martes, 1 de octubre de 2019

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No hay camino: Maragatos, por Francisco García Gascó


Entre el mar (Galicia) y los gatos (Madrid). Una posta en el páramo, de sedientos y auríferos paisajes, Astúrica Augusta llaman a mi capital, y en la más profunda de las Castillas, León es país independiente.
La encomienda de compartir mi pasión por la andanza se hace velada realidad en la primavera de El Ladrío. La guía de viaje al uso está llena de colores, grandes lugares para grandes experiencias. Barruntamos un brillo eterno en nuestra elección, pero no entendemos que en lo pequeño muchas veces está el gozo. Cuando viajo la búsqueda de la autenticidad es lo que me guía. Sitios y personas que sean y estén. Huyo, o al menos lo intento, del dolor de lo aséptico, de las manzanas que brillan, de las franquicias sin corazón. Así que, hoy hago la primera de mis propuestas…vayámonos, pues, a la Maragatería.
Esta región, wiki dixit, es una comarca española situada en la zona central de la provincia de León. Su paisaje es adusto, sobrio, de tonos cobrizos, de pueblos con nombres compuestos en los que la preposición de nos da severas pistas sobre su naturaleza: del Camino, de los Polvazares, de Somoza (el núcleo de la auténtica maragatería). Cuentan los lugareños que esa tierra ha dado recios trabajadores, arrieros acostumbrados a conseguir comerciando lo que no daba la tierra.
Es una comarca que mira a Astorga como la ciudad que no es teniendo a León a un tiro de autovía de escaso peaje. La impertérrita Astorga, la romana Astúrica, la del palacio de Gaudí, la del excelso chocolate (recomiendo Santocildes), la que vende el cocido maragato (no duden en comerlo en la Posada La Lechería, en Val de San Lorenzo) como esencia culinaria. La que alberga rincones de autenticidad como La Cocina Vieja, un reducto gastronómico, copado por Roberto, mesonero, cocinero, poeta y libre pensador. Cinco mesas esperan al caminante para sumergirse en el hondo corazón leonés. 
Todo en la Maragatería es peculiar y auténtico. Castrillo de los Polvazares es el núcleo restaurado que nos dice cómo fue la realidad dura, abandonada, de una tierra que no perdona, pero que llena nuestra alma cuando la visitamos. Es el lugar que todos visitan como trampantojo de la Maragatería. Una lugareña es capaz de taparse el sol de febrero con una barra de pan. Hay que ir.
Val de San Lorenzo es la patria de los telares. El ruido de las lanzaderas volantes comanda un alud repetitivo de husos bruñidos de lana merina. Van quedando pocas industrias, pero es parada obligatoria para rememorar lo que la Mesta fue.
Santiagomillas alberga la arquitectura maragata más auténtica, con el Teleno virando a su occidente.
Luyego,  Quintanilla y Santa Colomba, todos de Somoza, viven en órbitas concéntricas de pétreas moradas. Sus calles, presuntamente vacías, vierten ríos de historia en campos que cada vez se tornan más verdes ante la proximidad del Bierzo.
Rabanal del Camino, no tiene tanta vocación maragata. Es un punto de distinción que en su nombre ya expresa su ser como posta xacobea. En la búsqueda de la autenticidad que propongo, a diario se oficia una misa en gregoriano en la que un Babel monástico de cuatro almas hace vibrar las paredes agrietadas de la iglesia del pueblo.
Foncebadón, que se aleja aún más, renació por el camino de Santiago y casi desintegra el paisaje maragato.
Y muchos más pueblos.
Cuando hablamos de la provincia de León, pienso en modo gótico (me ayuda el Sr. Follet), barrios Húmedo y Romántico, patatas de El Flechazo, tarta de trucha de Bóñar, nicanores, botillo,  Bierzo, vinos mencía (Altos de Losada, y olé), Picos de Europa, cuevas de Valdevimbre, paisajes agrestes. En este bendito lugar,  la maragatería es el más castellano de los paisajes leoneses. Es un lugar para perderse y para disfrutar. Magnífica cecina, mantecadas de Astorga, huerta berciana, insuperables cocidos, cadencia vital, ritmo pausado, ojos que miran a los ojos, y mucho, mucho por descubrir en los límites de esa España vacía de la que tanto se habla.
En mi despedida no quiero dejar pasar una recomendación para el descanso diario. Conozcan la red de Posadas Reales de Castilla y León. Lugares únicos, llenos de personalidad, regentados por unos propietarios que han puesto el alma en cada piedra de su albergue. Sitios verdaderos, de comidas oníricas, en los que volvemos a ser huéspedes y no clientes. 
La Lechería (ya nombrada), Hostería Camino (en Luyego de Somoza) y Casa de Tepa (en Astorga) pertenecen al universo maragato.
Mi favorita es la Posada Rural Musical, en el Puerto de Béjar…pero esa es otra historia.

El camino te espera para seguir tus huellas.