sábado, 23 de noviembre de 2019

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En mi calle había una puerta verde, por Paco Espejo


Cuando era un niño de ocho años recuerdo que en mi calle había una casa con una enorme tapia blanca y en medio una puerta grande y verde, de esas antiguas que se usaban para que entrasen los aperos de labranza y tractores. Vista en perspectiva la puerta no debía ser nada del otro mundo, pero para la mente de un chiquillo se antojaba similar a las puertas de un castillo.
Casi todos los niños son curiosos y yo no era una excepción, mi mente barruntaba infinidad de alocadas teorías sobre qué se escondía tras la puerta verde. Podía pasar las interminables tardes de verano apostado cual disciplinado centinela a la espera de que en algún preciso instante se abrieran aquellas hojas que me debían llevar a la aventura y a la búsqueda de innumerables tesoros. Pero pese a mi obstinada paciencia y dedicación aquellas puertas no llegaron a abrirse.
Aunque no me desanimé ante semejante contratiempo, en una de esas tardes de canícula recuerdo reunirme con mis amigos de clase, a los cuales, supongo, contagié con mis continuas elucubraciones sobre qué se escondía tras la mítica puerta verde. Este cónclave decidió que si bien la montaña no iba a Mahoma, será este quien debiera desplazarse.
Con este fin diseñamos un plan digno del asalto a la más temible fortaleza, acordamos que cada uno aportase los pertrechos de los que dispusiese es pos del asalto a ese jardín vedado. Dado que yo era el instigador del plan, me tocó a mí conseguir una escalera de mano considerable que mi padre usaba para pintar las paredes o arreglar el tejado. Ante mí no había una tarea fácil, ya que debía sacarla de casa con sigilo y en soledad, por lo que pese a mis cortas luces entendí que no podría hacerlo sin ayuda. Por tanto, en beneficio del plan final, rogué a mi amigo Miguel que me ayudase ante la delicada empresa que tenía enfrente.
Como supongo que habréis imaginado, el intento de sacar la escalera fue un rotundo fracaso. Mi santa madre nos interceptó con ese instinto que las matriarcas poseen para detectar una trastada en curso y con cajas destempladas nos indicó el camino de salida a la calle.
Suerte similar corrieron los intentos de conseguir herramientas por parte de los otros miembros de este singular grupo de asalto, el desánimo cundía entre los amigos y en el momento que estábamos pensando alguna otra aventura alternativa para matar el aburrimiento llegó un viejo Land Rover del que se bajó una hombre a abrir la puerta y meter el susodicho coche dentro. El cielo se abrió ante mí: al fin iba a descubrir qué ocultaba aquella cancela. Pero en ese mismo instante mi madre se asomó al balcón y me llamó de vuelta para poner la mesa y cenar, pudiendo sólo vislumbrar un florido jazmín.
El verano pasó y el invierno trajo la nueva Play Station 2 a mi casa; con ella se fue cualquier curiosidad que yo pudiera albergar sobre la vieja puerta. 
Hoy he vuelto a la calle y habían derrumbado la tapia y la puerta, al fin puedo ver lo que allí se escondía.