domingo, 10 de abril de 2016

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Bienvenidos a Pauseland, por Antonio Luque Sánchez

A veces, sin saber muy bien los motivos, es necesario un paréntesis, quedarse absorto mirando una hoja en blanco, o simplemente dejar que pase el tiempo, ocioso, a la espera de un estímulo más atractivo que los cotidianos. En otras ocasiones, nos levantamos por la mañana y el agua de la ducha sale fría tras el último suspiro exhalado segundos antes por la bombona. El café no está en el lugar donde lo dejamos el día anterior y la tostada cae bocabajo tras un inoportuno resbalón que vislumbra un día complicado. Sin saber muy bien por qué, es como si el mundo se hubiera desplazado sin previo aviso, poniendo en jaque la rosa de los vientos que rige nuestros cuerpos. Las palabras retumban alrededor, inertes, cadenciosas, carentes de significado. Tropezamos a cada paso de nuestro camino y las previsiones del día anterior se disipan en el ambiente, con una mueca burlona.
Cuando estas cosas ocurren, es el momento de visitar Pauseland, buscando refugio en su gélida y acogedora tranquilidad. Hay que acudir sin previo aviso, reordenando las ideas y reseteando la mente. Es un lugar mágico, con vastos prados de ambrosía, lomas de cacao helado, árboles de fruta escarchada y ríos de amontillado, que se llenan con afluentes de miel. A lo lejos, más allá del horizonte, se vislumbra un mar helado, blanco como las montañas que lo rodean. El sonido queda amortiguado en ellas.
En un mundo demasiado vertiginoso, en constante movimiento, la contemplación aparece como un oasis difícil de alcanzar, pero necesario a la hora de parar el reloj. Lo único verdadero es que cada cierto tiempo hay que detener el mundo para apearse antes de llegar a destino. Una posibilidad para lograrlo es mezclarse con los sonidos que invitan a ello. Justo así es como se entiende la música de Pauseland: soñando e imaginando, mientras se mira alrededor.
Cuatro veteranos como Jakob Buchanan (fliscorno), Christian Vuust (saxo tenor y clarinete), Søren Dahl Jeppesen (guitarra) y Klaus Nørgaard (bajo) son los cuatro puntos cardinales de este proyecto, iniciado hace ahora poco más de una década. El pasado año el grupo danés lanzó su tercer álbum titulado At the end of the day, con el que cierra una trilogía que ha supuesto una evolución constante, tras Pauseland (2006) y Palindrome (2008). No deja de resultar llamativo que, siendo uno de los grupos significativos de la escena del jazz danés, sólo hayan grabado tres discos en la última década. La razón de esta escasez productiva es la carrera individual de cada uno de sus componentes, apostando por mantener sus propios proyectos, aunque sin renunciar a la creación conjunta con la que alumbraron Pauseland.
El cuarteto define su estética dentro del jazz ambiental escandinavo, inspirado en la tradición popular y los himnos: formación exquisita, influencias contemporáneas y mimetismo con el entorno, para irradiar tranquilidad nórdica por los cuatro costados. Su música destila una esencia lírica, a veces meditativa y melancólica, que sugiere una reflexión poética sobre la música, escuchando el crepitar de chimenea. El sonido de Pauseland es coral y entretejido, aunque en un primer momento pueda parecer descoordinado. Al igual que una conversación tranquila, apenas si requiere esfuerzos. Basta con dejar la mente en blanco y dejarse llevar por el sonido y sus discretas melodías. La formación acústica del grupo, en el que no se echa en falta la presencia de elementos de percusión, aporta intimidad y transparencia a la música, porque Pauseland es tan sólo simplicidad... como el sol que rompe a través de la niebla.