domingo, 17 de febrero de 2013

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Viaje a Italia (II), por Ángel Márquez

Aterrizamos en Fuimichino, uno de los aeropuertos de Roma. Mi hija Ángela nos esperaba como flotador de salvación ante un idioma que no se domina y ante unos traslados correosos, de tren y autobús. Desde la estación Termini de Roma, otro tren  nos llevaría a la ciudad de nuestro destino: Cassino.
Mi hija llevaba varios meses en Cassino con la famosa beca Erasmus, cuyo fin es el conocimiento de geografías, personas e idioma del país donde se reside. Desde la primera que supe que visitaría Cassino, este nombre me era algo familiar en algún rincón de mi memoria. Tenía mis dudas sobre si esta ciudad era la que le daba  nombre a la famosa batalla de la Segunda Guerra Mundial: la batalla de Montecassino, que estudiábamos en segundo de bachiller. Esta batalla fue decisiva para el transcurso de la segunda guerra mundial.
Cassino es una ciudad sin muchas pretensiones; es una ciudad llana,  de clima agradable. La guerra le desfiguró toda la cara y muchas de sus entrañas. Las fotos que vi de aquella época eran el resultado de las bestialidades del hombre. Las fotos imponían un desgarro en cualquier persona de bien. Toda la ciudad quedó en escombros, prácticamente irreconocible. Quizás estas fotos fueron lo único que sobrevivió a esa pesadilla. Las fotos nos muestran el poder de destrucción, de terror y terremoto que los hombres llevamos dentro en algún gen que aún no ha sido civilizado.
Después de la guerra, Cassino volvió a resucitar y en unos pocos años quedó totalmente reconstruida. El gobierno italiano decidió edificar un gran número de universidades con el fin de que la ciudad tomara su ritmo de vida. A las becas Erasmus le debe Cassino que la visiten miles de estudiantes de todos los confines de Europa. Junto a sus universidades, Cassino es famosa por la abadía de Montecassino. Desde cualquier punto de la ciudad, se ve en lo alto del monte su majestuosa abadía monasterio.
Una “chuleta” me dice que la abadía de Montecassino es una abadía benedictina construida en el año quinientos veintinueve por Benito de Nusia. En el periplo de su historia ha soportado terremotos, y por su situación estratégica, asaltos, guerras y saqueos, recibiendo a causa de estos hechos muchas trasformaciones. La abadía que ahora vemos es una construcción que te evoca a un edificio del renacimiento, con sus esculturas, sus arcos, sus pinturas y sus arquitecturas, pero cuando en la visita  se llega a la sala donde nos recuerda la famosa batalla vemos, como las fotos de Cassino, que la abadía quedo totalmente pulverizada por los aliados. Toneladas de bombas cayeron sobre la abadía, solamente se salvaron sus mil cuatrocientos códices manuscritos.
La batalla de Montecassino fueron cuatro ataques, del catorce de enero al diecinueve de mayo de mil novecientos cuarenta y cuatro. El peso del último ataque fue llevado por polacos del once de mayo al diecinueve del mismo mes, donde murieron mil quinientos polacos. Junto a la abadía se encuentra otro monumento erigido por el gobierno polaco como recordatorio de los mil quinientos polacos que murieron en la batalla. El monumento es un cementerio de mil quinientas lápidas y los cuerpos que guardan. Estas se encuentran en un semicírculo  y en un escalonamiento de gradas imitando un teatro romano. Todos los soldados contaban entre veinte y veinticinco años. Cuántos sueños, ilusiones, anhelos y amores se decapitaron en esos nueve fatídicos días. Creo sinceramente que este cementerio es un recordatorio a la invencibilidad humana.
Mañana será otro día, muy pronto estaremos oyendo el pitido agudo y viajero del tren.