lunes, 7 de enero de 2019

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Desde que leo... por Miguel Cruz Gálvez

De un tiempo a esta parte, por necesidad y finalmente por deleite, la lectura se ha convertido en una de las pasiones de mi vida. No es nada extraordinaria esta declaración ni lo pretende ser, pues es muy común y no sería ni el primero ni el último en hacerla. Pero he de aclarar que no me refiero a lo sobreentendido, no me refiero a lo obvio.
Siempre me ha gustado leer un buen libro, pero no se trata de literatura mi afición si no de “hacer lectura”, de abrir los ojos y ver ese “algo más” que muestra lo no evidente, aquello que está, pero de forma intangible.
La necesidad de practicar la lectura me apareció por pura asfixia, por desorientación, por la vieja costumbre humana, ahora parece que perdida, de razonar. Asunto en el que sin darme cuenta había perdido el hábito.
Así ahora, de vez en cuando, me salgo del caminar del gentío y me subo a lo alto de la cima a respirar, a observar, a ver cómo se comportan los que me acompañan, ver de dónde partimos, hacia dónde vamos y encontrarle su sentido.
Desde fuera, apartado y ajeno, observo cómo casi no somos sino que casi exclusivamente estamos. Observo cómo la frustración por cobardía domina a la acción valiente o al reposado disfrute.
Este salvamento me ha reconciliado conmigo mismo, con la mesura, con la clarividencia…
El ser humano, su comportamiento y finalmente sus circunstancias se han tornado complejas de la mano de la falta de humanidad. Damos por hecho que la situación está tutelada y no hay nada más lejos de la realidad, estamos autogobernados a la par que en nuestro propio abandono.
¿Sabes una cosa? Ya llevamos un buen trecho de camino en el que hemos basado nuestra existencia en acumular cosas, de la misma forma que nos hemos vaciado de sentimientos.
Hay quien lucha por poner cordura en todo este caos, por supuesto, pero la mayoría de estos están en causas personales y los pocos que buscan una causa global finalmente se distraen, agotan y abandonan.
Nuestro mundo necesita una pausa, un retiro, sin darle al reset, pero con un fuerte golpe de timón para enderezar de nuevo el rumbo.
Querido amigo, probablemente esto que te cuento no es lo que quieres escuchar y seguramente no es adecuado el tono, pero cuando se percibe algo tan claro y la situación parece tan flagrante, es fácil que el intelecto se encienda y el espíritu se soliviante.
Perdóname, no soy violento, pero hoy por un instante lo seré de forma figurada: a veces salgo a la calle y me dan ganas de agarrar de la pechera uno por uno a todos nuestros semejantes, zarandearlos, sentarlos apartados de todo, hacerles respirar, bajarles la aceleración y finalmente darles una brújula.
Cada día, en cada paso que damos, en cada iniciativa que nos ocupa, en cada nuevo asunto que nos aborda, se palpa una insoportable electricidad. Incluso en ti, que “eres feliz”; en ti, que salvas medianamente el colapso; en ti, que tus circunstancias materiales y personales te permiten caminar medianamente desahogado.
Con todo esto me atrevo y te digo: prueba tú también a detenerte, apártate el tiempo suficiente y haz tu propia “lectura”. Cambiando tu rumbo ayudarás a cambiar el de los demás.
De todas formas, me pasa a menudo que opino de forma excesivamente tajante, y en este asunto puede que me haya vuelto a pasar. Al fin y al cabo, es sólo una opinión, es un momento. ¿Quién sabe? De todas formas, por si acaso, lee.