jueves, 16 de enero de 2014

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Opps, I did it again

Todo parecía marchar según lo previsto. La escenografía de rigor, con todos los ingredientes necesarios como el malvado dictador, el pueblo oprimido y las imágenes de niños muertos, ponía en verde el semáforo. La gran maquinaria ponía rumbo este. Todo discurría según el guión que llevaba siglos sin fallar. Pero de repente lo inesperado en el lugar del que menos se sospechaba. Los teléfonos empezaron a sonar en los despachos de los muñidores. Los interlocutores no daban crédito; el plan se había venido abajo. En el lado contrario la estupefacción dio paso a la alegría, esta vez se salvaban.
Este generalista relato cobrará para el lector el significado de lo concreto cuando le sume la localización geográfica: Siria. Hace unas semanas nos asomábamos a un nuevo capítulo de la guerra por el control de los recursos energéticos. Una vez más un Jefe de Estado había decidido optar por otra oferta distinta a la de siempre. Cambiando de amistades y simpatías. Pero los damnificados no se quedaron de brazos cruzados. Abrieron el cajón de los secretos y pusieron en marcha la herramienta que nunca ha fallado desde tiempos inmemoriales. Cambiar la imagen que las sociedades occidentales tenían de ese país y su presidente. Para transformarlo de “nuestro amigo con rarezas” a “el asesino de niños indefensos”. Con las calles bramando justicia se lanzaría el ataque preventivo de turno, se derrocaría al dictador y se pondría a gobernar a cualquier otro sujeto que jurara cumplir los contratos.
Pero esta vez algo ha fallado. Las calles no han bramado. Ni siquiera ha sido posible sacar una mísera encuesta que apoyase el ataque. Por ello se redoblaron las imágenes de los niños asesinados, de los padres llorando su muerte y de la destrucción de sus casas. Pero por una vez todo ha sido puesto en tela de juicio. La gente, que con sus impuestos pagan las guerra energéticas de otros, ha pedido más explicaciones, pruebas más contundentes y nuevas imágenes para dar un “sí quiero” al ataque. No han llegado y la respuesta ha sido no.
Primero fue el no británico y después las dudas norteamericanas. Y aunque Francia empujara sin denuedo, ya que los principales damnificados por el cambio de aires en Siria tienen su sede social en Paris, la opción del ataque ha recibido jaque mate, de momento.
La gran incógnita es por qué no se ha reaccionado como hasta ahora si siempre ha funcionado. Desde Troya hasta Libia las sociedades han reaccionado en la dirección buscada una vez pulsada la tecla de los sentimientos. Pero por qué no ha funcionado el plan esta vez. Quizás la sociedad occidental ha madurado, o quizás está cansada de guerrear, o los múltiples canales de información y desinformación colapsan la capacidad de tomar una decisión, o simplemente es pasotismo ante lo que sucede más allá de nuestras fronteras.
Encontrar la respuesta a esta cuestión es de vital importancia. Si la acertada es la madurez de la sociedad, algo ha cambiado. Si comprendemos que se nos manipula como regla general, que se nos crea una respuesta antes de hacernos la pregunta y ya no estamos dispuestos a consentirlo ni una sola vez mas, el paso adelante es gigantesco. Si somos capaces de tumbar la ingeniería social, tanto para lo cotidiano como para lo vital, habremos cambiado definitivamente las reglas del juego. Si la respuesta acertada es cualquiera de las siguientes todo sigue igual. Solo hay que esperar y el plan volverá a dar el resultado esperado.
Pero encontrar la respuesta es lo segundo que han ordenado hacer los muñidores. La primera es poner en marcha el plan B. Si la compasión no nos mueve lo hará el miedo o nuestro bolsillo.