domingo, 14 de diciembre de 2014

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Gran Perro II (Salva Loriguillo, 2002-2003)

Con motivo del número 50 de la revista El Ladrío, los cuatro presidentes que la Asociación Cultural El coloquio de los perros ha tenido desde su fundación, los grandes perros, hacen un repaso a sus respectivos mandatos y a las trayectorias de la revista y de la propia asociación.
En esta ocasión, quien escribe es el Gran Perro II, Salvador Loriguillo Jordano, segundo presidente de El coloquio de los perros desde finales de 2002 hasta finales de 2003.

Cuando un día mis nietos me rodeen y me pidan que les cuente alguna batallita del abuelo, les hablaré de El Coloquio de los Perros. Y si no me lo piden, también lo haré. Supongo que es de justicia que los nietos sepan cuáles son los recuerdos más felices de sus abuelos.
Como ocurre con las historias importantes de nuestras vidas, la riqueza personal que dejan sobre nuestros hombros es lo que más se valora con el paso del tiempo. Mi vinculación con este colectivo se remonta a los primeros días de su existencia, formé parte de ese grupo de veinteañeros –medio universitarios que estrenaban cartilla de parados del SAE– que tiraron para adelante con la idea.
Tras un brevísimo reinado del Gran Perro I, tomé las riendas de la asociación. El trabajo legal de inscribirla en los registros oficiales estaba hecho. Por suerte. Comenzaba una segunda fase con el objetivo de situar al Coloquio en la calle, que la gente supiera nuestra razón de ser.
Reconozco, con cierta pena, que tuve –tuvimos– que afrontar una tarea casi pedagógica con el nombre elegido para la asociación. Más de una vez, tuve que explicar que nuestro colectivo no era una protectora de animales. Incluso llegué a recibir en casa una carta de una chica que nos deseaba la mejor de las suertes en nuestra misión de recoger perros abandonados. La carta era emotiva, preciosa, pero me abrió los ojos de cuánto nos quedaba por hacer.
Siguiendo con lo del nombre, cuando la gente te preguntaba y enseguida le hablabas de Cervantes, de Cipión y Berganza, la sensación que les embargaba –al menos, esa era mi percepción– debía ser la de vincular nuestra asociación a un grupo de empollones que iban por la vida organizando debates y concursos de relato corto y hablando de promover la cultura. ¡¡Menuda panda de cerebritos!!
Pero aquel pensamiento pronto cambiaba, tan rápido como les contábamos que una cata de vino dirigida para jóvenes o que una cata de la cerveza en la ciudad del vino también entraban en nuestra lista de propuestas de actividades. La cultura no sólo está en los libros, amigo Sancho...
Fueron años de continuos estrenos. Todas las actividades que se pensaban, se hacían. Y si alguna se nos quedó en el tintero, supongo que no valdría la pena porque ahora mismo ni me acuerdo de ella. Levantamos la simpatía de mucha gente, fundamentalmente de los jóvenes. A muchos de ellos los metimos por primera vez en una bodega, los pusimos por primera vez a hablar de política en público y los obligamos también por primera vez a escribir lo que pensaban en una revista, nuestro querido “El Ladrío”. Esos jóvenes éramos nosotros mismos y de ahí que todos guardemos con especial mimo los recuerdos de aquellos años.
En el terreno puramente personal, El Coloquio de los Perros es mucho más que una carpeta que tengo en Mis Documentos en el ordenador. Enormes momentos los que viví como Gran Perro II y como siempre hay una espinita, la mía es que no conseguí del Ayuntamiento una sede para la asociación. Recurríamos por entonces a un local a medio montar de Mané, donde la ilusión compensaba la falta de comodidad.
Escribió el poeta Félix Grande –y Sabina lo versiona en una canción– que “donde fuiste feliz alguna vez/ no debieras volver jamás”. Pues no, ahí no os puedo dar la razón. Yo estuve en El Coloquio, me fui y ahora he regresado. Y lo mejor, que mis amigos seguían esperándome.