domingo, 12 de febrero de 2017

Filled Under:

El turismo sostenible, ¿lujo o necesidad? Por Leonor Rodríguez "La Camacha"

Cada vez me gusta menos salir de vacaciones. Puede parecer una exageración, o sonar directamente mentira. Y no es porque no las necesite o porque no me guste viajar, sino porque me agota el modelo de turismo al que por la publicidad, los operadores de viajes, la crisis económica, el terrorismo internacional o qué se yo nos vemos abocados. Podemos buscar las excusas y los pretextos que deseemos, pero lo cierto es que viajar ya no es un placer. Me estresa sobremanera la mera idea de visitar lugares donde no podré escapar de las grandes aglomeraciones, donde no seré capaz de encontrar una mesa en un restaurante medianamente aceptable para comer con tranquilidad, donde pasear como un lugareño más, sin la obligación de visitar catedrales, museos y otros monumentos o atracciones turísticas. Lejos de los réditos derivados de la actividad turística, el turismo ha experimentado en las últimas décadas un desarrollo desmesurado que ha conllevado, en ocasiones, que los centros de las ciudades, iguales unos a otros, se asemejen mucho a un parque temático.
Ciudades como Barcelona, París o Londres pueden ser muy cosmopolitas para los bolsillos de turistas adinerados que a golpe de talonario se permiten la exclusividad de la que no podremos disfrutar los turistas normales que buscamos un vuelo de bajo coste y reservamos un hotel en el quinto pino para que resulte más barato y podamos prolongar la estancia una noche más. Así no es de extrañar que nos conformemos con circuitos, viajes programados y cruceros que no dan más opción al turista que la fugaz visita a los imprescindibles de cada destino.
El turismo urbano se ha convertido en una pesadilla para los locales y los turistas que disfrutan pasando desapercibidos y mimetizándose con aquellos, para quienes pasear por su ciudad o ir con sus hijos al parque ha dejado de ser una actividad relajante. Los cascos históricos están plagados de McDonald’s, Domino’s Pizza, Zara, H&M, etc., lo que los convierte en franquicias turísticas a modo de escaparates al servicio de grandes empresas. Pero Barcelona es mucho más que La Sagrada Familia, el Parc Güell y el Camp Nou, así como Londres trasciende Buckingham o París el Arco del Triunfo. Es cierto que recientemente se ha ido diversificando la oferta hacia un modelo turístico más sostenible; ahora se pueden realizar rutas singulares, como la de los mercados tradicionales de Londres, que aportan un encanto diferente al de las llamadas “visitas obligadas” (must-see, en inglés), un turismo alejado de los grandes monumentos que anhela otra cultura distinta de la que ofrecen los museos. ¿Y si en lugar de un autobús al que te subes y te bajas tropecientas veces con el tiempo justo para hacer la foto alquilases un coche y recorrieras los recoletos pueblos de la campiña inglesa a tu ritmo? Sí, te perderías la Abadía de Westminster, pero… En España, la Alhambra de Granada ha dejado de ser ese palacio misterioso, de inspiración literaria, en el que rememorar el pasado nazarí del último bastión de la Reconquista para convertirse en una atracción para ser fotografiada cuya excepcional belleza cuesta contemplar entre la muchedumbre.
En el ámbito rural, el asunto no es baladí tampoco. Espacios naturales hasta no hace mucho poco frecuentados se han ido convirtiendo en auténticos parques temáticos. Hordas de seudosenderistas invaden el Caminito del Rey en Málaga y muchos parques naturales ya son escenarios de algo parecido a un safari, lo que difiere mucho del ecoturismo que ya se practica en muchos lugares.
Mucho me temo que no será posible mantener este tipo de turismo durante mucho tiempo, no al menos en España, donde el turismo representa casi el 11 % del PIB, si no se procura una mayor sostenibilidad que evite los perjuicios a los locales y, a la larga, a la propia industria turística.