lunes, 27 de marzo de 2017

Mi memoria es un tobogán. Homenaje a Nacho Montoto, por Sonia Zurera López

Querido Nacho, hace sólo ocho años estábamos preparando en mi casa la presentación de tu poemario "Mi memoria es un tobogán. Espacios insostenibles", empezaba a conocerte y, si te soy sincera, no sé ni siquiera quién nos presentó, pero qué más da, era fácil conectar contigo. Tuvimos claro que el acto sería más ameno si había música y ahí entraba en escena mi querida Carolina, siempre dispuesta a echarme una mano. Se hizo en la Casa del Inca Garcilaso en Montilla, precioso enclave para un libro especial; todo el mundo contento. De esta forma conociste lo que hacía mi asociación El Coloquio de los perros y empezó a atraerte la idea de hacerte socio.
Fue en mi casa donde supe entre líneas y con algunas referencias a tu madre que nos unía una gran ausencia, quizás eso hacía tan especial lo que escribías, no lo sé. Lo que sí tengo claro es que las pérdidas, a algunas personas, nos empujan irremediablemente al folio en blanco. En tu caso, querido amigo, todo lo recogido fue pura belleza.
Transcurrieron los meses, ese fue el año en que Losada me presentó a Carlos; de su mano conocí a Chivite, a Antúnez y, poco a poco, me fui sumergiendo en un mundillo en el que me sentía verdaderamente a gusto. ¡Ah! Tengo que decir que, por supuesto, me regalaste tu primer poemario dedicado. Deseando estoy recuperarlo y ver qué me pusiste.
¡Ay, Nacho! Podría decirte tantas cosas, sólo sé que no estoy triste, sí aún conmocionada. Probablemente tu muerte me hace reafirmarme en un pensamiento: la vida no acaba aquí, los que os vais sólo tomáis caminos diferentes, divergentes, pero estoy convencida que toda la belleza que habita en tu pecho es imposible que se extinga con el último aliento.
Llegó 2010 y de nuevo de la mano de El Coloquio presentaste en Montilla "Superávit". Aquello sí que fue increíble: sala llena hasta la bandera y, al anunciarse el acto por la radio, un grupo de alumnas de bachillerato acudieron a la sala. Cuál fue mi sorpresa cuando al terminar la presentación te acribillaron a preguntas; era algo así como un club literario de fans. “¿Pero eso existe? -pensé-“.
Pues claro que existía. Conocían tu trayectoria, tu forma de escribir, las obras que habías publicado y tú, ni corto ni perezoso, como al que le pasa todos los días, allí contestando a diestro y siniestro para satisfacción de un público tan joven y a la vez tan ávido de literatura.
Por supuesto, te hiciste socio, seguiste de primera mano lo que íbamos haciendo y participaste como jurado en una de las convocatorias del concurso de relato corto que cada año convocamos.
Me enteré de tu partida en el coche, tremendo. Lo primero que pensé fue que el que nos transmitía la noticia se había equivocado, tenía que ser un error. “Nacho Montoto -dije yo- ¡imposible!” Pero no, era cierto y tan cierto. Un 8 de enero cogías otro rumbo, dejabas atrás al pequeño Teo, a tu querida Gala y a un niño que escuchará cosas maravillosas de su padre y que, sin embargo, no llegará a conocer.

 “Estamos vivos porque nos duele el corazón”. JIM

jueves, 23 de marzo de 2017

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Derribando muros, por David Lara

