sábado, 10 de diciembre de 2016

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Sobrevivir al primer trabajo y no morir en el intento, por Elena Soria López

¿Tienes trabajo o estás haciendo unas prácticas? ¿Son remuneradas? ¿Trabajas más de lo que requieren tus prácticas? ¿Ah, pero también son de lo tuyo? ¿Quieres seguir trabajando en lo mismo?  ¿Y te gusta? ¿Cómo lo llevas? Estas son algunas de las muchas preguntas que solemos escuchar con frecuencia los recién graduados.
Pasada la crisis de los veinte, y con las ideas un poco más claras, toca incorporarse al mundo laboral. Comparto esta nueva etapa con muchos amigos y la vivimos con ilusión, ganas y, por qué negarlo, con esfuerzo y cansancio. Sí, estoy haciendo unas prácticas. Sí, son remuneradas. Y sí, trabajo como cualquier otro compañero. Pero al fin al cabo, trabajo de lo mío y haciendo algo que me gusta. Por algún lado hay que empezar.
Volvamos al día que todo comenzó. El día de la entrevista, entre tantos nervios, solo piensas en ser el candidato perfecto. Inviertes días preparándote la entrevista, temiéndote lo peor y dándole vueltas a las inevitables preguntas que a todos nos toca responder del tipo “¿qué le puedes aportar a esta empresa o por qué tú eres el mejor candidato?” Bien me entenderán los que están o han estado en mi situación. Hoy en día para conseguir cualquier puesto tienes que tener siglos de experiencia, cinco idiomas, un máster y haber viajado a la luna, como mínimo. Y por supuesto, demostrarlo todo en una sola entrevista.
Pasada la celebración, los primeros días te sientes como si entraras de nuevo al colegio: ropa nueva, material de oficina nuevo, compañeros por conocer y nervios, muchos nervios. No suele ser para tanto, pero te llevará unas cuantas semanas adaptarte al funcionamiento, procesos y ambiente de tu empresa.
Superadas las primeras semanas, te vas a acomodando y llegan las responsabilidades. No tienes tiempo para nada, comes rápido, descansas un poco y vuelta a madrugar. La semana desparece ante tus ojos, a diferencia del lunes por la mañana que parece no acabar nunca. En cambio, benditos sean los viernes; si ya nos hacían felices en el instituto, cuando trabajas es, sin lugar a dudas, el momento más feliz de la semana.
Después de varias semanas trabajando es inevitable añorar nuestra época de estudiantes. Qué ilusos éramos cuando siendo estudiantes ansiábamos trabajar, dejar de ir a clase o terminar de una vez por todas con los copiosos y temidos trabajos en grupo… Todo ese tiempo que podíamos pasar con los amigos, sin preocupaciones. Nuestra obligación era estudiar y poco más. Tengo un consejo para todos los que todavía disfrutan de esta etapa: aprovechadla y disfrutad. ¿Por qué será que todos queremos cerrar etapas y pasar a la siguiente sin disfrutar de la que estamos viviendo? Siempre ansiamos lo que no podemos tener.
Contestando a la última pregunta, sí, lo llevo bien: estresada pero muy feliz. Trabajar y “valerse por uno mismo” es gratificante y, a la vez, difícil. Animo a todos los que han acabado sus estudios y ahora están buscando trabajo. No es fácil encontrar algo que te complazca, y menos con las circunstancias actuales. Tenemos que movernos y no perder los ánimos, porque aunque, tal y como sabemos, pidan mil y un requisitos, seguro que hay algún sitio en el que encajas a la perfección. ¡Mucha suerte y a disfrutar de las oportunidades que se nos ofrecen!