"Me gustan las personas que, sin pedirlo, lo hacen porque les nace".
Esta frase, a priori romántica, esconde una trampa peligrosa: la expectativa de que el resto de la humanidad lleve inherentemente el poder de descodificarnos la mente. Creer que el otro tiene obligatoriamente el deber de adivinar nuestras carencias no es amor, es egoísmo; exige una vigilancia ajena constante y denota poca empatía hacia nuestro alrededor. Es como pensar que tenemos el foco mediático, como si viviéramos en el primer Gran Hermano. Y es que tenemos idolatrada la intuición ajena como si fuera una medida de cariño.
A menudo, el pensamiento se traduce en “si le importara, se daría cuenta”, cuando ni siquiera estamos haciendo el esfuerzo de pensar que, tal vez, la otra persona está absorta en sus pensamientos, intentando salir de un laberinto silencioso e implacable que no sabe cómo dominar. Encima, estamos pretendiendo que también sea capaz de describir y descifrar lo que se nos pasa por la cabeza en todo momento…
Esa creencia, en realidad, nos condena a la frustración y carga a la otra persona con la misión imposible de averiguar lo que no puede averiguar.
Y posiblemente llevemos toda la vida escuchando eso que oprime los sentimientos. “No llores”. “No digas”. “No hagas…”.
La idea de borrar los sentimientos, de ocultarlos, de fingir que no pasa nada cuando pasa de todo. Eso no es ser valiente. La verdadera valentía no reside en el silencio estoico, sino en la capacidad de verbalizar: "necesito esto" o "hasta aquí". Pedir, por lo tanto, no es un signo de debilidad, sino un indicativo de la buena salud mental. Expresar una demanda ante una necesidad sentida y esclarecer límites oportunos.
Esa tarea, la de pretender que llegue el gran salvador, es parte de un ilusionismo radical e intolerable: Nadie tiene la obligación ni el poder de salvarnos. Esa es una tarea intransferible. Y es una de nuestras únicas responsabilidades. Los demás pueden acompañar, escuchar, dar consejos, ayudar en algún momento determinado. Pero no se les puede exigir tirar de la cuerda para sacarnos del agujero mientras fingimos absoluta impasibilidad hacia los designios que hemos coleccionado hasta llegar al fondo de la oscuridad.
También debemos saber que, aunque resulte complicado, algunas decisiones individuales deben ser respetadas. Pongamos un ejemplo dramático: “Si no dejas de beber, te vas a morir” Y, por mucho que intentes esconder el alcohol a la otra persona, por mucho que trates de que no tenga delante esa tentación… Por mucho que se le proponga una y mil veces el ingreso en una UDA… es su propia decisión. Y la tuya es tener claro hasta dónde vas a seguir sosteniendo el vaso, no esperar a que alguien lo sostenga por ti. Puedes dejarlo encima de la mesa y coger otro que de verdad se pueda coger. Porque ni es tu vida, ni es tu responsabilidad. Lo que sí es, el reflejo de tu miedo.
Y en este texto no se trata de invisibilizar a esas personas que actúan porque algo les nace, porque ansían de corazón un cambio y una mejora en la vida de algún ser querido, sino un recordatorio de la importancia que tiene el valor de pedir las cosas, de expresar lo que nos causa temor o frustración. Porque a veces, simplemente, tenemos que soltarlo, simplemente tenemos que verbalizar, simplemente tenemos que llorar. Y no pasa nada. Es necesario. Es más, pasa mucho.
Por tanto, dejemos de vivir en esa creencia de que alguien va a venir a salvarnos. Es hora de entender que, de todas las causas perdidas, la más interesante y la que más nos necesita, somos nosotras mismas. La idea de “sacrificarse” quedó atrás hace tiempo, es algo arcaico e inmoral. Igual que ese sentimiento de posesión con los demás.
Como sociedad, necesitamos de los demás. Necesitamos sentirnos comprendidos, pero los sueños que no se expresan, no existen. Los sueños que no se expresan, no se materializan. Los sueños que no se expresan, no se conocen. Y, si existiera una unidad de posibilidades de que se pudiera hacer realidad, tampoco tiene por qué ser una tarea exigible.
Romper con este mito arcaico de la adivinanza es, de hecho, un acto de liberación. La
vulnerabilidad de decir "te necesito", "me duele" o "hasta aquí" es nuestro verdadero músculo emocional. Es el mayor acto de respeto que podemos tener hacia el otro, al liberarle del deber de la profecía, y la mayor muestra de amor propio. Dejemos de medir la salud de nuestros vínculos en silencios y suposiciones. Entendamos que el amor no es telepatía, es un diálogo valiente.
Comentarios