viernes, 18 de enero de 2019

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Ordesa, de Manuel Vilas, por Ofelia Ara

En el imaginario colectivo, tomado como mito y realidad, se hallan los versos más famosos sobre la muerte del padre, (Recuerde el alma dormida/avive el seso y despierte/contemplando/como se pasa la vida/como llega la muerte,/ tan callando), asunto universal donde los haya, pues no solo afecta al sentimiento de pérdida familiar, sino también a la conciencia de la propia finitud. Muchos otros han tratado este tema tan trascendental, el de la fugacidad de nuestro paso por el mundo, y el de la muerte de los progenitores, que supone un antes y un después en la vida.

Mi madre bautizó el mundo, lo que no fue nombrado por mi madre me resulta amenazador. Mi padre creó el mundo, lo que no fue sancionado por mi padre me resulta inseguro y vacío.
En estas dos frases sencillas se halla la esencia de “Ordesa”, de Manuel Vilas. Escribe con ternura y acidez sobre sus sentimientos hacia los padres y lo terrible que resulta su envejecimiento y pérdida, lo solo que el ser humano llega a sentirse a su muerte, pues desaparece el verdadero hogar, que es el de la infancia, el que otorga seguridad; es el cristal con el que conocemos al mundo y el que nos da un lugar en él. Aunque en la madurez nuestra vida sea distinta, incluso mucho mejor, lo aprendido en la infancia lo llevamos pegado a la piel sin remedio. Decía Manuel Vilas, en una entrevista reciente en Cosmopoética (Córdoba), que él siempre se sintió y se siente pobre, aunque, de un modo objetivo, no lo sea. Pobre porque así lo era su familia, porque conoció el silencio ante los abusos de poder del clero y pobre porque, incluso ahora, siente que está fuera de lugar, mudo y encogido, ante los Reyes de España en una recepción por un premio literario. Es el terror genético del campesinado ibérico.
“Ordesa” es también un recuerdo de la España del desarrollo, de ese momento que estuvo a caballo entre una vida casi por completo rural y los primeros rayos de progreso. Pero es la muerte la que impregna todo el libro, la interpretación antropológica de ella y, ante todo, la interpretación personal y sentimental. Hay páginas muy emotivas, no hay que olvidar que el libro es en parte autobiográfico; un día aprecia Vilas un gesto de despedida en su madre, en el regalo de una simple bata, y sentimos cómo se le encoge el corazón. Pero es la muerte del padre, afín a él por su sexo y su físico, la que supone en su vida el antes y después mencionado. Es comprender la terrible certeza de no volver a hablar con él, como acontecimiento incomprensible y misterioso. Es sentir al padre detrás de él, una vez muerto, cuando se mira en el espejo y lo ve, y no se ve a sí mismo. Es tener miedo a hacer un gesto de cariño en el momento de su muerte, un miedo que lo único que consigue es agigantar su soledad. Conmueve leer después de eso, “no me dijo nada/no me dijo adiós. Nunca pensé que la vida acabase así, tan humildemente.” (versos de su libro de poesía “El Hundimiento”).
Todo lo que escribe Manuel Vilas en “Ordesa” es territorio conocido, como el temor a haber decepcionado a los padres o el no querer reconocer que ellos también nos decepcionaron alguna vez y, pese a todo, sentir una extraña unión con ellos. Así mismo, todos nos enfrentamos a la brevedad de la propia existencia, vista, como no puede ser de otra forma, con vértigo. Es cierto que se puede decir que es un libro triste pues hay muchas páginas que se leen con emoción y congoja. Pero Vilas no hace trampa, no pone en el papel sus sentimientos de manera impúdica ni usa imágenes fáciles. Aunque pueda parecer lo contrario, resulta contenido en ocasiones. Por eso mismo el libro es valioso y sincero.
Como dice el director de cine Haneke, si fuéramos felices, no necesitaríamos el arte. Por eso existen libros como “Ordesa”.