Mil cosas en la cabeza, por Valeriano Rosales


Paseaba camino de su casa dándole vueltas a las últimas gestiones en el trabajo. La jornada habría sido más productiva si los clientes hubiesen sido menos incisivos en sus pretensiones. Aun siendo jueves y sintiéndose con razones de celebrar, el frío le incitó a no pararse en el bar habitual, pasando por la esquina sin mirar la segura parroquia de asiduos ávidos de cebada o uvas fermentadas y continuó el camino en busca, esta vez, de los necesarios baños y cenas de las pequeñas.
¡Buenas!, dijo al abrir la puerta del piso, esperando escuchar risas y correteos por los pasillos, pero en su lugar encontró un silencio total como respuesta.
Contrariado, pensó que otra vez había olvidado alguna actividad extraescolar de sus hijas. Dándole vueltas a las últimas conversaciones con su pareja no logró hilar el motivo del vacío de su domicilio.
La tranquilidad de la casa le incitó a ducharse calmadamente, acto que no era fácil realizar en su ajetreado día a día. Pese a la paz del agua corriendo por su rostro, su conciencia le obligó a cerrar la llave de paso del agua caliente.
La luz anaranjada de las farolas entraba por la vivienda en penumbra y empeoraba la inquietud de su cabeza. 
¿Dónde estarán? ¿Deporte? ¿Trabajos grupales? ¿Compras?...
La duda volvía pertinaz una y otra vez. Para no pensar en ello puso música con la que evadirse y subió el volumen al máximo. Las canciones que tarareaba como solía hacer hace años mitigaron sus sentimientos, aunque ni con ello se desprendió de la vacilación constante. Las últimas semanas habían sido completas y no había tenido un segundo para pensar en nada. Ningún motivo parecía tener la ausencia; sin embargo, por un instante pensó en las disputas matrimoniales que recurrentemente aparecían en la cotidianeidad de su vida y elucubró con posibilidades remotas que por instantes parecían verdades como puños.
Como recurso definitivo con el que apartarse de los pensamientos negativos que empezaban a atormentarle, fue directo a por una bebida con la que reconfortarse tras la jornada laboral. Camino al salón, con la televisión ya en el canal de deporte en directo y tras el primer sorbo, la duda fue más incisiva y el agobio mayor. La chispa llegó, la bombilla se encendió y con ella prendió el incendio en su cabeza. Sin perder un instante se desprendió de su ropa hogareña. El trillado pijama invernal cayó en la cama casi a la par que terminó de atarse los cordones de los zapatos, dispuesto a salir de su casa.
Cogió el móvil sin consultarlo, seguro de que habría sonado en numerosas ocasiones y tendría multitud de notificaciones. Se encaminó a grandes zancadas hacia el aparcamiento donde estaba su coche y, como era de esperar, el de su mujer no estaba.
Se dispuso a conducir con la convicción de ir despacio al ser consciente de que el nerviosismo por su error estaba haciendo que su corazón latiese descompasadamente muy cerca de su boca.
Tras unos kilómetros llegó al lugar. Bajó del coche y miró hacia las ventanas. Efectivamente se veía el ajetreo en el interior.
¿Cómo pude olvidarme?
Decidió esta vez no usar las llaves y llamó a la puerta.
La mujer que abrió mostró una sonrisa comprensiva, levantó los brazos y ambos se abrazaron.
¡Feliz cumpleaños mami!

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