viernes, 5 de octubre de 2018

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Batallas, por Lucas Carpio

Me gusta escribir sobre las cosas que no acierto a entender. Me pone. Quizás sea una especie de ajuste de cuentas, un poligonero -eso me lo dices fuera-, entre la realidad y mis expectativas. Una necesidad de saldar deudas con todo, y cuanto antes, en la manida frontera de los cuarenta.
Sentir el cursor barriendo dulcemente la infame noche televisiva supone un aseado éxito, una minúscula victoria en la batalla de una guerra en la que apenas comparecimos.
Mi reciente descubrimiento del informe Petras suponía un excitante argumento para pedirle una tregua al trabado calor de la campiña. Fuera: los grillos, el crepitar del asfalto. Dentro: los partidos faltos de ritmo de pretemporada, la respiración suave de las chicas durmiendo en la habitación de al lado.
El informe Petras (cuya sonoridad literaria arrastra ya un punto de intriga) fue un estudio encargado por el gobierno de González al sociólogo estadounidense James Petras, a mediados de los 90, sobre las relaciones entre la estrategia de modernización del  país y su impacto sobre la estructura social.
Así, a principios del año 1995 el profesor Petras traslada su residencia a Barcelona para empezar el estudio sociológico a pie de campo. Recopila datos, informes, visita ministerios, sindicatos y universidades, y empieza a construir una base documentada y sólida sobre la que empezar a articular su trabajo. Sin embargo, pronto se da cuenta de que existe una profunda desconexión, una brecha insalvable, entre esta realidad y el pulso que él respira en la calle, en el bar, en el gimnasio... De esta forma descubre que el peaje de las políticas neoliberales realizadas a partir de 1982, el sueño de entrar en la Europa acaudalada a toda costa, no ha sido tenido en cuenta.
Seis meses después, Petras, termina su análisis, elabora el informe y se lo entrega al CSIC. Cobra por los servicios prestados y abandona el país. Pero, ¿qué pasa con el informe? Las observaciones de Petras, las conclusiones, parecen no ser del agrado de la parte contratante y todo su trabajo va a parar a algún cajón polvoriento de un edificio ministerial. Aunque la idea inicial era la de publicar el mismo, a última hora hay un extraño cambio de planes pasando el informe al más oscuro ostracismo. Pero Petras tiene amigos, y una copia del informe se desliza hasta la editorial de la difunta revista Ajoblanco, que lo publicará valientemente, dando posteriormente el salto a la red. El resto ya es historia.
La idea que aterra no es el error de unas políticas concretas, que pueden ser más o menos acertadas (o más o menos compartidas), sino la alevosía a la hora de ocultar el informe, la evidencia de que no se actuó o no se quiso actuar a sabiendas de cuál era la realidad y cuáles eran las perspectivas de los años venideros. El informe está en internet. Gane su batalla. Estábamos avisados.