miércoles, 1 de febrero de 2017

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El sol que nos alumbra, por Alba Delgado Núñez

Definitivamente, se ha acabado el verano.
Quedan meses de frío, de invierno, de lluvias, de chaquetones gordos, guantes de lana, de brasero. Los apuntes encima de la mesa y los fosforitos coloreando las páginas. Llegan de gordo los días nublados, aunque a mi ventana alumbra algún que otro sol. Y es que la vida es así, a veces nos sorprende. Queremos ir por un camino, pero el camino se acaba y el tonto sigue. Si, en vez de cerrar la puerta, la entornamos… dejamos abierta la posibilidad de que otro aire se cuele. Quizá el amor, como pareja de enamorados, no fue nuestra guerra. Pero en el mundo existen, por fortuna, muchas formas de amar, muchas maneras de decir “te quiero” Esas dos palabras que tanto alumbran y tanto miedo llegan a dar. Las más difíciles del mundo entero.
Y es que nos cuesta aceptar que todo cambia con el tiempo. Las pasiones eternas duran sólo un rato y lo demás se cuece a fuego lento. Lo malo, lo que realmente es veneno, es que vemos llegar el último momento y lo postergamos hasta el punto de no retorno. Donde no hay vuelta atrás, donde ya nos hemos aborrecido tanto que desearíamos con toda el alma borrarnos del mapa. Por eso nos mutilamos a diario y a deshoras. Por eso confundimos nuestras pretensiones. ¿Qué es lo que queremos terminar? ¿La relación, el mal rollo, la situación…? Déjalo, si no es tu tipo, déjalo. Tened una buena conversación, brindad mil veces, reíos al amanecer y, si ha de acabar, que sea con lágrimas de alegría. Después de todo, habéis formado parte de la vida del otro durante un tiempo. Habéis aprendido de ambos, habéis compartido momentos inolvidables y ¿por qué llevarse a matar? No, ese estilo no mola nada.
Pero es algo que cuesta aceptar. Cuando conocemos a una persona que nos entra por los ojos, lo primero que pensamos es en mantener una relación que traspase la amistad. Ya sea por una noche, un rato o toda la vida. Pero nunca nos planteamos el hecho de que esa persona aún es una desconocida. Para mirar por dos hay que saber mirarse a uno mismo. Entendernos y aceptarnos luchar por nuestros objetivos, vivir nuestra vida de tal manera que no tengamos nunca que arrepentirnos de aquello que no llegamos a hacer. La base principal del amor empieza por nosotros mismos. Cuando estemos seguros de quiénes somos y qué es lo que queremos entonces podremos abrir los brazos. Cuando tengamos asumido que nadie más que nosotros puede cambiar nuestra vida.
Entonces todo lo demás cambiará. Por eso la vida nos sorprende. Por eso en mi ventana brilla ahora algún que otro sol. Nos ha costado aceptarlo, pero hemos llegado a saber que, aun así, nos queremos. Nos queremos tanto que el uno mataría por el otro. Y que no nos vamos a casar, ni volveremos a ser amantes. Lo cierto es que no sé si es la sociedad o es nuestra cabeza la que nos mete en un bucle harto de confusiones. La felicidad se encuentra en uno mismo, es la verdad. En el momento en que aceptamos quiénes somos y qué queremos hacer, mientras luchemos por ello, iremos atrayendo lo que buscamos. Mientras no sepamos quién es la persona del espejo, haremos una mala presentación. Y ahora, ahora que lo tenemos claro, nadie nos puede parar. Aquel con quien has compartido tanto, aquel que tanto te conoce. Siendo transparentes, llegamos a todos lados. Llegamos sin impedimentos, sin tontunas, ni torturas.
Es por eso que, aunque los días empiecen a estar nublados, no hay cosa que más me guste que seas tú el sol que me alumbre. ¿Y sabes qué? Que estoy feliz.