lunes, 13 de julio de 2015

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Somos recuerdos, por Alba Delgado Núñez

Nuestra vida se compone de una sucesión de recuerdos. Desde que nacemos, vamos acumulando experiencias, olores, canciones, vivencias, voces… Y, conforme vamos creciendo, aunque adquiramos mayores responsabilidades, siempre están ahí. Podemos usarlos en cualquier momento. ¿Quién no ha viajado nunca al pasado para revivir el primer beso, el patio del colegio, los brazos de sus padres o los refranes que recitaban nuestros abuelos?
Los recuerdos son algo personal. Cada uno vive las experiencias de manera diferente y única. Lo que hace que, según qué cosas, nos produzcan una sensación de calma, miedo o incluso indiferencia.
Cuando somos unos niños, guardamos en nosotros juegos, canciones, palabras, imágenes… Mis primeros recuerdos son con la oreja apoyada en el pecho de algún familiar, formando una canción entre el eco de su voz, el deje cordobés y el compás de su sístole y su diástole.
Mi favorito se sitúa en un pueblo de la provincia de Córdoba, en agosto. Todos los veranos los pasábamos en el campo de mi abuelo Rafalito. En su Casilla. Después de la siesta y las tardes de remojo en la piscina, tocaba irse de paseo. Yo siempre era la primera en ducharme y, mientras los demás se terminaban de arreglar, me encantaba coger el walkman y bajarme a la viña. En mis loritos sonaba “El trapecio” de Manolo García, me embobaba viendo cómo el sol rajaba el cielo y desangraba el horizonte para perderse, después, entre las montañas. Cuando terminaba el espectáculo, volvía a la casa, subía a la planta de arriba y me zambullía dentro de la pompa de colonia que dejaba mi padre en el baño. La recuerdo perfectamente. Era una mezcla de romero con hierbabuena que mi madre compraba por litros en El Corte Inglés a quinientas pesetas. Otra de las cosas que adoraba hacer era quedarme mirando a mi madre mientras se pintaba las pestañas. Siempre me han llamado la atención las pestañas de la gente. Puedo pasarme horas enteras observando unas bonitas. Mi infancia está llena de pestañeos. Pestañeos como abanicos. Largas, tupidas y rizadas en ojos del color de la madera y forma de almendra. Siempre quise unos ojos cordobeses, eternamente para mí. Que pudiera mirar y remirar sin cansarme, que me mirasen de la forma en que nadie lo ha hecho jamás.
Hay recuerdos de todos los colores: alegres, tristes, grandes o pequeños. Hay recuerdos con olor a dulce, con sabor amargo. Algunos se antojan a mentira y otros se hacen tan verdad que el sabor de su presencia obliga a relamerse los labios, a hacerse agua, a que estalle el éxtasis… También existen los recuerdos marchitos, los que pasan a un plano secundario, los que se olvidan, los que nunca existieron… Y también, los que nos hacen temblar, nos erizan la piel, nos entorpecen la lengua. Los que quisiéramos agarrar otra vez, como si pudiésemos bañarnos en ellos, de la misma forma que se entra en el mar por primera vez en el verano. Los recuerdos son nuestra historia, pero nosotros somos la consecuencia de cómo hemos vivido todo eso. En ocasiones, hay alguno que quisiéramos borrar de nuestra mente. Y otros son caprichosos y aparecen en el momento menos oportuno.
Recuerdos, somos recuerdos. Al fin y al cabo, algún día nos vamos a morir y es lo único que va a quedar de nosotros. Por tanto, lo mejor que podemos hacer es compartir, siquiera, una sonrisa con aquel que se cruce en nuestro camino. Vayamos donde vayamos. Al más allá o al más aquí. Que recuerden con orgullo tu nombre y se les abra la boca de la sonrisa tan grande que produce el acordarse de ti. Que seas un ejemplo a seguir y no a lamentar. Que no te busquen en cada equivocación, y que piensen que tu vida valió la pena y que cada segundo que compartieron contigo fue un aprendizaje. E intentar, en la medida de lo posible, que eso que guarda la otra persona dentro de sí sea algo que quiera volver y volver a pensar una y otra vez. Que tenga recuerdos alegres y no tristes, que su viaje al pasado sea agradable, sea feliz hasta el último suspiro.