martes, 30 de abril de 2019

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La rana de Shakespeare, de Ricardo Reques, por Ofelia Ara

Este no es un libro ecologista. O quizá sí. También es un libro de viajes, un libro de iniciación personal o quizá de término de algo. Emoción y desencanto, denuncia y aceptación, amor y desamor, muchos pares de palabras opuestas sirve para definirlo. Al estilo kerouaquiano, un científico español, enviado a Argentina para hacer un estudio sobre las ranas y el cambio climático, deambula por los paisajes físicos del país y, al mismo tiempo, por su paisaje interior, el lugar donde habitan los sentimientos, los anhelos y deseos, lo honorable y lo que avergüenza. En el camino querrá encontrar el olvido de lo que dejó en España, pero el subconsciente le jugará malas pasadas y no se lo permitirá. Aunque hay una pequeña esperanza cuando se viaja: al volver, uno se da cuenta que el hogar nunca es como se recuerda ni nada es igual a como se dejó al marchar.
Sí es un libro que habla de ecología y el cambio climático. Para los que somos profanos en el estudio del medio ambiente, el cambio climático está asociado al deshielo de los polos y su influencia en el ecosistema de los animales que viven allí, como un ejemplo de lo que al resto del mundo le puede pasar. Pero en sitios tan alejados de los polos como son los trópicos, los animales pueden sufrir muy pronto las consecuencias del calentamiento global. Entre ellos se encuentran los anfibios, de los que están amenazados el cuarenta por ciento de la población. El libro de Ricardo Reques explica que los anfibios tropicales podrían ser más susceptibles al cambio climático porque se encuentran en su óptimo biológico, provocado por vivir en un lugar donde hay pocos cambios, lo que quiere decir que se aclimatan peor cuando los hay. Cualquier pequeño cambio sería letal para ellos. Por esto mismo, la esperanza de supervivencia es mínima. De hecho, es terrible leer que tenemos que acostumbrarnos a vivir sin ranas, que son parte del paisaje de la infancia, objeto de nuestras primeras observaciones y de nuestro deseo ancestral de caza. Su relato está impregnado de melancolía por la certeza de una extinción que puede ser ejemplo de la nuestra. Como dice la voz que narra, el conocimiento que el hombre tiene de su poder de destrucción no le ha hecho ser consciente de una mayor responsabilidad para preservar el único mundo habitable que conoce. Se ha alejado de la naturaleza para vivir en un mundo digital y se puede plantear un por qué: Dios ya no existe, ¿es la soledad que siente el hombre la que lo lleva a eso?
Ecología y literatura. Aparentemente, dos temáticas distintas pero aquí ensambladas con perfección. Ambas hablan de la vida y, en este libro, van y vienen como las olas, de una manera figurada, pero también real pues, como dice, la ciencia plantea respuestas y la literatura da perspectiva. Los científicos ayudan a cambiar la visión del mundo y algunos personajes literarios o del arte contribuyen también a ello, como Shakespeare, gracias a su capacidad de metamorfosis intelectual, lo que Ricardo Reques da en llamar “creatividad anfibia”. La literatura redime a las personas, ayuda a su transmutación, como el científico protagonista, a veces más rana literaria que rana científica, nadando entre el desencanto de un trabajo que considera inútil y el consuelo vital que le proporciona lo que nos induce a creer que practica, la creación literaria.
Reques ha escrito varias historias dentro de la principal, pues la novela está salpicada de microcuentos que evidencian el gusto del autor por este género. Pequeñas historias de ranas, sapitos y demás anfibios como si fueran el álter ego de los personajes que van y vienen por el libro, bajo una mirada, en ocasiones humorística y afligida y, en ocasiones, humorística y mordaz, pero siempre desde un plano íntimo, para uno mismo. Es el humor inteligente.