miércoles, 4 de febrero de 2015

Filled Under: ,

Benarés, por Paco Vílchez

Cuando mi amigo José Alfonso me dijo que se había acordado de mí para el número cincuenta de "El ladrío" me sentí halagado, y en parte lleno de responsabilidad. Tras dar muchas vueltas para intentar estar a la altura de la ocasión, he decidido colaborar con algo que tengo guardado y que supuso una fuerte sacudida en mi conciencia, por ello ahora lo quiero compartir con vosotros.

Benarés. Septiembre 2013.
Son cerca de las doce de la noche, hora local, y hemos apurado otro día en esta locura de ciudad. Complicado se me hace resumir en mi libreta de notas las sensaciones vividas desde que, casi con las primeras luces del día, comenzábamos a callejear por Vanarasi.
Carmen parece dormir, arropada en la inmensa cama del lujoso hotel donde ahora digerimos tantos estímulos, tantos colores, tantos sabores, tantos olores, y sobre todo tantas miradas.
Miradas penetrantes, de sonrisas convertidas en las grandes aliadas de estas gentes para sobrevivir a cada minuto, a cada segundo en un mundo hostil, en la más inimaginable de las miserias. Miradas de los leprosos suplicando una limosna, de los niños mugrientos que juguetean con una simple rama de árbol, con la que inventan un mundo de ilusión ajeno a su realidad. A esa realidad que hace que sus mayores desfilen a primera hora de la mañana, como zombis, hacia las sagradas y corrompidas aguas del Ganges para purificar sus cuerpos a la salida del sol.
Nosotros quisimos vivir ese momento místico de primera mano y, antes de que saliese el Dios Sol, enfilamos hacia la orilla del Río Sagrado, y en nuestro trayecto pasamos momentos delicados. Las calles rebosantes de basura que se mezclaba con las heces de vacas hacían del entorno un lugar casi irrespirable. Pobres y harapientas gentes durmiendo en la calle, junto a perros, o monos que rebuscaban entre los desperdicios. Otros más madrugadores mostraban a ras de suelo sus puestos de cantimploras o flores. Todo vale, y todo parece detenerse a la salida del sol, entonces la multitud con la mirada puesta en el astro, baña sus cuerpos en un agua color cieno que arrastra a su paso restos de las recientes crecidas, incluso restos de cuerpos humanos en descomposición, de los desafortunados que no pudieron ser quemados en las  piras por falta de dinero.
Aquí vienen a morir, y aquí mueren, y mientras tanto la ciudad continúa con sus calles infernales donde el caótico tráfico y el ruido desesperante de los claxon devuelven al viajero a la realidad. Una ciudad impregnada de olores a veces desagradables y otros llamativos, como el de las especies.
Ahora, en la burbuja de oxígeno que supone nuestra habitación, miro por la ventana y puedo ver un cielo rojizo en la noche que advierte del terrible bochorno de ahí afuera.  Pero aún hay algo que no he podido sacar de mi mente, todavía masco el horrible olor que desprenden los cuerpos humanos en plenas llamaradas en las piras crematorias, aún sigo impactado. Sé que este viaje a la India marcará un antes y un después en nuestras vidas, una especie de lección de humildad, de valores…
Me siento cansado, vuelvo a mirar a Carmen y parece dormir, apago mi cigarrillo y me dispongo a entrar en la cama, sé que hasta coger el sueño una película de diagramas golpeará mi mente, haciéndome recordar cada minuto vivido en estas tierras.