miércoles, 31 de julio de 2013

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La pantalla de plasma, por Ana Gómez

Sí, una pantalla de plasma. Eso que hace no muchos años simbolizaba el bienestar de la sociedad. Cuando el bienestar social se medía por el número de pantallas de plasma en los hogares. Somos un país que crece, somos un país donde el paro es algo residual. Pero un día nos dijeron que habíamos comprado por encima de nuestras posibilidades y esa pantalla de plasma pudo convertirse en símbolo de nuestro derroche. Ya nadie quería una tele de las de “culo gordo” que diría mi madre, y aunque no estuviera rota la cambiaba por una delgadísima pantalla de plasma. Yo, la primera que sirve de ejemplo. Y cuanto más grande, mejor. Además, había que ver los triunfos de la selección y aunque la cosa comenzaba a estar “apretá”, continuamos comprando pantallas de plasma… después de todo la publicidad funciona y a nadie le gusta que le digan que es tonto, ¿me equivoco?
Pero para mí hoy la pantalla de plasma se ha convertido en símbolo de otra cosa. Por eso ahora, cada vez que me siento en mi sofá y miro esa tele que compré un día por miedo a que la famosa tienda siguiera diciéndome que era tonta, me acuerdo de nuestro presidente compareciendo a través de una pantalla de plasma para evitar las preguntas de los periodistas sobre unos papeles que decían no se qué en un medio de comunicación de cuyo nombre no quiero acordarme. Y eso me indigna.
Lo sé, tal vez hay muchas otras cosas por las que indignarse antes que por eso. Pero a mi esa situación me toca la fibra sensible. Hace ya unos cuantos años decidí cambiar mi profesión y convertirme en docente, pero no puedo olvidar que un día fui periodista y acudí a ruedas de prensa donde mis compañeros preguntaban al político de turno y este no tenía más remedio que plantar cara a la situación. Podía resultarle incómodo, molesto, insoportable, inquisitorio, pero no le quedaba más remedio que responder. Porque su silencio no era bien recibido por la sociedad. Y así, el periodista podía ejercer su verdadera función, instigar al político a responder sobre sus actos ante la sociedad.
Pero parece que la crisis económica ya se ha convertido en una auténtica crisis de valores donde todo vale. Los que mandan no tienen que responder ante nadie y, si la situación ya se hace insostenible, se escudan detrás de una pantalla de plasma. Hubo una ministra a la que los medios de comunicación dejaron plantada en Nueva York porque no admitía preguntas, algo que se ha convertido en norma, y tuvo que rectificar y permitirlas. Un rayo de esperanza. Un oasis en el desierto. Hoy todo sigue igual.
La pantalla de plasma no es más que el reflejo de lo que está sucediendo. O tal vez ella misma nos quiso avisar de lo cruda que iba a ser la situación, porque ¿quién no se acuerda de aquella foto en la que una muñeca vestida de flamenca se sujetaba con los deditos para no caer de la cima de la pantalla? ¿Y el pobre toro que reposaba a los pies de la misma? La pantalla al final nos ha dejado caer, nos ha traicionado posicionándose del lado del más poderoso. Pero es que ya se sabe, el que realmente no tiene un pelo tonto no es el que la compra, sino el que aparece en ella.