jueves, 23 de marzo de 2017

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Derribando muros, por David Lara

Rodeado de noticias donde se vuelve a hablar de levantar muros y excluir a desconocidos extranjeros, no he podido evitar enlazar el panorama actual con la afición que me apasiona, los juegos de mesa.
Si bien en artículos anteriores ya hablamos sobre el auge y la popularidad que llevan experimentando los juegos de mesa en los últimos años, sigue siendo una afición minoritaria y de nicho. Cuanto más minoritaria es una materia, mayor suele ser nuestro desconocimiento, y a menudo suplimos nuestra ignorancia con prejuicios y recelos. Huir de lo desconocido es un primitivo mecanismo de supervivencia que el ser humano sigue arrastrando desde hace millones de años hasta nuestros días. Así que heme aquí para desconectar por un momento vuestro cerebro reptiliano en favor del neocórtex, heme aquí para haceros olvidar vuestros instintos y despertar vuestro raciocinio.
A menudo, cuando comparto que juego a juegos de mesa, siento cómo, de repente, mi interlocutor me ve como a un extranjero, activa su mecanismo de defensa y empieza a levantar delante de mí un muro virtual fabricado con argamasa de prejuicios y asombro. Algunos responden en voz alta y a otros no les hace falta, se puede leer en sus caras ruborizadas: “Pero... ¿juegos como Monopoly, Risk y ésos, como cuando éramos niños?”. La persona, ajena a los nuevos juegos de mesa modernos, sigue anquilosada en estos clásicos y en el cliché de que los juegos de mesa son cosa de niños, ahora adultos infantilizados. Su cerebro reptiliano responde por ellos.
Es entonces cuando me dispongo a derribar su muro apelando a su neocórtex. Los juegos de mesa modernos son para todos los públicos, no un mero pasatiempo infantil. Son una forma de ocio sana que fortalece las relaciones sociales, porque para jugar a juegos de mesa es imprescindible rodearse de gente, ya sean amigos de toda la vida o gente nueva que conocer. Son tan variados que cada uno cumple con diferentes fines según los gustos de los que lo practican. Algunos suponen todo un desafío a las capacidades cognitivas de los jugadores, teniendo que descifrar el camino más óptimo hacia la victoria. Otros, en cambio, son más distendidos y su objetivo es garantizar risas y buenos ratos de diversión. Hay juegos donde la ambientación temática se respira desde que se abre la caja y hacen volar nuestra imaginación mientras encarnamos personajes en mundos de toda índole. Durante las partidas el tiempo no sólo vuela sino que permanecemos absortos olvidándonos de nuestras preocupaciones. En ocasiones, además, consiguen alimentar nuestra curiosidad por ciertas materias, de modo que al terminar la partida sigamos investigando más sobre el tema que ambientó el juego. Pero su mayor virtud, sin duda, es que hay un juego de mesa para cada persona. El catálogo actual es tan rico y variado que es imposible que ninguno satisfaga los requisitos de cualquiera.
Realmente no busco proselitismo con este argumentario, tan solo respeto. De hecho, este artículo bien pudiera aplicarse a cualquier afición minoritaria, pues todas son respetables. Puede que en estos tiempos que corren sea pedir demasiado a una sociedad escasa de curiosidad e inquietudes, pero espero al menos que este artículo ayude a derribar más de un muro.