sábado, 11 de enero de 2014

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Compromiso, por Alba Delgado

Cambiar. ¡Cuánto miedo da esa palabra! Sobre todo si antes lleva un “tengo que…” atribuyéndose a la misma persona. Llegar a esa conclusión es encontrarse en un punto de no retorno donde nada volverá a ser igual. Decidir, está en tu mano. Tener que proponérselo, da miedo. Tanto miedo que nos paraliza y termina por envolvernos en infinidad de interrogantes y múltiples heridas. Por lo cual es como entrar en lo que parece un laberinto. Hasta que conseguimos poner en orden un plan de intervención. Si al final se acepta esa decisión de cambiar, debemos de adquirir un compromiso con nosotros mismos.
Digamos que, para algunos, el compromiso es una cadena a la que atarse de forma voluntaria. Así bien, esto nos sugiere una cantidad infinita de connotaciones negativas. En cambio, si aceptamos que esa “obligación” se ha cogido de forma voluntaria, la carga desaparece por completo.
En gran medida, los compromisos funcionan a modo de raíces. Aquellos que nos aportan beneficios psicológicos nos arraigan a la vida y nos hacen amarla más. Se podría decir que el amor y el compromiso están ligados a sí mismos de manera inexorable, así como a la madurez, el crecimiento y el cambio. Esto es lo que distingue a la vida de la muerte. Nunca debemos caer en la trampa de pensar que hemos llegado a la meta. Si alguna vez creemos que hemos alcanzado la cumbre y decidimos que hay que parar, nos habremos convertido en algo inerte. Detrás de cada pico de la montaña, nos espera otro pico. Es decir, detrás de un objetivo, hay siempre otro y así sucesivamente. Mientras nos movamos hacia delante, seremos parte de la vida. Estaremos vivos.
Tampoco se trata de cansarse pensando que hay que correr y correr. Es necesario disfrutar del camino, tomarse su tiempo, conocerse a uno mismo. Alguien que ahora no recuerdo dijo una vez que: “La felicidad no está en llegar sino en apreciar los pequeños detalles que ese viaje te enseña”. Es preciso tener en cuenta que el camino no va a ser siempre lineal. Habrá unos días en los que uno se siente enérgico, capaz de comerse el mundo… como si sobrevolase por encima de cualquier obstáculo. Y, por supuesto, también habrá días en los que parezca que tenemos pies de plomo y no podemos dar más de tres pasos. Cada uno de estos días tiene su propia moraleja. Hasta, incluso, aquellos en que uno se ve obligado a dar marcha atrás para verificar en cuál está el tropiezo. Nada malo ni absurdo, a veces las cosas no salen bien porque obviamos y restamos importancia a lo que viene siendo el índice en cuestión del problema.
Cabe mencionar, entre todo esto, la Profecía de Autocumplimiento – o profecía autocumplida-. Es decir: si estás convencido de que no eres competente para poder lograr un objetivo, por mucho tiempo que le dediques, será difícil conseguirlo. En cambio, si crees que estás capacitado –o que puedes lograr la capacidad- para llegar a ello, seguramente llegarás a conseguirlo. Es por eso que nos ponemos barreras psicológicas. O lo que es lo mismo: llenamos la cabeza de pensamientos desadaptados. Citaré para el caso,- y ya finalizando-  una frase atribuida a Albert Einstein: “Todo el mundo es un genio. Pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar a los arboles, creerá toda su vida que es un idiota”