúrica, la del palacio de Gaudí, la del excelso chocolate (recomiendo Santocildes), la que vende el cocido maragato (no duden en comerlo en la Posada La Lechería, en Val de San Lorenzo) como esencia culinaria. La que alberga rincones de autenticidad como La Cocina Vieja, un reducto gastronómico, copado por Roberto, mesonero, cocinero, poeta y libre pensador. Cinco mesas esperan al caminante para sumergirse en el hondo corazón leonés. 
Todo en la Maragatería es peculiar y auténtico. Castrillo de los Polvazares es el núcleo restaurado que nos dice cómo fue la realidad dura, abandonada, de una tierra que no perdona, pero que llena nuestra alma cuando la visitamos. Es el lugar que todos visitan como trampantojo de la Maragatería. Una lugareña es capaz de taparse el sol de febrero con una barra de pan. Hay que ir.
Val de San Lorenzo es la patria de los telares. El ruido de las lanzaderas volantes comanda un alud repetitivo de husos bruñidos de lana merina. Van quedando pocas industrias, pero es parada obligatoria para rememorar lo que la Mesta fue.
Santiagomillas alberga la arquitectura maragata más auténtica, con el Teleno virando a su occidente.
Luyego,  Quintanilla y Santa Colomba, todos de Somoza, viven en órbitas concéntricas de pétreas moradas. Sus calles, presuntamente vacías, vierten ríos de historia en campos que cada vez se tornan más verdes ante la proximidad del Bierzo.
Rabanal del Camino, no tiene tanta vocación maragata. Es un punto de distinción que en su nombre ya expresa su ser como posta xacobea. En la búsqueda de la autenticidad que propongo, a diario se oficia una misa en gregoriano en la que un Babel monástico de cuatro almas hace vibrar las paredes agrietadas de la iglesia del pueblo.
Foncebadón, que se aleja aún más, renació por el camino de Santiago y casi desintegra el paisaje maragato.
Y muchos más pueblos.
Cuando hablamos de la provincia de León, pienso en modo gótico (me ayuda el Sr. Follet), barrios Húmedo y Romántico, patatas de El Flechazo, tarta de trucha de Bóñar, nicanores, botillo,  Bierzo, vinos mencía (Altos de Losada, y olé), Picos de Europa, cuevas de Valdevimbre, paisajes agrestes. En este bendito lugar,  la maragatería es el más castellano de los paisajes leoneses. Es un lugar para perderse y para disfrutar. Magnífica cecina, mantecadas de Astorga, huerta berciana, insuperables cocidos, cadencia vital, ritmo pausado, ojos que miran a los ojos, y mucho, mucho por descubrir en los límites de esa España vacía de la que tanto se habla.
En mi despedida no quiero dejar pasar una recomendación para el descanso diario. Conozcan la red de Posadas Reales de Castilla y León. Lugares únicos, llenos de personalidad, regentados por unos propietarios que han puesto el alma en cada piedra de su albergue. Sitios verdaderos, de comidas oníricas, en los que volvemos a ser huéspedes y no clientes. 
La Lechería (ya nombrada), Hostería Camino (en Luyego de Somoza) y Casa de Tepa (en Astorga) pertenecen al universo maragato.
Mi favorita es la Posada Rural Musical, en el Puerto de Béjar…pero esa es otra historia.

El camino te espera para seguir tus huellas.

jueves, 26 de septiembre de 2019

Embrujo tecnológico, por Leonor Rodríguez "La Camacha"

