Una persona, por Ofelia Ara


Debo comenzar explicando que el día en que las cenizas de tía Bernadette navegaron hasta el Mediterráneo, salió nublado y algo ventoso, triste como no podía ser de otra manera en el mes de abril. Un cielo del color de sus ojos, el color de las mujeres de la montaña, grises con alguna veta azul, cálidos y verdes en ocasiones, al capricho del color de cualquier cielo, como el mar, reflejantes de los cambios de luz, con toda su belleza, pero sin pizca de poesía.

La propia Bernadette había bromeado, a su estilo, aquel día en que indicó que deseaba sus cenizas en el río grande de la ciudad donde vivía, es decir, vino a insinuar que podíamos tirarlas al basurero, pues le era indiferente donde fueran. Pero los deseos de quien ya no puede defenderse son tenidos como menores, siempre que haya quien tenga uno más fuerte y acorde al sentir de los tiempos. Por tanto, la familia decidió que sería mucho más bonito acudir a su pueblo natal y esparcir solemnemente el polvo gris en algún lugar emblemático.

El pueblo estaba recorrido por un pequeño río, aunque no tan pequeño para los estándares provinciales, de aguas claras mientras no lloviera más arriba, en la Raca, pues en ese caso, venían embarradas y oscuras. Un breve cónclave de sobrinos de Bernadette decidió que lo mejor era esparcirla en el río, pues la influencia de Heráclito en el devenir de la vida tenía mucho peso. Como decía el poeta que tanto leíamos juntas, «todo, se arrastra, inexorable río, /hacia la nada».

Todo acuerdo tiene su disidencia y el nuestro no iba a ser menos. Mientras vagábamos cerca de la orilla buscando un sitio adecuado, de dos en dos la fila por lo estrecho del sendero, la prima Pilar iba protestando pues decía que muchos pescadores practicaban la pesca de la trucha allí, truchas que, sin dudarlo, iban a ingerir algo de la tía Bernadette y, también sin dudarlo, llegarían a su mesa ante una consumidora ignorante de semejante aderezo. Los que íbamos en cabeza nos desentendimos de la protesta, no así la geógrafa del grupo, que intentó consolar a la prima Pilar afirmando que, a esa velocidad, las aguas del río llegarían a Tarragona antes de que ninguna trucha pudiera ni abrir la boca.

Como no estábamos seguros de la legalidad de nuestra acción, anduvimos bastante rato, intentando esquivar a algunos paseantes que iban por allí y que nos sonreían con amabilidad, mientras nosotros ocultábamos las intenciones distraídamente. Pasado el pueblo, río abajo, se llegaba al cementerio, que se hallaba en una pequeña colina y, a continuación, se encontraba el puente medieval, el pon Nou o puente de abajo, con su arco de medio punto y su marca de restauración, una firma en una inscripción que decía «Ramon me fecic año 1599».

Ese era el lugar. Sin duda. Discreto, a salvo de la mirada invasora turística y lo bastante emblemático. Allí que bajamos en tropel al río y nos colocamos en la orilla. Dos primas del grupo iban a ser las encargadas de echar las cenizas y, situadas cerca de una poceta que además tenía bastante corriente, abrieron la pesada bolsa y comenzaron a soltar a tía Bernadette río abajo, hasta que la prima Pilar no pudo más y gritó: «¡Ya vale, ya vale! ¡Los peces!»

La carcajada liberadora fue unánime, incluida la de la prima, y el agua se fue tiñendo de gris suavemente. En pocos minutos no quedaba nada. Recordé otros versos leídos con la tía, del mismo poeta, y también, en su tristeza, las palabras resultaron liberadoras: «Aquel que fui se queda en la ribera. / No me recuerda nunca ni me busca, / no me contempla ni despide: / contempla, busca a otro fugitivo. / Pero tampoco el otro lo recuerda.» . Nuestro pasado se estaba diluyendo allí, pues ya no quedaba nadie que lo recordara.

Nos fuimos a comer. La prima Pilar no pidió trucha.

Todos los versos son de Octavio Paz.

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