sábado, 12 de enero de 2019

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Patria, por Laura M. Lopera


Hay que leer Patria. Lo afirmo así, sin rodeos, y a pesar de que se ha convertido en uno de esos “fenómenos literarios”, un best-seller (HBO incluso está preparando una serie basada en la obra), en los que tan a menudo los valores estéticos y técnicos languidecen. Y a pesar también de que el tema, de antemano, promete literatura-pseudoperiodismo baratos: el terrorismo de ETA. En principio, me parece muy complicado urdir una verdadera novela, con todas sus aristas y tonalidades, con toda la complejidad y polifonía que la caracterizan, a partir de una materia tan propensa al maniqueísmo simplista al que estamos tan acostumbrados cuando se revisan literariamente temas de nuestra historia contemporánea (pongamos, por ejemplo, la guerra civil).
Patria es una magnífica novela, independientemente del tema que aborda, porque tiene todo lo que debe tener un relato para serlo. En primer lugar, un narrador hábil y diestro, que nos sorprende con técnicas narrativas novedosas, combinadas con las mejores de la narrativa clásica, y nos sumerge sin remedio en su mundo desde la primera página. Su tratamiento temporal está lleno de saltos cronológicos que siguen un orden más emocional que lógico, pero que el lector entiende con naturalidad. El espacio (¡tan importante en las mejores novelas!) es clave para entender la historia: una localidad rural de Guipúzcoa en la que la izquierda abertzale impone la alineación de sus habitantes en dos bandos absurdos (conmigo/contra mí), cuyas filas se alimentan de los más pequeños e insignificantes gestos. El espacio pesa y oprime, como la Vetusta de Clarín, y es descrito en sus aspectos más cotidianos (recuerdo especialmente el constante olor a fritura en casa de Miren y Joxian), aquellos que difuminan sus rasgos diferenciales (fuente del sentimiento nacionalista) y lo convierten en el espacio universal de los quehaceres humanos.
Pero, sobre todo, Patria es una gran historia donde sobresalen personajes inolvidables, de los que siguen teniendo vida más allá de la página impresa. La trama presenta a dos familias vecinas, e incluso amigas en el pasado, que se ven enfrentadas antes y después del asesinato de Txato, uno de sus miembros. Miren y Joxian, con dos hijos, representan la Euskadi rural, apegada a la tierra, con sus virtudes y sus miserias. La otra pareja, que también tiene dos hijos, encarna la Euskadi industrial y emprendedora: Txato (el asesinado) ha conseguido levantar con esfuerzo y constancia una próspera empresa de transporte. Dos familias normales, como la suya o la mía, que subterráneamente, de una manera casi imperceptible, se convierten en víctimas y verdugos de los otros. Y es en ese subterráneamente en el que escarba de manera magistral Aramburu, mostrando cientos de matices sutiles que explican el fenómeno del terrorismo vasco y que no podríamos haber percibido jamás viendo el telediario o leyendo atentamente la prensa. En efecto, como siempre, la novela nos revela aquello a lo que no acceden los cronistas (lo hizo Galdós en sus Episodios Nacionales, por ejemplo), pero que resulta indispensable para entender en profundidad un momento histórico determinado. La trama, tejida con inteligencia y sensibilidad, sin estereotipos ni dogmatismos, pensada para lectores inteligentes que no necesitan interpretaciones del mundo, sino más dudas que lo ensanchen, nos atrapa desde el principio por sí misma y por lo que supone de íntima revelación, y nos devuelve la fe en la literatura y en el ser humano.
Por eso, cuando termina, después de sus más de seiscientas páginas, te queda el sabor que dejan los grandes narradores: por un lado, la melancolía de tener que despedirte de unos personajes que ya son parte de tu vida (inolvidable Arantxa…) y, por otro, la emoción gozosa que solo produce el ARTE con mayúsculas.
No se la pierdan. Será un clásico, seguro.