jueves, 12 de enero de 2017

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Auxiliares de ayuda a domicilio, por Ana Belén Jiménez Varo

Sirvienta, criada, limpiadora…. Nos llaman así desde que entró en vigor la Ley de Dependencia. Permítanme desde aquí que les ilumine: no somos ni criadas ni sirvientas, somos CUIDADORAS. Somos AUXILIARES DE AYUDA A DOMICILIO y no sólo nos dedicamos a “limpiar el polvo y a lavar viejos”.
La mayoría de nosotras nos hemos formado para ayudar a personas dependientes, hacemos cursos para poder seguir ofreciendo cuidado y apoyo a personas que por un motivo u otro ya no pueden cuidar de sus necesidades. Nos convertimos en amigas, en familia incluso. Intentamos siempre estar al día de estudios o cursos, cualquier cosa que nos haga mejor en nuestro trabajo.
Hablaré de mi experiencia, pues no puedo hablar en nombre de mis compañeras:
Llevo mucho tiempo al cuidado de personas con Alzheimer, Parkinson, Síndrome de Down, Demencia Senil, etc. Personas que merecen y necesitan ayuda para funciones tan básicas y simples como beber agua.
Desde que llegamos por primera vez al domicilio del usuario un vínculo se forma tanto con él como con la familia. Nos confían su cuidado, nos dan su cariño y reciben el nuestro a cambio. Les damos dignidad intentando por cualquier medio que aún se sientan independientes. Les ayudamos a llevar una vida digna y una buena calidad de vida aseándolos (ya sea que estén encamados o aún conserven movilidad) y alimentándolos. Les ofrecemos consuelo y alegría, para lo cual a veces sólo se necesita tener un oído disponible para escucharlos o llevarlos a “dar una vuelta al Llano”. Intentar que vuelvan a sentirse parte de la sociedad es importante para que se sientan queridos y se consigue simplemente volviendo a ver a amigos o compañeros de trabajo que también pasean mientras se ponen al día de cuál de ellos tiene más achaques o rememoran sus días como jornaleros del campo (¡¡¡cuando aquello sí que era trabajar!!). O chismorrean sobre quién “corre” con quién. Tengo que confesarlo, yo me lo paso en grande escuchándolos.
Compañía y seguridad también son ofrecidas, porque aunque la mayoría de la gente no lo sepa, nuestros abuelos y abuelas se sienten solos. Sienten que son una carga. Pocas cosas dan más tristeza que escuchar a uno de ellos decir: ¿Y para que sigo aquí si sólo soy un estorbo? Por eso a veces es más necesario un ratito de charla y compañía que barrer el suelo, que no se queda sin barrer.
No sólo nos ocupamos de las personas dependientes, también los familiares necesitan de nuestro apoyo. Para muchas personas no somos nada más que “la chica que viene a limpiar la casa y lavar al viejo”. Pero para la mayoría de los familiares-cuidadores somos la ayuda que necesitan para aliviar un poco su “carga”. La mayoría de las personas acogidas por la Ley de Dependencia tiene algún tipo de enfermedad mental degenerativa y los familiares lidian cada día con la pérdida del reconocimiento en su familiar: su padre o madre ya no sabe quién es, no sabe dónde está ni por qué lo han llevado allí. Algunos familiares sufren agresiones verbales o físicas cuando sus familiares dependientes llegan a la etapa 2 de Alzheimer o Demencia. Los familiares-cuidadores necesitan “ese ratito para sus cosas”. El salir de la rutina para simplemente tener tiempo de ir a comprar o irse al mercadillo o disfrutar de un desayuno con las amigas. Cuando una enfermedad así llega a una casa, todos en ella sufren las consecuencias, por lo que una pausa en sus deberes les ayuda a tomar renovadas fuerzas.
Hay cierta satisfacción en mi trabajo. Ayudar a las personas en mayor o menor grado hace que levantarse para ir a trabajar no resulte tan pesado. Es verdad que a veces es duro, las condiciones de algunas de las personas que están a tu cuidado son realmente malas, ya no sólo por su salud sino también porque están solas y descuidadas. A veces el tiempo que les concede el Estado es tan ínfimo que apenas te llega para un repaso rápido de la limpieza del hogar y del aseo personal.
La pena cuando uno de tus usuarios muere es realmente grande, sólo el consuelo de que hiciste su vida un poco mejor y que ayudaste a que su calidad de vida le ayudara a morir con dignidad te ayuda a pasar por la tristeza.
Para los que crean que no somos más que limpiadoras y sirvientas, piensen en lo que sería sus vidas sin nosotras. Recuerden cómo sus madres o abuelas pasaban sus días cuidando de sus mayores, necesitando a veces ayuda que no tenían, dejando su vida en suspenso sin posibilidad de disfrutar de unas preciadas horas para sí mismas o para dedicar a sus hijos, nietos, esposo o amigos/as.
Así pues, queridos lectores, agradezcan la ayuda que les ofrecemos, el cariño y el cuidado que ponemos en atender a sus familiares y reconozcan la labor social que hacemos. Puede que no me crean y habrá quien diga que para eso cobramos, pero déjenme decirles que nuestro sueldo no es precisamente alto, que nuestras condiciones laborales no son lo que se dice espléndidas y que la mayoría de nosotras (o por lo menos yo) hacemos este trabajo por vocación.