martes, 28 de enero de 2014

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Trabajar en España, por Cipión.

El Coloquio de los perros es la Novela Ejemplar cervantina en la que aparecen Montilla y la Camachas. Sus protagonistas, dos canes, Cipión y Berganza, también pretenden serlo de nuestra revista. En cada número, a través de sus reflexiones y posturas en páginas centrales, uno a favor y otro en contra, iremos tratando temas de interés para nuestra sociedad. En esta ocasión, trabajar en España o en el extranjero.

Amigo Berganza, es curioso que a estas alturas de la crisis estemos aún planteándonos si conviene trabajar en nuestro país para hacernos con hueso, aunque no haga buen caldo, o si salir fuera a sacudirnos nuestras pulgas en busca de un futuro más incierto si cabe. No me vengas con el cuento de siempre, que nadie es profeta en su tierra, ni recurras a los demagógicos argumentos que esgrimen nuestros políticos cuando asisten atónitos a un éxodo al que eufemísticamente han denominado “movilidad exterior”. Mal mordisco les den a todos.
Me duele, aunque no lo creas. Sí, no puedo evitar dolerme por los miles de jóvenes que, en lo que dura esta maldita crisis, han tenido que hacer las maletas. No digo yo que no se lo hayan pensado dos veces (o tres, ¡o mil!), pero permíteme creer que es el camino más fácil. Irse dando un portazo. No creas que es oro todo lo que reluce tras los Pirineos, querido Berganza. Anda, pregúntale a esos que han tenido que aprender sueco antes de poder firmar un contrato, si es que les han ofrecido firmar uno; pregúntale a esas enfermeras que tras años de esfuerzo en sus escuelas han acabado en Alemania aseando ancianos; pregúntales en qué condiciones trabajan los que pusieron rumbo a Reino Unido y Francia, por no mencionar Japón, los Emiratos Árabes o Perú. ¿Te suena eso de los minijobs?
Claro que la cosa está jodida aquí en España, claro que la culpa es de los banqueros, de los políticos corruptos, de los especuladores, ¡claro! Faltaría más. ¡Menuda tropa! Pero ¿acaso no sería de buen español arrimar el hombro y contribuir a sacar este país del pozo en que nos han sumido? Sí, Berganza, no te enrabies. Ya sé que la coyuntura no es la más favorable para encontrar un trabajo aquí, pero ¿sabes cuánto dinero público hemos invertido entre todos para cuidar, formar y educar a nuestros jóvenes? Resulta cuanto menos indignante que vengan ahora unos cuantos espabilados, troikas y otros listillos del ramo y, a cuenta de la crisis, quieran aprovecharse de la generación más valiosa que hemos formado y que estamos perdiendo.
Desde luego, con el panorama que tenemos aquí y en vista del comportamiento detestable de la clase política, me resulta más sencillo criticar tu postura que defender la mía. Me temo, empero, que no es solución salir al extranjero a que nos exploten, a ser la mano de obra barata de Europa, a realizar trabajos que no corresponden, ni por asomo, al nivel de formación de los que se han de marchar. No son emigrantes; lo serían si viajasen a sus destinos con un contrato de trabajo digno. Son exiliados, condenados a una diáspora en la que no encuentran más que unas condiciones laborales deplorables que les obligan a regresar al poco.
No seré yo quien les acuse de desleales o desagradecidos, como algunos han dejado entrever al referirse, no sin cierta retranca, a las oportunidades laborales y formativas a las que acuden los jóvenes en el extranjero. No son tales: son la falacia que Europa nos quiere hacer ver, un espejismo en medio del desierto por el que vaga todo el continente, una ilusión vaga y fugaz que se aleja cada vez más en el horizonte de la incertidumbre más absoluta. No es esta la España de las oportunidades con la que muchos sueñan allende nuestras fronteras, pero podemos construirla juntos, trabajando codo con codo. Eso sí, querido canis familiaris, aquí.