1, 2, 3, 4, por Ángel Márquez


Ya de noche, sonó el teléfono…

En la madrugada del día siguiente, todo estaba preparado para el viaje del puente de Andalucía. Teníamos ante nosotros cuatro días para trasladarnos a Tordesillas y, desde allí, visitaríamos varias ciudades castellanas: Zamora, Toro, Valladolid, y haríamos una incursión hasta la frontera con Portugal con el Duero o Duoro como testigo. Tampoco podía faltar en este viaje alguna visita a sus bodegas.

El viaje se realizaba en autobús. Siete horas de viaje nos separaban de nuestro destino. Los autobuses, aunque más modernos, mantienen casi desde su nacimiento los mismo asientos y espacios. Un viaje en autobús es ideal para hacer cursos de yoga o para instruirse como un eremita. El espacio está muy limitado y las dos o tres paradas del conductor son como patios de recreo para descansar de las clases de yoga.

En todas estas horas que teníamos por delante, y como al comienzo del viaje era aún de noche, para ayudarnos en el inmovilismo del autobús el teléfono móvil es un instrumento de gran ayuda para darnos una ventana irreal del mundo.

Nada más comenzar, encendí mi móvil y abrí el noticiario de mi Facebook. A los muy pocos minutos un pitido me certificó que la batería se encontraba con menos de un 10% de carga. No comprendía cómo se encontraba en ese estado si procuro todas las noches, como si fuera una tradición milenaria, cargarlo para que por la mañana se encuentre totalmente rejuvenecido. No hallaba explicación de lo que pudo suceder, y al momento recordé la llamada nocturna. Por esta llamada desconecté el móvil del cargador y, la memoria haciendo de las suyas, o mejor dicho no haciendo de las suyas, me encontraba con que al celular le quedaba un 8% de carga. Como no soy un especialista en descargas y limpiar el móvil, toda esta demasía de carga acentuaba la merma de batería.

No tuve otra opción que apagarlo y concentrarme en la inquietud de mi asiento, acordándome del parecido que posee un pasajero de autobús con un astronauta. A la velocidad que bajaban los puntos de carga, sospechaba que antes de la primera parada el móvil la agotaría, quedándose en un mutismo de muerto. No me quedaba otro remedio que, una vez que se apagara y luego lo cargara, tendría que introducirle el número PIN. En ese momento, pienso en el número PIN compuesto por cuatro números o más, pero a mi memoria, que ya es mayor, le gusta hacer cabriolas de niña alocada consiguiendo que me olvidara de los dígitos. Sé que eran los primeros números: 1, 2, 3, 4… pero de su orden no lo recordaba. Bailaban en mi memoria. Una vez eran el 1234, 2143 o 3214 o 4123… Los nervios ayudaban a mi memoria a jugar conmigo y con el número PIN del teléfono. Cada vez lo veía más lejano y extranjero. Lo volví a encender y quedaban tres puntos de carga. Intentaba concentrarme en el número pero no lo conseguía. No había tenido necesidad de usarlo desde que cambié de compañía. Con la inquietud, a estos números se le añadían los números del anterior PIN, que se sumaron al juego de este laberinto, y en mi cabeza había un batiburrillo de números imposibles de ensamblar.

Ante esta situación, mi estado era lamentable. Me veía abocado a estar cuatro días sin móvil, sin poder comunicarme con nadie; cuatro días sin ver mis ventanas de Facebook. Como compensación observé que, conforme bajaban los puntos de carga, los puntos de mi tensión subían como si fueran vasos comunicantes. Una ansiedad  me entró en todo el cuerpo pensando en cómo iba a soportar estos días. Vi con incredulidad que el dichoso teléfono me estropearía el viaje. No podría ver los monumentos con el sosiego milenario que se necesita para contemplarlos en toda su grandeza y plenitud.

Como opción pensé que me podría arriesgar como en una lotería y poner los tres intentos del número PIN, pero los dígitos seguían bailando en la cabeza. Deseché esa idea porque se me bloquearía y tendría que echar cuenta del número PUK, que creo que es un  número inventado por la NASA o una asociación de espionaje y que pueden solamente descifrarlo cerebros como los de Einstein.

No había remedio, tenía que claudicar frente a la realidad que se me presentaba, una realidad para la que no estaba preparado. No conozco ningún cursillo de primeros auxilios en el que te enseñen a vivir sin móvil durante cuatro días.

Tendría delante de mí cuatro días en los que sería un paria, no sabría cómo moverme, pensando en las personas que no sabrían de mí ni yo de ellas. El día de Andalucía, que para los andaluces son superandaluces, sería para mí fuera de mi tierra el menos andaluz de todos.

Ya esperaba el apagón final, solamente le quedaba un punto a la carga de la batería, cuando el conductor del autobús paró en un área de servicio. Corriendo como en una operación de órganos, recogí de la maleta el cargador y aún más corriendo pude enchufarlo a la red. Al momento, como si fuera el monitor de un trasplantado, sonó el pitido milagroso de la vida del teléfono y de mi vida. Los vasos comunicantes comenzaron a trabajar otra vez pero en sentido inverso. Mis pulsaciones y mi respiración comenzaron a bajar a la par que los puntos de carga subían en un acorde celestial. A eso del mediodía entrábamos en Tordesillas por su vetusto puente. Castilla se presentaba ante mis ojos clara, ancha y bella, con su meseta como una gran mesa de hogar.

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