¿Pero por que se me vendrá a la cabeza este tema ahora? Con lo tranquila que estaba yo pensando en mis cosas, hablando conmigo misma durante horas… y de repente, sin saber cómo ha llegado, tengo mil cosas en la cabeza. Instagram, Facebook, Twiter… y tantas otras que están y no conozco siquiera.
El ser humano es el mismo desde hace miles de años. Nuestras características fisiológicas y mentales no han cambiado. Sin embargo nuestra forma de comunicarnos sí… y claramente a peor. Todos los males que había en el pasado siguen estando, a saber: desinformación, habladurías, escarnio social, intentar quedar bien, ir con la idea que “quede mejor”…  Nada nuevo bajo el sol.
Pero hoy, al contrario que hace décadas, cientos y miles de años, se nos ha colado en nuestros bolsillos una ventana al mundo que, como mínimo y siendo un hada buena, que no es lo que soy, no estamos utilizando bien.
En fin, que cada vez más estamos pendientes de las pantallas y menos del que tenemos al lado. En la sala de espera del médico, por ejemplo, antes estabas callado o charlando sobre nada con cualquier persona que te contaba su historia… y nosotros la nuestra. Hoy día prestamos más importancia a lo que nos pueda decir el móvil, pensamos que es más interesante cualquier noticia del periódico, pensamos que sabemos más por mirar un dato en Google… pero nos equivocamos. ¿Por qué? Porque la persona que tenemos al lado nos puede aportar como mínimo su punto de vista diferente o no al nuestro. ¿Qué no te lo crees? Eso se llama esnob y piensas que lo que digan las redes está bien solo porque lo dice una aplicación de móvil.
Sí, lector, nos engañamos cuando pensamos que por contar nuestras glorias (las miserias las dejamos para los allegados que nos escuchan de viva voz) por redes sociales estamos interesando a nuestros amigos… parece mentira que todavía no hayamos aprendido que los amigos se cuentan con los dedos que tenemos… no con los me gusta, likes o similar que nos pongan en una publicación.
Sí, lector, me jode que cuando estamos ante nuestras familias, si no hay nada que decir en ese momento, se eche la mano al aparatejo que tenemos cerca y busquemos lo que otros pueden decir… ¡¡¡¡¡NOOOOOO!!!!! Calma, cada cosa a su tiempo, en esa reunión también se debe dejar espacio al silencio para que luego venga la tertulia, el intercambio de ideas, de información, que aunque no tenga el mismo rigor que las definiciones del diccionario la Real Academia de la Lengua sí que tengan esa carga emocional del que las está transmitiendo.
Así que si no me haces caso de lo que te voy a decir hazte cargo del conjuro incapacitante que posteriormente diré:
Deja el puto móvil cuando estés hablando cara a cara con alguien o en grupos reducidos.
Deja el puto móvil si no te llaman, o incluso si lo hacen; sabes que le puedes devolver la llamada cuando estés a solas.
Deja el puto móvil para mirar las maravillas que dicen que hacen o tienen otros. Y por supuesto, deja de poner solo tus lados buenos y comparte también los momentos de menos alegría… o mejor… intenta que no sepamos tanto de ti… que, como todos, eres refutable y  prescindible.
Deja el puto móvil para que tu cabeza piense en nada… sí nada… sí nada… la nada existe y es un lugar en el que se tranquiliza uno y se planea el siguiente paso.
Leonor Rodríguez “La Camacha” estará vigilante… para que si alguno de estos preceptos no cumplís caiga sobre vuestro dispositivo un pedrusco y rompa en pedazos las pantallas dejándolos inutilizados y, lo que es peor… sin posibilidad de recuperar las conversaciones de Whatsapp. He dicho.

