El gato, por Ángel Márquez


Algunas mañanas, y no todas, ni tan siquiera las que quisiera, me despierto temprano pidiéndole ayuda a la voluntad para levantarme casi a una hora indecente. Ahora que no tengo que ir a trabajar, y no necesito ser indecente madrugador como cuando la obligación del trabajo era el pan, las verduras, los vinitos y las cervecitas de cada día, el despertador, madrugando unos segundos más que yo y con esa voz de gallo castrado tronando sin piedad, me levantaba la obligación del trabajo. Ahora que esa obligación no existe, el despertador sigue sonando y casi tengo que rezarle a la voluntad para dar el primer paso. Una vez dado, y por inercia, llegan los demás.

Me gusta andar algunas mañanas. Sería muy pretencioso decir que voy de senderismo. Me gusta, si lo consigo, que sea temprano, con alguna que otra hora acompañándome la luna con sus distintas caras. Unos días cojo los caminos por donde se derrama Montilla hacia el campo. En la oscuridad de la noche, y antes que el amanecer se levante, mis ojos se adaptan a la poca luz y como un gato novato creo que mis pupilas se agrandan para captar mucho mejor la tenue luz de la noche.

Otras veces me encamino, desde mi casa en el barrio nuevo –siempre nuevo- de las Casas Nuevas, en dirección al parque Tierno Galván y las calles que lo rodean, y pasando con mis paseatas por la fachada renovada, acertada y vistosa del Parador, que poco a poco va encontrando lugar en los corazones de los montillanos como una postal de recuerdo.

Para llegar hasta aquí me encamino por algunas calles del barrio hasta alcanzar el edificio perfecto y perfectamente cerrado de la antigua FP; giro a la derecha y me ensancho en la misma proporción que se ha ensanchado la avenida de Málaga. Su acera o su internacional “boulevard”, ajedrezado de taquetes beige y verdes, junto a las plantas y árboles novicios y esos cipreses que espero que tengan en un futuro la pretensión de alcanzar el cielo.

Junto a todo esto puesto por el hombre, en este acerado, casi llegando al final, ha puesto su granito de pelos un gato. Dicho así, de esta manera tan escueta e inadjetivada queda como nada relevante. Así lo vi la primera vez que lo contemplé, mirando hacia un balcón de la primera planta. No le di importancia. Pasan los días y caminando en la misma dirección veo otra vez al gato. Quieto y con una postura egipcia, mirando hacia el mismo balcón. Esta segunda vez, mi pensamiento caviló: este animal ha quedado fuera de su hogar por algunas de esas escaramuzas amorosas a las que tan aficionados son los gatos.

Paso otro día y el gato, a la hora de seis o seis y media de la mañana, seguía en el mismo lugar con la misma postura. Mi raciocinio supuso que ese gato se encontraba allí por asuntos de gatunas; los celos de los animales, tan distintos de los humanos, son sinónimo casi de muerte.

De esta manera, pensé que el gato estaba atado al olor de una hembra que viviría en esa vivienda a la que no dejaba de mirar. Pasaban los días, unos sin caminar, otros tomando los caminos que me llevaban al campo, y otros, mi paseo por la Avda. de Europa con dirección a la zona del parque Tierno Galván. Por el que no pareciera que pasaban los días era por el gato, que seguía en su lugar.

Como habían pasado muchas jornadas, y aunque no soy etólogo, supuse que la cuerda del amor estaba ya rota y él seguía allí. Solamente cabía como explicación que el gato estuviese por el alimento. Un día, a la vuelta, miré bien y no había indicios de que en ese lugar le echaran comida.

Él seguía allí con su postura faraónica, con su mundo interior muy difícil de descifrar. Pasaba, y con la distancia que a estos animales hay que cederle, le decía con familiaridad “miau”, y él o ella me miraba. Han pasado meses y sigue con su pelaje en blanco y negro de las primeras películas, con su postura cordobesa y senequista y esperando no sé qué.

Yo sigo con mi duda, sin comprender este misterio gatuno, sin comprender esa espera inquebrantable que supera las esperas de los primeros amores. A mí solamente me queda, cuando paso a su lado, saludarlo: ¡hola, gato! 

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