viernes, 22 de febrero de 2013

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Viaje a Italia (III), por Ángel Márquez

Quien viaja por Italia sin coche y sin autobús agradece mucho el ferrocarril y sus miles de kilómetros de vías férreas. Italia tiene unos ferrocarriles que, si bien no vuelas, por lo menos te llevan a cualquier destino y ciudad. Con esta base, todos los días nos  tocaba la lotería de un viaje. Uno de ellos fue a la ciudad de Caserta y a su famoso e inmenso palacio real construido por Carlos III. El palacio es como una pequeña ciudad. Pasillos, escaleras, habitaciones, estancias y cientos de muebles y objetos barrocos y rococos, sobresaliendo en ellos los dorados tan al gusto de aquella época. El elemento constructivo que más destaca en este edificio es la grandiosidad. Si el palacio es un encanto -excepto para los criados-, sus jardines superan esta fastuosidad. Son varios kilómetros de frondosos jardines, partidos estos por un interminable estanque, con sus cascadas y sus esculturas neoclásicas a lo largo de los varios tramos del estanque. Este termina, o mejor dicho, comienza, cuando el cansancio se ha adueñado de nosotros, en una gran cascada que sale de unas piedras con una  altura de setenta y ocho metros. El agua es llevada mediante un acueducto. Es una obra de ingeniería y de arte espectacular. Tan así es que el palacio, sus jardines y el acueducto son patrimonios de la humanidad. Volviendo sobre nuestros pies y sobre nuestros raíles, de vuelta a Cassino, transcurrió ese día.
La siguiente jornada nos tocó visitar una ciudad que llevaba en la cartera de la ilusión: Pompeya. De los libros, de las revistas y de los documentales, poseía una visión segmentada de Pompeya. Este viaje era el pegamento para unir esos segmentos. Pompeya no me defraudó nada, más bien todo lo contrario. Pompeya contiene el encanto de lo eterno, el poder de una máquina del tiempo. En Pompeya, la imaginación no tiene que trabajar mucho, vuela sola por la calles de adoquines, donde las huellas de los carros han dejado su firma. A pesar de que Pompeya tiene unos “poquitos años”, es una ciudad moderna. Estoy seguro que algunos ingenieros, arquitectos y urbanistas han tomado lecciones de esta ciudad. Las aceras son altas para que solamente fueran dominio de los “peatones”. Existen unos pasos, llamémosles de cebra o de jirafa para cruzar de una acera a otra salvando el desnivel entre ellas. La unión de la acera y de la calzada lleva una canaleta para recoger y reconducir las aguas (este tipo de canaletas hace muy poco tiempo que se colocan en nuestras ciudades). Cientos de casas típicas romanas con sus fuentes, sus patios y sus estancias completas nos trasladan a la vida cotidiana de hace casi dos mil años; casas  señoriales y casas más modestas, casi todas adornadas con pinturas al fresco, y suelos de bellos, matemáticos y artísticos mosaicos. No faltan los campos de cultivo y las vides, los molinos de trigo y aceite, sus necrópolis, sus baños públicos, las casas de prostitutas y su grandioso foro.
Cuando terminé de ver Pompeya y de recoger mi imaginación me quedé con esta pregunta duda. ¿Seguro que después de dos mil años hemos avanzado?
Otra vez en el tren y con dirección al norte de Italia, nos fuimos a visitar una bella ciudad: Trieste. Trieste se encuentra en el extremo oriental de su homónimo golfo, muy cerca de la frontera eslovena. Es una ciudad muy comercial e industrial debido a su situación estratégica y a su puerto. Durante una época perteneció a Austria y este hecho queda reflejado en muchos de sus monumentos y edificios, que contienen acento centroeuropeo. La plaza de la Unidad Italiana se asoma al mar. Es una plaza digna en sus proporciones. Trieste posee, como otras ciudades que se asoman al mar, el encanto de la mirada que se funde con el horizonte.