martes, 15 de mayo de 2018

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Alimentación sostenible, por Leonor Rodríguez, "La Camacha"

¡Qué fácil os resulta hablar de comida en el siglo XXI! ¡En mi época os quería haber visto yo! O sin ir tan lejos, solo unas décadas antes de la fecha de hoy. Sois sibaritas porque estáis mal acostumbrados. Decís ¡ya no quiero más!, y tiráis a la basura toneladas de alimentos que de no ser por vuestra facilidad para producir ya os cuidaríais de no malgastar. En mi época nos comíamos las gallinas solo en días especiales y ¿los pollos? Eso de comérselos… ¡Eso es una costumbre novísima!
Pero no… no quiero hablar del pasado y tampoco andarme por las ramas. Voy a ir al meollo. ¿Puede la agricultura ecológica atender las demandas alimenticias de la sociedad actual? Pues claramente no, no y NOOOOOOOO.
Dejaros de que si “lo ecológico” es lo que más sabor tiene, de si es lo más sano para mis hijos, de que si sin esos pesticidas el medio ambiente tiene menos afectación... Los sabores son relativos y he probado algunos tomates que en nada tienen que envidiar a los que me comía en mis tiempos cuando lo más que se podía echar al huerto era estiércol y agua. Además, el aspecto o texturas de los productos convencionales son infinitamente más cuidados que los que tienen la denominación ecológicos. Pero vamos, que eso de ecológicos lo pongo en duda desde el primer momento porque hay mil variables que influyen en la producción agrícola de un campo y que en nada dependen de él sino de los colindantes, del subsuelo o del aire, por poner algunos ¿O es que si en un campo aledaño echan productos no llegan también al ecológico? Si se tiene un pozo, ¿se sabe que el acuífero está constantemente limpio? ¿O tal vez las partículas no flotan en el aire y se dispersan al albur del viento? Anda, anda... no os fijéis en la paja del ojo ajeno y ved la viga en el vuestro. ¿Que a qué me refiero? Que coméis patatas, lechugas, tomates, plátanos… con la denominación ecológico pero bien que luego engullís o utilizáis en vuestro propio cuerpo cientos de miles de productos de los que jamás sabréis, ni os preguntaréis por ello, de dónde han salido y que, pese a quien pese, por sus propias características, son incompatibles con encontrarlos tal cual en la naturaleza, sin acción del hombre.
En fin, volviendo a lo de más arriba, que la agricultura ecológica es incapaz de darle de comer a los miles de millones de personas del mundo. No lograría abastecerlas y además no habría bolsillo que lo pudiera pagar… porque esa es otra. Los productos ecológicos tienen un precio sensiblemente superior a los que no lo son y por ello, se tienen que quedar en eso, delicatesen gourmet que se vendieran más por el subconsciente que por lo que en realidad sean.
Ahora bien, y en todo caso, lo que sí deben tener los productos que consumís, TODOS, son unas garantías desde su concepción, cultivo, recolección, distribución y venta… Si eso se cumple, lo demás, como en el caso de la agricultura ecológica, sería eso, una añadidura, unas particularidades, similares a los que puedan tener por ejemplo otras características organolépticas.
La humanidad es voraz, no tiene límites… siempre que no os lo autoimpongáis en vuestro día a día, no lograréis hacer este planeta un lugar sostenible. Debéis ser menos consumistas, más respetuosos con la madre naturaleza a la que manejáis cual bebé emperador.