domingo, 25 de agosto de 2019

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Y renunciar también, por Miguel Cruz Gálvez


Existe un sentimiento en nuestro interior, inherente a todo ser humano, que no acierto a definir del todo pero que siento que tiene que ver con la inquietud por el progreso, por la mejora, o más probablemente con la simple búsqueda de bienestar.
De inicio, esa inquietud tiende a ser de un marcado carácter individualista para, con el paso del tiempo, abrirse, por pura practicidad, a un trabajo de conjunto. 
Se podría decir que todo el mundo en mayor o menor grado pasa por una fase inicial ególatra y autosuficiente, que siempre acaba en fracaso, para luego dar paso, tras la correspondiente dosis de realismo, a una etapa de ineludible acción colaborativa.
A todos nos gusta aportar, que se nos escuche, dejar nuestra impronta, pero a pocos nos gusta, o al menos a casi nadie nos nace de forma natural, dar un paso atrás, escuchar, dejarse moldear.
En este asunto tan humano que nos ocupa (de búsqueda, de crecimiento, de mejora), las personas hemos ido usando distintos vehículos. Son los que son y no hay otros: las religiones, las ideologías, las filosofías… son funcionales e inspiradoras y no hay otro camino, pero por mucho que lo sean, siempre que pasen por nuestras manos (y no hay otra opción), quedarán sesgadas e incompletas, tanto como limitadas son las capacidades de las personas en que se apoyan o que las transmiten. 
En este sentido, podríamos proponer, podríamos afirmar: que uniendo más mentes que piensen y más almas que sientan, más certeras, útiles y verdaderas serán todas ellas.
En lo mismo, hay que mirar atrás. Sirven también los que ya pasaron, los que ya sintieron y pensaron. Admitamos sus experiencias y no pensemos que nuestro nuevo tiempo y el nuevo intento va a ser distinto. En lo esencial, la vida no cambia y el ejercicio de repetir acciones tendrá siempre el mismo resultado. 
Por eso, estimado lector, te llamo a pasar a la segunda fase, a entrar en esa madurez del encuentro, a frenar el ímpetu de marcar, para permitir que nos dejen huella, a no dejar de lado lo que somos pero permitiendo que nos hagan ser y ver lo que no alcanzamos por nosotros mismos. Vayamos a que todo fluya, que haya ida y vuelta y encontremos, en el punto medio, el equilibrio que marca nuestro lugar, nuestro destino, nuestra verdad.
Es difícil el acto de renunciar, de frenar y hasta de invertir nuestra inercia. A veces, por no hacerlo, incluso somos capaces de perjudicarnos, moviéndonos por el orgullo y no por la razón. Pero, ¿sabes una cosa? Después de todo, renunciar también puede ser bastante relajante y liberador, al descargarte de la presión de demostrar continuamente tu propia eficacia.
Al renunciar, al razonar, al pactar,… de inicio sentimos incomodidad, desasosiego, pero todo eso pasa, y a continuación, casi a la vez, sentimos cómo aligeramos lastre, despegamos, crecemos, nos encontramos, todo se ilumina y la situación se torna clarividente.
Así, yo hoy doy el primer paso: no renuncio a ser yo pero sí a imponer mi entendimiento, porque con toda seguridad, tengo mucho que está mal entendido. También admito que dos siempre aportarán más que uno y renuncio a protagonizar para sentirme por fin en paz: Renuncio a permanecer para moverme y explorar.
Hoy reconozco que no tengo que vivir mi vida ni tú la tuya, sino que todos tenemos que vivir la vida… ¿vamos?