La película recientemente estrenada en plataformas “Una casa llena de dinamita” nos presenta la dramática situación que se produce cuando los EE. UU. sufren un ataque con lo que parece que es un misil balístico con cabezas nucleares. Durante el desarrollo del metraje nos muestra que todo lo que puede salir mal o es inconcebible en tiempos tranquilos, ocurre en cuanto la situación se tensiona al máximo soportable. Este desarrollo de la historia pone a los líderes de la nación en la peor de las decisiones: responder a un ataque del cual desconocen la procedencia o responder ante su sociedad por no hacer nada inmediatamente. Con todos estos mimbres la directora del film busca poner delante de la cara del público que vivimos en una sociedad que está a un tris de ser borrada de la faz de la tierra.
No siendo una presentación nada descartable en absoluto, no deja de ser otra más que continúa con la sensación del gran error que fue sacar al genio nuclear de la botella. Para cimentar aún más esta corriente de pensamiento hay varias películas y multitud de libros, tanto novelas como sesudos ensayos académicos. Así como la realidad totalmente palpable.
Baste recordar la crisis de los misiles de Cuba en el año 62, las varias ocasiones en las que durante ejercicios militares se emitieron primero las órdenes de lanzamiento de misiles y después la información de que solo era un simulacro. O cuando una conjunción de amanecer, atmosfera sucia e invierno polar volvió locos a los sistemas de detección de lanzamiento de misiles de la extinta URSS y dio como resultado una alarma de ataque por parte de los USA. En todos estos casos la sensatez de un puñado de hombres nos salvó del fin del mundo.
Y a todo esto debemos sumarle que hay dos pruebas innegables de la capacidad de destrucción de las armas nucleares, cuyos nombres son Hiroshima y Nagasaki. Con la suma de todos estos ingredientes lo lógico sería trabajar muy duro para que las armas nucleares desaparecieran. Pero hay otra manera de ver esta situación y es aquella que nos dice que, sin este miedo a la destrucción nuclear, hoy nos estaríamos recuperando de la Tercera Guerra Mundial y armándonos para la Cuarta.
La seguridad de la destrucción mutua asegurada entre las potencias nucleares ha traído un sucedáneo de paz, solo roto por conflictos puntuales. Que siendo absolutamente dramáticos cada uno de ellos, han sido simples escaramuzas comparadas con la destrucción de las conflagraciones de las guerras mundiales. Saber que el final de cualquier escalada bélica entre las órbitas de los países nucleares se llama destrucción total nos ha mantenido a salvo. El miedo a que el fanático presidente o dictador de turno pulse el botón por pasar una mala noche es totalmente infundado. Más de un personaje de mala calaña ha pasado y no se atrevió por este miedo. Asimismo, el riesgo de error descrito más de una vez es mínimo, aunque en la película que me sirve de inicio nos dé a entender lo contrario. La certeza de que no hay más tiempo una vez se pulse el botón nos mantiene a salvo del resto de horrores que traería una guerra mundial convencional.
La humanidad es un asno que no sabe vivir sin el miedo al palo, por muy jugosa que nos parezca la zanahoria. Ya nos lo dijo Matrix: una sociedad humana completamente feliz solo llevó a su autodestrucción.
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