miércoles, 13 de febrero de 2013

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Viaje a Italia (I), por Ángel Márquez

En todo viaje que vamos a realizar existe un previaje que coincide con unos cuantos días anteriores al viaje. En este previaje quien viaja son los nervios y en la mayoría de los casos la ilusión, esa maleta que pesa poco y engaña a las maquinitas de los aeropuertos. Son unos días donde los preparativos no cesan, se cuenta y se recuenta muchas veces todo lo establecido para el viaje: los billetes, dinero, tarjeta, móvil, ropa, direcciones… ¿Has preparado la bolsa de aseo? ¿Seguro que las llaves van dentro de la maleta? ¿En dónde has puesto el cargador del móvil que no lo veo? Estas son algunas de las preguntas más corrientes que realizamos cuando el viaje toma tintes de inicio.
Cuando el motor del coche se pone en marcha, arranca el viaje. Este viaje que nos ocupa nos lleva a Italia, esa bota donde he puesto dos veces el pie y ésta sería la tercera vez que me la calzaba. El Mercedes C-220 tomó dirección a Sevilla, una carretera que tanto conoce el coche por el trabajo de su dueño y amigo José Luis Baños y por esa disponibilidad que su dueño tiene hacia sus amigos. Llegamos al aeropuerto de Sevilla con unas horas prudentes para que los nervios no tomaran partido. A pesar que los aviones “corren” muchísimo, los viajeros que van a cogerlos  llegan mucho antes que estos. Los que no pisamos los aeropuertos de una manera asidua solemos encontrarnos incómodos en ellos. Hacemos un uso desmesurado del reloj, las maletas y el equipaje son un lastre para movernos, hasta que estos se facturan después de la típica cola de facturación.
Después de la facturación y de comprobar que las básculas no nos han engañado con el peso, nos toca el embudo del embarque. Otra vez los nervios se ponen en plena forma simplemente por realizar la mitad de las acciones que todas las noches  hacemos antes de ducharnos o acostarnos con una tranquilidad autómata de la que carecemos  en los aeropuertos, incluso a sabiendas de que el avión se encuentra aún por esos aires de Dios y que el tiempo lo tenemos en nuestras cartas. Pasado este angosto trámite estamos ya preparados y en cola para subir al avión. Como reto queda el trámite del volumen del equipaje de mano, esperando que entre en las medidas establecidas, que el retraso sea el menos posible y que, como ocurre casi siempre en los últimos minutos, no nos cambien de puerta de embarque haciendo que la cola se desplace como una veleta con un viento farragoso y traidor.
Tengo la sensación que todos estos periplos que un viajero sufre en un aeropuerto llevan como fin el que una vez en el avión, hasta los que a ellos le tienen miedo, se encuentren relajados.
Una vez pasada la última puerta, nos esperaba otra sorpresa. En una escalera metálica y encajonada en paredes metálicas esperamos otros veinte minutos más  hasta tomar el avión. Si los nervios dejaron de viajar, ahora quienes viajaban eran las gotas de sudor que recorrían nuestras caras y nuestras espaldas, viaje que no podían impedirlo unos exiguos abanicos y algunas hojas de papel. Pasado este tiempo se abre la puerta y en nuestro pensamiento se dibujó un “por fin” acompañado de exclamaciones, pero como incautos viajeros nos esperaba otro cominito de sorpresa: otra retención de diez a quince minutos en plena pista y bajo el famoso sol sevillano de finales de junio, con un calor ideal como adorno para  algunos chistes. Cuando subimos al avión tuvimos que ser muy creyentes para aceptar que ya nos encontrábamos dentro de ese supositorio grande y metálico que es un avión.
Las dos horas de vuelo de Sevilla a Roma se desarrollaron sin incidencias y en consecuencia sin paradas en el aire.