Rodeado de noticias donde se vuelve a hablar de levantar muros y excluir a desconocidos extranjeros, no he podido evitar enlazar el panorama actual con la afición que me apasiona, los juegos de mesa.
Si bien en artículos anteriores ya hablamos sobre el auge y la popularidad que llevan experimentando los juegos de mesa en los últimos años, sigue siendo una afición minoritaria y de nicho. Cuanto más minoritaria es una materia, mayor suele ser nuestro desconocimiento, y a menudo suplimos nuestra ignorancia con prejuicios y recelos. Huir de lo desconocido es un primitivo mecanismo de supervivencia que el ser humano sigue arrastrando desde hace millones de años hasta nuestros días. Así que heme aquí para desconectar por un momento vuestro cerebro reptiliano en favor del neocórtex, heme aquí para haceros olvidar vuestros instintos y despertar vuestro raciocinio.
A menudo, cuando comparto que juego a juegos de mesa, siento cómo, de repente, mi interlocutor me ve como a un extranjero, activa su mecanismo de defensa y empieza a levantar delante de mí un muro virtual fabricado con argamasa de prejuicios y asombro. Algunos responden en voz alta y a otros no les hace falta, se puede leer en sus caras ruborizadas: “Pero... ¿juegos como Monopoly, Risk y ésos, como cuando éramos niños?”. La persona, ajena a los nuevos juegos de mesa modernos, sigue anquilosada en estos clásicos y en el cliché de que los juegos de mesa son cosa de niños, ahora adultos infantilizados. Su cerebro reptiliano responde por ellos.
Es entonces cuando me dispongo a derribar su muro apelando a su neocórtex. Los juegos de mesa modernos son para todos los públicos, no un mero pasatiempo infantil. Son una forma de ocio sana que fortalece las relaciones sociales, porque para jugar a juegos de mesa es imprescindible rodearse de gente, ya sean amigos de toda la vida o gente nueva que conocer. Son tan variados que cada uno cumple con diferentes fines según los gustos de los que lo practican. Algunos suponen todo un desafío a las capacidades cognitivas de los jugadores, teniendo que descifrar el camino más óptimo hacia la victoria. Otros, en cambio, son más distendidos y su objetivo es garantizar risas y buenos ratos de diversión. Hay juegos donde la ambientación temática se respira desde que se abre la caja y hacen volar nuestra imaginación mientras encarnamos personajes en mundos de toda índole. Durante las partidas el tiempo no sólo vuela sino que permanecemos absortos olvidándonos de nuestras preocupaciones. En ocasiones, además, consiguen alimentar nuestra curiosidad por ciertas materias, de modo que al terminar la partida sigamos investigando más sobre el tema que ambientó el juego. Pero su mayor virtud, sin duda, es que hay un juego de mesa para cada persona. El catálogo actual es tan rico y variado que es imposible que ninguno satisfaga los requisitos de cualquiera.
Realmente no busco proselitismo con este argumentario, tan solo respeto. De hecho, este artículo bien pudiera aplicarse a cualquier afición minoritaria, pues todas son respetables. Puede que en estos tiempos que corren sea pedir demasiado a una sociedad escasa de curiosidad e inquietudes, pero espero al menos que este artículo ayude a derribar más de un muro.

sábado, 18 de marzo de 2017

1 cata ciega de vinos finos

El viernes 17 de marzo tuvo lugar en el Círculo Artesano de Montilla la primera cata ciega de vinos finos organizada por la Asociación Cultural El coloquio de los perros.
En esta edición, los dieciocho catadores aficionados probaron vinos finos en rama procedentes de algunas de las tabernas con más solera vinícola de Montilla; los mismos caldos que sirven en barra a sus clientes habituales. Las Camachas, Bolero, La Chiva y Los Arcos fueron los cuatro establecimientos que prestaron su colaboración para esta actividad.
Así, los participantes degustaron los vinos finos de forma anónima, sin conocer su procedencia, valorando sus características organolépticas y opinando sobre las sensaciones que cada uno de ellos le producía. Tras una larga y nada sencilla deliberación, dada la gran calidad de los vinos presentes, el fino mejor valorado fue el de la Taberna La Chiva.
Desde nuestra asociación queremos agradecer la colaboración prestada tanto a las cuatro tabernas participantes como al Círculo Artesano de Montilla por cedernos sus instalaciones para esta actividad que esperemos se siga desarrolando con el mismo éxito en ediciones posteriores.

