jueves, 23 de enero de 2014

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Notas de viajes, por Paco Vílchez

Lo de viajar es maravilloso, alguna que otra vez ya lo he comentado. Paisajes, culturas, gastronomía, vinos, olores, colores, miradas… un sinfín de detalles que a veces es complicado de explicar en unas líneas. Pero también a veces, lo de viajar se puede complicar con situaciones que a uno le sorprenden y que no acaba de entender por muchos kilómetros que vaya acumulando a lo largo de su vida.
Lo del idioma me desespera, y entiendo que eso de viajar fuera de nuestras fronteras y no tener ni idea de inglés se convierta en  un problema si no desarrolla uno otros sentidos. En mi caso, casi nunca he dejado de asomarme a lugares que apunto en mi agenda, y tampoco suelo pasar mucha hambre a base de gestos y algún que otro truquillo. Con el tiempo uno va aprendiendo cómo se dice pollo, ternera, verdura… Y en lo de beber tampoco lo paso mal del todo, cerveza, vino, agua, en fin que como puedo voy tirando. Pero cuando me irrito es cuando me doy cuenta de que nuestro castellano es una de las lenguas más habladas del mundo, con millones de usuarios y con el Instituto Cervantes intentando que cada día este número vaya en aumento, y que a pesar de ello parece no existir lejos de nuestro territorio.
A veces, cuando viajo, no acabo de entender del todo cómo en museos, aeropuertos, estaciones de tren, hoteles y otros cuantos lugares donde la afluencia de viajeros españoles es importante en número, no se puede encontrar ni un solo cartel en castellano, una simple frase que sirva para orientar. Los españolitos somos gente que cada día viaja más al extranjero y creo que nuestros gobernantes deberían introducir acuerdos internacionales cuando venden la tan manida Marca España en los que la difusión del castellano tomara protagonismo propio. Al fin y al cabo con dinerito casi todo se consigue. De todas formas, como no acabo de ver la cosa clara, en los próximos días comienzo con clases de inglés…
Y si lo del idioma me irrita, lo de los aeropuertos me pone de mala leche. Con la escusa de la seguridad, casi que vale todo. Un mundo de trabas separa la entrada del aeropuerto de la del mismo avión. Pero a veces lo peor llega dentro del avión, y es que la suerte es fundamental a la hora de compartir asiento. Esa suerte que hace que te pueda tocar una chica guapa y educada o un tío asquerosamente sudoroso y de comportamiento más cercano al de los animales que al de una persona. Lo último me sucedió en mi último vuelo de más de ocho horas y media de duración, en el que la azafata no dudó en fumigarnos de perfume ante el mal olor que había tomado parte del pasaje. Con este panorama no estaría nada mal que los controles en los aeropuertos no se limitaran solo al tema de la seguridad, sin duda estaría genial hacer controles de higiene para asegurar vuelos más sanos y llevaderos. Por cierto, tengo que decir que llegado a tal extremo agradecí enormemente que el asqueroso compañero de vuelo no supiera castellano ni yo ingles.
Y para terminar, una reflexión más que un consejo. No dejéis de viajar cada vez que podías y si además domináis el inglés, mejor. Lo de los compañeros de asiento en los aviones solo depende del azar, pero al menos id lavaditos y perfumados…