martes, 8 de enero de 2013

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Crudo, por Belisa C.



La palabra idiota procede del latín idiota, idiotae desde el original griego ἰδιώτης. La raíz de este adjetivo ἴδιος se refiere a lo privado, a lo particular, pudiendo encontrarla en otros sustantivos como idioma o idiosincrasia para referirnos, respectivamente, a la lengua propia de un hablante o al conjunto de rasgos distintivos y propios de un individuo o de una colectividad.
El idiota era, para los griegos, aquel que únicamente se preocupaba de sus intereses privados o particulares, sin prestar atención a los asuntos públicos o políticos. Pronto la palabra se convirtió en un insulto, ya que la vida pública era de gran importancia para los hombres libres. Ser un idiota se convirtió, de esta forma, en ser un idiota con su concepción actual, ya que no participar en la democracia era la mayor deshonra que uno podía sufrir. 
Veinticinco siglos después, paradojas de la lengua, sólo los idiotas parecen tener cabida en el foro de las cuestiones públicas (sálvense utópicos, soñadores y otros profetas). A día de hoy, el conjunto de individuos que nos gobiernan es tan esperpéntico como desolador; las perspectivas, atroces. El problema no radica (no radicó nunca) en la prima de riesgo, ni en la troika, ni siquiera en los millones de españoles sin empleo, es un problema de base que reside de la incapacidad de la clase dirigente. Una clase política carente de toda ética, dispuesta a empeñar a un país entero por un puñado de euros. Pobre Darwin.
Hace unas semanas me propuse, muy en serio, no volver a hablar de estas miserias; no por miedo a parecer un mal patriota antisistema, sino porque creo que esta gran estafa es más que evidente, que la mayor parte de la gente lo sabe y que perder el tiempo en una obviedad como esta me parece una tontería. Además, pienso que hay temas mucho más fascinantes de los que hablar (véase la dulce herencia que nos lega Lavargas o el espectáculo de ver a Iniesta tocar el violín). “La belleza como forma de resistencia”- apuntaba alguien hace unas semanas. Sin embargo, y sin que sirva de precedente, la salida de antena del programa radiofónico Carne Cruda ha sido el detonante para acordarme, por última vez, de estos profesionales del cinismo. 
El pasado 28 de agosto se emitió el último programa de Carne Cruda, el fantástico espacio capitaneado por Javier Gallego, alter ego del Señor Crudo. Las ondas hertzianas requieren su tiempo: la conquista de yunque, estribo y martillo necesitan paciencia, horas de seducción. Sin embargo, la carnicería tenía manteca de primera y eran pocas las sesiones que necesitaba un pabellón auditivo estándar para quedar prendado de la naturalidad rebosante de Gallego. Alejado de las radiofórmulas a granel y de los programas enlatados de Radio3, comida rápida para intelectuales, la voz de Crudo se erigió como el último bastión desde el que uno se podía avergonzar de su país con una mínima decencia.
Entrevistas llenas de compromiso, denuncias públicas y unas crónicas tan acertadas como políticamente incorrectas empezaban a irritar la zona anal de algunos roedores y ciertas aves de rapiña. Somos España. Duodécima potencia mundial, lugar donde la democracia está castrada por un sistema electoral caduco y la libertad de expresión en los medios públicos está censurada por el poder político. Un país donde la corrupción ya no es excepción, sino norma, y paraíso en el que los bancos roban a su antojo. Es lo que hay. Contarlo con la mayor independencia posible es labor de los profesionales de la comunicación: diga crudo. Un país donde se confunden verdad con demagogia y realidad con sensacionalismo. Osborne nos libre.  
Tras los cambios sufridos en el seno de la RTVE, la destitución de Gallego era una mera posibilidad, pero las buenas cifras cosechadas programa tras programa no hacían presagiar tan fatídico desenlace; ni el más recalcitrante ministerio orwelliano habría osado realizar tal proeza. De esta manada, sin embargo, una puede esperar ya cualquier cosa. 
La voz de Javier Gallego tiene dos años de desempleo; su respeto a la profesión y la rendición de una multitudinaria audiencia queda para siempre. Crudo, que la radio te acompañe.