domingo, 12 de marzo de 2017

Sobre la utilidad del latín y el griego, por José Manuel Hidalgo Berni

“Eso son lenguas muertas”, “eso no sirve para nada”, “¿todavía se estudia eso en los institutos?...” Estos son los comentarios más agraciados a los que un estudiante de la rama de Humanidades o un profesor de Latín y Griego se enfrentan con cierta asiduidad en su quehacer diario, y la verdad, no les falta razón a quienes los hacen. El desprecio hacia las Humanidades no sólo en nuestro País sino también en el resto de países de la U.E. ha sido cada vez mayor, comenzando su decadencia prácticamente desde mediados del siglo XIX. El motivo fundamental que alegan es su utilidad, utilidad que sí encuentran, sin embargo, en la ciencia, la tecnología, la economía... No hace falta recordar la famosa anécdota del egabrense ministro franquista José Solís, el de “más deporte y menos latín...”  Pero, ¿quién es el gurú que sabe lo que es útil y lo que es no útil? ¿Quién es el vate que sabe para qué sirve o no sirve algo? Ni el mismo Tiresias nos alumbraría. Estas materias están desfasadas, anquilosadas, entorpecen la cadena de montaje y no generan dinero. No queda tiempo para lo humano en esta sociedad.
Las Lenguas Clásicas tienen un valor per se del que carecen las lenguas modernas: permiten adentrarnos en las entrañas de nuestra lengua materna y de cualquier otra lengua moderna romance (e incluso de algunas no romances) favoreciendo su entendimiento y su aprendizaje. El Griego y el Latín, su estudio y su conocimiento, permiten mejorar la expresión, la compresión, la estructuración del discurso, el léxico de una lengua, et cetera. En definitiva, contribuyen en gran medida al desarrollo de la competencia lingüística, entre otras. Dominar las estructuras sintácticas de las Lenguas Clásicas implica dominar las del español, francés, italiano...  e incluso las del inglés, lengua no romance, pero de la que aproximadamente el 65% de sus palabras tiene origen latino (aún mayor incluyendo el lenguaje científico). Fijémonos cuán evidente es el parecido de la lengua latina (o del griego clásico) y la inglesa a la hora escribir una oración subordinada sustantiva como: “yo quiero que él compre un anillo”.

-    Ego volo eum (sujeto del infinitivo) emere (infinitivo verbo) anulum (complemento del infinitivo)
-    I want him (sujeto del infinitivo) to buy (infinitivo verbo) a ring (complemento del infinitivo)

