lunes, 19 de agosto de 2019

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El retrato del papa Inocencio X, por Ángel Márquez

De todos son conocidos los monumentos y obras de arte que guarda la ciudad eterna de Roma. Instintivamente, cuando pronunciamos Roma, la asociamos a una ciudad cuyos pilares están basados en el arte; iglesias, basílicas, esculturas, columnas, pinturas, palacios, museos, catacumbas, historia e infinidad de piedras trabajadas por las manos y la inteligencia del hombre. Por eso Roma es y será siempre la ciudad eterna. 
Hoy mi paseo por el recuerdo se encamina al palacio Doria Pamphili y a su extraordinaria galería. En la Galeria de Arte Doria Pamphili todo es magnífico. Se entra en un maravilloso palazzo renacentista, como muchos de los que existen en Roma, la mayoría de ellos adaptados a museos. Cuando llegas al palacio Pamphili esperas ver un museo lleno de obras de arte, de excelentes y extraordinarias obras de arte. Lo que no encuentras es el museo. Es esto lo más extraordinario y quizás lo más singular de la galería: no es un museo. Es una colección particular, en una casa palacio particular, que aún está habitado por la dinastía Doria Pamphili. En ella hay obras magnificas y de primer orden: Caravaggio, Jan Brueghel, Hans Meling, Guido Reni, Tiziano, Rafael, Velázquez y muchos más. Como no es un museo, el ordenamiento y colocación de las obras de arte tiene un cierto desorden y una ubicación en las paredes que nos choca con la visión que tenemos de los museos modernos; pero la disposición de esas obras lleva cuatro siglos dispuesta ahí de esa manera y es así como hay que verlas o no verlas, pues muchas de ellas están colocadas en los pasillos sin una iluminación adecuada, algunas situadas a una altura girafada y casi todas pegadas unas con otras, creando un cierto batiburrillo en que alguna que otra obra maestra se nos escapa. Esta galería hay que visitarla con unas ciertas dotes detectivescas.
De los grandes maestros pintores que nombré antes hay una obra del gran Diego Velázquez, quizás sea la obra emblemática de la Galería Doria Pamphili: “El retrato del Papa Inocencio X”. Es una pintura realizada al óleo por Diego Velázquez en el año 1650. Está documentado que el papa posó para Velázquez y este aprovechó su oportunidad para pintar quizá el mejor retrato de la historia del arte. Se dice que cuando Inocencio X lo vio terminado dijo un poco desconcertado “troppo vero (demasiado veraz)”. Y es en esta afirmación donde radica todo el contenido para afirmar que es el mejor retrato de la historia del arte.
Teniendo conocimiento que en la galería se encontraba esta vedette de la pintura, mi inquietud aumentaba cada vez que pasaba por un pasillo esperando encontrarme con Inocencio X; a qué altura estaría y con qué acompañantes. Casi sin darme cuenta, por muy poco me lo paso de largo. En una pequeña habitación, casi en un habitáculo con unas medidas aproximadas de cuatro metros de largo por tres metros de ancho, se encontraba allí Velázquez, Inocencio X, su retrato y yo. Como digo, todo es curioso en esta galería. En los grandes museos si hay algo que nunca falta es la gente, las colas que crean y las esperas, que te obligan en muchos casos a verlos de una manera borreguil. Aunque parezca inaudito, yo me encontraba sólo frente al Papa. En las cuatro paredes de la saleta solamente está el cuadro de Inocencio X, y en la pared opuesta una banqueta para mirarlo, admirarlo y conversar con él. En los quince minutos que estuve frente al cuadro, solamente interrumpió nuestra intimidad una pareja extranjera (yo también era extranjero). El retrato fascina e intimida. Velázquez consiguió pintar el rostro y el cuerpo del Papa Inocencio X, pero también retrató su carácter y casi diría que retrató su alma. Es en la mirada de Inocencio (una mirada totalmente opuesta a su nombre) donde recae la fuerza del retrato. Más que estar frente a un cuadro de pintura, en ese momento me encontraba en una audiencia que el papa me había concedido. Hablamos de varios temas generales  que derivaron casi en confesión, y si sigo más tiempo allí, salgo con una bula papal. Me despedí del papa Inocencio X y le di las gracias a Diego Velázquez por haberme conseguido esta audiencia papal.
Cuando salí del Palacio Doria Pamphili, me acordé que no besé el anillo de su santidad (majestuoso como todo el cuadro). Espero que este olvido no sea un atenuante para ir al purgatorio.