domingo, 22 de septiembre de 2019

The division 2, por David Luna


The División 2 es un shooter looter táctico, arcade en tercera persona enfocado al multijugador en línea. Para los profanos, decir que se trata de un videojuego de disparos para jugar en línea y que lo más importante es coger armas, armaduras, materiales, etc., para cada vez ser más competitivo. Es un juego para disparar y farmear (recolectar cosas). Secuela de The Division (2016), pule y mejora aquellos aspectos que más éxito tuvieron, así que podemos decir que es lo mismo pero mejorado.
Se ambienta en Washington DC tras un apocalipsis provocado por un grupo terrorista que tumba al poderoso gobierno de EEUU y lo convierte en una ciudad sin ley, perteneciendo tú al único grupo militar (la división) que se interpone entre el bien y el caos. En esta secuela, habrán pasado seis meses desde el primer ataque, con lo que ahora el país se encuentra en verano y no en invierno como en el primer The Division. Esto hace que los escenarios exteriores cambien con respecto a su antecesor, no veremos nieve y los atuendos de los personajes serán más veraniegos. Es importante recalcar que no hace falta haber jugado a la primera parte para disfrutar de este juego. De hecho, recomiendo saltarse la primera parte y viciarse directamente a The Divison 2.
Estamos hablando de un videojuego como servicio y no de un juego al modo tradicional; esto significa que al salir al mercado no estaba completo y que se irá actualizando con misiones nuevas, tareas, modos de juego y cualquier cosa que la desarrolladora Ubisoft considere que va a seguir enganchando a los jugadores y atraer a nuevos compradores. Este modelo de negocio tiene pros y contras. En cuanto a lo positivo, que se trata de un juego al que puedes estar jugando incansablemente durante meses e incluso años hasta que salga la tercera parte (que de seguro ya la estarán haciendo, porque lleva años terminar un juego de este calibre); y en lo negativo, que si lo compras nada más salir te lo vas a encontrar con muy poco contenido, mala optimización, bugs a cascoporro y sin saber los cambios que llegarán en el futuro, con lo que pudiera ser que el juego que compraste no se parezca en nada al que habrá dos o tres años después. Asimismo, puede pasar que, por alguna razón, el juego no haya tenido las ventas esperadas y se abandone al olvido no actualizándolo, no dando lo prometido o simplemente cerrando sus servidores y quedándote sin poder jugar a pesar de haberlo comprado. Por fortuna, esto no parece que vaya a ocurrir porque hablamos del mejor juego del 2019 y le queda cuerda para rato.
En el apartado técnico, adolece de lagazos, bajadas de frames, crasheos, fallos en texturas…; por desgracia lo normal, hoy en día, en la industria de los videojuegos. La comunidad de jugadores se queja también de mala optimización. En mi caso puedo jugar con configuración entre alta y ultra a 40-80 fps. (frames por segundo) sin tener un PC de última generación, así que no me puedo quejar. Visualmente es un juego atractivo, con muchos escenarios exteriores con un nivel de detalle majestuoso, los interiores también están muy cuidados, pero se te hacen más monótonos porque a veces son muy parecidos entre sí. La ciudad se ha recreado a escala 1:1, con lo que la sensación de realismo es apabullante. Posiblemente es la mejor recreación de un mapeado en la historia de los videojuegos. Se nota que Ubisoft ha tirado la casa por la ventana y ha apostado por sacar un producto de calidad que gustará incluso a los jugadores más exigentes. El sonido es más que aceptable, las armas suenan bien, se escucha nítidamente a los enemigos hablar entre ellos y el doblaje en castellano no tiene ninguna pega. La banda sonora cumple, pero no destaca.
La historia, aunque es muy interesante, carece de importancia, porque es una mera excusa para pegar tiros y recoger el loot que sueltan los enemigos. Pero si eres de los que les gusta conocer el lore, lo vas a disfrutar mucho porque cada rincón de la ciudad tiene algo que contar. Eso sí, hablamos de una historia adulta no apta para menores, por ello, y por su violencia, tiene una clasificación PEGI (Pan European Game Information) para mayores de 18.
La jugabilidad es lo mejor que tiene The Division 2, es tremendamente divertido y adictivo. Puede pecar de ser un poco repetitivo, puesto que consiste en hacer las mismas misiones o tareas una y otra vez, pero tras echar más de 200 horas (y las que me quedan) puedo decir que aún no me he aburrido en ningún momento. Aunque se puede jugar en solitario, no tiene ningún sentido, puesto que está pensado para hacer las misiones en cooperativo. Especialmente divertido si vas con amigos (con micrófono, por supuesto), aunque jugar con “guiris” tampoco representará mayor problema por el tema del idioma. No es como en otros juegos, que hay que coordinar bien las acciones, aquí lo importante es saberse los mapas, por dónde salen los enemigos, elegir la mejor cobertura y no ir en modo Rambo. Como he dicho antes, es un juego de carácter arcade, con lo que los jugadores a los que les guste el realismo se sentirán algo defraudados, es muy falso cuando vacías un cargador sobre un sujeto sin armadura y éste sigue disparándote tan tranquilo. Cuando se alcanza el level máximo te dejan elegir especialización: francotirador, curación o granadero, como si de un juego de rol se tratara, pero a la hora de la verdad es engañoso porque la especialización de tu personaje no afecta demasiado a la hora de afrontar las misiones.
Una cosa que no me gusta es que trae los omnipresentes micropagos (porque no hay juego que salga al mercado en la actualidad que no tenga), aunque de momento son solo cosméticos y sirven para comprar ropitas, bailecitos y tonterías de esas, con lo cual no afecta ni desbalancea. Pero como el juego irá evolucionando con el tiempo, no descarto que metan algún arma “tocha” de pago. Tampoco me termina de convencer lo que se llaman zonas oscuras, en las que no se puede entrar sin encontrar un tonto que te mate y te robe. El que quiera PVP tiene mapas 4 vs 4, no había necesidad de darle carta blanca a la comunidad tóxica que se dedica a molestar al resto de jugadores.
A pesar de eso, estamos hablando de un juegazo en el que se puede invertir el dinero tranquilamente, puesto que es diversión asegurada durante mucho tiempo. No es una obra maestra, pero de pocos videojuegos hoy en día se puede decir que valen cada euro que cuestan. Mi recomendación es que lo compres dentro de un par de meses, que el juego estará más maduro y completo.

