domingo, 5 de agosto de 2018

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Los esposos, por Ángel Márquez

A media noche desperté un poco excitado. Tengo bajo mis pies muchos kilómetros debidos a mi profesión de camionero, pero era la primera vez que tenía un porte a Ceuta. Aunque cerca, Ceuta la tenemos en un imaginario de distancia que no se corresponde con la realidad. A pesar de esto, en el porte concurrían una serie de circunstancias distintas de los portes realizados en la península, los papeles eran distintos y era la primera vez que mi camión se subía en un barco, la primera vez que hacia los kilómetros de espectador.
A primera hora de la mañana me encontraba en la cola esperando la orden para pasar al ferry – esas ballenas metálicas creadas por el hombre que se lo comen todo – con un tiempo razonable de espera. Entré el camión en la bodega del ferry. Poco a poco se fue llenando la barriga del ferry de vehículos y algo de humo. El camión lo aparqué justo detrás de un furgón policial. Me dije a mí mismo, con una sonrisa interna, que en la travesía el camión se encontraría perfectamente custodiado.
Ya más relajado, subí a la planta superior del “Unión Pacifico” – esos puentes móviles que unen España con otro trocito de España y África –. El viaje duraría una media hora y para aprovecharla me dirigí a la parte de atrás, donde los motores comenzaron su estruendoso ruido primigenio. Era todo un espectáculo ver el movimiento loco e impulsivo del agua, era como si una parte de la Tierra quisiera reencarnase de nuevo. En esa lucha titánica el agua cedía a los miles de caballos con sus colas en forma de hélices del ferry; éstas consiguieron que el paisaje empezara a moverse.
La mañana estaba clara, la silueta de África se divisaba en toda su plenitud. Unas gaviotas nos acompañaban en el viaje, aprovechando los aires y la confianza de otros viajes. Hacían el viaje con las alas abiertas con una quietud de lámina. Se encontraban tan cerca de los viajeros que si habláramos el mismo idioma, seguro que hubiésemos mantenido una conversación con ellas.
Después de contemplar este maravilloso e inaudito paisaje con las compañeras gaviotas me fui al interior del ferry y me encaminé al bar a tomar un café y un pequeño desayuno. El balanceo del ferry no era muy pronunciado, pero en un crucero de este tipo pocos se libran del estar borrachos cuando andan, y creo que no hay nada más lamentable que un borracho que no haya bebido. Me dirigí al inmenso salón donde cientos y cientos de butacones lo atestaban, parecía una inmensa sala de cine cuya pantalla era la silueta de Ceuta y África que, vistas a través de los grandes ventanales, eran cada vez más nítidas.
Me senté a descansar un poco; los viajeros éramos escasos y los asientos en su mayoría se encontraban vacíos. Dos filas delante de donde me había sentado se encontraba una pareja. El pelo de ella acariciaba el respaldo derecho del butacón. En el mismo instante que me senté me fijé en ella, más que en ella en su pelo. Ya nos encontrábamos por la mitad de la cicatriz de África y Europa y aún no le había visto la cara, pero su pelo, su larga melena, era un presente de su belleza. El movimiento del ferry “Unión Pacifico” se hizo más ondulante, sin llegar a ser agresivo, era como si hubiese puesto todos sus mecanismos para que nos acunasen. Ella volvió su cara hacia los ventanales para ver la plenitud del paisaje y quitarse un poco de modorra acumulada en el viaje. Su cara me reafirmó lo que decía su pelo: era muy bella.
Observé que ella en toda la travesía no intercambió ninguna palabra con su acompañante, pareja o esposo. Como su belleza me cautivó, mi mirada desde ese momento se concentró en el paisaje de su cara. Y estando observándola, se giró y nuestras miradas se cruzaron; me ruboricé un poco y mirando hacia otro lado me quité el rubor. En los siguientes momentos estuve pensando en su mirada y en sus grandes ojos negros, tan bellos como los describiera Juan Ramón Jiménez. Con el balanceo de la mecedora gigante pensé que con su mirada me quiso decir algo. Junto a su belleza deduje que esos ojos estaban tristes, muy tristes. En mis cavilaciones no encontraba el motivo de esa tristeza y volvió a mirarme otra vez, y otra vez se cruzaron nuestras miradas y la tristeza seguía presente en sus ojos y mis conjeturas y signos de interrogación aumentaban. En ese momento quien me miró volviéndose hacia atrás fue su pareja. Con su mirada no me ruboricé, sino que un raro miedo entró en mí; su mirada era severa como una sentencia desfavorable de un juez y miré hacia otro lado como si no hubiera pasado nada. La mirada de su pareja lo que sí dio ocasión fue a que poco a poco comenzase a hacer conjeturas e hipótesis y de esta manera quitara unos pocos interrogantes a esa extraña relación, porque relación había, aunque no supiese de qué tipo.
Me puse como un “Sherlock Homes” primerizo a hacer deducciones, no había duda de que eran esposos por esa mirada que mandó al intruso que era yo y por los muchos minutos que llevaban sin decirse ni una palabra como si estuviera todo dicho. Otra certeza que tuve por la mirada de espada afilada que me mandó su esposo era que tenía que ser una persona celosa, rayando la enfermedad, porque su mirada no consentía que le robase su propiedad. Hilvanando los hilos con deducción tras deducción vi que el motivo de la tristeza de ella y de sus ojos estaba a su lado: era ese esposo celoso al que no le importaba sembrar tristeza antes que soltar a su presa.
Con estos pensamientos Ceuta nos habría los brazos de su puerto. El ferry aminoró la marcha y comenzó las faenas de atraque. Un altavoz, siempre con su voz enlatada, nos dijo que nos desplazáramos hacia la bodega, ya que en unos pocos minutos los vehículos tendrían que abandonar el ferry. Al momento estaba otra vez subido en el camión, y mi pensamiento aún estaba dedicado a esa mujer de la que nunca sabría su nombre, a su belleza, a su tristeza y a esa mala sombra de esposo que llevaba a su lado.
Tuve que esperar un buen rato hasta que los vehículos que me predecían se pusieron en marcha. En ese momento la volví a ver a ella y a su esposo. Conforme se iban acercando, nuestras miradas por última vez se cruzaron en un mensaje mudo. En una fracción de segundo se desplegó todo mi error en las deducciones y pensamientos de antes: no eran esposos; eran esposas las que llevaba ella alrededor de sus muñecas cuando fue introducida en el furgón policial y el brillo de éstas eran como un anuncio luminoso que anunciara la tristeza de su belleza.