viernes, 20 de diciembre de 2013

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La playa de Guillermo, por Ángel Márquez

Me gusta ir a la playa temprano, a esa hora en la que el amanecer, el sol y a veces la neblina se encuentran de tertulia. No me encontraba solo, ya algunas personas mayores paseaban su cuerpo y algunos que otros jóvenes dormían bajo una luna trasvertida en sol, el cansancio y el alcohol.
A esa hora tiene uno la ilusión de ser el dueño de la playa, como el que tiene un billete de lotería, tiene la esperanza efímera de poseer el premio gordo; dueño de muchos metros de arena y espacio, sabiendo que en pocos minutos esa propiedad y esa vista la iría perdiendo por playeros con mis mismos derechos, pero no con mi misma posesión. Mi caracola consistía en una sombrilla de esas que el viento se ríe de ellas, una silla plegable y un libro de Guillermo Cabrea Infante, el habanero difunto más vivo de Cuba, cuya lectura disfruto mucho debido a que su escritura es más grande que su cuerpo, a su calidad literaria y por el humor tan particular de Guillermo Cabrera Infante.
Creo que el mejor marco para leer la obra de Guillermo Cabrera Infante es fumando un puro en la mañana fresca donde el sol aún no ha entrado en su jornada de trabajo, en ese momento a solas, en el que el humo y el olor a puro ni tan siquiera a mí me molesta. Me gusta bañarme cuando el mar no se ha embardunado en cremas bronceadoras y todavía no han descargado sus necesidades; lo veo como más puro, a pesar del humo del puro.
Sentado y fumando, comencé la lectura del libro. Junto a mí, como invitados de arena, unos palomos de plumas picoteaban y comían la nada. Su color gris humo-ciudad se mimetizaba con el de la arena mojada. Mi lectura tartamudeaba porque levantaba de vez en cuando la vista y contemplaba que la playa, inexorablemente, se parcelaba cada vez en trozos más pequeños. Con sueños de picadores, los playeros clavaban las sombrillas en la arena y la playa se llenaba de colores sin acordes. El puro y el humo se esfumaron. El sol comenzó a trabajar. Ese día se le veía con ganas y decidí bañarme. La lectura me privó de desvirgar esa jornada el mar, ya que algún que otro valiente se me adelantó. Me gusta mi amigo hermafrodito el mar, pero entre ambos mantenemos las distancias de cortesía. Me guillotiné en él y solamente mantuve fuera de ella la parte de mí que no es pez.
Después de un rato de acariciarnos nuestros cuerpos, me salí de ella y me puse otro rato de lectura intermitente, dándole de vez en cuando una “humaílla” a mis ojos. Las olas casi no existían, solamente el susurro monocorde y repetitivo de su muerte y resurrección llegaba a mi oído como un disco de vinilo rallado. Mi espacio continuaba acotándose por la llegada inmisericorde de nuevos vecinos. Entre ellos, algunos hablaban con una absoluta indiferencia a mis oídos, pero otros, como si hubiesen sido entrenadas sus gargantas y sus cuerdas vocales en la universidad del mercadillo de vocifero, hablaban con una intensidad que sus vidas no se metieron en la mía gracias a mi mala memoria. En el camino de la media mañana, la paz y el sosiego fueron suplantados por el jaleo y el bullicio. Miles de cuerpos para la ciencia y unos pocos para el deseo se acoplaron en la playa. La sensación de agobio solamente la empequeñecía la gran puerta que era el mar. Durante mi lectura intermitente pude disfrutar de algunos estriptises privados, gratuitos y naturales (los tres condicionantes insustituibles e inviolables para que un estriptis sea verdadero), cuando se quitan las prendas naturales y públicas. Estos momentos son los únicos en los que se disfruta de un cuerpo semidesnudo en la playa. Y aunque parezca paradójico, cuando se visten también asisto a otros estriptises contundentes y envolventes. De vez en cuando, mis ojos divisaban una presa, presa de su ropa, esperando el momento preciso e instantáneo a que se liberase.
A las doce de la mañana, con mi ración de sol, mi ración de lectura, mi ración de mar, ni ración de miradas y mi fuente de vecinos, decidí decirle adiós a mi amigo y a mi amiga que es el/la mar.