domingo, 9 de febrero de 2014

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Cuando lo ético es rentable, por Miguel Ángel Herencia


En un mundo en el que los intereses económicos priman sobre los políticos, el adquisitivo es uno de los poderes más efectivos que tenemos. Las ideologías caen una y otra vez en la tentación de obtener el mayor beneficio a costa incluso del bienestar de las personas que dan vida a la propia ideología. Y cuando una persona está dispuesta a sacrificar a otra por motivos económicos, quiere decir que los valores humanos de esa sociedad brillan por su ausencia.
Desde que el mundo de las finanzas se informatizó y se globalizó, el poder adquisitivo, sin darnos cuenta, ha ido cobrando mayor relevancia frente al político, hasta el punto de que lo que hacemos con nuestro voto no significa nada en comparación con lo que hacemos con nuestro dinero. Si el poder financiero exige hacer una ley que beneficie a cierto negocio, el político no podrá oponerse aunque perjudique a sus votantes. De ahí que debamos cultivar la integridad no sólo entre nuestros políticos, sino también en nuestros lugares de trabajo, en el supermercado, en la calle, en nuestros hogares y en nosotros mismos.
A modo de refuerzo negativo, a menudo usamos nuestro poder adquisitivo para castigar a nuestros proveedores de bienes y servicios mediante el boicot, individual u organizado. Pero cuando una relación no funciona, porque una de las partes no está satisfecha, la solución no es dar la espalda, sino abrir nuevas vías de comunicación. Y es así como podemos usar nuestro poder adquisitivo para premiar a los negocios que sí nos satisfacen.
Ser ético es rentable cuando tus clientes valoran los principios humanos por los que se rige tu negocio por encima del de obtener un beneficio económico a toda costa. Si el consumidor invierte su poder adquisitivo en empresas éticamente responsables, el mercado premiará lo ético además de otros valores universales como la calidad, la proximidad o el bajo coste.
Si una empresa asume una cierta responsabilidad social corporativa y sus clientes lo valoran, obtendrá mayores beneficios entre ese grupo de consumidores que otra que simplemente se dedique a bajar sus precios de venta tanto como los sueldos a sus trabajadores o los precios de compra a sus proveedores.
Por otro lado, para que una empresa se gane el premio a la ética que otorgan los consumidores, ha de ganarse también el premio a la transparencia. Y con los actuales avances en tecnologías de la información y comunicación no hay excusa para no ejercerla. En pocos segundos podemos hacer públicas las medidas que llevamos a cabo para cuidar y respetar el medio ambiente, el dinero que donamos a obra social, o el esfuerzo que realizamos por garantizar los derechos de trabajadores, proveedores y clientes. Y en cuestión de minutos, cientos de voces desinteresadas pueden confirmar si los datos que aportamos son ciertos.
Este proceso, que ya ha comenzado, es lo que llamamos “democratización de la información”, porque la verdad ya no es indiscutible ni exclusiva de los medios de comunicación, sino de cualquier persona que se gane la confianza de sus contactos. Lo cual pone sobre la mesa el siguiente tema, el de qué valores deben mover a cada consumidor a la hora de hacer sus compras.