sábado, 10 de mayo de 2014

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Leopoldo María Panero. Cómo leer a un artista, por Virginia Polonio

Una vez alguien me contó que existen varias formas de leer a un artista. Si una mano curiosa abre su interior al azar podrá leer entre las hojas historias en acrílico o autobiografías en riffs. Si se detiene en la portada hallará la estampida de la palabra “actitud” o las caducas hojas del calendario en la palabra “constancia”. En cambio, si busca primero en el índice y la mirada se dirige exactamente a una cifra, los periódicos le hablarán de 8.000 entradas, 30 años de trayectoria o 25 obras.
Hace años que intento leer al poeta Leopoldo María Panero (1948-2014). Le busco en las estanterías. Su portada era la de hombre que vestía un traje con la palabra “maldito” escrita en la etiqueta. Su mirada triste y perdida, su infinito cigarro y sus balbuceadas expresiones jugaban con el discurso de la locura.
De su interior salían multitud de páginas repletas de poemas que se asomaban al abismo, odas a la incoherencia y versos realistas que se establecen en el límite del exceso y que hablan de la muerte, del “hombre que es un animal miserable que ensucia la vida con su orina”, de la “roca de la soledad”, la impotencia o la homosexualidad.
Teoría, Así se fundó Carnaby Street, Heroína y otros poemas, El tarot del inconsciente anónimo, Contra España y otros poema de no amor, Agujero llamado Nevermore o Narciso en el acorde último de las flautas.
Estas son algunas de las casi 60 obras poéticas que conforman la mitad de la contradictoria balanza que es la producción literaria de Panero, encuadrada dentro del grupo de los novísimos, alabada dentro del panorama de la poesía actual y a la vez engullida por el alcohol, por su carácter y por su imagen social que hace que su poesía sea opaca a la mirada de la sociedad.
En sus palabras se autodescribe como “la ceniza del poema en el que no creo, la ceniza del verso y del poema, el que vive sin tener ya sentido” y en sus versos recita: Aquí estoy yo, Leopoldo María Panero/ hijo de padre borracho/ y hermano de un suicida/ perseguido por los pájaros y los recuerdos.
Esta imagen que el escritor madrileño esculpe de sí mismo es un reflejo de su tormentosa vida en la que consta una larga lista de centros psiquiátricos que concluyó el pasado 5 de marzo en la Unidad Clínica y de Rehabilitación del Hospital Juan Carlos I de Las Palmas de Gran Canaria en la que se apagó la vida y la original y extravagante propuesta literaria de Leopoldo María Panero.
En su obra y persona también influye la desafortunada historia de su familia que termina con el fallecimiento de Leopoldo María y que estaba compuesta por su madre la escritora Felicidad Blanc, su padre el poeta Leopoldo Panero y sus hermanos Juan Luis y Michi Panero, ambos escritores.
Su muerte ha supuesto el punto y final de las letras de la familia Panero en la que se crio el llamado el “último poeta maldito”, el que el poeta donostiarra Carlos Aurtenetxe define como “el último peldaño de la escalera que no aspira a nada, ni a la misión extravagante de subir o bajar a salvación alguna, de género o lugar alguno, salvo al lugar extremo de la poesía que no renuncia a NADA de sí misma, el último peldaño será sin duda, el de Leopoldo María Panero”.