sábado, 10 de febrero de 2018

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Thomas Mann, textos críticos, por Ofelia Ara

Apoliticismo significa antidemocracia.

En 1939, Thomas Mann escribió esto en su ensayo “Cultura y política”, un breve texto en el que intentó explicar las causas del ascenso de Hitler y hacer un examen de conciencia, a la vez individual y colectivo, como alemán o, como él mismo escribe, un ejercicio de introspección, que es el primer paso hacia la transformación personal, algo que pudiera hacerle entender por qué se produjo en el panorama político una revolución tan desmedida y dañina.
Su interesante conclusión es que el apoliticismo de la burguesía alemana es lo que permitió la catástrofe cultural y moral del nacionalsocialismo pues no se puede ser una persona de cultura y apolítica; esa es una actitud soberbia frente a la democracia. El mundo de la cultura y de la burguesía, en pocos años, comprendió lo que significaba la libertad, la justicia y la dignidad humana. Y, del mismo modo, comprendió lo que es la destrucción de todos los principios morales.
Este es el Thomas Mann quizá menos conocido y menos leído hoy en día. Es cierto que el tiempo pasa el rodillo implacable sobre todos nosotros y nuestras obras, llamadas así desde una visión optimista y vanidosa, desde luego. Y así pasó sobre las suyas. Mann murió en 1955 y dejó un legado literario famoso, como “La muerte en Venecia” o “La montaña mágica”. Pero muchos desconocen su faceta de pensador y, a la vez, analista de la porción de Historia que le tocó vivir, en especial la primera mitad del siglo XX.
El título del libro, “Textos críticos” dice mucho en su vaguedad. Tres ámbitos de análisis estructurados en tres partes definidas que, en el fondo, forman un todo como un fiel retrato de lo que Mann escribió. La de más peso es la filosofía, pues habla largo y tendido sobre Nietzsche y su adorado Schopenhauer, el filósofo de la voluntad y el pesimismo. No en vano, dice que la filosofía pone orden, da forma y hace clara la confusión de la vida.
La segunda parte la componen textos sobre la literatura de otros, como Conrad o Gide. Aquí hay que puntualizar algo: cuando se habla de literatura, creemos equivocadamente que se hace solo un análisis sobre el lenguaje, forma, temática o cualquier aspecto académico de los textos. Y siempre se está hablando de la vida, del ser humano y de lo que se supone que es la existencia. No hay análisis artístico, ni literario ni programa de televisión sobre este tema, que no hable de lo mismo. Por ello, es sorprendente que no tengan mayor alcance.
Y de esto habla también Thomas Mann en su crítica, del trabajo literario ajeno pero, del mismo modo, de las razones íntimas de algunos para hacer lo que hicieron, como Conrad, que se hizo y nacionalizó inglés siendo su razón principal, en contra de lo que pueda parecer, el deseo de ser un marino inglés, no un escritor inglés, que es lo que ha quedado para la posteridad. También las decisiones vitales las considera salidas del pensamiento, es decir, que son determinaciones intelectuales de cada uno. Pero sería anticuado y romántico estimar lo intelectual en un sentido restringido y equipararlo exclusivamente a lo literario. Por tanto, literatura, intelectualidad (el pensamiento individual) e idiosincrasia se hallan en el mismo sitio; de ahí que digamos que la literatura habla de la vida.
Y termina Mann hablando sobre él mismo y su obra. Otra vez sobre la vida. Por ejemplo, es fantástica la recomendación que hace sobre la lectura de “La montaña mágica” desde otra perspectiva, la del viaje iniciático y la del análisis de la condición del alma europea.
Nada nos es ajeno aunque esté escrito en un tiempo lejano y trate sobre asuntos que ya no nos conciernen. O eso creemos. La filosofía y el pensamiento crítico son atemporales. Volviendo al principio de esta recomendación y leyendo desde nuestro tiempo y circunstancia política, podemos comparar un apoliticismo de principios del siglo XX con el actual, aun siendo su origen diferente. Quizá haya que hacer, como hizo Mann consigo mismo, un ejercicio de introspección, no vaya a ser que nuestra indiferencia hacia la política nos lleve a un callejón sin salida. Dicho esto desde el sentimiento de lejanía hacia el discurso político en general. Yo entono el mea culpa