El inglés mantiene la misma estructura que el latín, no así el español que exige incluir el nexo “que”.
El ejercicio mental que se tiene que realizar para poder verter un texto latino o griego a una lengua moderna implica una mejora en el desarrollo de nuestra capacidad de compresión, de relación e interpretación, a la vez que favorece nuestro pensamiento crítico. No es lo mismo, por ejemplo, leer un texto de Platón o un discurso de Demóstenes en griego clásico que una traducción ya dada. Las versiones de un texto grecolatino pueden ser más o menos acertadas pero nunca se entenderán en su totalidad, pues se pierden algunos matices por el camino. El aprendizaje de ambas materias permite acceder a un saber único al alcance sólo de quienes dominan las Lenguas Clásicas. Traducir implica: ordenar y entender una determinada estructura en la que entra en juego el caso (categoría que no posee el español), adaptar la estructura original a otra similar en lengua moderna y dar con el significado exacto de los términos para conformar el sentido completo del texto, teniendo en cuenta, además, su contexto social, político y cultural. Si se me permite la comparación, las Lenguas Clásicas son similares a un complejo puzle en el que deben encajar todas las piezas; es, por tanto, un ejercicio mental sublime.
Además de ello, el hecho de conocer ambas lenguas, no necesariamente a altos niveles, las convierte en dos materias interdisciplinares imprescindibles, que contribuyen a optimizar el estudio y aprendizaje de otros saberes. Griegos como Arquímedes, Herón de Alejandría o Ctesibio van a escribir sobre manivelas, palancas, bombas, sifones... inventando instrumentos como el tornillo hidráulico, la polea, la clepsidra...  Aristóteles, Pitágoras, Tales, Empédocles o Hipócrates con sus teorías hicieron enormes aportes a la ciencia, filosofía, matemáticas, medicina... Los romanos, por su parte, mejorarán y desarrollarán las técnicas de construcción que aún hoy día continúan: calzadas, puentes, acueductos, obras hidráulicas e incluso calefacción en el suelo destacando, además, en el ámbito de la política, la oratoria y el derecho. Por tanto, en la Antigüedad clásica comenzó la explicación racional del mundo, dejando a un lado las leyendas y hazañas de héroes para pasar a un nuevo mundo en el que los hombres son dueños de sus acciones y de su propio destino.
Sin embargo, a pesar de ello no podemos alejar la leyenda y la mitología grecorromana de nosotros. La literatura clásica es el vehículo transmisor de saberes, pasiones, leyendas, descripciones etnográficas, historias y de un largo etcétera que forman parte de nuestra cultura: todos deberíamos conocer los devaneos de Zeus, a quien no le importa metamorfosearse para conseguir su objetivo, los amoríos de Afrodita, el rapto de Perséfone, los trabajos de Hércules, el oráculo de Apolo... Además, con cierta asiduidad se hace uso de expresiones como “esto es una odisea”, “ese es mi talón de Aquiles”, “has abierto la caja de Pandora”, “eso son cantos de sirena”,  “el complejo de Edipo...” Y ¿realmente sabemos lo que ocultan estas expresiones, o nos limitamos a emplearlas contextualizándolas según las hemos asimilado? ¡Qué más da! La Poesía, la Filosofía, la Pintura, la Música... no interesan. Esas disciplinas distraen, entorpecen, son un lastre y no tienen cabida en nuestro sistema educativo.
Al menos, será justo reconocerles a las Lenguas Clásicas una utilidad universal. El alfabeto latino es el sistema de escritura empleado por millones de personas; el alfabeto griego, por su parte, además de persistir en griego moderno, es muy utilizado en el ámbito científico, matemático, técnico, botánico... En muchas y diversas lenguas se utilizan los mismos términos procedentes del griego para designar un mismo concepto. Por ejemplo, del término σῶμα (soma) tenemos en español, entre otras palabras, “cromosoma,” y en inglés, francés o alemán “chromosome”. Además, el latín y el griego clásico son eternos y no tienen dueño, nos pertenecen a todos: per capita, sine die, motu proprio, grosso modo, curriculum vitae, mutatis mutandis, eureka, habeas corpus... son algunas de las expresiones que podemos encontrar en diferentes lenguas y que pueden poner a más de uno en un aprieto por su incorrecto uso o mala pronunciación: es muy extendido confundir quid (pronunciado “cuid”), que hace referencia a la esencia o al porqué de algo, con un kit de montaje o de primeros auxilios; o añadirle preposición al latinismo grosso modo: a grosso modo, de grosso modo; o decir “idem de lo mismo”, es decir, “lo mismo de lo mismo”. Un término muy curioso en español es “quisqui”, que procede de una errónea pronunciación del latinismo quisque (cada uno o cualquiera). Otro error muy común es la confusión entre huevos y uebos: es hacer algo “por uebos”, es decir, por necesidad, del étimo opus, y no “por huevos”. ¡Pero si hasta la palabra siesta procede del latín! Una pista, está relacionada etimológicamente con bisiesto.
Discernido lo útil de lo no útil, las Lenguas Clásicas no pueden quedar atrás, constituyen una parte importante junto con el resto de disciplinas en la formación de nuestros jóvenes. Dejémonos ya de lenguas muertas y similares bagatelas y consideremos, de una vez por todas, el valor que cada disciplina tiene en sí misma para la educación.

Plurimas gratias, πολὺ εὐχαριστῶ.