PROS

  • Extremadamente divertido.
  • Juego para echar cientos de horas.
  • Los tiroteos son frenéticos y muy satisfactorios.
  • La ciudad está muy bien recreada, es un placer para la vista.
  • Promesa de DLCs gratuitos que ampliarán el contenido.
CONTRAS

  • Cajas de loot y micropagos. 
  • Bugs y optimización mejorable.
  • Sistema antipiratería DENUVO.
  • PVP tóxico en las zonas oscuras.
  • Poco contenido de salida. A la larga se hace repetitivo.



martes, 17 de septiembre de 2019

Ganadores del 17 Concurso de Relato Corto, Fotografía y Microcorto


El barcelonés de Cerdanyola del Vallès Manel Artero Badenes, con su interesante obra "La entrevista", es el ganador del apartado de relato corto de la decimoséptima edición del Concurso de Relato Corto, Fotografía y Microcorto que organiza la Asociación Cultural “El coloquio de los perros”, cuyo tema en esta ocasión ha sido "Los pecados capitales".
En cuanto al apartado de fotografía, la imagen ganadora es "Deseo", del pamplonés Pedro Pileño Malvar, que trata de mostrar el pecado de la lujuria.
Por lo que respecta al microcorto, el jurado ha decidido dejar desierto el premio. Como consecuencia de ello, la asociación organizadora ha destinado el montante económico del mismo a sendos segundos premios de relato corto y de fotografía.
Estos galardones han recaído en el texto “La pereza”, enviado desde el Puerto de Santa María por Juan Luis Rincón Ares, y en la imagen “Avaricia”, del alcarreño de Cabanillas del Campo Fernando Méndez Ramos.
Además de estas obras premiadas, los miembros del jurado decidieron otorgar menciones especiales a los relatos "El pecado capital de Yure Pyovar", del montillano Antonio Jesús Criado Pedrosa; "El octavo comensal", del madrileño de Tres Cantos Manuel Montoya Vicente; y "Acedia", de la argentina Daniela Isabel Ortiz. También recibieron esas menciones las fotografías "All in" y "En manos de la ira", de los bonaerenses Maximiliano Gunars Grinfelds y Florencia Percario, respectivamente; y "Lujuria" y “Love for rent”, de los madrileños Pedro Pablo Pellón Pulido y Mario Matías Pereda Berga.
Los relatos y fotografías ganadores y mencionados por el jurado formarán parte del libro que la Asociación Cultural El coloquio de los perros edita cada año con las obras más destacadas del concurso, y que será presentado en el acto de entrega de premios que tendrá lugar a primeros de noviembre de este año en fecha y lugar aún por concretar, y de la cual daremos cumplida información.
Deseo, de Pedro Pileño Malvar

