Feliz explotación, por Leonor Rodríguez "La Camacha"


¡Albricias, hermanas Cañizares y Montiela! Que ahora podemos hacer los conjuros y hechicerías desde casa, sin tener que preocuparnos de quitarnos la bata para ponernos la ropa de bruja y recibir a esa caterva de zoquetes, petimetres y ganapanes que tenemos por clientes y que nos dan de comer con sus estulticias.

Que no es que hayan echado luces, no, que la cortedad de miras no se cura así como así, sino que ahora los gerifaltes que manejan los reales de euro y los maravedíes de dólar han descubierto que se puede trabajar desde el sofá o la mesa de la cocina sin que eso merme su bolsa de ganancias. Medio obligados por esa nueva peste con nombre de cerveza mexicana que recorre el mundo desde uno a otro confín, sí, han hecho de la necesidad virtud; su virtud, claro. Porque se han dado cuenta de que, vestido de protección frente a la pandemia y de avance en eso que en este siglo llaman conciliación familiar y laboral, el rebaño de siervos a los que dirigen trabaja más horas por el mismo sueldo, pone los recursos de su hogar al servicio del moderno señor feudal (que se ahorra un pingüe gasto), se queja menos e, incluso, se muestra contento por tamaña consideración.

Y ahí estamos, confundiendo la escoba de barrer y la de volar, cuidando de no echar los brebajes de la poción en la olla del puchero, intentando no soltar un conjuro a tu hijo cuando te pregunta por la última cuestión que le ha hecho el maestro…

Que sí, que no hay que salir corriendo de casa para no llegar tarde al trabajo, ni usar toda la magia de Merlín para llevar o traer a los críos del colegio cuando la labor se retrasa o un niño se pone enfermo, ni aguantar a esos compañeros o jefes insoportables. Que hasta podemos comer juntos en casa a horas decentes. Pero no nos engañemos, como casi en todo en esta vida, a pesar de estos beneficios, la que gana es la banca.

Presencial o telemático, trabajo es. Y desde que el mundo es mundo, se ha intentado exprimir y explotar al esclavo, siervo, jornalero, criado, obrero, empleado… al trabajador, en definitiva, para obtener los mayores réditos posibles. Hecha la ley, hecha la trampa. Y ya le buscarán no una sino múltiples trampas al teletrabajo para hacer más grande su bolsa.

Empezando por el miedo a la pandemia, ese que nos lleva a trabajar en casa, comprar por internet, consultar al médico por teléfono o estudiar telemáticamente para no contagiarnos, pero que, ¡oh, milagro!, desaparece como por hechicería en cuanto se trata de reunirnos o celebrar con familiares o amigos. Y de ahí, tenernos aislados, convirtiendo en gente anónima a los compañeros y así lograr lo de divide y vencerás, porque ¿cuántas mejoras laborales, huelgas o revoluciones se han llevado a cabo en solitario desde el sillón de casa? Solo basta un ligero aderezo de pan y circo, ese que inventaron los romanos y hoy se perfecciona con los medios tecnológicos existentes, para tener un verdadero embrujo colectivo, y no las hechicerías que hacemos nosotras, hermanas.

Así que no os dejéis engañar también vosotras. Esto de trabajar en casa no es nada nuevo, es más de lo mismo, una nueva artimaña de los poderosos para exprimir más a quienes explotan, haciéndoles creer además que incluso han mejorado sus condiciones laborales y de vida o que, pobres ilusos, tienen capacidad de decisión sobre el funcionamiento de la sociedad. Y mientras siguen felices en la ignorancia que les da el exceso de información y entretenimiento y la falta de criterio propio no borreguil, esos gerifaltes seguirán engordando sus bolsillos. Y sin salir de casa.

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