miércoles, 16 de enero de 2013

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Ensayo estoico, por José García Jiménez




CONOZCO  las grietas de esta calle como si fuesen mías.
Tiras de cemento superpuestas unas a otras,
parecen de plastilina.
Las mujeres hablando, las paredes blancas con macetas colgadas,
el sol subiendo la cuesta, iluminando.
Aquí no se lee a Tom Clancy, aquí,
a quien se le hace caso es al cura, en la misa de diario.

LAS CARAS DE LAS VIEJAS son para enmarcar.
Siempre se quedan mirando
como queriendo decir: estoy aquí,
tengo setenta años y estoy aquí,
exijo respeto y paciencia.
Hoy no estoy para paciencias,
llego tarde, debo coger el metro.

LA ALTA TEZ  del sol que ilumina las vanguardias
se está nublando.
Involucionamos hacia las papalinas, el aceite de ricino,
el embudo de las flaquezas trabaja a destajo
para borrar las sombras  de un pasado mezquino,
un recuerdo blando.
No he conseguido traicionarme todavía, sigo luchando.

SIEMPRE ME DUERMO a las siete de la tarde,
da igual verano o invierno, es la hora del sueño.
El cuerpo parece pedir una inflexión en la recta vida
que lleva, cruzado siempre de brazos, con
la espalda fría como el invierno.
A las siete de la tarde, sin embargo,
un día de mayo amanece.

EN CUATRO HORAS soy capaz de aprender la mejor historia
y en las cuatro siguientes, aunque la olvide, rumio sus enseñanzas.
En cuatro minutos le hago frente al panadero que quiere cobrarse
las deudas de la semana, pero la semana que viene, volveré a deberle.
En cuatro segundos... a veces no soy capaz ni de contarlos,
en cuatro segundos que vuelven uno tras otro,
en cuatro segundos pierdo la calma.