miércoles, 17 de abril de 2013

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Un ratito cortito, por Manuel Palacios

Hay dos máximas que todo padre moderno debe cumplir, a saber: a) asistir al parto de sus hijos, y b) llevarlos a Euro Disney. Como cursi padre de mi tiempo yo he cumplido con las dos, aunque del engaño y la estupidez de la segunda no trata este artículo.
Efectivamente, estuve presente en el nacimiento de mis dos hijos, cumplí con el ritual de asistir a sus partos, en teoría, para reconfortar y acompañar a mi mujer en trance tan difícil y para presenciar los primeros momentos de la vida de mis hijos en este mundo (que no digo que tales intenciones no estuvieran en mi ánimo), pero sobre todo lo que me movió a mí en particular a estar presente en el alumbramiento de los niños fue algo menos poético: la curiosidad. Yo quería saber cómo era eso, cómo se producía el nacimiento de un ser humano, es decir, había un interés cuasi médico-anatómico-científico, mezclado lógicamente también con un deseo de vivir la situación, de saber qué sensaciones se experimentaban estando en el paritorio de pie como un pasmarote al lado de mi mujer, comido por los nervios, esperando inquieto ver asomar por allí abajo la cara del gremlin.
Y bien, ¿cómo es eso?, ¿cómo es un parto?, y sobre todo, ¿cómo es un parto desde el punto de vista de un inútil-padre-acompañante? Tengo poca experiencia (en lo de padre-acompañante, digo); al fin y al cabo yo sólo he asistido al nacimiento de dos seres humanos, de modo que mi opinión  únicamente refleja esas dos situaciones vividas. La primera preocupación que te embarga cuando entras al paritorio es no convertirte tú mismo en una carga más, no ser un estorbo. Los protagonistas  y los que  necesitan atención son tu mujer y el bebé, así que ponerse blanco, desmayarse como un “mariquita” y terminar saliendo en camilla con los pies por delante en presencia de familiares y personal sanitario hunde tu reputación para siempre.
Una vez superado (no sin dificultad) ese escollo, la diferencia entre la moto que te venden y la realidad es llamativa. Se supone que un parto es el acontecimiento más maravilloso que uno pueda vivir. Nada se le puede comparar. Estás allí para disfrutar de tu paternidad desde el minuto uno, ¡alegra esa cara chaval!. Cuando la verdad en forma de fatiga te sube estómago arriba y ojiplático descubres que estás viviendo en directo un documental de La 2 en vez de los Teletubbies, piensas: “¿por qué piiiii no me tomaría yo la caja entera de Biodramina?”. Dicho de otro modo, entre tanto almíbar, a alguien se le olvidó recordarme la ferocidad y la brutalidad con que nacemos. Si hay algo en lo que se manifiesta nuestra condición de bichos, algo que nos recuerda nuestro carácter animal y salvaje, eso es sin duda un parto.
En un parto hay sangre, hay caca, hay un dolor atroz, hay líquido amniótico y otros líquidos desconocidos, hay una placenta enorme como el hígado de una carnicería esperando ser fileteado, hay lágrimas de dolor y lágrimas de alegría, hay cordón umbilical, hay pipí, hay una mujer que se desgarra y se abre de dentro a fuera muerta de miedo luchando como una leona, y hay inquietud, muchísima inquietud, tanta que pocas cosas se pueden comparar a la sensación de alivio que experimentas cuando finalmente compruebas que la cría ha nacido sana, con “todas las cosas en su sitio”, y que la madre liberada de la carga, jadeante, por fin resuella, destrozada y contenta al mismo tiempo. No, un parto no es la experiencia amable y maravillosa que nos habían pintado, pero sí es emocionante y asombroso. Al menos emocionante en el sentido literal de la palabra; que te emocionas, vamos. Y asombroso porque, ¡Dios!, es una animalada absolutamente increíble, casi un milagro, la forma bestial en que los seres humanos seguimos viniendo al mundo.
Así que en estos días (y a propósito de un compañero “embarazado”), en los que mis hijos son ya adolescente una y preadolescente el otro, insoportables y caprichosos como corresponde, que no se acercan a mí más que para prácticamente pedirme dinero o para ladrarme si cariñoso les solicito un beso, me ha dado por recordar la fatiga, la desazón, la inquietud, el asombro, el alivio y la emoción que me produjeron sus nacimientos. De esta forma consigo un doble objetivo, a saber: a) no asesinarlos, y b) no olvidarme de que los quiero.