¿De qué hablan las despedidas?, por Alba Delgado Núñez


Entreabro los ojos con la seguridad de estar allí. Escuchando el eco de ese ritmo frenético al hablar, de querer decir tanto en tan poco tiempo. Un “¿qué averiguas?” que se responde con “ea” y un encogimiento de hombros. Me emociono al visualizarme bajando las escaleras, sirviéndome el café de una cafetera vieja, de las de toda la vida, con unos cuantos cuadraditos de hielo. Después, encenderme un cigarro en un patio de coloridos azulejos, flores hasta en la pared y platos de cerámica. Mirando el reloj, descubriendo que a las diez de la mañana el sol se ha levantado con ganas de fiesta y que en breves instantes te obligará a bailar en el delirio que produce esa infame calor de agosto.

Pero, al despegar las pestañas, mi vista encuentra otra realidad: un Madrid desierto, lleno de hojas secas por el suelo y con un sinfín de aparcamiento. Las aceras parecen interminables, muchos negocios están cerrados por vacaciones y otros sostienen en el escaparate carteles de venta o alquiler. Persianas de los domicilios echadas a cal y canto. Oportunistas que planean de forma encubierta qué habitantes tendrán una hirsuta sorpresa al volver de vacaciones.

Estaba despierta en una quimera. Como el que cae de espaldas en un oscuro abismo y que se mece de forma abrupta.

Doy media vuelta en la cama con la esperanza de encontrarme allí de nuevo. Con los ojos cerrados, trato de encontrar el olor a campiña. Por un instante, casi parece que puedo rozar la tierra. Pero sólo lo parece. Aprieto fuerte los párpados imaginando el vestido de mi abuela, la veo encender el remolino para paliar los cuarenta y seis grados de las seis. Trato, sin éxito, de escuchar los chistes malos de mi tío. Lo rara que sigue siendo la ausencia de mi abuelo y el querer verlo en cada rincón de La Casilla. El tacto del pelo y la mugre de los gatos, adelantarme a la voluntad de colarse dentro de la casa para comerse la comida de las mías.

Todo intento es ilusorio.

Entonces lo recuerdas.

Cinco de la tarde. El silencio se rompe, el quejido impertinente de las ruedas de una maleta de cabina machacando la acera. Una despedida que se anuncia a viva voz. Los pies quieren retroceder pero avanzan irremediablemente hacia la sentenciosa hora de partida. El nudo en la garganta. El rostro oculto. Una nueva utilidad para las mascarillas. ¡Menos mal que es de día y puedes llevar, también, las gafas de sol! Pero, aun así, sigues viendo el rostro de las personas a las que llevabas dos años sin ver y que no volverás a ver por tiempo indefinido. Y el alma en un remolino. Esa sensación de huir y quedarse al mismo tiempo. Postergar o enmudecer la despedida. Como si no hubiera pasado nada, como si nada estuviera pasando, como si así se pudiera eliminar el dolor. El dolor que te vendrá de golpe y porrazo en el momento en que el tren inicie su partida. Un juego de mal gusto, esta vez.

No estoy allí, es evidente.

He vuelto. No sé muy bien a dónde.

El calendario muestra una fecha que no hace mucho parecía lejana. Unas palabras se contemplan entre las líneas de mi agenda: TRABAJAR, EXÁMENES, ESTUDIAR. Conforme más pasan los años, la libertad resulta cada vez más irrisoria. Se acabó. Por tiempo indefinido. Los números rojos llegan a la mitad del mes y en la cartera crecen las telarañas. Tu maleta te mira, triste, afligida. Y ambas os tratáis de consolar pensando en que cada segundo que pasa, es un segundo que estaréis más cerca de volver. Pero esos dichosos y diminutos pendencieros han manipulado el reloj, y cada uno dura cinco veces más.

Hay despedidas que anuncian un comienzo, despedidas que sentencian el final y despedidas que parece que nunca van a marcharse. Despedidas que gustan y otras que no tanto. A veces me pregunto: ¿De qué hablan las despedidas cuando se encuentran? ¿Tendrán fecha de caducidad como las vacaciones? ¿Cuánto tiempo dura la eternidad?

Lo que sí que he aprendido es que esperan al despiste, como los ladrones. Cuando menos te lo esperas, estás metiendo ropa de nuevo en la maleta. Un viaje sorpresa, una escapada exprés, un viernes santo en Montilla, el primer baño en la playa, las canciones del verano de ayer... Así que he decidido despistarme y no esperar. A ver si de repente encuentro dos billetes de tren en mi mano para volver y despedirme, de nuevo, de la rutina.

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