domingo, 3 de febrero de 2019

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Somos iguales, por Valeriano Rosales

Pretendo llegar a algún acuerdo contigo, lector, ya seas un gobernante reconocido, desconocido, un ciudadano como yo u otro cualquiera… a todo el que lea este artículo, ¿te animas? Para ello te haré una serie de preguntas y, dependiendo de la respuesta, estarás más o menos en sintonía conmigo.
¿Vivimos en una mejor sociedad? Si la respuesta es sí, continúa leyendo. ¿Es una democracia un sistema adecuado para establecer unas normas? Sí, adelante. ¿Necesitamos gobernantes para hacer leyes y ejecutarlas? Si tu respuesta es afirmativa, continúa. ¿Y jueces para que se cumplan y hacerlas cumplir? Sí, sigue. ¿Y quién debe gobernarnos? Personas que quieren el bien común. Sí, prosigue.
¿Eres humano? Si la repuesta es sí, continúa. ¿Intentas hacer las cosas mejor día a día? Sí, adelante. ¿Te equivocas? Sí, sigue. ¿Tienes fallos y haces cosas a sabiendas? Sí, continúa.
¿La última cuestión has estado a punto de contestar que no pero te has acordado de algún asunto en concreto? Sí, continúa. Si has elegido el no, en esta o alguna de las anteriores puedes dedicarte a leer otro artículo; este no es para ti.
No somos perfectos, ni nuestra sociedad tampoco. Somos terrenales, mundanos, unos más y otros menos, pero todos homos sapiens.
He conocido personas con unos empleos que bien podrían ser otros muy diferentes pero que por distintas causas no hemos tenido la suerte de que alcancen ningún cargo institucional.
Pero lector, ¿te pondrías al frente de una concejalía de tu ayuntamiento? Ahora entiendo que para seguir leyendo debes contestar que no. ¿Te gusta ser presidente de la comunidad de vecinos? No, al menos por el momento, continúa.
Y entonces, ¿por qué criticamos tanto a los que nos dirigen? ¿Por qué no bajamos un tanto el tono cuando acusamos de tal o cual cuestión a los que nos gobiernan? ¿Tan fácil será tomar una decisión? ¿Tanta maldad tienen cuando llevan a cabo sus propuestas? ¿Tan faltos de civismo y entrega pública están?
Me niego a ver que ellos son los malos y nosotros los buenos. Pero si aun así tú lo eres, ¿por qué no decides dar el salto y dirigir aquello más cercano que es bueno para tu entorno? En gran parte por el miedo a verte cuestionado por todo lo que haces.
Lector, no soy yo mejor que tú. Yo lo sé y tú, si me conocieses, lo sabrías.
En cualquier corrillo que hacemos con amigos, compañeros de trabajo, familiares… todos parecemos saber de todo y hasta nos aventuramos a dar lecciones de cómo se debe actuar ante todo aquello de lo que, sinceramente, no tenemos la información suficiente para valorar.
Ya está bien de que todos seamos tertulianos empedernidos, conocedores con detalle de todos los temas, usuarios de redes sociales plagadas de buenismos y de realidades idealizadas que nada tienen que ver con las miserias que cada uno guarda de puertas para dentro.
¿Y qué pido? Pues, copiando una estupenda frase, porque tampoco podemos ser inventores en todo, si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir.
Por si no te has dado cuenta, te pido que te calles; tú gobernante, yo votante, tú amigo o tú militante. Sí, que nos callemos, que no hablemos tan descaradamente de lo que simplemente desconocemos con exactitud, que dejemos de meter cizaña, que dejemos correr muchos asuntos porque cualquiera que emplee su tiempo en trabajar por la comunidad habrá contestado afirmativamente a las primeras preguntas.
En definitiva, que aprendamos a comunicarnos desde la empatía, que sepamos que del acercamiento entre diferentes posturas surge un nuevo ajuste de ideas que beneficia al entendimiento y la convivencia.