martes, 7 de marzo de 2017

¿Enoturismo?, por Berganza

Querido Cipión, los humanos del siglo XX desarrollaron una forma de evasión de su triste vida cotidiana basada en arremolinarse en playas, montañas, pantanos o ríos: el turismo. El turismo vino de la mano de una gran revolución social de la era industrial: el coche utilitario. Las familias con posibles para adquirir un coche se escapaban masivamente durante quince días de verano. Buscaban ser un poco más libres y felices, huir del duro trabajo y de sus preocupaciones. El problema de los seres humanos es que no se conforman solo con buscar la libertad personal, sino que tienen que demostrar a los demás lo felices que son. Viven en una maraña de relaciones sociales extrañas, donde el turismo se convirtió también en una demostración de prestigio social.
Después llegaron los viajes low-cost, con sus billetes de avión baratos, los cruceros gigantes, la revolución de Internet y las agencias de viajes y reservas virtuales. En definitiva, el acceso al turismo se hacía cada vez más fácil, cada vez más gente podía viajar y los destinos tradicionales se llenaron de torres de apartamentos, paseos marítimos y gente, mucha gente. Y claro, en el comportamiento humano, prestigio significa exclusividad. Hacer turismo ya no era signo de rango social y poderío. El turismo convencional pasó a ser burdo, grosero y vulgar. El ser humano de clase media se dio cuenta del vacío que conlleva la vida normal y que las cosas materiales no llenan dicho vacío. Y así, en lugar de necesitar productos, los humanos se hicieron consumidores de experiencias y emociones.
En 2004 una película lo cambió todo: Entre copas (Sideways en el resto del mundo). En esta película, dos protagonistas viajan durante una semana por los viñedos y bodegas de California para encontrarse a sí mismos y buscar el sentido de vida. La industria vitivinícola vio una manera de sortear sus altibajos y mejorar sus cuentas: convertirían las bodegas en centros de ocio, con catas de vino, pero también con hotel, restaurante… dejarían de vender vino para vender experiencias enológicas. Había nacido el enoturismo. Arquitectos famosos diseñaron grandes complejos de bodega-hotel para las grandes bodegas de siempre, como reclamo para un turista diferente. El enoturismo tiene la ventaja de atraer a un turista con ganas de gastar dinero, con formación, con buenos empleos, un turismo “de calidad” (y poquito de esnob también). 
El problema cuando una empresa tiene éxito es que automáticamente hay otras que la siguen. Y así sucesivamente hasta que el mercado se satura. Y en esas estamos con el enoturismo, en plena expansión y camino de su implosión. Actualmente hay tal cantidad de oferta de enoturismo que parece difícil que nuevas empresas puedan entrar a competir. De hecho, hasta bodegas de medio pelo disponen de una sala para catas, un hotelito, un spa, visitas a los viñedos, paseos a caballo, cualquier cosa para que el turista se gaste el dinero en la bodega. Pero toda esa inversión no se ha visto siempre acompañada por una mejora en la calidad del vino, ni por una mejor comercialización. Otro daño colateral del enoturismo es el abandono del turismo más tradicional, de manera que los turistas ya no acuden a restaurantes ni hoteles de las localidades donde se sitúan las bodegas. El patrimonio cultural en estos sitios recibe ahora menos atención porque los turistas apenas salen del hotel-bodega.
Por último, el enoturismo va de la mano del cuñadismo. Ahora tu cuñado/a enoturista diserta hasta el infinito sobre bouquet, aromas secundarios o retro-gustos; mientras le pone Casera al Don Simón en la reunión familiar de los domingos.

