martes, 23 de octubre de 2018

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Los juicios de valor, por Alba Delgado Núñez

¿Podríamos contar los juicios de valor que ejercemos a lo largo del día?
Siempre nos han metido en la cabeza que algo está bien o está mal. Cuando vemos a una persona que está llevando a cabo una acción que consideramos “errónea” tendemos a criticarla. Por ejemplo: una chica que lleva un pantalón corto por el que asoman los mofletes del culo. Hay a quien le pueda parecer obsceno, a quien le pueda hacer gracia, quien quiera verlo bonito, sexy… quien piense que sólo tiene calor. Observamos, pues, que hay miles de perspectivas, pero el pantalón sigue siendo el mismo. Quiero decir, que las cosas son como son, pero siempre dependen de cómo las queramos ver. Es lo “inconsciente” que habita en nosotros. Patrones emocionales y de conducta que tallan nuestra manera de procesar sensaciones, imágenes y percepciones. Sin embargo, éstas no son inamovibles. Es por eso por lo que, deberíamos preguntarnos: ¿Por qué me molesta esto del otro? Y cuestionarnos nuestras creencias. Una idea no tiene por qué ser eterna, tampoco cambiarla a la ligera.
Lo primero es admitir que ese cuerpo es de esa chica y que ella es dueña y señora de vestirlo como más le apetezca. La imagen que quiere reflejar. Eso depende de ella, porque es quien va a vivir consigo misma toda la vida. Es quien tiene que sentirse a gusto. Quien tiene que tomar las decisiones, libremente, de lo que le apetece experimentar. Pero ahí es donde focalizamos la atención. No en el pantalón de la chica, sino que ya le estamos atribuyendo y damos por hechos aspectos en función de nuestra perspectiva.
Las cosas suelen ser más simples de lo que parecen, pero nos complicamos la vida pensando más de la cuenta.
Tal vez ahora, en la vida moderna, nos estén vendiendo que somos seres individuales. Bajo mi punto de vista eso no es así. Somos seres sociales por naturaleza. Nacemos en un estado más inmaduro que el resto de los animales; sin el cuidado de los otros, la supervivencia podría ser imposible. No nos desarrollamos de manera aislada al resto de la sociedad, y el contexto cultural nos influye en lo más íntimo. Trasmitiéndonos esquemas de pensamiento y experimentación de la realidad que son heredados. Y nos da miedo la soledad. Nos da miedo sentir que no pertenecemos a ningún grupo de iguales. Que debemos de seguir unas pautas o normas no escritas por ese segmento con el que pretendemos identificarnos. Somos únicos, pero necesitamos de los demás. Así es como nos sentimos útiles, llenos. Necesitamos ligar los unos con los otros, que nos quieran, nos admiren…
Normalmente, los juicios de valor están ligados a nuestro carácter y experiencia. Eso no quiere decir que la otra persona sea igual que tú. Pero necesitamos catalogar la información que nos llega a priori para saber si nos conviene o no rápidamente. Considero que aceptar que cada uno es libre de tomar sus decisiones es uno de los actos de amor más bonitos que existen sobre la tierra. Empieza por nosotros. “Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz, sino haciendo consciente la oscuridad…” (Jung) Aceptarnos y entender que existen diferentes preferencias y perspectivas, sin ser esclavos del miedo a los juicios de valor. Querer a quien sea por la manera en que nos hace sentir y no por como viste, piensa o se relaciona. Y si no es así, dejarlo estar. El veneno agota más al que lo expulsa que al que lo recibe. Conviene soltarlo, pero no proyectarlo. Y no es fácil dejar de criticar. Es un ejercicio diario y constante. Pero no imposible. Igual algún día nos preguntemos cuántos juicios de valor ejercemos en un día y la respuesta sea: NINGUNO.