viernes, 24 de octubre de 2014

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Mira cómo revienta la hija de puta, por Andrés Núñez


La próxima edición de Otoño 2014 de la revista El Ladrío, que edita la Asociación Cutural El Coloquio de los perros, será la que haga el número 50 de la misma. Todo un evento que merece un tratamiento especial y una celebración. Una de las formas en que se realizará esa conmemoración es a través de esta web, trayendo al recuerdo algunos de los números y artículos más destacados en estos años.
En esta ocasión, lo hacemos a través de una opinión que nos dejaba Andrés Núñez Ruz en verano de 2009 sobre la influencia del armamento atómica en el desarrollo de la historia de la segunda mitad del siglo XX.

Mira cómo revienta la hija de puta
Carlos Sobera enarcaba su ceja mientras el concursante dudaba la respuesta; no parecía difícil pero sospechaba que tenía trampa. ¿Qué frase se pronunció a bordo del Enola Gay al observar los efectos de la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima?, venía a decir más o menos la pregunta. Entre las respuestas, el consabido «Dios mío, qué hemos hecho» y «¡Guau, qué pepinazo!». No recuerdo el desenlace, yo ya sabía que el Dios mío qué hemos hecho fue una frase atribuida por el comandante del avión a su copiloto para endulzar la verdadera frase que se escuchó por el circuito interno del aparato. Un artillero, al ver el hongo elevarse hacia el cielo, soltó sin pensar «mira cómo revienta la hija de puta». En 1945, cuando en las películas bélicas se podía ver morir a los soldados diciendo diantres o diablos me han dado, una frase de semejante calibre no podía ser de dominio público, aparte de por lo soez por la falta de tacto. Pero seguramente el artillero del Enola Gay no estaba pensando en lo políticamente correcto cuando pronunció la frase, probablemente los japoneses le importaban un pimiento y lo único que quería era aterrizar sano y salvo. Quizás a posteriori, cuando supo de los devastadores efectos de la bomba, sí pensara Dios mío qué hemos hecho. Desde entonces, las armas atómicas han marcado el devenir de la historia, pero ¿para bien o para mal? Esta última es una interesante reflexión y, aunque en un primer momento pensamos en el miedo a un holocausto nuclear y la angustia de vivir con semejante espada de Damocles sobre nuestras cabezas, si analizamos los hechos fríamente podemos llegar a conclusiones inesperadas.
El primer factor a tener en cuenta es la imposibilidad de poner a todas las naciones de acuerdo para eliminar sus arsenales nucleares. No mientras existan potencias nucleares con regímenes totalitarios o democracias corruptas como Rusia, cuya población no tenga ni el derecho ni los elementos de juicio necesarios para solicitar semejante cosa. Hoy día son precisamente estos regímenes los más interesados en conseguir la bomba atómica para perpetuarse y, cada día que pasa, los avances tecnológicos se lo ponen más fácil. La bomba atómica ya está inventada y no hay marcha atrás. También los misiles intercontinentales son cada día más fáciles de construir y siempre será más fácil y barato construir un misil para alcanzar una ciudad que para alcanzar a otro misil, con lo cual el polémico escudo antimisiles se queda en lo que es, un intento de la anterior administración norteamericana de enriquecer su industria armamentística a costa del contribuyente. Esperemos que la actual acabe con el proyecto.
La segunda consideración es el hecho de que la bomba atómica nos hace a todos iguales, desde el presidente de una nación hasta el último mendigo que vive debajo de un puente. Las perspectivas más halagüeñas para los supervivientes de un conflicto nuclear global son las de vivir el resto de sus días en una cueva, nada de empresas enriqueciéndose con la venta de armas y luego con la reconstrucción, sólo las cucarachas saldrían ganando. No sé cómo de cerca hemos estado de un holocausto nuclear provocado por un error en algún sistema de defensa o un malentendido; de lo que estoy seguro es que desde que existen los arsenales nucleares, en ambos bandos, siempre que ha habido un incremento de la tensión, a los más altos niveles se ha hecho todo lo humanamente posible para evitar la guerra. En la película documental «Rumores de guerra», ganadora de un Oscar en 2003, el que fuera secretario de defensa de los EEUU entre 1961 y 1967, incluida la crisis de los misiles de Cuba, RobertbMcNamara, relata un encuentro con Fidel Castro en 1992. En ese encuentro Castro le dijo a McNamara que en Cuba llegó a haber 162 cabezas nucleares y que él mismo le recomendó a Kruschev que las utilizara contra los EEUU. Acto seguido dijo «usted y el presidente Kennedy hubieran hecho lo mismo en una situación similar», a lo Que McNamara respondió, «Sr. Presidente, deseo fervientemente que no, ¿derribar el templo con nosotros dentro? ¡Por Dios!». Esa frase, para mí, resume el motivo último por el que no se ha producido una guerra nuclear. De no haber existido las armas nucleares, la revolución de Cuba o el derrumbe del edificio soviético hubieran desencadenado una tercera guerra mundial que, aún sin armas atómicas, hubiera sido mucho más terrible que la segunda. Es triste pensar que sólo cuando corremos peligro nosotros mismos reaccionamos y es el hecho de estar todos, desde el primero hasta el último, en el saco de las víctimas lo que ha evitado una tercera guerra mundial.