jueves, 29 de marzo de 2018

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Como la mar cuando se enfada, por Alba Delgado Núñez

Era de noche, noche cerrada. Ese punto justo antes del amanecer donde la oscuridad es más intensa. Volvía a casa sin saber muy bien qué hacía a esas horas cruzando un paso de cebra en rojo mientras varios coches se aproximaban lentamente a lo lejos. No quiso detenerse. Caminaba a su paso de vuelta a casa. Sentía en el cuerpo como si una marea brava le estuviera azotando. Esa sensación de haber estado en la playa y luego acostarte y sentir que flotas aún en el agua. Que toda esa inmensidad te lleva a ninguna parte, pero estás a gusto y no quieres que se acabe. Te gusta, sabes que es allí un sitio donde te gusta estar. Eso es lo que sentía cuando volvía después de estar con él. Calma.
Había penetrado en su vida como el vino de su tierra al paladar. Tenía un toque amargo, que le encendía la lengua, pero entraba bien y suavecito. Para darle después un subidón y, cuando quiso darse cuenta, ya había perdido por completo la cabeza.
Era un amor brutal, un huracán con todas sus consecuencias. Temía el día en que todo acabase porque, ya saben, el amor es eterno mientras dura. Y ese anunciaba grandes catástrofes. No llegaba a entender los porqués. Pero sí estaba segura de que, por primera vez, había tenido la sensación de que el alma se le fundía en cada beso.
Y no es que tuviera el corazón blandito como otras veces. Latía fuerte, desbocado y controlado a la vez. Un “quiero y no me dejo por si acaso” Como cuando lo tienes todo planeado y ocurre algo que no te esperas. Así llegó él. Sabiendo que tenía que marcharse. Y es que no hay nada peor que una despedida de esas que sabes que llegarán tarde o temprano. Pero quieres quedarte eternamente en ese lugar. No tener que recordarlo amargamente mientras te enjugas las lágrimas y te sacas el cuchillo del pecho. Y vuelve de nuevo, aunque tenga que marcharse. Como un bucle: Amar, llorar, empezar a olvidar, recordar. Amar…
Temía que llegase el día en que no se conociera a sí misma. Que su nombre pareciera el de otra persona. Que su casa fuera una cueva oscura, que su vida no fuese la suya ni supiera a quién pertenecía. Que él desapareciera y no hiciera más que vagar y vagar buscando una respuesta que le devolviese el estado de ingravidez, de saber que tienes algo por lo que luchar y levantarte cada mañana. La fuerza de los realistas que luchan por lo imposible.
De semejantes palos, en tal astilla se había convertido.
Sin embargo, mandó callar a todos esos pájaros negros y se dejó llevar por las sensaciones que habitaban en su cuerpo aquella madrugada. Aquel oleaje salvaje que replicaba incansable e incesante una y otra vez. Como la mar cuando se enfada. Era mejor no pensar en el después, cuando el momento era el ahora. Si tenía que irse, se iría. Como todas las veces anteriores. Esperando que volviera, temiendo que no lo hiciera. Tropezando treinta veces con la misma piedra una y otra vez. De forma aleatoria y repetitiva. De todas maneras, esta vez no le importaba, quería vivirlo tan, tan fuerte que ya le empezaba a doler el alma. Quería disfrutar del oleaje, pese al anuncio de partida. Quería encontrárselo a veces, hasta perder el sentimiento de sorpresa tras su regreso. Quería embriagarse.
Optó por saborearlo tal y como se saborea algo privativo. Y que le temblara hasta el cielo de la boca. Pero no de miedo. Esta vez el punto y final estaba cargado de buenos principios.