Avaricia, de Fernándo Méndez Ramos

All in, de Maximiliano Gunars Grinfelds

En manos de la ira, de Florencio Percario

Lujuria, de Pedro Pablo Pellón Pulido

Love for rent, de Mario Matías Pereda Berga

miércoles, 11 de septiembre de 2019

El tiempo y los relojes, por Carlos A. Prieto


Nunca he usado reloj.
A finales de los años sesenta, el Dr. Walter Mischel, de la Universidad de Stanford lideró un experimento psicológico con niños. Se trataba de dejar a un niño solo en una habitación, sentado ante una chuchería. Al niño se le daban dos opciones: bien comerse la chuchería en el momento o, si esperaba quince minutos, podría comerse no sólo una golosina, sino dos. El objetivo del experimento era estudiar la capacidad del ser humano de postergar la satisfacción de un deseo. Este y otros estudios posteriores establecieron una correlación entre el rendimiento escolar o un menor índice de masa corporal entre los niños que tenían capacidad de retrasar la gratificación o premio.
Esta capacidad de resistir el impulso inmediato es muy importante desde el punto de vista del marketing y el comportamiento de los consumidores, ya que la falta de capacidad para posponer una recompensa supone una de las principales razones para explicar el consumismo compulsivo o la cultura de usar y tirar típica de la sociedad industrial de finales del siglo XX. En los inicios de este siglo XXI, en nuestro mundo en pleno cambio tecnológico vertiginoso, sorprende cómo hemos perdido en gran medida esa parte racional que controla los impulsos: queremos la chuchería ahora. Y las tecnologías que tenemos a nuestro alcance nos permiten adquirir y resolver nuestros deseos con un clic. Es más, ahora estamos en el paso a la sociedad de los datos masivos y nuestros dispositivos no solo nos permitirán adquirir productos para cumplir nuestros deseos, sino que gracias a los análisis de datos nos adelantarán y sugerirán qué es lo que nos apetece casi antes de que lo sepamos nosotros mismos.
La implantación de nuevas tecnologías siempre ha conllevado grandes cambios en las estructuras económicas y sociales: desde la rueda y su impacto en la agricultura, la máquina de vapor y la industria, o el petróleo y los medios de transporte. Uno de los impactos sociales de nuestra revolución tecnológica es el cambio en el sentido del tiempo. La conexión plena a redes y la comunicación simultánea hace que vivamos en una cultura de la inmediatez en la que hacemos muchas tareas simultáneas muy rápidamente. Pienso en los padres que conducen para llevar a sus hijos a actividades de tarde. Mientras conducen, hacen llamadas de trabajo. Mientras esperan a que el niño acabe la clase de ballet, contestan los emails pendientes y mandan wassaps a su pareja para organizar la compra y la cena. Después hacen la compra online o piden una cena preparada. En el ámbito laboral ocurre otro tanto, nuestra tecnología nos permite un grado de eficiencia ni soñado hace veinte años, resolviendo muchas tareas a la vez y en tiempo real.
No sé Ud., querido lector, pero yo también vivo instalado en esta locura espaciotemporal; siempre con prisas, con demasiadas tareas a la vez y poco tiempo disponible. Creo que no llevar reloj es mi pequeña rebeldía contra estas urgencias. Me permite pensar que no estoy sometido a la inmediatez y que me rio del paso del tiempo. Sé que me engaño a mí mismo, nadie puede burlar al paso del tiempo. Pero por si acaso, seguiré sin usar reloj.

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