jueves, 2 de marzo de 2017

¡Enoturismo!, por Cipión

“Cuñado” Berganza, hoy quiero hablarte de ese nuevo fenómeno social que tan de moda se ha puesto en los últimos tiempos: el enoturismo. Sé que tú eres poco amigo de inventos y excusas para tomar vino, que no hace falta que te den más motivo que el saborear unos cuantos tragos de unos buenos caldos, a ser posible en buena compañía, que la conversación ya llegará a la segunda copa.
Sin embargo, coincidirás conmigo en que poco a poco, cada vez más, te vas convirtiendo en un perro verde, en un bicho raro que aún va a la taberna a tomar vino en lugar de disertar sobre los aromas del lúpulo y los colores y texturas de las cervezas artesanales.
Y es que el vino, la bebida romana por antonomasia, la que tomaban los señores y los lacayos, el clero y los seglares, los poetas y los militares, la que igualaba a todos como la muerte, lleva décadas en decadencia. Hace tiempo que los jóvenes le dieron de lado y se decantaron por las cervezas y las bebidas espirituosas. En unos casos, los menos, abocados a ello por la cortedad de miras de algunos bodegueros y taberneros que primaron la cantidad y el beneficio inmediato por encima de la calidad y la inversión a medio y largo plazo. En la mayoría de las veces, por el contrario, el motivo no ha sido otro que las magníficas campañas publicitarias que multinacionales cerveceras y destilerías han realizado, y que nos han arrastrado como borregos hacia esas bebidas, sinónimos de estilo, clase y modernidad, dejando al vino en el rincón de lo añejo, lo antiguo con sabor a rancio.
Por desgracia, no hay en el sector vitivinícola empresas con ese poder mediático y financiero, así que no ha quedado más remedio que volver a acuñar esa frase de la unión hace la fuerza para poder subsistir. Una unión que debe venir de la mano de agricultores, bodegueros, consejos reguladores y administraciones locales y regionales; y una fuerza que ha encontrado un importante aliado en el enoturismo.
Y es que el vino ha estado siempre ligado a nuestro patrimonio etnográfico, lo tenemos interiorizado en nuestro acervo cultural: los edificios monumentales, civiles y religiosos, la literatura, las costumbres y festividades, los oficios tradicionales, la gastronomía, el paisaje, la propia historia… Un potencial que hay que poner en valor para que el consumidor vuelva a apreciarlo y reconocerlo.
Eso es el enoturismo. Algo más que una simple campaña de promoción y difusión de un producto comercial. Mostramos nuestro vino y nuestras cultura, naturaleza e historia a un público del siglo XXI que no se contenta con indicarle lo glamourosa y estupenda que es una bebida. Hay tantas que ya lo hacen. Los traemos a donde se cría, a donde se produce y a donde se consume. Que conozcan no solo sus propiedades organolépticas sino también su idiosincrasia y su contexto.
¿Una excusa para beber vino o visitar lugares innecesaria para ti o para mí? Posiblemente. Pero imprescindible para dar a conocer el sector vitivinícola y el entorno rural como alternativa a las cervezas y bebidas espirituosas estándar y al turismo urbanita o de sol y playa, y para ejercer de motor de desarrollo de muchas comarcas. Y si como muestra sirven unos botones, ahí tienes Penedés, Jerez, Ribera del Duero o Rioja sin irnos más lejos. Que por allende nuestras fronteras también podríamos fijarnos en Burdeos, Toscana, Oporto o el Valle de Napa.

domingo, 19 de febrero de 2017

El Ladrío Invierno 2017

https://drive.google.com/file/d/0B5w63sv6aiNeZUswV3BWX3hEd1U/view?usp=sharing
Este número de El Ladrío lo preside el vino.
En nuestra portada, la imagen ganadora de la cuarta edición de nuestra ruta fotográfica, tomada en la sacristía del Lagar Los Raigones. El resto de fotos finalistas, además de en nuestra web, pronto estarán expuestas en la Taberna Bolero, lugar donde se venera el buen vino, su crianza, su degustación y a su degustador.
En las páginas centrales, Cipión y Berganza, nunca de acuerdo, siempre dialogantes, intercambian opiniones sobre el enoturismo.
Casi al final, en la penúltima página, que la última es para nuestras píldoras viajeras, Leonor Rodríguez “La Camacha” se suelta de nuevo el bozal y dice sin tapujos lo que opina de los consejos reguladores.
Entre medias, como mimbres que tejen el armazón de esta revista, opiniones, recomendaciones, poesía o narrativa.
Sin embargo, el alma de esta edición de El Ladrío se encuentra en la página 13. Sonia Zurera escribe el verdadero editorial de esta revista en memoria de Nacho Montoto, su amigo, nuestro socio, el prometedor poeta ya consolidado, que se nos fue el pasado 8 de enero sin avisar, poco después de tuitear, como tantas veces, sobre su querido Atleti.
Desde la Asociación Cultural El coloquio de los perros lamentamos la pérdida de nuestro socio, transmitimos nuestras condolencias y más sentido pésame a familiares y allegados y nos unimos a su recuerdo y homenaje. Descanse en paz.
Haz click sobre la portada para leer la edición de Invierno 2017 de El Ladrío.

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