lunes, 31 de agosto de 2015

Filled Under:

Subida al Mulhacén, por Ángel Márquez

Unos pocos de locos ilusionados se propusieron una meta de altura que consistía en subir los ocho picos más altos de cada provincia de Andalucía (La Tiñosa, Córdoba; el Mulhacén, Granada; el Chuyo, Almería; Bonales, Huelva; Mágina, Jaén; Torreón, Cádiz; Maroma, Málaga; y Terril, Sevilla). Este grupo se confeccionó un nombre: “Los Amigos del Sendero”, y con voluntad y tesón se pusieron pies a la obra. Enumerar cada subida sería muy extenso, casi se saldría del papel, pero estas notas bien valen para contar el último reto, el rey de estos ocho retos que ha sido la subida al punto más alto de la península: el Mulhacén.
Para subir el Mulhacén no puede uno poner la fecha arbitrariamente. El hecho de que esté cubierto de nieve unos nueve meses al año, sus 3.482 metros de altitud, condiciona que sea en los meses de verano cuando se pueda hacer la subida; se fijó para el día 26 de julio. Los preparativos se fueron configurando unas semanas antes. Lo primero que se decidió fue que necesitamos de 2 días, uno para desplazarnos y otro para la subida.
Son varias las rutas o lugares desde donde se puede acometer la escalada. Nosotros tomamos el camino desde el barranco de Poqueira, en el corazón de la Alpujarra granadina, con sus tres pueblos emblemáticos: Capileira, Pampaneira y Bubión, de dejes gallegos y raíces moriscas.
Todos estos preparativos se dejaron en las manos y el buen hacer de Paco Castellano. Nos preparó dos casas en la villa de Bubión para los once que integrábamos el grupo. De los once, cuatro aventureras con un valor y una preparación que ya los quisiera para mí.
El domingo a hora temprana comenzamos nuestra peculiar aventura. En una semi-claridad comenzamos a andar por un bosque de pinos y con un elevado desnivel. Nos encontrábamos a una altitud de 2.000 metros y en nuestras próximas diez horas nuestros cuerpos y nuestra respiración tendrían esta altitud como compañera de viaje.
El comienzo fue duro, hasta que nuestros cuerpos se fueron aclimatando a la altitud y, a la vez, cuando el desnivel descendió un poco. Entre nosotros y el Mulhacén nos separaban doce kilómetros y medio, y como es muy difícil que se cumpla que la montaña venga a nosotros, fuimos nosotros los que decidimos ir hacia ella.
Pasados los dos kilómetros primeros y duros, y después de quitarnos el traje de los pinos, pasamos a un paisaje completamente de montaña con una vegetación raquítica y mínima. El camino se hizo más suave y el paso más ligero, la media de la marcha aumentaba y los chivatos que te dicen las medias que llevas, los metros recorridos, la altitud y el tiempo empleado, parecían estar contentos. Concretamente, de uno salía una voz femenina y agradable. Daba la sensación que esa voz la sustentaba un cuerpo bello y no una máquina.
En esta parte del recorrido el desnivel que subíamos era muy poco y llevadero, solamente la altitud que poco a poco aumentaba nos acondicionaba la respiración y las paradas para echarnos una “humaíta”. En una ocasión, Jesús hizo física la “humaíta”.
En nuestro trayecto, algunos titánicos ciclistas con un esfuerzo de dioses nos adelantaban y nos daban unos entrecortados “buenos días”. Les ofrecíamos el vino como avituallamiento y solo uno, bajado de la bici y del mundo de los dioses, bebió de nuestro néctar de uva. Durante todo nuestro recorrido las cabras hispánicas con sus crías y sus ojos acristalados de taxidermista daban un punto de color y encanto al paisaje.
El Mulhacén es una montaña que por nuestra ruta se hace de rogar para ser vista. Frente a nosotros, en más de la mitad del recorrido, contemplábamos una cima sin muchas aristas a la que se denomina Mulhacén II, que es como un apéndice de la cumbre principal. Esta mole nos tapaba el auténtico.
En otro momento de la ruta dos jinetes con sus caballos de paso alpinista nos dieron los “buenos días” cuando nos adelantaron. Pasaban las horas y los kilómetros, y la señorita del traje metálico cada kilómetro nos daba información del tiempo y del…
Unos de los ciclistas nos dijo que quedaba poco para divisar el Mulhacén, “después de aquella curva que se ve a lo lejos, a vuestra derecha sale una senda que os lleva a la cima”. Efectivamente, después de la curva apareció ante nosotros por primera vez el auténtico pico y nuestros verdaderos problemas.
Como su hermano menor, no es una montaña de aristas duras, lo que era duro era esa senda que nos llevaba a su cima, que hasta arriba zigzagueaba en todo su recorrido. El desnivel se acercaba al 50% y la longitud era de unos 1.200 metros, distancia que cuando la afrontamos no sabíamos cuánta era, ni la máquina con su voz melodiosa tenía conocimiento de cuánto teníamos por delante.
Con una altura bajo nuestros pies de más de 2.800 metros, un cansancio de tres horas de caminata y en mi caso unos kilos de más en el cuerpo, la ascensión o escalada se presentaba bien difícil.
Cada uno subía según sus fuerzas, sus posibilidades y su respiración. Nada más comenzar la ascensión estábamos individualizados; los más preparados, poco a poco, se alejaban más de los menos preparados y se acercaban más a su destino. Igual que al principio de la ruta, el comienzo de la senda fue durísimo. El cambio en la respiración y en los músculos fue brutal, tanto, que la idea de abandono no paraba de rondar por la cabeza cada vez que miraba hacia arriba viendo los infinitos metros que quedaban y cuando se miraba hacia abajo y se veía lo poco andado. Los pasos que dábamos eran de geishas, pequeños, como si una bota no quisiera separarse de la otra y cada treinta o cuarenta pasitos (unos diez o quince metros), una nueva parada, para calmar la atrolladora respiración y para que las piernas volvieran a su ser. El palo o bastón que llevaba me servía en los descansos para apoyo de las manos y la frente sobre ellas, concentrándome en esos segundos en tomar todo el poco aire que allí había y que mis pulmones necesitaban. En esos altos había que luchar con la idea de no desistir y buscar ánimo en los que bajaban, “te queda poco…, es duro pero merece la pena….” Y con estas frases de aliento conseguíamos unos poquitos pasos más. Así mismo nos daba ánimo la visión de lo lejano que quedaban el camino y el comienzo de la senda. Casi sin creérmelo, bordeando un poco, a unos ciento cincuenta metros,  miré por primera vez el pico del Mulhacén. En ese momento vi que él estaba más vencido que yo.