miércoles, 11 de septiembre de 2019

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El tiempo y los relojes, por Carlos A. Prieto


Nunca he usado reloj.
A finales de los años sesenta, el Dr. Walter Mischel, de la Universidad de Stanford lideró un experimento psicológico con niños. Se trataba de dejar a un niño solo en una habitación, sentado ante una chuchería. Al niño se le daban dos opciones: bien comerse la chuchería en el momento o, si esperaba quince minutos, podría comerse no sólo una golosina, sino dos. El objetivo del experimento era estudiar la capacidad del ser humano de postergar la satisfacción de un deseo. Este y otros estudios posteriores establecieron una correlación entre el rendimiento escolar o un menor índice de masa corporal entre los niños que tenían capacidad de retrasar la gratificación o premio.
Esta capacidad de resistir el impulso inmediato es muy importante desde el punto de vista del marketing y el comportamiento de los consumidores, ya que la falta de capacidad para posponer una recompensa supone una de las principales razones para explicar el consumismo compulsivo o la cultura de usar y tirar típica de la sociedad industrial de finales del siglo XX. En los inicios de este siglo XXI, en nuestro mundo en pleno cambio tecnológico vertiginoso, sorprende cómo hemos perdido en gran medida esa parte racional que controla los impulsos: queremos la chuchería ahora. Y las tecnologías que tenemos a nuestro alcance nos permiten adquirir y resolver nuestros deseos con un clic. Es más, ahora estamos en el paso a la sociedad de los datos masivos y nuestros dispositivos no solo nos permitirán adquirir productos para cumplir nuestros deseos, sino que gracias a los análisis de datos nos adelantarán y sugerirán qué es lo que nos apetece casi antes de que lo sepamos nosotros mismos.
La implantación de nuevas tecnologías siempre ha conllevado grandes cambios en las estructuras económicas y sociales: desde la rueda y su impacto en la agricultura, la máquina de vapor y la industria, o el petróleo y los medios de transporte. Uno de los impactos sociales de nuestra revolución tecnológica es el cambio en el sentido del tiempo. La conexión plena a redes y la comunicación simultánea hace que vivamos en una cultura de la inmediatez en la que hacemos muchas tareas simultáneas muy rápidamente. Pienso en los padres que conducen para llevar a sus hijos a actividades de tarde. Mientras conducen, hacen llamadas de trabajo. Mientras esperan a que el niño acabe la clase de ballet, contestan los emails pendientes y mandan wassaps a su pareja para organizar la compra y la cena. Después hacen la compra online o piden una cena preparada. En el ámbito laboral ocurre otro tanto, nuestra tecnología nos permite un grado de eficiencia ni soñado hace veinte años, resolviendo muchas tareas a la vez y en tiempo real.
No sé Ud., querido lector, pero yo también vivo instalado en esta locura espaciotemporal; siempre con prisas, con demasiadas tareas a la vez y poco tiempo disponible. Creo que no llevar reloj es mi pequeña rebeldía contra estas urgencias. Me permite pensar que no estoy sometido a la inmediatez y que me rio del paso del tiempo. Sé que me engaño a mí mismo, nadie puede burlar al paso del tiempo. Pero por si acaso, seguiré sin usar reloj.